miércoles, 30 de marzo de 2022

HUMANAS Y DIVINAS, artículo de ÁNGEL AZNÁREZ (publicado en LA NUEVA ESPAÑA el 22 de enero de 2022)


Fachada Maristas de Oviedo (calle Santa Susana)


Lo humano, que viene del humus, es una continua descomposición, todo muy frágil y quebradizo, siendo esa su materia, que es madre (mater) de todo. Que un Tanatorio como el de Oviedo, se denomine Los Arenales puede ser el sumo de lo preciso y exacto, y también puede ser cosa de humor,  de humor ovetense, como lo del “Escorialín”. Y lo divino, que es afán de lo humano, es eterno e incorruptible; tiene la pureza de lo imaginario y fantástico; no necesita de intestino ni de colon. Muy necesario lo divino a lo humano, más que un complemento o adorno, mucho más que un broche, una pitillera de plata o una polvera con espejito para caras blandas y duras.

 

-Y lo que antecede ¿a qué viene? se preguntará usted, lector o lectora.  

 

-Y yo qué sé –les respondo-; estoy como ustedes, pero si está ahí escrito, ya no se puede borrar, y lea –es un consejo- lo siguiente por si tal vez tuviese relación con cosas humanas y divinas.

 

Simancas. Jesuitas de Gijón

En los Maristas del Auseva, en Santa Susana de Oviedo, se decía que los de ese Colegio, en aquel tiempo, eran los mejores y más listos, seguidos a distancia, mucha, de los Jesuitas de La Inmaculada de Gijón, también llamados “los guerreros del Simancas”. Eso nunca lo creí del todo, viendo quién tenía delante, subido a la tarima y delante del encerado negro y verde: eran Maristas hermanos, que llevaron babero, que eran sabi/cortos, que procedían del páramo o del secarral leonés; el Hermano Director, que tenía rango de Reverendo, se apellidaba Álvarez. Por el contrario, los jesuitas eran padres, nunca llevaron babero, eran sabi/largos, más de ciudad que de aldea cazurra, y con apellidos de aristócratas, como Lamamié de Clairac, de la tauromaquia salmantina, el Rector de La Inmaculada. 

 

Confitería en San Sebastián

Además, para mayor mosqueo, a dos compañeros de Colegio, que no eran tan listos como su papá –era, al parecer, registrador de la Propiedad, éste los encerró en el internado de La Inmaculada de Gijón, para su derechura.. También se decía por Santa Susana que estaban muy entretenidos los jesuitas dando y quitando, continuamente, premios, menciones y honores, colgando y descolgando fotografías en los cuadros de honor, y colocando bandoleras de colores a alumnos y a exalumnos. En los Maristas eso sólo ocurría en el Día de la Madre, en diciembre, con festejos en el Teatro Campoamor, incluida tabla de gimnasia dirigida por un Policía Armado, con asistencia del Gobernador Civil y de don Benedicto, cura e inspector provincial de Enseñanza Media. 

 

Púlpito del P.Gago (Iglesiona)

Encontrándome de paso en Gijón, qué mejor que investigar la excelencia jesuítica, sabiéndoles muy de Comillas y de puntos y comas. Así, discreto como un espía, fui a la “Iglesiona”, a la dominical Misa de once de la mañana, que allí oficiaban tres padres de la Compañía de Jesús, y siempre procurando no confundir esa Iglesia del Corazón de Jesús con la del otro, el Corazón el de María, de los hijos del Santo Claret, confesor de reinas gordas, valleinclanescas y de borbónicos aturdimientos, también sexuales –las reinas, naturalmente-. Eran, pues, muchos Corazones, dos en Oviedo y dos en Gijón; dos de jesuitas, de Jesús, y dos de claretianos, de María.  

 

Parroquia de Capuchinos en Gijón

El celebrante de la Misa de once era el Padre Pineda, sin pelillos o hierbas en la cabeza, seca ya la copa como una autopista, y que pasaría, luego, al llamado “Teléfono de la Esperanza”, El Padre Gago, pequeñito, teólogo y filósofo, predicaba y cantaba en lo alto del púlpito de la izquierda, según se mira al altar; apenas se le veía, aunque muy en sincronía con el P. Pineda en cantos y rezos. El tercer jesuita, que tenía colas de hombres y mujeres para confesar pecados, de cabellos nevados, se anunciaba en el confesionario con un letrero: P. Victoriano Rivas”. El Padre confesor, cerraba las puertas del confesionario con bríos y garbos de torero y, como harto, marchaba a escribir sobre el suicida Larra en el periódico local. Y el Padre Gago, desde el púlpito y sermoneando, explicaba, convincente, con detalle cosas del purgatorio por ser teólogo y cosas de Pitágoras por ser filósofo.  

