viernes, 30 de octubre de 2020

ATENEO Y LITERATURA, artículo de ÁNGEL AZNÁREZ publicado en la web del ATENEO JOVELLANOS (9/9/2020)

ALDO MORO Y PABLO VI, COMO MÁSCARAS DE PIRANDELLO

 3ª Parte

 

                                                                                  ¿Sabría decirme quién es usted?

                                                                                  ¡Yo soy yo!

¿Y si yo le dijera que no es cierto, que        usted y yo somos la misma cosa?

Le contestaría que está usted loco.

             Pirandello


            Dos ESCRITORES que defendieron la identidad individual de las personas y que fueron acusados de inclinaciones fascistas, descartadas las comunistas, y que no tuvieron mezcla de orígenes: Uno, Pirandello, muy italiano, de insularidad siciliana de tierras y polvos volcánicos, de una sociedad vinculada a perjuicios y supersticiones, más del parecer (parere) que del ser (essere), y girando la vida y la obra en torno al núcleo familiar. Tuvo el siciliano muy cerca eso tan interesante que es la locura: su esposa loca, más madre que mujer, María Antonietta Portulano, internada en un psiquiátrico romano, en 1919, por manía persecutoria. El “padre”, en Seis personajes en busca de autor, dice que la “hijastra”  no, no está loca, peor que eso. De la “madre”, el “padre” añade en la misma obra: “Un gran corazón para los hijos, eso sí…pero sorda del cerebro, totalmente sorda hasta la desesperación”. Asunto muy pirandelliano el de la feminidad, la sicilianidad y la locura. Murió Pirandello en 1936 y de nada se privó post-mortem, pues fue enterrado primero y luego incinerado, como contamos en la 2ª Parte, y nada tuvo que ver con lo genuino siciliano: abrazarse el muerto a un rosario en la negra caja mortuoria.

 


 Otro, Borges, muy argentino, y no italo-argentino como tantos muchos de aquel Cono Sur, tierra de monaguillos y papas, predicadores de misericordias. Borges descendió de sangres ardientes y bélicas, primero de conquistadores españoles y luego de soldados argentinos contra los españoles; es natural que siempre presumiera, para compensar (siempre resulta elegante una parentela inglesa), haber tenido una abuela inglesa, de familia de pastores protestantes, que le leía la Biblia en inglés –siempre dijo que “llevaba la Biblia en la sangre”-. Acaso por no haber estado casado Borges con mujer loca, la locura le fascinó. María Kodama, hija de japonés, siempre fue mujer muy cuerda. Murió Borges en 1986, estando enterrado en la misma ciudad europea a la que dedicó su último libro Los conjurados: Ginebra.

 

            Uno Pirandello y otro Borges pelearon por el Nobel de Literatura. Pirandello, venciendo al candidato francés Paul Valery, y al británico Chesterton, lo recibió, según el Jurado sueco, en 1934 por “su audaz y brillante renovación del arte escénico y dramático de Italia”, y con el no disimulado apoyo de Mussolini, naturalmente. Borges, por el contrario, nunca consiguió el Nobel. Fue María Kodama la que explicó que el argentino recibió una llamada telefónica de alguien muy próximo al jurado del Nobel, exhortándole a que no fuera a Chile, de Pinochet, a recoger un galardón, y que Borges, enfadado, contestó: “Hay dos cosas que un hombre no puede consentir, ni sobornar ni ser sobornado; si no pensaba ir, después de lo que usted me dice, mi deber es ir y colgó”.  

 

Uno y otro, para sus fines, se valieron de máscaras, pero con una diferencia importante, pues Pirandello siempre tuvo buena vista y Borges veía muy mal, acabando ciego. Máscara y ceguera no casan bien, pues las primeras ni son ciegas ni para ciegos; requieren buena vista. Casi tan buena como para ver los espejos, que, con las máscaras, son la obsesión de ciegos, de Borges, armas terribles que conducen a lo fatal. Máscaras diferentes las de Pirandello y Borges. En el cuento borgiano, El espejo y la máscara, el Alto Rey, se convirtió en mendigo, una vez regalado al poeta los instrumentos de la belleza absoluta, que son un espejo, una máscara de oro y una daga, con la que se dio muerte. Por eso escribió. “En el sueño del espejo aparece otra visión, otro terror de mis noches, que es la idea de las máscaras. Siempre las máscaras me dieron miedo. Sin duda sentí en la infancia que si alguien usaba una máscara estaba ocultando algo horrible. A veces (estas son mis pesadillas más terribles) me veo reflejado en un espejo, pero me veo reflejado con una máscara”.


