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| ÓLEO DE NICANOR PIÑOLE |
El gallo es un animal que
cacarea. El hombre le debe gratitud, porque con sus furiosos picotazos obliga a
las gallinas a soltar unos bultos que llevan dentro, denominados huevos. Estas
aves segregan también un producto al que se llama “menudillos”, que es muy solicitado.
Fue costumbre
que los autores de “obras de teatro” iniciaran sus tramas, dramáticas o
cómicas, con el dramatis personae, lista
de personajes o personajillos. Aunque esto que el lector /lectora empieza a
leer, ni es obra, ni es teatro, también requiere que, desde el principio, se
haga una aclaración. No se trata de un relato pío, pío, protagonizado
por la pareja de Domingo y Susana, que, por santos oficialmente proclamados,
sabemos con certeza donde están: en la Gloria Bendita. Dos, uno y una,
entre otros muchos santos y santas, que, desde los tiempos del Rey Fruela y del
bastardo Mauregato, custodian a Oveta, Ovetum u Oviedo, dado el celo religioso
de sus gentes.
Cuando se
escribe de Santo Domingo, la referencia es al Colegio de los frailes Dominicos,
Padres, que siempre estuvo en el
mismo sitio, allá lejos, bajando por el Rastro “probe” de El Campillín, esquivando
colgaduras usadas y “dadas de sí”, propias del Bello Sexo, eróticas y
represivas, como sostenes, fajas elásticas (con cremallera y corchetes), y ligas
de tafetán negro. Cuando se escribe de Santa Susana, la referencia es al Colegio
Auseva, de los Maristas, Hermanos de babero,
que allí estuvo en la calle de la
Santa , cerca de La Boalesa y de la Imprenta Grossi , justo enfrente del Instituto del Casto
(que un Rey haya sido Casto fue una de las mayores originalidades de la
original Monarquía Asturiana), Ahora me cuentan que aquel religioso Colegio, el
de los Maristas, está también muy descentrado, en las faldas del Naranco y junto
a las (faldas) de las Ursulinas, Madres,
siempre desorbitadas.
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| FOTO VÉLEZ |
Que la
revista colegial de los de Santa Susana se denominase Cumbres, fue título de mucha coherencia, apropiado
a nuestro nivel y altura, así como el nombre de Auseva, tan vinculado a
nuestro caudillo godo (o lo que fuere): el aguerrido Don Pelayo. La imperfección de los maristas en lo de los patinetes,
trató de superarse con el fichaje de dos estrellas o figuras del deporte. El
primer fichaje fue el del entrenador Norniella,
de mucho músculo y de la razón social Papelería
Norniella, la de la calle Magdalena, entre la Confitería Niza , siempre vacía,
y el estanco de doña Fermina, estanquera que coleccionaba cajas de cerillas -muy apropiado-, pues, coleccionar
esas “cajitas”, es lo máximo de la estanqueidad. El otro fichaje fue el del profesor Muñoz, de Educación Física, que,
gracias a su imponente estatura y elasticidad, no obstante su edad, agarraba a
sus discípulos por los aires, para que no se rompieran la crisma contra el
cemento saltando potros y otros paralelepípedos de riesgo.
Debo anotar
que en el señor Muñoz, muy respetable de por sí, se unía otro motivo de respeto
grande, pues pertenecía al Cuerpo gris de la Policía
Armada y de ,porra
negra, luciendo el profesor, en las bocamangas grises, unos galones o tirillas de
cabo, de cabo. Por cierto, que fue el
cabo Muñoz el primer cabo que conocí; el segundo fue el cabo “Picurri” en
el Centro de Instrucción de Reclutas (CIR) del Ferral del Bernesga, siendo el
infrascrito recluta con petate y clase de tropa; el tercer cabo que conocí fue
el Cabo de Gata. Pues bien, ni con
esas ni con esos –triste me resulta reconocerlo- conseguimos batir a los
Dominicos, imbatibles sólo en hockey; parece que en ello tuvo mucho que ver el Padre
Valdés de la O.P.
el cual, además de fray, tenía embrujo de brujo. Aquí es de justicia recordar al
gran portero de los Maristas perdedores, que era una joya, un brillante y con
precisión de relojero: Pedro Álvarez, del ramal de los Bringas.
