jueves, 24 de septiembre de 2020

ESCRITURA Y ATENEO (12ªparte) "WENCESLAO FERNÁNDEZ FLÓREZ", artículo de ÁNGEL AZNÁREZ RUBIO publicado en la Web del ATENEO JOVELLANOS DE GIJÓN

Mientras el pueblo sufre, ¿cuál es la pena de los malos políticos? Algunos de ellos se han enriquecido. Todos viven con perfecta comodidad. Charlan como viejas, juegan con la fe nacional, continúan engañándonos, pasean, triunfan, se reparten los distritos.


    W.Fernández Flórez, El destino de los faroles.



Don Julio Casares, cada vez más admirado por mí, autor de Crítica profana, Crítica efímera, Cosas del lenguaje y del Diccionario ideológico de la lengua española, dijo el 14 de mayo de 1945 en la Real Academia de la Lengua: “Wenceslao Fernández Flórez nació en Galicia. Con esta vaguedad nos lo dice la Enciclopedia Espasa y yo no quiero ser menos discreto en cuanto a la fecha, porque también los hombres podemos sentir algún día la tentación de quitarnos años”. 


Cuando hace meses escribí sobre Emilia Pardo Bazán, no pensé que iba a hacerlo de este escritor, también gallego, pues las “partes” de Escritura y Ateneo salen azarosas, como cerezas enredadas unas con otras. No obstante ello, ya en la en la inicial 2ª parte (de esta serie de “Escritura y Ateneo”), cuando nos referimos a una frase pronunciada por una monja carmelita (“Silencio del bosque que crece y ruido del árbol que cae”), ya salió “un bosque”, que fue fundamental en Fernández Flórez y en Ana María Matute. “Entremos más adentro en la espesura…” escribió San Juan de la Cruz y María Zambrano dijo:”El claro del bosque es un centro en el que no siempre es posible entrar”.   


Obras completas de Wenceslao

Mucho se da debatido en Teoría de la Literatura sobre la vida y la obra de los literatos: que si se han de conocer ambas para entender realmente al autor, que si son diferentes, que si están unidas como el haz y el envés de una misma moneda. Mi pensamiento parte de un monismo esencial -que esa es la realidad de las cosas-, pero que requiere de divisiones y clasificaciones, que son únicamente medios para comprender más fácilmente la compleja unidad. Toda clasificación siempre es un mero recurso para facilitar la comprensión de lo difícil. Es sabido que la progresía investigadora nada quiere saber de las vidas de los autores, pero a mí eso me produce indiferencia: las vidas me parece inseparable de las obras, y ambas, la vida y la obra de los autores, han de conocerse.   


Si del vivir de Fernández Flórez se escribió que fue “pulcro, correcto, celoso de su intimidad que nunca dejo de traslucir, misógino, atildado, solterón, amante de su madre y de vida irreprochable”, de su obra se ha de escribir lo mismo. No cabe, pues, esquizofrenia entre el vivir y el escribir de los genios literarios como Fernández Flórez.  


Recientemente un periódico (ABC, 28 de junio de 2020) recogió las siguientes palabras del mismo autor: “Se extrañan mis amigos de mi sempiterna soltería. No me ha sido necesario casarme, siendo mi madre el gran amor de mi vida”. Eso explica mucho de su vida y obra –su madre falleció dos años antes que él-. Es normal un amor de un hijo a su madre, pero es anormal o excepcional si ese amor, a la madre, es de tal intensidad que impide otros amores, pues el amor de tales características a la madre es incompatible con el amor a otra mujer, que es la prueba del desarrollo psíquico o fase adulta de los hombres. O se ama a la madre o se ama a las demás mujeres, y no se puede amar a las otras mujeres si la vinculación con la madre es total o fusional. 


MUJER GALLEGA

Fueron los enemigos políticos de Fernández Flórez quienes, estimándole antirrepublicano y franquista, revelaron su heterodoxia sexual. Es natural que tal hipótesis y en aquel tiempo, doliera especialmente al solterón que fue Fernández Flórez. No pudo imaginarse que, con sus explicaciones sobre su madre, el mismo abrió la “caja de los truenos”. ¡Para una vez que dejó traslucir algo de su intimidad, de su vida…! 