 

Si un rostro puede ser “Uno, ninguno y cien mil” y todo, incluida la verdad y la falsedad, si no es posible conocer la verdad y el saber, ha de surgir, necesariamente, la crisis de identidad y la cognoscitiva. Tanto en lo estrictamente personal como en lo social o colectivo, se echan por tierra principios políticos y libertades elementales, resultando verdadero lo falso. Acaso por ello –no lo sé- Pirandello vió en Mussolini una manera de agarrar y sostenerse.

 

Como escribiera Borges: “En las fábulas prima el número tres, los tres dones del hechicero, las tríadas y la indudable Trinidad”. Por eso surgió Leonardo Sciascia, antifascista de Racalmuto, hijo también de mineros del azufre como Pirandello y admirador de Borges. Sciascia escribió un libro El caso Aldo Moro que fue “sobre aquel hombre, sólo y despojado de poder frente a sus carceleros (Brigadas Rojas) y traicionado por sus amigos y colaboradores que lo rodeaban cuando era libre y poderoso” (Matteo Collura). En la edición española del libro (Ediciones Destino) de Sciascia se lee: “Relato estremecedor que confronta la implacable “razón de Estado”  en la que se apoyaron  la clase política italiana, los medios de comunicación y el Vaticano, con los desesperados llamamientos de Aldo Moro a la negociación y a la piedad”.

 

Moro pudo haberse salvado, pero los que deseaban su muerte eran los compañeros del Partido (Democracia Cristiana), que se valieron de Pirandello, tal como lo denunció Sciascia: “Moro empieza de un modo pirandelliano, a deshacerse de la forma, ya que trágicamente ha entrado en la vida”, para ello cambiaron la máscara (de Moro), y le pusieron otras: la de loco, la del despreciador de la razón de Estado, y escondiendo la verdadera, la del complot en plena Guerra Fría contra el comunismo. Fue llamativo que el corresponsal de Le Monde, el 10 de mayo de 1978, escribiera: “Este sexagenario –en referencia a Moro- enigmático, de piel asombrosamente oscura, aparezca a muchos como un extranjero, parecía venir de otra parte, hablar una lengua diferente a la de sus conciudadanos…”. Ya era, pues, otro, un extranjero. Y Cossiga, entonces Ministro del Interior repite sin éxito: “La Nostra fermezza era quella di non cedere su questioni di principio” (Francesco Cossiga, Per carità di Patria, 2003).

 


Y en el asesinato de Aldo Moro hay otro personaje de Pirandello: Pablo VI, amigo de Moro, que lo quiso salvar. Lo que Pablo VI quería no lo querían la Secretaría de Estado del Vaticano (Villot y Casaroli) ni USA, en otro diabólico juego de máscaras. El Papa, naturalmente, perdió y, como todo perdedor, sólo le quedó: a) Llorar, b) Leer una plegaria patética, el 13 de mayo de 1978, en la Iglesia de San Juan de Letrán, lamentando que Dios no haya escuchado su plegaria para salvar al amigo, amigo desde la FUCI, y c) Morirse a los pocos días en Castelgandolfo (el 6 de agosto del mismo año) y comenzar a pudrirse por la nariz.

 

Plegaria de Pablo VI en la catedral romana de San Juan de Letrán, con ocasión de la muerte de Moro:

 

“Signore ascoltaci:

¿Chi puó escoltare il nostro lamento, se non ancora Tu, o Dio Della Vita e della Morte? Tu non hai escudito la Nostra supplica per l´incolumità di Aldo Moro, di questo uomo buono, mite, saggio, innocente e amico”.

Todo muy de Pirandello, que resultó insuficiente la máscara de Montini, al que ni Dios hizo caso. Y aquí no hay más verdad que la del teatro, como dijera el Director de Seis personajes en busca de autor.

