miércoles, 24 de febrero de 2021

EL MAL COMÚN, artículo de ÁNGEL AZNÁREZ, publicado en "LA VOZ DE ASTURIAS" (21/02/2021)



A mediados de la pasada década de este mismo siglo, escuché una conversación, en la Fundación Juan March de Madrid, dialogando dos personas inteligentes y profesores de Literaturas Hispánicas: don José Carlos Mainer y don Francisco Rico. En un momento de la conversación, el filólogo y experto cervantino, con la solemnidad y el aplomo que le caracterizan, dijo: “Casi nada se puede hacer en muchos dominios, si uno no forma parte de un club. Hay que estar en el club”. Esas palabras sabias, procedentes del más y mejor experto de don Quijote, asemejan a las de la llevanza del criado Sancho a su Ínsula, pronunciadas por fracasado caballero de la Mancha: “Todo esto digo, ¡oh Sancho!, para que no atribuyas a tus merecimientos la merced recibida, sino que des gracias al cielo”.  


Tal conversación y frases las volví a recordar ahora, en 2021, con ocasión de la publicación del libro del norteamericano y filósofo político, Michael J. Sandel, titulado La tiranía del mérito ¿Qué ha sido del bien común?, que es sobre la meritocracia y la virtud cívica (a los americanos, después de Rawls, y su Teoría de la Justicia, hay que leerlos). Un filósofo, Sandel, que interesa en España como lo prueba la página que El País (Babelia) le dedicó el 23 de enero de este mismo año y la extensa entrevista que se pudo leer en el ABC del domingo 14 de febrero, la semana pasada. 




Aquel importante libro precedió a otro, igualmente importante, del historiador europeo y residente en Norteamérica, Walter Scheidel, titulado
Historia de las desigualdades, de la Edad de Piedra al siglo XXI, que es sobre las desigualdades, naturalmente. Tales recuerdos no se produjeron porque libro alguno, ni uno ni otro, tratasen, precisamente, acerca de los clubs o de las “sociedades de mutua ayuda”, sino por lo contrario, porque de ello no tratan, juzgando determinante para entender la “meritocracia”, caso de Sandel, o ser instrumentos de desigualdad, caso de Scheidel. 


“Lo de formar parte de un club” del profesor Rico, que también es consejo de padre, pudiera entenderse de dos maneras distintas. Una primera, natural y admisible, en sentido de unión o colaboración necesaria de personas para conseguir un resultado que supera las posibilidades de los individuos. Y una  segunda, artificial y patológica, que consiste en aprovecharse de las ventajas del grupo o del club para alcanzar lo que escasos méritos individuales o menguadas capacidades nunca conseguirían. Así, ser de un club o de varios, con torticeros afanes y resultados, puede ser una de las múltiples maneras de contrariar la llamada sociedad de iguales, eje del liberalismo y de los socialismos imperantes. Ya Rousseau afirmó que no hay libertad sin igualdad y que la condición de una sociedad moderna, para que ésta sea viable, pues es inevitablemente desigual, exigiría precisar las tolerables desigualdades concretas. 



No obstante tanta predicación laica y tantos sermones a cargo de predicadores de la Política, con tantos seguidores que, inexplicablemente, creen sus celestes promesas de igualdad, la cosa cada vez empeora. Sandel y Scheidel también lo escriben. El triunfo de la desigualdad ahora es apoteósico: las desigualdades crecen y van a más, y tanto cuando gobiernan conservadores como progresistas. Parece que la desigualdad es una griega moira o un latín fatum: destino o resultado inevitable, hágase lo que se haga. Fatalidad o tumor fatal que ni siquiera se reduce con esa especie de “quimioterapia” que consiste en instalar a los populismos dentro del Poder, para asaltar el cielo. Más y más ricos, que esa es la dinámica o física. Se permitirá teorizar sobre la igualdad pero la práctica siempre es oligárquica. Y para disimularlo la Política dispone de la mentira y del engaño. 


Ni el mesianismo igualitario y laico del judío Karl Marx, ni el mesianismo igualitario del judío y religioso de Cristo, acabaron con las desigualdades, y eso que mucha fuerza tuvo el mesianismo marxista y tiene aún el cristiano, que dispone hasta de promesas de interminabilis vitae, con amenazas de infiernos para los ricos. Pues nada; ni caso: el hecho sigue siendo el mismo, la desigualdad. 


