domingo, 27 de agosto de 2017

"EN VALDERAS, PAN Y TOROS", artículo de ÁNGEL AZNÁREZ ("La Nueva España", 27/08/2017)



¡Oh tú, Camila Rebollo
Madre de este científico repollo.
Eres la madre más dichosa
De cuantas han parido alguna cosa!
(Fray Gerundio de Campazas del
Padre Isla S.J.)
 
Encina del Monte del Duque
Para llegar en coche de línea, desde Valencia de Don Juan a la villa terracampina de Valderas, hay que subir por la Avenida del Obispo Panduro, ancha como las avenidas de Paris, dejando a la izquierda el edificio fantasmal y gris de la “Cooperativa de Vinos de la Ribera del Cea” y a la derecha el velatorio de la Funeraria llamada, naturalmente, Nuestra Señora del Socorro. No sé si el velatorio de Valderas es de tantos servicios como el de Villamañán que, entre otras prestaciones, se incluyen –así lo anuncia- los trámites necesarios y posteriores al servicio funerario, tales como la baja en la Seguridad Social, auxilio por defunción y pensión de viudedad.


Hasta mayo de 1969, también se podía llegar a Valderas en tren, en el famoso “Tren Burra”, de Palanquinos a Medina de Rioseco, el único tren leonés para el transporte de cereal y conejos -no minero como los otros, pues mineros fueron el de Ponferrada a Villablino y el de León a Bilbao (Hullero), con parada éste en Boñar para degustar “nicanores”)-. La estación de Campazas fue la anterior a la de Valderas, saliendo de Palanquinos, estando distantes por vía férrea unos 10 kilómetros, con travesía por el encinar, con muchas liebres, del Monte del Duque, y paso por el puente fluvial del Río Cea, casi de grande como el del Río Kwai.


Capote taurino
El Padre Isla, hijo de Ambrosia y José, oriunda y corregidor de Valderas, respectivamente, alumbró la Historia del famoso predicador fray Gerundio de Campazas, alias Zotes, a su vez, hijo, ficticio, de Camila Repollo y Antón Zotes, que explicó “haber sido criado en Campazas con la mejor leche del Páramo y Campos”. Una leche, por cierto, muy apropiada para resistir los endémicos estreñimientos de los nativos de la zona por causa de la mucha ingestión de leguminosas secas y grasas de cerdo. A este viajante no le consta un especial consumo de leche ni lo otro por los de Valderas.


Por una parte, aquel libro del Jesuita sigue siendo fundamental para conocer el siglo XVIII español; por eso y de ahí, que los jovellanistas, que tantos dicen serlo, lo lean con repetición. Además, el pretencioso P. Isla, casi tanto como el P. Baltasar Gracián consideró a su fray Gerundio una especie de “un don Quijote de los predicadores”, pues pretendió que “volviese a la cordura y muriese de forma ejemplar, con exhortaciones a frailes para que predicasen con decoro, gravedad, juicio y celo”. Eso que es lo mismo que pretendió Cervantes,  que se curase don Quijote de su locura, lo que llegó a conseguir, aunque sólo en la ficción o artilugio novelesco, pues en la realidad no consta caso alguno de loco, muy loco, que muera cuerdo, ocurriendo siempre lo mismo: los muy locos mueren muy locos, incurables. Asunto diferente y frecuente es creer vivir cuerdo, estando de o para encerrar.


En los pueblos de Castilla y León, tierra de trigos,  lo primero que hago es visitar a los del arte o técnica de la panadería; en Galicia, los primeros que visito son los cultivadores de esas flores tan finas que son las camelias, y en Extremadura me apresuro a saludar a los cuidadores de piaras de cerdos ibéricos, unos cerdos ibéricos que han de ser autóctonos y no cruzados con la raza de porcino blanco: nada más literario que el “Manifiesto del Cerdo Ibérico” aparecido en El País el 27 de diciembre de 2012. Si esta vez, en Valderas, visité antes a Zoilo Rueda, el de “La Meca del Bacalao”, que a doña Sara, viuda de Estébanez , la de los panes, fue porque aquél me dijo que, para comer, ya no quedaba ni pulpo con pimentón ni bacalao con ajos, y sólo una paletilla de lechazo,  que no podía esperar más;  nadie podía esperar más: ni yo ni la paletilla. Por cierto que soy lo justo de “cuchara”, tal como los finos y petimetres de ahora llaman a las lentejas y potajes.  