 

            En este mismo mes de octubre de 2010, con posterioridad a la redacción del precedente artículo, aparecieron tres libros que, por su interés y recomendación, reseño.

El primero es Relatos (Anagrama) de otro siciliano célebre Giuseppe Tomasi di Lampedusa, autor de El Gatopardo, que en referencia a los erizos de mar escribe: “Son ahora pocos los que los comen por miedo al tifus, sin embargo son lo más bello que tenéis por allá, aquellos cartílagos  sanguíneos, aquellos simulacros de órganos femeninos, con perfume a sal y alas”.  El segundo libro es el titulado Suite italiana (Plaza Janés), escrito por Javier Reverte que en la página 225 recuerda la siguiente frase de Lampedusa: “Si queremos que todo siga como está, es preciso que todo cambie”. El tercero es un libro de relatos, reunidos por Roger Caillois, bajo el título Poder del sueño. Los que han leído mi primer artículo sobre Marguerite Youcenar (el número 10 de la serie Escritura y Ateneo lo conocen. Juzgando tal libro de extraordinario interés, la semana que viene lo analizaremos en detalle.  

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jueves, 22 de octubre de 2020

ESCRITURA Y ATENEO( parte 2ª) "PIRANDELLO", por ÁNGEL AZNÁREZ RUBIO. Publicado en la página Web del ATENEO JOVELLANOS

 



Es indudable: Italia ama lo sagrado y lo teatral, utilizando unas veces la palabra recitada y otras la cantada, con ayuda de artefactos para resonar como ecos. Italia es país de máscaras: al
Norte, las marcas son carnavalescas, blancas como gatas blancas de las condesas; al Sur, las máscaras suelen ser negras, como las paisanas de la Mafia, siempre de luto; quedan las del Centro peninsular, unas muy paganas como las del Trastévere y otras muy católicas como las del Vaticano, lugar donde monseñores, también los de aquí en sedes catedralicias, a las tradicionales máscaras y mitras, añaden las mascarillas, ahora en tiempo de demonios. 


Sumados los tres instrumentos: máscaras, mascarilla y mitra, el resultado es de un poderío y/o disimulo total, que recuerda al de los leones alados, cuya representación no bastan al intrínseco poder leonino, sino que añaden alas, para impresionar más, si cabe. Con máscara, mascarilla y mitra, en los funerales catedralicios por el COV 19, presididos por obispos, no resultó visible il volto de la misericordia con el que comienza la Bula del Jubileo extraordinario MISERICORDIAE VULTUS


A mediados de los años sesenta deñ siglo XX, la editorial Aguilar tuvo la buena idea de publicar una selección de obras de todos los escritores galardonados con el Premio Nobel. En el tomo primero de los varios dedicados a Pirandello (sexta edición, 1963), “A manera de prólogo”, a cargo de Ildefonso Grande, está el texto encontrado  la misma tarde del fallecimiento de Pirandello (diciembre de 1936) aunque escrito años atrás, conteniendo con minuciosidad, su última voluntad sobre el destino a dar a sus restos mortales. Dada la pretensión de la Iglesia en encontrar “lo católico” en Pirandello, ese texto es interesante, aunque más bien por lo contrario.



El texto mortis causa dice lo siguiente:


Que mi muerte pase en silencio. A mis amigos, a mis enemigos ruego no sólo que no hablen de mí en los periódicos, sino que ni siquiera den la noticia de mi muerte.


Que no me amortajen. Que no me envuelvan desnudo en una sábana. Y nada de flores sobre el lecho mortuorio ni cirios encendidos.


Carroza fúnebre de ínfima clase;: la de los pobres. Desnudo. Y que no me acompañe nadie, ni pariente ni amigos. La carroza, el caballo, el cochero, y basta.


Quemad mi cuerpo. Y en cuanto mi cuerpo haya ardido, dejad que se dispersen las cenizas, porque ni eso quiero que de mi quede. Pero, si no fuere posible, llevad la urna funeraria a Sicilia y amuralladla en cualquier tosca piedra del campo de Agrigento, donde nací”. 