Walter Scheidel se refirió a los Informes últimos de Oxfam (ONG), que en Davos, para escándalo, acaba de afirmar la previsión de que las desigualdades, por la actual pandemia del Coronavirus, aumentarán. Una revista francesa acaba de titular: ¿A quién aprovecha el COVID?, y publica una entrevista a Esther Duflo, premio Nobel de Economía y especialista del desarrollo, en la que dice: “Los pobres son los grandes perdedores de la crisis”. Scheidel señala que las grandes guerras, las grandes revoluciones y las pestes pasadas fueron causantes de millones de muertos, pudiéndose  así instaurar una efectiva igualdad. Es como si la actual pandemia, hasta ahora con miles de muertos, no bastara para luchar contra la desigualdad, haciendo falta aún muchos más muertos, acaso millones. Y escribo esto último con pena y tristeza recordando a tantos fallecidos y enfermos, conciudadanos, por esta peste. 



La crítica de Sandel a la meritocracia americana, culpándola de la desigualdad, del resentimiento y del arrogante elitismo, todo lo cual es contrario al bien común, no se puede trasladar a España y a otros países del sur de Europa, sin dos previos análisis: 


a).- La enorme la desigualdad entre los que tienen un empleo público, en cualquiera de las Administraciones empleadoras, y los que tienen un empleo privado, siendo ello especialmente manifiesto en estos tiempos de pandemia, privilegiada situación de los primeros (mantenimiento de empleos y salarios) e insoportable en los segundos. 

b).- Dentro de los empleados públicos, en la Europa del Sur, es aún más destacada la meritocracia de aquéllos que, escalafonados, pertenecen a las élites de ciertos “Cuerpos del Estado”, de acceso por el sistema de oposición. No sería de justicia negar la gran aportación que los integrantes de esos “Cuerpos” hicieron a la Política y a la Administración en la España contemporánea, una meritocracia de excelencia. No se debe ocultar que la oposición puede ser un sistema, que además de facilitar la movilidad social, es como un mercantil título-valor, que permitirá, unas veces en activo, otras en excedencia, privilegios plurales, contrarios a la igualdad, por ser como de club. De meritocracia cuestionable por ser de talento y no sólo de talento. De “pesebres estatales” escribió Max Weber en La política como vocación. 


La realidad española y el libro de Sandel exigirán mayor análisis y en profundidad, pues nunca se analizó, por extrañas razones, acerca del carácter corrosivo de la meritocracia española para el bien común. Y sin que esté lejos el asunto del dinero, en activo o en excedencia, pariente indeseado del Poder, que son ambos oligárquicos. 



Daniel Innerarity, en su reciente libro Una teoría de la democracia compleja, trata de la “igualdad democrática” dentro del título Democratizar la democracia, siendo la percepción ciudadana de la desigualdad una de las causas de la desconfianza, y añado ahora, que eso es así efectivamente, no obstante la completa ignorancia de la ciudadanía respecto del modo operativo o el de la practica de cómo las élites se benefician, y de manera sigilosa y secreta, pues cuantos más secretos sean los clubs, más eficaz es la guerra a la igualdad. 



     

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lunes, 15 de febrero de 2021

DON ÁLVARO O ALVARIÑO, PARA BEBER EN TAZA O TAZÓN, artículo de ÁNGEL AZNÁREZ, publicado en "LA VOZ DE ORTIGUEIRA" (5/02/2021)




(I)



Lectores y lectoras, atentos ellos y atentas ellas, cayeron en la cuenta de que en mis artículos hay frecuentes referencias a don Álvaro Cunqueiro, y que el personaje principal de su obra, Las mocedades de Ulises, salió a pasear varias veces por la Ría de Ortigueira desde su residencia, en las cercanías del Río Mera. Y he de comenzar respetando la estricta paridad, ellos y ellas, como mandan las del llamado “género” y unos progres como los de antes, que no es, por cierto, nada genérico sino muy específico, lo femenino, tan exclusivo.



Razón siempre tuvo Suso del Toro que, en el Prólogo a aquel libro de don Álvaro, y sin embestir por lo taurino, escribió al principio: “La literatura es un escapar de la realidad que nos agobia en su abrazo total”; y lo concluyó: “La literatura siempre es una mentira, la mentira de Cunqueiro nos da consolación y serenidad”. Mis mentiras, las mías, también aspiran a eso, aunque seguramente sin conseguirlo, a la consolación y serenidad de mis lectores y lectoras, ellos y ellas.


