viernes, 26 de mayo de 2023

EL ARZOBISPO GÄNSWEIN ENFADÓ AL PAPA FRANCISCO, artículo de ÁNGEL AZNÁREZ ( publicado en LA VOZ DE ASTURIAS el 23 de abril de 2023 y en RELIGIÓN DIGITAL el 24 de abril de 2023)

 

            I.- El libro de Gänswein

En el libro Nada más que la verdad hay un prólogo a la edición española de Francisco Javier Sancho Fermín, en el que escribe: “Un libro que ha sido editado en Italia en un tiempo récord y que ya aparecía impreso en el mes de enero de 2023, cuando la muerte del Papa emérito era aún un hecho muy reciente, el 31 de diciembre de 2022”, y añade el prologuista: “Algo programado para que saliera a la luz de manera  inmediata y aprovechar el tirón editorial del acontecimiento”. El mismo prologuista destaca la cercanía del autor, Georg Gänswein, al protagonista del libro, que es el fallecido Papa Benedicto XVI, y considera que el valor más positivo del mismo es dar a conocer la cotidianidad de la vida de ese Papa en las últimas décadas de su existencia; una cotidianidad que se repite hasta cuatro veces en el breve prólogo. 



            El libro trata sobre Benedicto XVI, aunque no exclusivamente, pues junto al título Nada más que la verdad, está el añadido: “Mi vida al lado de Benedicto XVI”, convirtiéndose el autor (Gänswein), también en protagonista principal, siendo coherente la fotografía de la portada, viéndose a Benedicto y al autor, uno al lado del otro. Hay otros protagonistas: unos, como los Papas San Juan Pablo II y Francisco, más importantes que otros, como los cardenales Bertone y Sarah. Leyendo sobre los tres últimos Papas y sobre el autor mismo, se conocen asuntos de los cuatro, resultando como carambolas del juego del billar a varias bandas.




            Aunque no se trate de un riguroso libro de Historia, garantía de ciencia y verdad, advirtiendo el fraile prologuista y carmelita “que estamos frente a la visión y experiencia de un sujeto concreto” (subjetividad y visión parcial de los acontecimientos), el libro es muy interesante y trascendente. Tal como escribe su autor, el Arzobispo de Urbisaglia, al  final de su brevísimo prólogo, está escrito de primera mano y desde dentro del “verdadero mundo vaticano”. Eso es una rareza, extrañeza y excepcionalidad, muy estimable, pues en ese “mundo vaticano”, de tantas jerarquías y de obediencias, reinan silencios y secretos, cómplices de diabluras o de conjuras luciferinas. A eso se llamó “la pestífera presencia del demonio”, con acumulación de mitologías, verdades y mentiras. Un hermetismo y manipulación que son esenciales a la estrategia del Vaticano, que consiste en durar y perdurar, para que lo que ocurrió en Palestina hace dos mil años siga presente y no pase a anécdota pasajera. El éxito de esa estrategia, hasta ahora, es indudable, aunque con implicaciones lamentables: carencia de sentimientos de culpa en desapariciones de personas, Papas incluidos, si se estima, con eficacia pragmática, que su permanencia (la vida) arriesga la perdurabilidad eclesiástica. 




            Lo menos aconsejable a los clérigos católicos es que escriban libros sobre lo que ocurre en el Vaticano. Georg Gänswein, pensando en otro asunto, en la página 287 copia la famosa frase de los policías estadounidenses: “Todo lo que digas podrá ser utilizado en tu contra”. Eso es aplicable al libro que se comenta ahora y a todo lo relacionado con el “mundo vaticano”, que tiene unos códigos cerrados e intrincados, que paralizan a monseñores y “aprendices” que por allí deambulan, haciendo méritos para “carreras” y que por lo menos esperado y hasta lo insospechado, son barridos y/o eliminados. Allí siempre, en la Urbe, se aconsejó no discrepar, ser dóciles y dulces célibes, siempre decir “amén”, y teniendo presente que la llamada “Voz de Dios” es siempre el silencio.  