Salgo de La Meca de Zoilo, hoy de su heredera e hija por jubilación del artista, y me dirijo, saludando a Juan y a otros gitanos chamarileros, a La Ceca, que es la panadería de la calle Demetrio Alonso Castrillo (natural de Valderas y Ministro  de Alfonso XIII), un local, casi lindante con la casa-palacio de Castrojanillos. Saludo a doña Sara, que cada vez que la veo le falta un diente, lo cual no es sorprendente, teniendo en cuenta que antes y por estos “valles de eras”, al igual que las palanganas para el aseo, muy incómodas, eran sostenidos por palanganeros inestables de tres pies, las personas lavaban entonces sus dientes con bicarbonato. De ahí las bocas y boqueras.


A doña Sara, buena mujer y madre de tres hijas guapas, pregunto lo mismo siempre: si fue pariente del importante panadero de las localidades de San Miguel del Valle y de los demás pueblos del alfoz de Valderas (Roales, Valdescorriel y Fuentes de Ropel), llamado Miguel Estébanez Santos, casado con Teresa García Garea, padres de Víctor y Mercedes, muertos ya los cuatro.  Sara siempre me responde que no.


"Gallos" y "Gallitos"
Esta vez encuentro a Sara Estébanez  como triste y melancólica, y no porque sea viuda nueva o reciente. Una vez prometido acompañarla en el sentimiento, me cuenta lo siguiente: que recibió la visita de la inspección sanitaria de la Junta de Castilla y León, y prohibió la sanitaria, bajo sanción de cierre, que en el mismo horno cociese el pan y se asare el lechazo. Lamenté la mala suerte, siempre, de los panaderos de Tierra de Campos, pues, si en tiempos de Franco, los estirados de la “Fiscalía de Tasas” no les dejaban vivir en paz por lo del estraperlo y las harinas, ahora viene Sanidad con gaitas y melindres. Traté de consolarla recordando que, según me acaban de informar, los sanitarios, en Asturias, no dejan de inspeccionar los retretes de los restaurantes de lujo.   


Pregunto a doña Sara por su célebre nieto, llamado  Francisco Alcalá Estébanez (“Cachobo), sorprendiéndome tener en Castilla un apellido tan andaluz cual es Alcalá, cordobés en concreto, y más concretamente de Baena y Priego -muy adecuado para y por la enorme afición taurina del chaval-. El caso es que “Cachobo” es “cortador” taurino, o sea, que da cortes, quiebros y saltos a los astados a cuerpo limpio, sin capote o muleta, sin trajes de oros ni sedas de lucimiento, y que hace un par de años dio el golpe mortal, al parecer no de manera reglamentaria, al toro Rompezuelas en Tordesillas –episodio mundial del Toro de la Vega-. Que nada, que no hay manera de quitarle los toros de la cabeza al hombre –me dice su abuela-, y en Valderas menos –añado yo- pues existe hasta una asociación taurina llamada “Bendita Afición”.


Iglesia parroquial de Santa María
La tal “Bendita” organiza, con ocasión de las fiestas del Socorro, unas primorosas correrías de vaquillas por la Calle Ancha de Valderas, llena de barreras y talanqueras, que es casi tan ancha como la del Obispo Panduro y Sopaboba. Este año –en eso están- tendrá lugar el II Toro de Cajón. Y los de la “Bendita”, no sólo son de toros, también sus galgos tienen un club en El Rebeco. Lo mismo organizan una “Feria de Abril” que una jarana rociera, y el flamenco “jondo” y el superficial por doquier. Tanta es la afición a lo andaluz que, para abrir un nuevo negocio y para que tenga éxito en Valderas, sus dueños han de llamarlo: “El charco de la Pava”, “La Narda” o “El Corral de la Paquera”. Y los de la “Bendita” siempre  muy “Gallos” y “Gallitos”. Y “Lagartijos” sólo los del Ayuntamiento, en especial los de antes, que por poner en pie el Seminario, hundieron el pueblo.   


Compro una rosca de pan, unas magdalenas –como doce embolsadas en plástico- al buen precio cada bolsa de 2 euros y cincuenta céntimos, y unos cremosos “bollos” (en los pueblos castellanos no hay pasteles), lo cual no quiere decir que no sean buenos pasteleros, como bien sabemos los ovetenses, pues fueron los pasteleros maragatos los que inventaron los “carbayones”.