He de contar o hacer público lo que hasta ahora es reservado, de mi personalidad e intimidad exclusivas. Mi amor a Galicia y mi amor a la escritura del gran Álvaro, el de Mondoñedo, el de los animales políglotas, el de lo misterioso y lo alucinante. Siendo dos los amores, también fueron uno. Un solo amor, en singular, ya es, de por sí, mucho y difícil de sobre/llevar y de bajo/llevar, teniendo en cuenta las grandes cosquillas que arriba y abajo se producen. ¡Piénsese en los gorgoritos y ruidos que se causan por tener dos amores…O sea, la leche…!



La culpa de tal enredo amoroso la tuvo mi admirable don David Fojo, el cual, rodeado de cajoncillos secretos que componían el imponente mueble-secreter de madera, situado al fondo de su local, en el Cantón de la Villa Condal de Ortiguiera, muy cerca de las máquinas de imprimir de su imprenta. Allí me explicaba la prosa gallega y comestible del fabulista Cunqueiro, al tiempo que recitaba, don David, poesías, como odas a María, con temas referidos a la playa de Morouzos o la Isla de San Vicente, poblada de aves que eran como pavos reales.


De Cunqueiro leí todo, hasta lo publicado hace pocos meses, titulado Artículos periodísticos (1930-1981), y por la Biblioteca Castro, en edición de Miguel González Somovilla. Visité Mondoñedo, tocando la estatua de don Álvaro o “alvariño” de la plaza de la Catedral; hablé con obispos de esa particular diócesis, asombrado de que en el Museo Diocesano hubiera unas calzas litúrgicas y mitras originales; compré pastillas en una farmacia -siendo señorita la farmacéutica- con tarros medicinales de adorno y los suelos de madera que olían a cera. Del bigotudo “Rei das tartas”, quedaba ya poco. 



Don David Fojo me envió y regaló una separata, una auténtica joya, de La Voz de Ortigueira, impresa en la Imprenta Fojo de Ortigueira en 1990, titulada “Tres artículos desconocidos del escritor Mindoniense”, que se publicaron inicialmente en los programas de fiestas de los años 1951,1952 y 1953. A ellos volveremos en días venideros. Fue don David el que me dijo que don Álvaro, con 23 años, de octubre de 1936 a finales de 1937, vivió en la capital del Condado, siendo profesor en la Academia Santa Marta, cuya titularidad pertenecía a un consagrado a oficios divinos. 


El caso es que doña Carmen Fojo, la dueña ahora, no me deja regresar a Santa Marta a pesar de las muchas ganas que tiene de verme, pues me repite que el Covid-19 se pasea por el Malecón, por las inmediaciones del Cementerio y por la playa de Cabalar, y hace pedorretas a las Autoridades constituidas, todas uniformadas. Eso, lo de las pedorretas, me parece lo más sensato que un virus puede hacer; y desde luego, si yo fuera virus, por esos tres mismos y preciosos lugares, me pasearía. 



Como doña Carmen Fojo, la dueña ahora, no deja de pedirme brevedad, la hago caso para ser obediente. Aquí quedo, aunque sólo por ahora y hoy; pues de don Álvaro o Alvariño escribiré mañana más, mucho más. Mi barroco, queridos lectores y lectoras, no es el de la brevedad de Gracián, sino el de lo infinito de Góngora y de los gongorinos. 


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martes, 9 de febrero de 2021

EL ASALTO DE LOS CIELOS POR EL POPULISMO, artículo de ÁNGEL AZNÁREZ RUBIO (publicado en "LA VOZ DE ASTURIAS " , 7/2/ 2021)

 

En artículos  anteriores, especialmente en Podemos o no podemos, se hizo referencia a Pierre Rosanvallon, historiador y sociólogo. Es el autor contemporáneo más especializado en lo que se viene denominando “las mutaciones de la democracia contemporánea”. Es también Rosanvallon el autor de los mejores libros sobre la democracia, tales como Democracia inacabada (2000), Contrademocracia (2006), Legitimidad democracia (2008) y El siglo del populismo (2020). Un populismo, el de este siglo, que es interrogación sobre la democracia y que se inscribe en las tensiones de la misma, siendo el presente un tiempo de grave crisis del capitalismo y de la representación política.