Resulta que,
según lo que ahora mismo se lee (no sólo a mi amigo Ávila, entusiasta de
nombres, propios y también impropios, todos negritos), la excelencia asturiana,
que es mucha y compacta como el cemento armado, tiene apellidos a mogollón de
educados por los frailes del Santo de Caleruega (Burgos). Resulta que, para ser
de la Élite (con mayúscula) asturiana, parece que hay que ser exalumno de los
Dominicos. A este paso, el día menos pensado, los rigurosos y muy serios del Cuerpo (“cuerpazo”) de la Nobleza asturiana van a exigir, para
apuntarse, tener pedegree dominicano,
y esa institución es muy importante y de músicas celestiales a base de bombos, platillos
y gaitas.
Por todo ello, he ahí mi actual desgarro y desengaño,
de tanta intensidad como las del trágico Sófocles. Ha resultado, al final, lo
contrario, o sea, que los excelentes eran los otros, los del Colegio de allá
abajo, junto al Rastro, y no nosotros, los de Santa Susana, hoy unos “mataos”,
unos “don nadie”. Para colmo, el más importante “marista”, el más “fuerza viva”
(Dios quiera que por muchos años), ya tiene nietos, luego es abuelo. Nombro a don Gabino de Lorenzo, siempre más
potente de cabeza que de pies, de muchos premios colegiales en el arte de la
declamación poética, y muy activo en la Acción Católica , tanto por
estudios como por rezos. De él, en la revista Cumbres (junio 1960) se escribe: “Elegante, simpático, de gran personalidad y muy fino hasta para…” Nunca
-digo asombrado- tres puntos seguidos fueron tan suspensivos y tan enigmáticos…
Lo mucho de
la excelencia predicada en Santa Susana, por ser tanta, siempre me mosqueó. Además,
lo que oía no coincidía con lo que veía. A ello se unió un acontecimiento
ocurrido en un atardecer muy ventoso. Subía por la calle Campomanes, a la
altura del bar de Marina (frente a la
Caja de Reclutas, no confundir con la de Ahorros), bar de los
mejores chicharros escabechados de todo
Oviedo, subía, digo, un fraile dominico, que, por el viento, su capa negra ondeaba
como una bandera, así como las faldas de su hábito casi blanco (el blanco puro es
exclusiva de sotana de Papa). Gracias a mi mucho saber sobre los fantasmas, de los
de verdad, que no gustan de pasearse por calles, no imploré, acongojado, un
“Vade Retro”; y por tanto movimiento de capas y hábitos, vi lo que me
conmocionó tanto y tanto. Aquel fraile era el Padre R., apodado “El turco”, con maledicencia, incluso con
diatriba contra la Orden
de Predicadores, antes, precisamente, de Inquisidores.
El fraile era de varias peculiaridades; una de ellas era su calva luciente y,
como el esmalte, brillante.
Se avisa a
los respetados lectores y lectoras que la continuación del relato, se podrá leer,
para no cansar, después de Fiestas. En esa continuación, se escribirá sobre lo
visto que conmocionó, de más historias verdaderas sobre los de Santo Domingo y
los de Santa Susana; se viajará a la
Virgen del Camino, terminando, si cupiere, con asunto de
gallos, gallinas, huevos y “menudillos”. Entre tanto, este infrascrito locutor
o relator vacila qué hacer en estas vacaciones, pues dos amigos, muy
respetados, con nombre de Emperador romano –esto es esencial para mí-, le
aconsejan, uno lo uno, y el otro lo contrario. Don Severino García Vigón, el de la FADE , al encontrarme en grandes comilonas, me
dice: ¡Ángel, Ángel, debes dormir más, mucho más! y don Severino Álvarez Zaragoza, el de la FAC , al coincidir bebiendo vinos “picudos” en Valencia
de Don Juan, me repite: ¡Ángel, Ángel, más jaleo, mucho más jaleo!
Y no pisaré la
nieve, para no ser un “pisanieves”.




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