Digo adiós y hasta muy pronto a Sara Estébanez, y miro enfrente, en la misma calle, la casa de doña Socorro García Centeno, que, bajo su casa, tiene una impresionante bodega, casi tan profunda, abismal, abisal, como la de mi amigo Severino Zaragoza en Pajares de los Oteros, cerca de Valencia de Don Juan. Es muy interesante el suelo de Valderas, pero su subsuelo es otro mundo, inmenso y laberíntico, como laberínticas son las bodegas subterráneas, que hacen rutas y caminos infinitos; que antes de ser  para el vino fueron escondite de dragones y de sierpes gigantes amarillas como las sacaveras. Un mundo el de arriba y un mundo el de abajo, de mucha sugerencia literaria: que si Minos, Dante y Borges. Una Capadocia no en Turquía sino en León, a base de casas huecas.    


Doña Socorro fue maestra, es viuda de médico y fue hermana de cura. Me cuenta, bajando a la sima de la bodega y hacer el “cli-cli” a la pera para encender la luz, que…

FOTOS DEL AUTOR

martes, 22 de agosto de 2017

ÁNGEL AZNÁREZ anuncia que...

... El próximo domingo, 27 de agosto, continuará en Valderas, contando mucho de todo, también de pan y toros, saltando la talanquera.
Un toro del País
De madrugada, me acordé de la vecina Campazas, que también tuvo tren, llamado “el Burra” por ser tan rápido como las pollinas. Su estación está entre la de Castrofuerte, kilómetro 28,4 (desde Palanquinos), y la de Valderas, kilómetro 46.9  (desde la misma procedencia).


Y es que los de Campazas fueron siempre tan valientes y arrojados como los de Valderas. De lo de aquéllos da fe lo que predicó Fray Gerundio, natural de Campazas y conocido por alias Zotes, tal como consta en el PRÓLOGO CON MORRIÓN: “Los Barcias, los Castejones, los Bermúdez, los Gallos y otra larguísima lista de vivos y muertos, que podía añadir, son unos rábulas, unos charlatanes, unos papagayos, delirantes y vocingleros”. Y de los de Valderas da fe lo que yo diga.


Hemos recibido la muy grata noticia por medio de un cofrade de “La Pastorica” de Valderas, que el tejado de la Ermita “La Virgen del Otero”, al otro lado del Río Cea y cerca de la imponente depuradora, ya no tiene goteras.
Ermita del Otero (Valderas)
Y lo del pan, en forma de barras, roscas, o panecillos -no hogazas magnas que ya no se fabrican- y lo de los toros, lo del cajón taurino o el descajonamiento, lo trasladamos al domingo próximo, día 27.  

domingo, 13 de agosto de 2017

"SALIENDO DE LA PISCINA DE VALENCIA HACIA VALDERAS", artículo de ÁNGEL AZNÁREZ (La Nueva España", 15/08/2017)




¡Gregoria! ¡Gregoria! ¿Qué pasa?


(Cuentos del reino secreto  de José María Merino)



Veo acá, alrededor mío, desde la suave altura de un cerro, entre Valdevimbre y Villamañán, respiraderos de bodegas subterráneas y majuelos de muchas vides, de tierras con suelo de piedras, de cantos rodados. Las uvas, de sabor y color intensos, se apiñan en racimos prietos y de bayas picudas que, después del vendimiario otoñal, en las comarcas leonesas de Valdevimbre, la ribera del Cea y los Oteros, resultará el vino rosado o tinto -según sea el “tiempo de sangrado”-, que se denomina “Prieto Picudo” (no confundir ese vino con la forma de ser, estar, incluso andar, “prieto y picudo” de muchos).


Vista de Valderas al fondo
Se dice que ese vino del Sur de León es bueno, algunos hasta que muy bueno. En Gordoncillo, población cercana a Valderas, y en Pajares de los Oteros, cerca de Valencia de Don Juan, los muchos asturianos que allí se desplazan, en las ferias respectivas de Agosto del “Prieto Picudo”, dicen que por muy rico hasta les hace olvidar la sidra. Eso no parece extraño, dada la menguada cultura vitivinícula asturiana, muy de chigre, de porrón y bota, de pellejos y garrafas de grueso cristal verde.
Miro allá, al Norte, a la Cordillera Cantábrica, separadora entre León y Asturias,  y veo lo mismo que vieron otros, antes y desde siempre, como el escritor José María Goy, el escritor de Puebla de Lillo y Boñar: “las Sierras o Valles de Laciana y Babia, los Picos de Europa y los de Mampodre, el Puerto de San Isidro y el pico Torres, y Ventanilla”. Contemplo primero las paredes montañosas de Asturias y León, con sus laberínticas hoces y desfiladeros, y luego, mas abajo y hacia aquí, sigo las planicies, páramos o llanos del Sur. Recuerdo las escrituras de tantos escritores como parió esa tierra, que hicieron de León y Provincia, además de un espacio físico, muchos otros espacios literarios, muchos más (Celama, por ejemplo). Excelentes literatos los leoneses, que no dejan de hacer ficción literaria cuando escriben su Historia o las historias de sus vinos –buena literatura y mala historia-.