 


Se publicó también en 2020, en España y por la Editorial Trotta, La máscara democrática de la oligarquía, que es un coloquio que tuvo lugar en los años 2013 y 2014 entre tres italianos: un historiador, Luciano Canfora, un filósofo, Geminello Preterossi, y un jurista, Gustavo Zagrebelsky, que fue presidente del Tribunal Constitucional italiano. Del entero coloquio interesa hoy la cuarta parte, titulada entre interrogantes: ¿Todo es culpa del populismo? Dejo las demás partes del coloquio a un tiempo posterior al tratarse de las lamentables élites españolas, incrustadas también en el Estado, con prácticas del conocido sistema mafia. Sí que destaco ahora mi admiración por el jurista italiano, desde que leí, allá en 1995, su libro El derecho dúctil, con prólogo del fallecido Peces-Barba.

 

Antes de que el lector/lectora se canse por lo escrito hasta aquí y deje de leer, trascribo lo que dijo Zagrebelsky, que consta en la página 103 del libro-coloquio, confesando un escalofrío al leer su parte final. Aclaro ahora que, cuando escribí en Podemos o no podemos, acerca del odio y la tensión “amigo-enemigo” según Carl Schmitt y en la actual política española, no conocía la frase de Zagrebelsky subrayada.

 

Dijo el demócrata ex presidente y juez:

 


El populismo niega la dialéctica mayoría-oposición porque en la incorporación de todo en uno debe haber identidad. El populismo es un régimen identitario, en el sentido de anulación de las distancias. Incluso los estilos de vida deben coincidir, al menos aparentemente. En una palabra, la noción misma de los gobernantes, de la clase dirigente, queda abolida. No parece que en el populismo haya clase dirigente. Cuando luego se descubre que no es así, y que los vértices del “movimiento” viven como sátrapas, se desencadena la furia. Recordemos el final de los cónyuges Ceaucescu, que fue un final típicamente populista”.

 

                                               (I)

 

Luciano Canfora, a la palabra populismo, la calificó de arrogante; Zagrebelsky de ambigua y engañosa; y Rosanvallon escribió que es de connotación peyorativa y negativa. En cualquier caso parece que el populismo está más cómodo en una estructura-tipo “movimiento”, que parece más espontánea, que en forma de partido político que parece más artificiosa; en otras palabras: embridado un “movimiento” en un partido político, con beneficios y con muchos  inconvenientes. Eso fue lo ocurrido en España, que se hizo del “Movimiento del 15 M” un partido político (“Podemos”), aunque se proclame, por unos y por otros, que pretenden lo mismo: regenerar la democracia.

 

El interés en querer institucionalizarse como partido político pareció estar en sus dirigentes, viendo así la posibilidad de acercarse al Poder, lo que se llama “asaltar el cielo”, fuente de muchas gracias primero y desgracias después; entre las primeras está la erótica, que no existe en los “movimientos” a base de manifestaciones y proclamas populistas y/o callejeras. Y es que a la “erótica del Poder” son muy sensibles los homo passionalis, obsesivos, a los que nos referimos en Podemos o no podemos. Es complicado, como recuerda Zagrebelsky, trasladar a un “frío” partido político conceptos básicos de movimientos populares tan “calientes” como conducator y jefe --jefe en unión “mística” con la masa y la masa con el jefe--. El llamado culto a la personalidad es más propio de “movimientos” que de partidos y volvemos al recuerdo de los cónyuges Ceaucercu.


 

                                               (II)

 

Otro problema es el de la duración del liderazgo en un partido político, no en un “Movimiento”. Preguntamos: ¿Cómo se podrá defender un liderazgo de larga duración a un máximo dirigente en un partido político, incluso aunque vaya de derrota en derrota en procesos electivos, cuando el mismo dirigente exige a sus militantes brevedad en el ejercicio de sus respectivos cargos? ¿En qué quedamos, en lo temporal o en lo eterno? La permanencia indefinida en el Poder es, sin duda, a base de una continua e indefinida lucha, escabechina o carnicería entre el llamado jefe del partido político que quiere mantenerse por su irrefrenable voluntad de poder y los demás que quieren participar en la orgía “celeste”. Acaso la manera más apoteósica de permanecer en el poder sea la proclamación de su irreversibilidad, basándose, natural e hipócritamente, en la irreversibilidad de las conquistas protagonizadas por el Pueblo.