 

Escuchando al P. Gago, sobre el purgatorio y los pitagóricos, me acordaba del profesor de Filosofía de los Maristas, un laico y estrafalario en todo menos en el traje que vestía, un elegante “Príncipe de Gales”, como comprado en Al Pelayo, el almacén general de Secades, el del 2x1, también varón de Grado. Esa elegancia chocaba con la condición de Director del Colegio San Agustín, lleno de humedades y goteras, cerca de la Corrada, la del Obispo, hoy Casa Sacerdotal. El profesor ovetense de Filosofía tenía un peculiar método de enseñanza, consistente en obligar a aprender de memoria conceptos filosóficos que estaban en el manual de Filosofía, escrito por un tal Joaquín Carreras Artau. Por eso, lo poco que sé de Filosofía, quedó, desde entonces, en mi memoria; así, por ejemplo, la Lógica era “el estudio sistemático de las formas o procedimientos con los que la razón humana elabora el saber”. Y de Pitágoras, insistieron el profesor laico y el clérigo predicador, que rechazaba que sus seguidores, los pitagóricos, comieran alubias, pues en ellas estaban incrustadas, pegadas, las almas de los muertos (en Hispanoamérica a las alubias llaman “porotos”).


Pasteles a lo vasco
 

Lo de las alubias pitagóricas trajo cola, pues de ello no me puedo olvidar en mis continuos viajes a San Sebastián, rechazando comer las sabrosas alubias de Tolosa, en Casa Bartolo, en el casco viejo donostiarra, invitado por amigos, por aquella rara creencia y recuerdo pitagórico. Con la otra especialidad tolosana, los estofados de lengua de ternera, no tuve problemas. Y si no almuerzo alubias de Tolosa, me atiborro a merengues, en la Confitería Oyarzun, que está a la izquierda entrando en el casco viejo donostiarra. Y de las cosas vistas y oídas a los padres jesuitas en Gijón, conté maravillas en los Maristas de Oviedo, que desde entonces me cogieron rabia, en particular el Hermano Aquilino que, como nada sabía, enseñaba lo del “Formación del Espíritu Nacional” –eso fue en segundo de Bachillerato. Desde entonces fui amigo de jesuitas, que hasta me regalaron un libro esplendido sobre San Ignacio y el Arte. 

 

También me interesaron mucho los capuchinos, con pelambres más que con barbas, y muy cetrinos. La Misa capuchina de las trece horas, los domingos, la oficiaba el Prior, que una mañana desapareció, explicando el sacristán, también barbudo, con misterio, que el Prior había salido a pasear con una catequista y que no volvió. Y el convento de los encapuchados, húmedo y gris, era pobretón como el mismo San Antonio de Padova, viéndose cerca el Cine Los Campos, de los Campos Elíseos, un verdadero Coliseo y con gallinero para la bulla en las escenas peliculeras de amor.

 

Muy cerca estaba la casona para caridades de las llamadas Religiosas de María Inmaculada del Servicio Doméstico. De ellas se decía por el barrio gijonés de Los Campos, que aquellas monjas eran muy preparadas, pues sabían tomar la tensión, y lo hacían gratis a los pobres, aunque muchos decían que no eran necesarias, pues los pobres siempre eran de tensión baja ¡pobres! 


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domingo, 13 de marzo de 2022

CORRIDA, MUNUZA Y CONFITERÍA ALONSO, artículo de ÁNGEL AZNÁREZ (publicado en LA NUEVA ESPAÑA 8 de enero 2022)



En tiempos pasados, los mandiles que protegían la ropa de pechos a rodillas, eran prendas necesarias a las cocineras, de siempre, de mucha fuerza y anchuras, como en las películas de Fellini. Lo de los “michelines”, ahora obsesión y locura de cocineros, llegó más tarde con ellos, estirados unos como salchichas y redondos otros como botillos: todos chefs  y siendo lo de ellos tan fino que es transparente. Ahora mismo, María Odesita, conocida por Desi, natural de Tuilla y de enormes tallas, inmensas, que cocina “les cebolles rellenes” en Casa Desi y Pochi, en el Barrio La Capellanía de Quintueles, me recuerda a las cocineras de antes, como la de Casa Bango, en Oviedo, o la del llamado Mercedes, restaurante especializado, en Gijón, en albóndigas y en pollitos fritos.    

Los mandiles servían para no ensuciarse con frituras, guisos y sangre de animales comestibles, que, muertos, manipulaban, y “trabajados” en el interior secreto de las cocinas, de poca luz por ser las bombillas frígidas.  Y también, para no pringarse, en este caso, con  los Tocinillos de cielo, las empleadas de Casa Rato, también usaban mandiles, de pechos a rodillas. Tocinillos de cielo que los de Rato eran cuadrados –lo de Rato siempre fue cuadrado o picudo- y de redondez eran los tocinillos de Grado, localidad asturiana de muchos varones y de hembras, no siendo justo que se dijera que allí, Villa de moscones, sólo hubiera un varón, aunque éste fuere de luces hidroeléctricas. Y nada que ver ni con el “Barón rojo”, músicos, ni con “Varón Dandy”, que fue colonia preferida para bailar “agarrado” los de la aldea en las tardes dominicales en El Maijeco.