Hay quien percibió en la obra del gallego una sutil feminidad que se deja traslucir entre brumas y nubosidades en la producción novelística, tierna, muy tierna, con excesiva ternura acaso. Tal apreciación no ocurre en la otra modalidad literaria en la que Fernández Flórez adquirió también excelencia: la de cronista parlamentario. Casares señaló que “el cronista” eclipsó al novelista. Y se llegó a escribir que Fernández Flórez fue el mejor cronista parlamentario de todos los tiempos, sucesor de Azorín en el ABC y vividor en la Monarquía restaurada de Alfonso XIII, padeciendo la Guerra Civil, dos Dictaduras, la de Primo Rivera y la de Franco, y una República (la Segunda). La calificación del “mejor cronista parlamentario” se efectúa desde el conocimiento de la existencia en España de grandes cronistas parlamentarios, como fueron Galdós (últimos años de la Monarquía de Alfonso XII), Plá (en la II República), Carandell y Víctor Márquez (en los años de 1977 hasta 1981). 


Crónicas parlamentarias y novelas fueron los géneros de la Literatura de don Wenceslao, que ingresó en la Real Academia de la Lengua el 14 de mayo de 1945 discurseando sobre El humor en la literatura española. Manuel Halcón, al expresar el dolor de la Academia por el fallecimiento (1964) de Fernández Flórez, dijo: “Admiré desde un principio la originalidad de su humor y aprecié la cantidad de elementos humanos, poéticos y espirituales que entran en su obra”. 


Se destacó, tal como dijimos, su condición de autor de crónicas parlamentarias, que fueron consideradas en su día como un “sub-género periodístico”. Tal calificación de “sub-género” no lo podemos admitir, pues las crónicas parlamentarias, de autoría de don Wenceslao, son sub-género de lo literario, no de lo periodístico. Las múltiples crónicas parlamentarias, iniciadas en el año 1914 y concluidas en 1936, son auténticas creaciones literarias, de una precisión informativa, mezclados los hechos noticiosos con su interpretación. 



RÍA ALTA GALLEGA 

Se sabe que Fernández Flórez llegó al periodismo muy joven desde la Literatura, y es en el Prólogo a sus obras completas, que figura en el Tomo I (7ª edición de Aguilar 1968), donde consta el pensamiento del autor sobre las relaciones importantes entre periodismo y literatura. Allí dice: “El periodismo constituye una práctica que debiera figurar en la preparación de todo literato. Los artículos imponen ciertas leyes de condensación, excluyen la superabundancia retórica, aprietan, limitan, ciñen el estilo, obligan a decir brevemente, y sobre todo claramente, aquello que se quiere decir. El literato suele ser frondoso, y el periodismo enseña a manejar las vigorizadas y útiles tijeras de la poda”. Y más adelante añade: “Nadie podrá deducir de esto que yo aconseje achabacanar la prosa ni llevar a la literatura la prisa o el agraz de una crónica”. Concluye así: “El periodista tiene que decir algo, y es muy agradable que lo diga bien. Su labor es a la literatura lo que la conversación a la oratoria”. 


Las crónicas denominadas Acotaciones de un oyente e impresiones políticas de un hombre de buena fe están reunidas en los volúmenes últimos de las obras completas más arriba indicadas, también figurando en la Colección Austral, número 1342 una colección de Crónicas desde 1914 (Don Hilaridad la primera) a 1919 (La caída del general, la última). Unas crónicas de literatura y de periodismo, que tienen las siguientes características: 


-(I). Minuciosidad en cuestiones formales. Siendo cientos y cientos las crónicas parlamentarias, el titulo de cada una de ellas es cuidadoso y con valor literarios, siendo ejemplo títulos literarios los siguientes: “Devorador de birretes”, “La maqueta del prócer”, “Maura, sí”, “El destino de los faroles”, “Cuento de raposos”, “La fe notarial”, “La casa de los duendes”, entre otros.


-(II). Descripciones magistrales, de lo físico y psíquico de los parlamentarios parlantes como del Conde de Romanones, Maura, Dato, Cambó y de otros muchos. 


Del diputado Zulueta escribió: “Tiene un tipo difícilmente encasillable, lleno de reminiscencias de otros tipos. Por la cabellera abundosa  y la pronunciación de las eses, podría ser un estudiante portugués”. 

De Ossorio y Gallardo escribió: “Habla con el mismo afán meticuloso con que debe tratar a su barbita en sus ratos de tocador”. 

En El pulso nacional escribió: “Nuestros políticos tienen vuelo de patos” o de “estos reyezuelos que son diputados  porque papá es cacique”. 

Del señor Ayuso escribió: “Contempla el vientre de Nougués y sufre. Aquella exhibición de adiposidades temblorosas…”. 