I.- Sin máscara religiosa: En la anterior parte (la 1ª) ya explicamos el traslado de la urna funeraria de Roma, con los restos de Pirandello , a Sicilia, previa incineración bastantes años siguientes a la muerte, al levantarse la prohibición de la legislación italiana sobre la incineración de cadáveres. Ninguna referencia hay ni en su obra ni en el texto copiado, que haga pensar en cualquier vínculo religioso de Pirandello con la Iglesia, tal como reclamaron Papas (Pablo VI y Francisco). Por cierto que en el Mueso Arqueológico regional de Agrigento se encuentra la llamada “cratera”, que fue la urna funeraria, con figuras en rojo, que contuvo las cenizas del escritor, que están abajo, muy abajo no en lo alto de Agrigento, cerca del Valle de los Templos. 


II.- Sin máscara política: De la misma manera, hay otro silencio importante en la vida de Pirandello, y es sobre su pensamiento político, existiendo en su vida algún episodio destacado, como haberse hecho militante del Partido Fascistas, sostenedor de Mussolini, en 1924: un año crucial después del asesinato del antifascista y una de las principales personalidades de la oposición, Giacomo Matteotti, joven de treinta y nueve años, que casi provocó la caída del Régimen fascista, resultando, por el contrario y al fin, su consolidación. 




Para ello, Mussolini, según escribió el historiador David I. Kertzer en The Pope and Mussolini (2014), contó con la colaboración y ayuda de la Iglesia, en particular del Papa Pio XI. Un Papa con el cual Mussolini firmaría pocos años después, en 1929, los fundamentales Acuerdos de Letrán, que configuraron de manera definitiva, hasta hoy, la situación y personalidad jurídica de la Santa Sede. A la pertenencia de Pirandello al Partido Fascista se refirió el también escritor siciliano Leonardo Sciascia, que tanto lo admiró, referencia con ocasión del quincuagésimo aniversario de la muerte del dramaturgo premiado con el Nobel: “Era su posición fascista la que me alejaba de él y me volvía hostil, en los años en que el antifascismo  se hacía urgente y necesario para los que como yo, habían pasado los primeros veinte años de su vida bajo el fascismo” (Matteo Collura, Sciascia, el maestro de Regalpetra).



Escuché un interesante vídeo del escritor, también siciliano, Andrea Camilleri, autor ahora de actualidad en España al publicarse ahora Conversaciones sobre Tiresias (editorial Altamarea). Contó Camilleri que la editorial francesa Gallimard publicó hace años un grueso volumen conteniendo todos los discursos de los laureados con el Nobel de Literatura. Pues bien –siguió contando Camilleri- en el libro editado por Gallimard no estaba el “discurso” de Pirandello, y trató de averiguar el porqué.


Descubrió (Camilleri) que Pirandello, nombrado por el fascismo gobernante académico de Italia en 1929, se limitó a recoger el Premio Nobel en 1934, haciendo una larga inclinación de cabeza, pero sin pronunciar discurso alguno. Camilleri aventuró que las ideas políticas de Pirandello en 1934 eran muy diferentes de las ideas de 1924 –ya no era fascista- siendo argumento lo que el siciliano escribió en su última y inacabada obra I giganti della montagna. Concluye Camilleri que Pirandello prefirió callarse, ni elogiar ni enfrentarse a Mussolini, destacando el hecho de que no hubiera representación oficial del Gobierno italiano en la Estación Termini de Roma para recibir, de vuelta, al victorioso laureado. 


Añado como dato interesante que la editorial francesa Flamarion editó un grueso volumen que tituló Tous les discours de reception des Prix Nobel de Littérature, presentés par Eglal Errera. Dicho .libro lo adquirió en 2013 y comprobé que, efectivamente, no existe el Discurso de Pirandello, figurando, no obstante, en la página 922 su inclusión en la lista de laureados, en el año 1934, situado entre el laureado Ivan  Bounine, en 1933, y Eugene O´Neil, en 1936 (en 1935 no hubo premio Nobel de Literatura. 



El resultado es muy curioso, pues Pirandello, que es un escritor de las máscaras, se dedicó a poner a los demás muchas (una y cien mil), quitó por completo las suyas, y casi se quedó sin rostro, pues en él no están las propias del
homo religiosus ni del politicus. Lo anterior prueba lo que Malcolm Bradbury escribió sobre Pirandello en El mundo moderno: “Quería que no quedara nada que sirviera a la pompa de la Iglesia y del Estado.  Y nada, pues, quedó.