En los presentes tiempos, los mandiles los pone mucha gente, no sólo las cocineras, que apenas quedan; los llevan desde los presidentes de sociedades gastronómicas a lo “vasconio”, cocinando para la peña (o la piña) el  arroz con calamares, hasta los “estilistas” que cortan el jamón de bellota, con o sin el añadido fashion de los tirantes a la vista, en las tiendas de delicattessen. Y es de llamar la atención que las damas vistan mandiles por Navidad para hacer caridades en elegantes rastrillos solidarios; unas. señoras-bien, que antes rechazaban los mandiles, por ser prenda de criadas, siendo lo propio de ellas, señoras y señoritas, colgar del cuello  escapularios en procesiones de la Virgen del Carmen por Santa Susana o por Begoña, o ir al Campoamor, sin mandiles, para escuchar La Bohème. En Gijón, por el contrario, donde cualquier extravagancia es normal, incluso que “la primera gijonesa” sea de Oviedo, al Jovellanos podían acudir señoras y señores con mandiles, en promoción de Divertia.


El alto nivel de la gijonesa Casa Rato obligaba a que los que querían merendar corrientes chocolates con churros o torrijas -tan reconfortantes, según Gómez de la Serna, como filetes de ternera- y no los sandwichs primorosos o las  pastas de la Casa, tuvieran que desplazarse al Café Dindurra, lejos, o al Café Exprés, cerca, de puerta giratoria, al otro lado de Corrida. En El Expres, un alto y elegante caballero ¿por qué los elegantes son siempre largos y no cortos, aunque con gemelos de oro?, de cabellos nevados, traía los pedidos en una inmensa bandeja de metal, bandeja de camareros, que escudo guerrero a proteger. ¡Cómo chirriaban las ruedas del tranvía al girar hacia Corrida, camino de los Jardines de la Reina desde Somió, pareciendo las ruedas gritaban aprisionadas en los carriles, queriendo el descarrile!

En Casa Rato era visto un naviero importante, un López de Haro, pariente, sin duda, del de Bilbao, rodeado de consignatarios, famosos en La Pondala y en sus domicilios. Es que Gijón, estimados y estimadas, por los muchos jesuitas que aquí enseñaban, por lo de la Virgen de Begoña y por esa Universidad, casi como la de Deusto, llamada la Universidad Laboral de Gijón, también dirigida por jesuitas, Gijón –escribo- era como Bilbao, aunque el Piles nunca fuere el Nervión, igual de navegables y limpios, muy limpios ambos.      


Y cerró Casa Rato por causas naturales, pues en aquel tiempo lo más natural era derribar los edificios para hacer otros, cuyos portales, por distinción, tuvieran porteros con muchos botones dorados. Se aconsejaba: “O  vivir en Somió, o en edificio con portero”. Y en aquel momento del cierre, por derribo, la delicattessen culinaria de Gijón, pasó a La Argentina, la de los rollitos de Jamón York y huevo, en la calle Munuza, entre las calles León y Begoña; llamada La Argentina, porque su  propietario, don Adolfo González junto a su esposa Mercedes, quisieron recordar la tienda, en La Habana, en la que Adolfo trabajó mucho antes de lo de la Argentina y del empleo en Casa Rato. 

Eran fascinantes los escaparates de aquella Argentina de Munuza, con exhibición de fastuosas y apetitosas “Cestas de Navidad”. Los turrones almendrados, los alcoholes exóticos, con alguna botella de Anís del Mono y el escogido laterío, causando arrebato las latas rusas de carne de cangrejo llamadas Chatka, todo era forrado con plásticos y cintas doradas como oros. Y aquí llega el recuerdo a un personaje gijonés, que se llamó Mercurio, él deportista y padre de deportistas. Y es que llamaba la atención La Argentina, también, por los tubos fluorescentes, de luz tan blanca que era azul.


 Precisamente Mercurio fue el que, desde su comercio Mercurio, en la calle Uría (Gijón), extendió la fluorescencia por toda la ciudad. La fluorescencia de Oviedo fue cosa de Fluorescencia Onís y de Mercurio la de Gijón. Y recuerdo, en tiempo más presente,  que Adolfo, el hijo, dueño por herencia de La Argentina, estuvo casado con una hija de Mercurio, llamada Liana, alta que fue como altos son y fueron los “Mercurios”, tan trabajadora y deportista como ellos. 

Y con cualquier pretexto, era obligada la estancia en la Confitería Alonso, en Menéndez Valdés, junto al “Parchís”. Esa confitería fue la más excelente en lo de las cremas pasteleras, de elaboración secreta y presentadas en múltiples formatos, en “cazuelas”, dentro de las esponjosas  “bombas”, o en los rellenos cilíndricos de los “piononos”. Si don Federico, el de La Malloquina, en Oviedo, fue el rey de las “yemas”,  Alonso, la de Gijón, fue la reina de las cremas.  Y no olvido aquellos, otros,  pasteles redondos, como tartaletas, rellenos de pequeños trozos de frutas escarchadas, de color verde y rojo. 

Y en Confitería Alonso,  una señora, con lentes y ropas de abuelita, lo dirigía todo; hacía nudos y cortaba la multicolor cinta pastelera, con mandil, por supuesto.   

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