“Espacio literario” es Volverás a Región de Juan Benet, La que no tiene nombre de Jesús Fernández Santos, El espíritu del Páramo de Luis Mateo Díez, El río del olvido Julio Llamazares, La Maragatería de Concha Espina, Del Bierzo y su gente de Ramón Carnicer. Y aquello también son las  poesías de los Panero, Crémer, Gamoneda, Basilio Fernández y hasta de Bernardino de Rebolledo. Un conjunto o genuino “Prieto Picudo” literario, estupendo. E inconveniente de León que, para disfrutarlo, haya que tener una biblioteca de compañera; la única compañera, que es silenciosa de verdad.


Castillo de Valencia de Don Juan
También hice memoria, mirando esas montañas y planicies, que fueron campos de mucho ajetreo y de batalla; tierra de frontera para cristianos (astures, leoneses, cantabros, vascones) y musulmanes del Al-Ándalus. “Tierra de nadie y de muchos”, también del Reino, primero astur y leonés más tarde; sufrió despoblaciones forzosas, luego repoblaciones de reconquistas, con primerizo Fuero (León) hace mil años (1107), ahora muy exagerado, festejándolo, hasta provocar risa. Por mi soleada cabeza volvieron a pasar  historiadores del Derecho como Sánchez Albornoz, don Galo Sánchez, García de Valdeavellano, Ignacio de la Concha y Carlos Prieto, último fallecido y muy reciente –pena aún viva-. En esos campos aprendí que la Pressura o Aprissio –tesis doctoral del profesor De la Concha- fue la formula jurídica o título de la repoblación, base del posterior e ignorado régimen señorial español.



Acullá, mirando al Sur, está Valencia de Don Juan, antigua Coyanza. En ese principio del Sur de León, muy al comienzo de los  “Campos Góticos (o de godos)” o Tierra de Campos, anuncian al Río Esla unos imponente chopos y unos sauces, conocidos como novios del agua, paleras o mimbrales. Y ahí se produce un singular fenómeno náutico, un autentico “Mundo del agua”, que así se llama; un mare magnum que se divide en atracciones acuáticas y servicios recreativos, muy utilizado por asturianos que, a diferencia de los de antes, llegan de Asturias a mojarse y no a secarse. ¡Redios!


Un palomar de Tierra de Campos
Las atracciones acuáticas incluyen “chorros de agua”, la “piscina de olas” y el “dragón Coyanza” (la piscina de la “Rana” debería incluirse en este apartado de atracciones acuáticas). Los servicios recreativos incluyen, entre otros, “la entrada” (que es distinta a la “salida de emergencia”), el “vestuario /WC” (nada se indica sobre el “WS”, acaso igualmente necesario), y el “chiringuito”, entre otros. Hay que añadir –esto es importante- que, aunque no figure en la lista de los servicios recreativos, existe una “bibliopiscina” raquítica. Y digamos que es importante saber tres cuestiones principales y muy útiles para disfrutar de una jornada náutica: a) que la botella del rosado “Prieto Picudo” se vende en el recinto náutico a 3,50 euros, b) que de conformidad con el Reglamento 1169/2011 y R.D. 126/2015 “del” 27 de febrero “se dispone de  información en materia de alergias e intolerancias”, y c) que existe, dado que hay concurrencia de asturianos, unas precisas normas para el buen funcionamiento de la terraza y comedor, “asegurándose que cualquier problema con su alimentación tiene respuesta”.   