Continuará con Pirandello y con Borges, muerto éste sin haber recibido el Premio Nobel, tan distintos y cercanos a la vez, y con el discípulo amado del primero, Sciascia, que no obstante ser siciliano, quiso investigar el misterio del asesinato de Aldo Moro. 



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jueves, 15 de octubre de 2020

"MÁSCARAS QUE DANZAN", publicado en la Web del ATENEO JOVELLANOS DE GIJÓN en ESCRITURA Y ATENEO (25/8/ 2020), por ÁNGEL AZNÁREZ RUBIO


                                                                  PIRANDELLO  (1ª Parte)


A las palabras ocurre lo que a las personas: unas son cortas, muy simples, y otras son de largos alcances, complejas; a unas, el Diccionario de la Lengua respeta, trata con cuidado, mientras que de otras se mofa, no las quiere; unas palabras son como los nuevos ricos, de ayer mismo, y otras son de mucho ayer, con el abolengo más excluyente y aristocrático, cual es haber nacido para unir a Dios con los humanos. El origen religioso de las palabras, como todo lo religioso, es lo que da el glamour, y aquí surge una categoría: todo lo realmente importante en lo humano tiene su principio en lo divino, en Dios.



Máscara
es palabra de abolengo, de origen teológico, egipcio mas en concreto, pues se llamaba así a un objeto que servía a los sacerdotes del Nilo para cubrir la cara de los muertos, haciendo invisible la natural corrupción de la muerte: una manera mejor y más higiénica para seguir hablando con Dios. Mucho más tarde, los griegos, siempre copiones de los egipcios, utilizaron las máscaras para sus fiestas dionisíacas, que eran solamente de vivos. Por eso los atenienses nunca entendieron, en el Areópago de Atenas, la predicación de San Pablo sobre la Resurrección de Cristo y la de los cristianos, que hasta se rieron de él, tal como se cuenta en los Hechos de los Apóstoles (número 17). Tema muy interesante el de la muerte, sin ida y vuelta, en el pensamiento griego, frente al cristianismo con promesa de otra vida y eterna. 


Mucho más tarde el sustantivo latino persona, según los juristas, derivó del verbo persono, que era sonar mucho o resonar, “que también designaba la mascara o careta que usaban los actores y que servía, además, para ahuecar o lanzar la voz” (Castán Tobeñas, Parte General de Derecho Civil). Y así llegamos al ahora mismo, en que las máscaras, de múltiples tipos, siguen muy puestas; todos estamos enmascarados más que nunca, y hasta nos sirven para danzar como en el operístico Il ballo de maschere, pero no por el asesinato de un Rey, el de Suecia -siempre Gustavo- sino por el algo parecido, el exilio de otro: Juan Carlos, el Borbón de España. Las máscaras también dicen adiós.


Las Mascarillas son otra cosa, motivadas por lo del virus que vino de China, ese que  mata ahogando como las serpientes-pitón. Mascarillas que son diminutas máscaras, baratas, que sólo tapan nariz y boca, de quitar y poner. Las máscaras, por el contrario, una vez puestas, no se pueden quitar, y si se consiguiese quitar, cae el telón porque cae el teatro o el teatrillo en el que todos somos actores, unos buscando y otros no buscando a un autor. Momentos extraños los de caída de máscaras, que dejan ver lo que hay detrás, la cara oculta de la realidad. Pero las mascarillas tienen una particularidad, no obstante ser diminutivas, bien puestas, impiden reconocer a las personas, es decir, a sus máscaras; mascarillas, pues, que tapan las máscaras. Es frecuente decir ahora: “Es que con la mascarilla no te identifico…”. 



Ante tanta apoteosis de máscaras y mascarillas, como siempre, fui a la Literatura para saber. De los muchos autores que trataron sobre las máscaras, me interesó uno: el único que hizo de las máscaras un
ismo, el llamado Pirandellismo, de Luigi Pirandello. Él, que hizo el mejor teatro del Novecento, lo denominó Maschere nude, si bien “máscaras desnudas” están en toda su obra, también en novelas como Il fu Mattia Pascal y Uno, Nessuno e Centomila.