            Hay que tener en cuenta, además, en un libro de 341 páginas, que su autor, por mucho que haya reflexionado, corregido y cortado, incluso con la ayuda de una experta pluma vaticanista, en este caso la de Saverio Gaeta, es imposible que controle lo que otros, minuciosos hermeneutas, que en la Iglesia católica abundan, interpreten o deduzcan, incluso no estando en la mente de su autor, escritor. Este último es el conocido y peligroso asunto de la diferencia que puede existir entre lo que se escribe y lo que los otros leen o entienden. Y ello, aunque gran parte de lo escrito, forme parte, como en el presente caso o libro, de la llamada “doctrina oficial”, que tantas veces es una mentira. 




            Parece temerario escribir un libro como el que nos ocupa, pues, por una parte, pertenece su autor al “cogollo” vaticano (secretario particular que de un Papa fallecido y prefecto de Su Casa pontificia, luego prefecto de la Casa Pontificia del siguiente, de otro Papa, y con expectativas de continuar “escalando” en la carrera eclesiástica. También la temeridad resulta al contar y explicar historias, afeando y alabando, vividas entre Papas y altos eclesiásticos, muy sensibles al “humano y vanidoso modo”, aunque digan pensar únicamente en el divino, y comentando incluso episodios muy sensibles, caso del “terrible asunto” -así lo llama- del secuestro de Emanuela Orlandi (página 155 y siguientes). 

Los riesgos eran conocidos por Gänswein, que no es aventurero y que no ignora el poderío papal, tan brusco a veces, de Francisco, haciendo hasta intervenir, para su ayuda, al Papa emérito, el cual tuvo que escribir una carta a Francisco en la que le dice, según la página 279, lo siguiente: “Por mi parte, solo puedo decir que Monseñor Gänswein no participó en la elaboración de mi contribución al libro del cardenal Sarah”. Acaso condujeron, fatalmente, al error el afán desmedido de justificación y defensa por parte Gänswein frente a todos y frente al Papa Francisco, o acaso le precipitó la torpe e infantil necesidad de ser querido, reconocido, sentando nuevamente en audiencias y ceremonias a la derecha del Papa Francisco como prefecto en de Su Casa pontificia. 

            Es comprensible el cariño de Gänswein por el Papa Benedicto XVI, que tanto contribuyó a “su carrera”, como veremos a continuación, y que desee clarificar episodios de su Pontificado que, o están confusos, o han sido mal interpretados. Y esa pretensión es constante en el libro, especialmente en lo que el autor llama, por una parte, Tropiezos del complejo gobierno y también Polémicas e incomprensiones. Después de la lectura y relecturas del libro, sigo sin encontrar argumentos que hagan cambiar mi posición sobre actos y comportamientos del Papa Ratzinger a mi juicio criticables, siendo quizá, el de la renuncia o conclusión anticipada del pontificado, el más importante. 




            II.- Gänswein, un prefecto de dos Casas Pontificias: 

            Gänswein comenzó siendo secretario particular del cardenal Ratzinger a partir de 2003,  y luego, a partir de 2005, del papa Ratzinger (hasta su fallecimiento en 2022). Fue también prefecto de la Casa Pontificia de Benedicto XVI por nombramiento el 7 de diciembre de 2012, al cesar en el cargo el hasta entonces prefecto, el arzobispo James Michael Harvey. Fue nombrado arzobispo también el 7 de diciembre de 2012 y habiéndose celebrado la ceremonia de consagración episcopal el 6 de enero de 2013, presidida por Benedicto XVI. El Papa hizo lo mismo que su predecesor, San Juan Pablo II, que también nombró obispo a su secretario particular, el poderoso don Estanislao, rompiendo una tradición consistente en que los papas no nombraban obispo a su secretario particular mientras continuase siendo sus secretarios. Y Ratzinger, con monseñor Gänswein rompió otra tradición, la cual no admitía que un secretario particular, siendo tal, fuese también prefecto de la Casa Pontificia, que es una institución de la Curia romana. La ratificación por Francisco de que Gänswein fuese prefecto de su Casa Pontificia fue de fecha 31 de agosto de 2013, y con confirmación quinquenal a fines de 2017.  