Leo la carta de comidas del gigantesco “Mundo del agua”, y dudo elegir entre  un plato combinado (un plato a 6,50 euros) o el menú del día (dos platos y un par de euros más caro), si bien ¡cuidado y precaución! en el caso del plato combinado, las bebidas se cobrarán a parte, a precio de cafetería. Me doy cuenta de que al otro lado del Esla, hay una inmensa mole, que fue el castillo de Coyanza y que parece que de un momento a otro se va a desplomar, con estragos, sobre el “Mundo del agua”. Ante ese mamotreto o armatoste de castillo, Cela exclamó: ¡Qué coño es eso! Y entre sustos y congojas, sin apetito, digo adiós a unos paisanos de Laviana, ya leoneses por mimetismo, hasta el punto de haberse hecho socios de la “Cultural Leonesa Club de Fútbol”, ya en Segunda como nosotros, y que tiene un entrenador gallego muy inteligente, Rubén, que tiene la desgracia de que sus futbolistas “conviven en situaciones complejas” como el mismo dice.


Camino de cantos rodados
Ya en el llamado “auto de línea”, con la baca de maletero hasta los topes, a varios kilómetros ya en dirección a Valderas, cada vez más en Tierra de Campos y de sequía permanente, leo el siguiente cartel que se ve desde la carretera: “El Palomar, Residencial Golf. Lujosas viviendas con la mejor orientación y vistas al campo de golf”. Me río, como con ataque de hipo, de tan disparatado proyecto asturiano (apoyado por los financieros de éxito y de aquel momento, que siguen siendo los de ahora), que llegó a ser presentado en sociedad en el Campo de Golf de Castiello (Gijón). De él queda únicamente el cartel y un palomar paralelepípedo a lo lejos, sin pichón o palomino, sin paloma o pichona. Siguiendo en el “iter” se ve próximo, a la derecha, un pueblo denominado “Carbajal de Fuentes” y atravesamos otro que se llama “Fuentes de Carbajal”, cuyas casas ya son de adobe, que es una mezcla de barro y pajas en forma de ladrillo, fabricado por un adobero, modalidad que llaman de albañil popular (sólo conozco albañiles populares, no aristócratas).


Castillo de Valencia de Don Juan
Continuando en el Odiseo viaje, aparece al fondo una torre de Iglesia, que es la de Santa María del Azogue, que es de Valderas, cabeza de las “Siete Villas de Campos”. Don Cesidio Blanco, Historiador, Poeta, Rapsoda y Militar (todo mayúsculas) califica a esta población leonesa, de “Reina en la Frontera”; la última, a escasos cuatro kilómetros de las provincias de Valladolid y Zamora, llegando la erudición entusiasta de Cesidio a considerar que en Valderas está el origen de los primeros “Príncipes de Asturias”. En la Plaza del Obispo Panduro (y acaso también Sopaboba de apellido), encuentro a Zoilo Rueda, jubilado y propietario del “Canario”, restaurante afamado, también conocido como “La Meca del bacalao”. Zoilo, el que mejor preparaba el pulpo a la gallega en toda Castilla y León, mientras saboreo una exquisita paletilla de lechado, me da cuenta de que el bacalao lo trajeron arrieros maragatos desde puertos portugueses, y que las cocineras valderenses pusieron sólo la cazuela de barro, el pimentón y el sofrito de ajos.

Constato que la llamada “Semana cultural”, organizada por la Asociación “Altafría”, es muy intensa, pues el lunes hay zarzuela y el martes una conferencia coloquio sobre el “Tren Burra”. Visito, como siempre, primero el arco y la puerta mudejar, para no olvidar que España, antes de ser España, fue durante siete siglos musulmana; luego, por ser cristiano, rezo ante la Matrona de Valderas, la Virgen del Socorro, que es de las más milagreras, y cuya Novena empezará la primera semana de Septiembre. De eso, y porque don Pedro A. Grande Martínez, hijo de Roales de Campos, acaba de publicar un gordísimo libro (680 páginas) sobre Valdescorriel, seguiremos contando y cantando en nuestro viaje, camino de Benavente, como el Río Cea. También explicaremos lo del conejo del “Gatito”.

Fotos del autor

viernes, 11 de agosto de 2017

EL PRÓXIMO DOMINGO ÁNGEL AZNÁREZ DE NUEVO PUBLICARÁ...



El poeta leonés, Leopoldo Panero, de Astorga escribió los siguientes versos:


Mirar es dulce.
Es dulce como el luto de una madre,
Mirar, mirar sin ver, andar despacio
hacia la nada, siempre hablando a solas
andar por los caminos que se tienden
oscuramente por el campo.