No es casualidad que el autor de la vida como un caos de identidad, como un desorden, como un humo o magma volcánico e incandescente, de realidades mutantes, fuera contemporáneo de Freud que redescubrió la importancia del inconsciente, de Einstein que descubrió la relatividad del tiempo y del espacio, de Bergson con el élan vital, de Ortega y Gasset y de Elías Canetti que escribieron sobre las masas; sólo hay masas, no individuos dijeron éstos. Y conoció el siciliano al influyente y prusiano Nietzsche. Pero aquella loca vida se solidifica, se formatea, queda inmóvil como en una prisión, y de ello resulta la máscara, las máscaras, que es lo que vemos a los demás y lo que los demás nos ven: somos máscaras, con actuaciones ajustadas al papel conferido o trampas que impiden la libertad,  en la familia, en el trabajo y en la vida social. Máscara la de padre, la de trabajador, la de rey, la de registrador de lo que sea, la de juez, la de obispo, la de verificador de ITV, etc. Todo un juego de máscaras y apariencias. Máscaras entre el yo y los otros, siempre mediadoras y falsas.  


De ese planteamiento pirandelliano, de la contradicción entre la vida y la forma que la sujeta, nace el humor. Humor en un Mattias Pascal al que un error en el Registro Civil hace perder la identidad, pues los errores en el Registro Civil son horrores; humor en un tal Moscarda al descubrirse por su esposa que su nariz pendía hacia la derecha; y humor cuando seis personajes desafían a los actores, resultando un lío inmenso la competición entre los actores y los personajes. Nos reímos de todo, desde lo civil a lo religioso (en ambos hay muchas máscaras), hasta del “no somos nada”.


Es natural que Papas como San Pablo VI y Francisco estén empeñados en encontrar la catolicidad de Pirandello, pero lo siento, no la veo ni en su vida ni en su muerte. Y es raro. Raro porque Pirandello es siciliano, muy católicos esos insulares; es verdad que la obra pirandeliana, como recordó Sciascia, es muy siciliana (un caduco régimen económico del matrimonio a base de dote y una estructura familiar muy amplia, que parecen presuponer mucho meapilas y muchos, que no aparecen.  Raro porque la máscara, tal como dijimos es una palabra religiosa, como sacro es todo lo teatral que deriva de “teos”, estando en Grecia los teatros próximos a los templos y Pirandello fue un gran autor teatral. Raro porque el aparato eclesiástico de la Iglesia católica es de mucha máscara, también el siciliano, con riguroso sometimiento a las leyes de la apariencia, con continuos movimientos de manos muy piadosos.  



El caso es que en su obra no hay indicaciones sobre Dios y dejó muy claro en una carta (
flogietto) conocida el mismo día de su muerte (10 de diciembre de 1936), que quería ser incinerado (¡atención, incinerado en 1936!) y sin las máscaras que los sicilianos colocan a los muertos. Y aquí surgió lo más pirandelliano: Fue enterrado en Roma por estar prohibida la incineración, y al permitirse ésta, en 1947, fue desenterrado y trasladada la urna conteniendo los restos en un avión a Sicilia en el interior de una maleta, que sirvió, durante el vuelo, de mesa para un juego de cartas. Y allí quedó donde nación: en la finca denominada “Kaos”. 


Por ser fundamentales para el arte de gobernar a civiles y a clérigos, conceptos como visibilidad, secreto, el Poder que mira, el llamado derecho de información, en los que las máscaras de la mera apariencia y la mentira están tan bien colocadas, cabría una lectura pirandeliana de la institucional vida política y religiosa, que tendría un interés primordial: recordar que todo o casi todo es máscara y mascarada. 



viernes, 2 de octubre de 2020

ESCRITURA Y ATENEO (parte 13) "WENCESLAO FERNÁNDEZ FLÓREZ", artículo de ÁNGEL AZNÁREZ publicado en la web del ATENEO JOVELLANOS DE GIJÓN (3/8/2020)

            HUMOR Y LITERATURA


“Al borde del plato de arroz con leche que acababa de servirse el señor D´Abondo, una mosca bebía con insistente avidez. El dueño del pazo de Cecebre agitó cerca de ella la cucharilla, y la mosca no se movió. Entonces aproximó un dedo casi hasta tocarla, sin que el insecto perdiese su presencia de ánimo. Luego la empujó un poco, con prudencia, para no precipitarla en el lácteo zumo azucarado, y la mosca levantó apenas las dos patitas traseras, como para darle a entender que molestaba, y siguió sorbiendo”.