            En las páginas 207 y 208 del libro Nada más que la verdad, se dice que el 25 de septiembre de 2012 el papa Bendicto XVI comunicó a Gänswein lo siguiente: “He reflexionado, he rezado y he llegado a la conclusión de que, a causa de la disminución de mis fuerzas, debo renunciar al ministerio petrino”. En la página 209 se escribe que “a mediados de octubre”, el Papa le indicó que anunciaría su decisión a la Curia romana el 21 de diciembre, lo cual fue luego cambiado, pues la comunicación tuvo lugar el 11 de febrero de 2013. 

            Examinando las fechas de los dos párrafos anteriores, resulta que al producirse los nombramientos de Gänswein, tanto el de arzobispo como el de prefecto de la Casa Pontificia de Benedicto XVI, aquél y éste sabían que en cuestión de días la “silla de Pedro” o el ministerio petrino iba a quedar vacante: sede vacante por renuncia papal. 

 Tal constatación permitiría hacer muchas preguntas y muchos porqués, que, sin lugar a dudas harán los lectores y lectoras. Sólo añadiré: ¿qué se pretendió con eso, no aplazando el nombramiento de prefecto de la Casa Pontificia hasta la elección de un nuevo Papa? ¿Cuál fue la idea y el interés del Papa Benedicto? En la página 274 algo se escribe a manera de aclaración y trascendente sin duda: “La esperanza de Benedicto de que yo (Gänswein) fuera el eslabón de conexión entre él y su sucesor fue un poco demasiado ingenua, puesto que, ya  desde hacía algunos meses, tuve la impresión de que entre el nuevo Pontífice y yo no se conseguía crear el oportuno clima de confianza, necesario para poder llevar adelante esa tarea de modo adecuado”. ¿Pretendió Ratzinger que hubiera ese eslabón? Esto afecta al Papa Francisco directamente.

Recomiendo especialmente el capítulo 8 acerca de La relación entre los dos Papas, y el apartado último El prefecto demediado, en el que con toda su crudeza se describe la tortuosa relación entre el Papa y su prefecto de la Casa pontificia, en un continuo “tira y afloja”. Cuando el prefecto se queja al Papa de sentirse humillado, éste le responde: “Las humillaciones hacen bien”. Cuando el prefecto, que vive con el Papa emérito en el Monasterio, plantea un apartamento en el Palacio apostólico, el Papa le pide: “Por favor, no tome posesión ahora”. Cuando a finales de 2020 el prefecto habla con el Papa, éste le dice: “Usted sigue de prefecto, pero a partir de mañana no vuelva al trabajo”. Y ahora y aquí vendría la carta de Ratzinger a Francisco, antes indicada y que acaba: “Humildemente le pido una vez más una palabra para monseñor Gänswein”. 

Al tiempo que monseñor Gänswein, que tanto gustaba del Palacio apostólico, escribe de un síndrome renal padecido y asociado  a un trastorno psicosomático, alude a que el rol del prefecto de la Casa pontificia quedó claramente “redimensionado” en la vigente Praedicate Evangelium respecto de la anterior Pastor Bonus, lo cual no parece ser compartido por el cardenal Rodríguez Madariaga, que en conversación con el obispo de San Sebastián (Publicaciones claretianas) dijo: “Ni la Prefectura de la Cada Pontificia, ni la Oficina de las Celebraciones litúrgicas del Papa ofrecen tampoco gran novedad en la nueva Constitución”. 

Y ¿por qué el Papa Francisco ratificó el nombramiento de Prefecto de su Casa pontificia a quién le causaba tanto malestar, con sospechas de querencias a los enemigos del Papa? ¿Por qué el prefecto no presentó la renuncia ante lo que consideraba humillaciones papales? Muchas dudas e interrogantes, y un destino al parecer seguro: Costa Rica.


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martes, 16 de mayo de 2023

SUICIDIOS DE ADOLESCENTES, artículo de ÁNGEL AZNÁREZ (publicado en La Voz De Asturias, el 5 de mayo de 2023)

 

                        

            Hace dos semanas, el 16 de abril, escribí que el cuerpo es nuestra fachada aparatosa y aparente, susceptible de modas y de negocios, que unas veces, las menos, lo quieren gordo, y que otras, las más, lo quieren flaco, como un tieso palo. Hace una semana, el 27 de abril, escribí que el cuerpo humano es susceptible de manipulaciones y que preocupa su fragilidad, siendo la clave de importantes debates sobre la salud mental de la ciudadanía. La fragilidad fue denunciada desde el Arte (el escultor Leiro) o desde el Psicoanálisis (Lola López-Mondéjar).