Eso es la continuación del viaje, como el de Ulises, que se podrá leer el próximo domingo, 13 de agosto, en prensa escrita y digital: mirar y mirar; andar y andar. Pero no sólo eso, también mucho más, si los lectores, además de lectores, son creativos y tienen también ocurrencias.


Nos sentaremos en oteros y lomas, veremos vides verdes, entraremos en el llamado “Mundo del agua” en un mundo de tanta tierra, saludaremos a unos amigos de Laviana que tienen un taller de carrocerías y que se hicieron socios la “Cultural Leonesa Club de Futbol”, hartos del Oviedo y el Gijón.


Ya en Tierra de palomares, en ruina, sin pichones, disfrutamos de aromas del vino de la tierra y saboreamos paletilla de lechazo, chupando huesos, descartados para el almuerzo el pulpo a la gallega y el bacalao con ajos.


Veremos puertas moras y rezaremos a la Virgen del Socorro, que es de las más milagreras.


Las dos fotos que se adjuntan son de la misma tierra, seca y del Sur de León.  Una fotografía sobre tierra, arriba; otra bajo la tierra abajo, muy abajo.


  

jueves, 13 de julio de 2017

“PASQUINES: CON ‘P’ DE POETA”, artículo de NICKY NEGRETE




Nacido en Asturias y residente en Córdoba desde hace unos años, José Luis Campal es un escritor, poeta y artista comprometido con las letras, el arte y –como no podía ser de otro modo en un poeta como es él– con lo social, como podréis comprobar al leer este Pasquines (Piediciones, 2017) que cierra su trilogía marcadamente social, iniciada en 2015 con Pancartas y continuada el pasado año con Pintadas. Los títulos mismos ya dan una idea de su compromiso con los valores sociales, humanos y éticos. No voy a citar todo su currículo porque viene resumido en la solapa del libro.
Nicky Negrete


Conocí a José Luis Campal gracias a mi hermano, el también poeta José Carlos Velázquez, con quien ha realizado numerosas colaboraciones literarias y algunos recitales poéticos. Más tarde tuve el privilegio de ser yo mismo –también– quien tuviera la oportunidad de publicar en El Paraíso, la revista ensamblada de poesía visual más antigua del país que lleva 26 años editando. Lo conocí en persona en Madrid en la presentación de otro de sus libros, El regalo. Y lo fue. Un regalo, digo.


En el poemario que ahora nos ocupa, Pasquines, conformado por sesenta piezas más o menos breves –la buena esencia siempre en frasco pequeño– el lector podrá apreciar que la fuerza de este compromiso nace del corazón, de unos principios vividos desde siempre y de la disconformidad con el bofetón de realidad e hipocresía con el que nos desafía a diario la sociedad de consumo.
Cubierta PASQUINES


En un mundo construido para que los esclavos no sepan que lo son y sigan engrasando la maquinaria que mantiene a unos pocos en lo alto mientras millones se arrastran por las porquerizas de la miseria, una voz se alza en el desierto de la cordura para gritarle a la cara al sistema que no le engañan, que todavía queda gente en pie que se da cuenta de lo que pasa y que no va a arrodillarse en silencio para ofrecer su cuello al hacha de la productividad monetaria. Gente que es capaz de vomitar al rostro del cacique de turno las verdades que no soporta escuchar porque su contenido derriba todo su castillo de naipes y porque su verdad intrínseca araña y azuza la poca conciencia latente que aún no han conseguido matar, silenciar o pervertir.


Esta voz es la de José Luis Campal que, sin rubor y con la fuerza que dan la coherencia y la verdad dice cosas como ésta: «Gobierno: / ¡Disuélvete ya / en ácido sulfúrico, / que limpia, fija y da esplendor / (al pueblo)!» (poema XLIV).


Y a la vez fustiga las mentes de quienes, oprimidos y vilmente utilizados por el sistema sin ser conscientes de ello, dormitan en sus zonas de confort, para que no se dejen avasallar y abran los ojos, a fin de que –como siempre repiqueteaba su tocayo José Luis Sampedro– piensen por sí mismos. Y esto no puede hacerse con palabras suaves y caricias en el cabello. Ha de ser con toda la fuerza que requiere la situación y por eso leeréis cosas como ésta: «me aturde y desconcierta / que no veáis la cruda realidad / de este inmenso vertedero / en el que chapoteáis sin creéroslo / y donde triunfan lo feroz y lo mediocre» (poema IV).