                                                           W. Fernández Flórez, El bosque animado. 

 

 

           

WENCESLAO

Contó Haro Tecglen que un día, despidiéndose en plena calle, Fernández Flórez le dijo: “Ahora que han ganado los míos, ya no puedo escribir”. Es cierta la oración subordinada temporal: “Ahora que han ganado los míos”, pues, en caso contrario, Fernández Flórez, el 14 de mayo de 1945, no hubiese podido pronunciar el discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua. “Los suyos”, tan contrarios a la II República –el mismo amenazado de muerte por republicanos-, ganaron evidentemente la Guerra Civil española. Y fue verdad, pues desde los años cuarenta hasta su muerte en 1964, apenas escribió y desde luego sin importancia: lo último importante fue El bosque animado, publicado en 1943.

 

            El discurso en la Academia versó sobre El humorismo en la literatura española. En él, Fernández Flórez, se pregunta: ¿Qué es el humor? Hace un serio estudio sobre el tema, criticando en toda regla a todos aquellos que consideraban que su escritura era humorística, también por críticos y profesores que le incluían dentro de los autores de “tendencia humorística”, como el periodista y también gallego Julio Camba. “En mi vida no he escrito un artículo festivo” dijo y añadió: “El humorista es un hombre particularmente serio, y yo lo soy”. Un discurso académico ya preparado en la primavera de 1936, pero “únicamente pronunciado por la boca de la chimenea de mi casa en la quena que me aconsejó el temor a los peligros revolucionarios”.

 

En el Prólogo a sus Obras completas, se preguntó: “¿Y cuando la crítica se empeña en descubrir humor en aquellas obras mías donde yo sé muy bien que no lo puse? Ya encasillado, no alcanzo a admitir que pueda hacer algo sin humor y lo busca y –lo que es más gracioso- asegura encontrarlo”. En la Carta al Editor con ocasión de la obra Tragedias de la vida vulgar, don Wenceslao escribió: “Tengo el honor de hacer presente a usted que yo estoy encasillado en la literatura española bajo este rótulo: humorista”; y más adelante escribió: “El vulgo –en este vulgo entran los hombres de ciencia, hombres de finanzas, directores de periódicos, políticos, artistas- cree que el humorista es un ser que consagra su vida a hacer reír a la Humanidad; supone que el fin que se persigue es la carcajada…”.

 

           


Fernández Flórez, en el repetido discurso, señaló que el humor es una posición ante la vida, que nace en el escritor del dolor y de la disconformidad ante la vida, “sin gemir ni encolerizarse, sin gritar ni prorrumpir en ayes, con burlas de muchos matices, tantos como un arco iris: el sarcasmo, la ironía y el humor, que ha de ser este último bondadoso, paternal y de mucha ternura. Burlas ante lo que disgusta y sin pretender matar al adversario: sólo a contribuir a su suicidio”. El humorista, según Fernández Flórez, no es un clown; es un hombre “perfectamente serio, que trata con toda seriedad asuntos serios”.

 

            Llevar el humorismo a la payasada o a las carcajadas, es, ciertamente, un exceso, y en ese sentido Fernández Flórez no es humorista –él siempre tan y muy medido-; pero, siendo compatibles el humorismo y la seriedad, como en la realidad lo son, con las características del humor por él señaladas (párrafo anterior), es indiscutible el carácter de fino humorismo de la escritura del coruñés. Desde los años cuarenta mucho ha evolucionado la valoración y las características de la literatura de humor y ahora, no entonces, podemos preguntarnos: ¿Alguien pudo entonces imaginar que Shakespeare, Kafka o Beckett podían ser escritores humoristas?