            Hoy, horas después del hecho de que una gijonesa, joven de 21 años, por sufrir insoportablemente se auto/aniquilase, lanzándose por un cerro al mar y protestando de los acosadores, aún sigo con el impacto por un hecho apocalíptico, revelador de una perversidad del tiempo presente entre adolescentes, prefiriendo algunas víctimas adelantar el momento de morir contra naturaUn suicidio siempre plantea muchas cuestiones a los familiares de la persona fallecida, a los acosadores y a sus progenitores, y también al resto de la sociedad. 

            Nada me apetece hoy escribir sobre lo que prometí, que es sobre el capítulo IV del libro (2022) Invulnerables e invertebrados de Lola López Mondéjar, que lleva por título Soy gorda, ¿y qué?, lo cual pudiera parecer un típico alegato contra las mujeres, lo cual no es así, pues la gordura también es moda o morbidez masculinas, tan visibles a simple vista.

            Y no voy al capítulo cuarto, prefiriendo hoy el capítulo primero, titulado La fantasía de la invulnerabilidad, yendo a la página 68 sobre el suicidio juvenil. Dice la autora: “El suicidio se puede producir a cualquier edad y en el 2015 fue la segunda causa principal de defunción en el grupo etario de 15 a 29 años en todo el mundo. El suicidio es la principal causa de muerte entre los adolescentes europeos, según otro informe de la O.M.S. (Infocop. Nº 78, julio-septiembre de 2017). 

            Y la autora continúa: “Cifras que nos hablan de una vulnerabilidad más que evidente, también negada por el pensamiento hegemónico, que apenas hace noticia ni tema de debate de ello. El suicidio es el síntoma de una sociedad donde vivir se ha hecho demasiado difícil para determinadas personas”. 



            Comienza Lola López-Mondéjar estableciendo que la vulnerabilidad, la precariedad de los humanos, está en su base, y que no es desacertado lo propuesto por José María Asensio de que al Homo sapiens se le llame Homo fragilissiendo la “fantasía de la invulnerabilidad” una mera fantasía y/o necios los sentimientos de omnipotencia, que esconden la impotencia y una felicidad simplemente imaginada. 

            En esta situación, sociedad actual de individuos “invertebrados”, sin columnas que les vertebren y dispuestos a todo, por ser psicópatas, narcisos envidiosos y con ausencia de sentimientos de culpa, quedan o se dejan a otros muchos seres humanos en total desamparo. Es, según López-Mondéjar, la sociedad actual potencialmente traumática para amplios grupos de población. Y si las patologías de siglos anteriores fueron unas, así la histeria y la neurosis obsesiva, las del siglo XXI pueden ser otras, como la depresión, el trastorno bipolar (maníaco-depresivo), la ansiedad, la crisis de pánico o el consumo de psicofármacos, etc. pues “cada época produce un malestar que la caracteriza” (López-Mondéjar). No es casualidad en los tiempos presentes, según Zygmunt Bauman, que todo sea precario y nada cierto, abolidas las certezas.



            Siempre me llamó la atención cómo lo que tanto nos cuestiona e interpela, lo que es fuente de tantos conflictos intersubjetivos, o sea, los otros, los demás, la llamada “sociedad” o lo social, sea al mismo tiempo una necesidad vital para el desarrollo individual, completo y satisfactorio, en particular, para las facultades intelectuales. Es ya indudable que el hombre en soledad y dentro de una burbuja se atrofia y auto/anula, por eso los griegos llamaron idiota. La relación social, el razonar juntos, hace vivir y revivir, aunque esa misma relación social puede ser causa de desazones, llegando incluso a ser muy dañina para la persona, llegando a matar directamente o induciendo y cooperando al suicidio. En suma, que dependemos de los demás, lo que aumenta nuestra fragilidad