O también: «¡hincadle el diente a esta saga de siglos / que lleva cientos de miles de años / refocilándose inane en un prolongado / orgasmo pequeñoburgués!» (poema II). Y en otro punto: «Dóciles vais de cabeza al pozo / y saludáis serviles al pocero» (poema XLIII).


Esos reproches podría hacerlos desde el pedestal de quien se sabe defensor de lo justo estableciendo una distancia con quienes se dejan llevar por los mensajes “saciantes” y empalagosos de la publicidad o por las mentiras envenenadas de quienes, debiendo representarnos, visten pieles de cordero de día para devorar manadas completas amparados en la oscuridad de la noche.


Presentación en Madrid
Pero no es así. El poeta social, la voz que –como el bautista– clama en el desierto, se incluye a sí mismo en el lote, aunque –y esto lo añado yo– él sí busca una salida, una solución, o cuando menos, su mente inquisitiva se pregunta por las cosas: «Y mientras nosotros qué hacemos, / qué hacemos, / qué» (poema V).


Como poeta social le remueven los que –para la sociedad– se presentan como dilemas éticos, ya que su conciencia éticamente educada –cuando todavía existían asignaturas como la Filosofía en el sistema educativo– y no pervertida por el falso hedonismo imperante y los dictados de los sofismas políticos y publicitarios, se da cuenta enseguida de lo que se esconde a una gran mayoría: falsedades de planteamientos, engaños manifiestos, sibilinas manipulaciones o aberraciones patentes y clamorosas; en definitiva una hipocresía brutal que a base de descaro y repetición se ha ido instalando en nuestra sociedad. Algo que ha sido facilitado por quienes viven inmersos en esa hipocresía, en esa doble moral, en ese doble rasero, en esa lógica quebrada y retorcida de lo ilógico y lo contradictorio como es la religión (sobre todo las monoteístas). Por ello le resulta obligado denunciar ese fariseísmo del catolicismo que ataca el aborto mientras baila el agua a una maquinaria que aplasta a miles de personas o se beneficia económicamente de la pobreza de aquellos a quienes debiera defender: «Que nazca ese feto y se desangre / de lunes a domingo entre cartones / mientras las pudientes familias / que acuden a misa con paso ordenado / y relucientes cuentas corrientes / desvían la mirada con asco / al tropezarse con una callosa mano / que les suplica ayuda, y pasan / de largo porque ya no es su problema» (poema VI).


Su compromiso con la poesía social queda perfectamente plasmado en sus versos, como en estos: «La poesía no social / es antipoética. / La poesía no social / es infrapoética. / La poesía no social / es contrapoética. / La poesía no social / lleva siglos muerta» (poema XXIII).


Tiene también para los políticos, para los poetas, para los plagiadores, para la gente de a pie, pero siempre con un hilo conductor: la alergia más absoluta a la falsedad, la imposición, la injusticia, el descaro y la prepotencia: «Árnica que sabe a patíbulo / ante tanta desvergüenza y chulería» (poema XXIX).


Como veréis, puede que este libro no resulte de fácil lectura para aquellas mentes que no estén dispuestas a asumir ciertas verdades o que prefieran vivir en la comodidad y la desidia del “dolce far niente”. Este libro, es un removedor de conciencias es una pequeña herramienta de grandes verdades. Es capaz de expresar grandes conceptos con apenas unas palabras (y unos espacios). Y esto –lo digo como autor de nanorrelatos– no es precisamente fácil, sobre todo si, al mismo tiempo, se hace de una forma estéticamente bella.


Campal comienza el libro con una cita de Neruda: «Y no podrán vencer sino a los muertos». Pero bien podría haber citado –servatis servandis– el Trópico de cáncer de Miller: «Esto no es un libro. Es un libelo, una calumnia, una difamación. No es un libro, en el sentido ordinario de la palabra. No, es un insulto prolongado, un escupitajo a la cara del arte, una patada en el culo a Dios, al hombre, al destino, al tiempo, al amor, a la belleza... a lo que os parezca.»


Podría llenar cientos de folios sobre todo lo que estos Pasquines despiertan en mí como lector pero creo que preferimos que sea el propio autor quien nos hable a través de su obra: «(La revolución es una fruta afrodisiaca. / Quien la prueba no se desengancha)» (poema XXXII).


Enganchado quedo –doy fe– a estos Pasquines como espero quedéis vosotros, futuros lectores, también.