 

            Durante un tiempo la prosa de Fernández Flórez, y las novelas fueron minusvaloradas, con acusaciones de falta de una construcción sólida. Se llegó a decir: “No hay trama ni ensamblaje de partes en sus novelas, los personajes son poco humanos, el propio autor no los toma en serio, los desprecia, satiriza y hasta ridiculiza; su humor es más bien un mal humor”. Bajo ningún concepto compartimos tal crítica, considerando la prosa novelesca de Fernández Flórez de un lirismo magistral, propio de su sensibilidad de gallego y galleguista, habiendo recibido con justicia en 1926 el Premio Nacional de Literatura.

 

GAITERO GALLEGO

Don Julio Casares, en contestación al discurso de Fernández Flórez en la Academia de la Lengua, dijo: “Volvoreta es, sin duda, con arreglo al criterio tradicional, la obra más propiamente novelística de cuantas ha escrito su autor; novela psicológica y de tesis en la que todo se subordina a una acción central, encarnada en dos personajes y combinada para dar ocasión al análisis sutil de los caracteres, sin que falte la intervención del medio ambiente para apoyar la evolución de aquéllos”. Muchos elogios de don Julio Casares merecieron igualmente obras como Ha entrado un ladrón, Silencio, El secreto de barba Azul (“rompe aquí abiertamente con la escuela realista y se entrega gozoso y entusiasta a la orgía imaginativa, al llamamiento de la fantasía”) y Tragedias de una vida vulgar, El malvado Caravel y El bosque animado, considerado como “un festín de imaginación que le transportó a la edad feliz de los cuentos de hadas y una suave emoción melancólica que consiguió ablandarle el corazón”.

 

Merece que nos detengamos en El bosque animado. En dieciséis capítulos, que se denominan “estancias”, se describe la vida en la fraga, que es un lugar concreto, cerrado, dentro de un bosque): la fraga de Cecebre. Nos remitimos al magnífico estudio del profesor José Carlos Mainer que figura en la edición de la colección Austral. Se describen con ternura las criaturas, personas (Fendetestas, Fiz Cotobelo, Geraldo y Hermelinda), animales (topos, gatos, moscas, luciérnagas, truchas) y plantas (pinos, piñas leñosas, postes), todos pobladores de la fraga, con caracteres antropomórficos y prosopopéyicos, pues los animales y las plantas hablan y razonan como los humanos. Es todo un derroche de amor a la naturaleza galaica, calificado el texto de “romanticismo bucólico”.

 

Tres consideraciones proceden:

 

A.- El bosque es un espacio literario-poético clásico; un lugar muy literario y privilegiado de fantasía y de imaginación. A él dedicó Ana María Matute su discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua; lugar, el bosque, que, como dijo, fue el mundo de su obsesión literaria: un mundo misterioso, atractivo, terrorífico, lejano y próximo, oscuro y transparente. Como señaló Francisco Rico en su contestación: “Ana María Matute se perdió y encontró en el bosque”.

 

B.- Los que hemos vivido en la Galicia rural y la conocemos, reconocemos lo rural tal como resulta de El bosque animado y objetamos por artificialidad la película del mismo nombre, de José Luis Cuerda, y con guión de Azcona, no obstante las alabanzas generales que ha merecido tal película. Hace unos meses, releyendo la obra de Fernández Flórez, me acordé de un bosque por el que transité: ese boscaje tiene un nombre, que es “Couzadoiro” y que es una parroquia de Santa Marta de Ortigueira. De aquel recuerdo surgió un artículo que titulé Las corredoiras de Couzadoiro y que está publicado en la Voz de Ortigueira (trataremos de publicarlo en “Las mil caras de mi ciudad”).

 

C.- Un bosque que está en El bosque animado y que está presente en otras obras como en Tragedias de una vida, en la que se escribe: “Sobre el cielo negro se destacaba, más negra aún, la masa de árboles del bosque”, o “sentí nuevamente el rumor de la fronda del bosque”. Los estilos son parecidos, pues no hay trama única de principio a fin, sino acumulación de historias diferentes, con hilos conductores comunes en cada Estancia.

 

En su Discurso en la RAE habló de escritores humoristas, entre ellos los irlandeses “celtas” como Swift y Chésterton, Bernard Shaw y Oscar Wilde. Faltó una referencia al gran escritor humorista que fue Luigi Pirandello, no precisamente celta. Fue siciliano.

     CONTINUARÁ 

 

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