             En la página 25 de su libro Lola López-Mondéjar lo dice de manera rotunda: “Dependemos de los otros para ser humanos” y líneas después lo reitera: “Nuestra necesidad de los demás es extrema”. Y un filósofo italiano tan peculiar como Giorgio Agamben parece compartir aquello, pues en su libro Desnudez (2011), en la página 63, escribe: “El deseo de ser reconocido por los otros es inseparable del ser humano”, y añade: “Es sólo a través del reconocimiento de los otros que el hombre puede constituirse como persona”. Me llama la atención que tanto el libro de la psicoanalista como el del filósofo italiano formen parte o sean de la misma y prestigiosa Editorial (Anagrama), fundada por Jordi Herralde, lo cual, lo dicho en los libros, sean como argumentos de autoridad.  



            No hay duda que las personas acaban siendo tal y cómo los demás las ven o juzgan -no como ellas creen que son-, resultando y resaltándose la importancia de los otros, en la visión del propio cuerpo y en lo reputacional, que, por eso mismo y desde fuera, tienen, los otros, un inmenso poder. El peligro es máximo en sociedades enfermas, de narcisos envidiosos, cobardes e invertebrados, de locos obsesivos lanzando todo tipo de bulos contra personas “superiores” con el único afán de desacreditarlas, humillarlas y menospreciarlas. ¿Cómo puede ser y estar uno bien si los demás, por envidia o por lo que sea, lo juzgan mal, queriendo destruirlas? Agamben recuerda que en el proceso romano la calumnia representaba una amenaza tan grave para la administración de justicia, que se castigaba al falso acusador marcándole sobre la frente la letra K, inicial de KalumniatorAhora estamos rodeados también de falsos acusadores.      

            Marie France Hirigoyen en Los narcisos han tomado el poder (Paidos 2020), escribió que “en la infancia se construye un depósito de autoestima, y luego las experiencias de la vida pueden hacer que aumente o disminuya”. Si en todas las edades de la vida, es trascendente para uno mismo lo que “llega” de los demás, más es, si cabe, en las fases primeras, infantiles y juveniles, formándose eso tal esencial y fuente de padecimientos y de errores que es la identidad.  Ahora exclamo: ¡Cómo no van a ser cruciales los tiempos de la infancia y de la adolescencia cuando la autoestima está formándose o formateándose!

            Y los acosadores, también los adolescentes, suelen ser muy cobardes, pues su labor destructiva, además de emplear la premeditación y el secreto, la hacen, asquerosamente, en grupo, en manada, en cuadrilla. Para “entender” la llamada “ferocidad de los jóvenes acosadores”, que hasta pueden negar la condición humana a sus víctimas al nombrarlas, habrá que tener en cuenta que estos acosadores no están aún equipados con los frenos educacionales –“no están culturizados”, careciendo en gran parte de la consciencia acerca de los daños que causan (en ciertas patologías de la Tercera Edad también se pierde la consciencia del daño ante agresiones verbales y violencias físicas a cargo de ancianos). 

            E inevitablemente, en la pandemia del bullying, con tantos episodios dramáticos, habrá que pensar y preguntar en qué valores se están educando a esos acosadores en los centros escolares, no pareciendo ser los mismos, los valores, de los que hacen tanta gala en la publicidad, dando igual, sean religiosos o laicos. E interesante por sus repercusiones es el caso de colegios o centros escolares que en tiempos pasados fueron de élites, las viejas élites, y que ahora algunos, también padres, quieren que sigan siendo de élite porque allí están sus hijos. Y también habrá que pensar en el posible narcisismo de algunos padres, que seguramente acomplejados, educan a su descendencia en falsas invulnerabilidades, para machacar más que cooperar. 

            Y acertada estuvo la madre de la víctima al decir: “A Claudia cortaron las alas, para anular su autoestima y autoconfianza”. Eso hicieron los que quisieron acabar con ella, encerrándola en una depresión que, poco a poco, destruyó hasta el mal elemental instinto, el llamado instinto de conservación, muy poderoso en quien está empezando a vivir, adolescentes, y que poco a poco va desapareciendo, como avergonzado, ante la dificultad del vivir mismo. Para eso, la depresión, como la polilla, precisa de tiempo, pues avanza poco a poco, hasta la destrucción total.  

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