 

 

                                               (III)

 

Adoptar la forma de un partido político es aceptar la forma y el fondo de una democracia liberal, que es el diseño constitucional actual. El pueblo liberal referido en las constituciones políticas no es el pueblo iliberal de los movimientos populistas. Una cosa es la “espontaneidad” de los movimientos populares y otra muy diferente son las organizaciones y asociaciones de los partidos que implican reglas y estatutos (los partidos). ¡Curioso el destino de aquéllos, acaso cómico o trágico, que, desgañitados en denunciar los usos y abusos de las élites contra el pueblo, acaban ellos mismos en convertirse en élites! ¡Curioso el destino de aquéllos, acaso cómico o trágico, que desgañitados en denunciar los usos y abusos de la llamada democracia liberal contra el pueblo, acaban ellos en ser sostenedores de esa democracia liberal! Decir que no hay lugar para una alternativa de Gobierno en un sistema liberal de representación, como el español, es anunciar cosas terribles.

 


¿Cabe una Nueva Política allí donde la matriz y el sostén de todo están en los férreos intereses de los de siempre? Acaso sea verdad la opinión de un analista político en ABC de que la decisión de Pedro Sánchez de formar gobierno con Podemos, puede resultar la peor y la más dañina, pero también habrá que recordar, por justicia, que fueron los populistas los que denunciaron los salvajes intereses de demora pactados en las hipotecas; que fueron los populistas los que denunciaron las presiones de las “empresas periodísticas” a las Administraciones; que fueron los populistas los que denunciaron los sistemas de cooptación en la designación de relevantes cargos judiciales. Es normal, muy normal, que la Derecha se pregunte si Sánchez, ahora, duerme tranquilo.

 

                                               (IV)

 

Daniel Innerarity, en su artículo Democracia y verdad, publicado en El País el 10 de septiembre último, escribió: “El liberalismo diseña la vida pública de manera que nadie pueda representarla absolutamente” y añade:” No tenemos democracias para encontrar verdades absolutas, sino para decidir los asuntos comunes sobre la base de que nadie -mayoría triunfante, élite privilegiada o pueblo incontaminado- tiene un acceso privilegiado a la objetividad que nos ahorrará el largo camino de la pública discusión”.

 

Innerarity combate lo que Rosanvallon considera esencial en los populismos y que denomina: “La cuestión de la irreversibilidad”. A eso, a la Democradura, también nos referimos en Podemos y no podemos, siendo definida como “régimen esencialmente iliberal que conserva en lo formal los ropajes de una democracia”. Tal hipocresía maquiavélica no es aceptada por el resto de las fuerzas políticas que disputan dentro de un mismo espacio político, el liberal, pero la pregunta es: Si es tan esencial la Democradura para los populistas y tan rechazable para los demócratas liberales, ¿por qué llegan a acuerdos para gobernar? Lo leído hace escasos días de que el Psoe recordó a Podemos que no se puede ser al mismo tiempo gobierno y oposición, no revela ningún tipo de inteligencia política sino mucha bobada estúpida.

 

Y la llamada irreversibilidad plantea dos problemas. Uno ya lo apuntamos en artículo anterior, y es sobre eso tan peculiar y extraño de que un partido populista entre, en minoría, en un Gobierno (caso de España). El otro problema se manifiesta ante unos resultados electorales, cada vez peores, del partido populista. La cultura política de los partidos políticos en un régimen liberal hace que se asuman, con naturalidad, los éxitos o fracasos electorales, incluso que desaparezcan. No se sabe aún cómo los partidos de la irreversibilidad del Poder asumen o han de asumir su continuo deterioro electoral.

 

Daniel Innenarity en el libro Una teoría de la democracia compleja, editado por Galaxia Gutemberg en 2020, en la Introducción, cita al austríaco  escritor Robert Musil, que dijo: “La diferencia entre una persona normal y una que está loca es que la normal tiene todas las enfermedades mentales, mientras que la loca tiene una solo”. Habría mucho que debatir sobre quién es la persona loca y quién es la persona normal, pues, a veces, las apariencias engañan.

 

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