Del señor Maciá escribió: “Es una golondrina patriótica”. 

De Melquiades Álvarez escribió: “Hombre vulgar, ambicioso, sin altura verdadera, que no encuentra con otro auxilio que con el cascabeleo de su palabrería”. 


-(III). Su escepticismo fue calificado de total; fue antimilitarista y de un pacifismo fatal, pues no vio como tantos otros qué fue eso de la Primera Guerra Civil europea desde la España neutral. Sobre la Segunda República escribió en 1932, con malignidad, el célebre “Sesión de espiritismo”, llegándose a decir que en tiempos ferrolanos (fue Director  del Diario Ferrolano con veinte años) conoció a la familia de los Franco. 


-(IV). Fernández Flórez, fue defensor de lo gallego y del galleguismo, estando en ello una de las características de sus novelas: el humorismo. Un galleguismo compatible con haber apenas escrito en la lengua vernácula.  


(Continuará) 



   


 



jueves, 17 de septiembre de 2020

ESCRITURA Y ATENEO (11ªparte). "MARGARITA YOUCENAR", artículo de ÁNGEL AZNÁREZ RUBIO publicado en la Webb del ATENEO JOVELLANOS DE GIJÓN (septiembre, 2020)


          MARGARITA YOUCENAR

      (Mujer apasionada)


Pero de todas estas osadías, puede que la más chocante fuere aquella que -según se decía- le hacía rebajar la hermosa profesión de médico, entregándose con preferencia al arte grosero de la cirugía, y ensuciando así sus manos con pus y sangre”. 

Youcenar, Opus nigrum




Margarita Youcenar fue una escritora genial, de genialidad que, como siempre ocurre, nace de una exigente y dura educación en los primeros años de vida -eso ya lo vimos en Freud, de lecturas prodigiosas siendo muy niño-. Lo mismo pasó con Margarita, cuyo peculiar padre (no conoció a su madre) la paseaba muy niña, según ella misma contó, hablando de la filosofía griega o de Shakespeare, y leyéndole textos de Chateaubriand y de Marco Aurelio. Idea de su padre fue no enviarla a la escuela, sino educarla en casa escogiendo sus profesores. Por eso, a los ocho años, ya había leído
Los pájaros de Aristófanes y Phèdra de Racine; por eso, a los diez años sabía latín y a los doce griego. Su padre, amante de las letras, directo, aventurero, increíblemente impulsivo e independiente, falleció teniendo la hija, Youcenar, veinticinco años cuando quedó huérfana. En entrevista a Matthieu Galey, en 1980, reconocerá que su padre “la dio el primer gusto por la exactitud y la verdad”, tan importantes en su obra posterior.  


Muchas veces nos hemos preguntado si la literatura de Youcenar –a ella también preguntaron- se podía considerar específicamente “femenina”. La respuesta ha de ser un no, negándolo ella expresamente, calificando que eso sería una consecuencia de un detestable chauvinismo, pues “la literatura femenina es simplemente literatura” (entrevista de Jacques Chancel, mayo de 1979). Youcenar, feminista en lo justo y sin la agresividad propias de los machos, sobresalió en la descripción de personajes masculinos, Adriano y Zenón, si bien no se puede olvidar a sus personajes femeninos en su obra, así Plotina en Adriano, o Fröso en Opus nigrum, o como Antigona y/o María Magdalena en otros textos. 



La ciencia de la Literatura también se preguntó, a propósito de la obra de Youcenar, acerca de su tipo de novela, que se denomina “novela histórica”. Y eso se plantea, pues Memorias de Adriano, por una parte, es un texto “inventado”, producto de una ficción –Adriano no llegó a escribir sus Memorias, o al menos no se encontraron-; por otra parte, para su redacción, la investigación histórica de la novelista fue determinante: una narradora haciendo de historiadora, hasta tal punto que se dice que historiadores profesionales, para explicar los acontecimientos de los años imperiales de Adriano, consultaron y consultan la obra de Youcenar. 


Para analizar la esencial problemática entre lo cierto y lo narrativo, entre la verdad y la verosimilitud, habremos de remitirnos, en primer lugar, al Discurso que pronunció el novelista Álvaro Pombo con ocasión de su ingreso en la Real Academia Española de la Lengua, y luego, a la contestación de la historiadora Carmen Iglesias. Un Álvaro Pombo, por cierto, enemigo acérrimo de la llamada novela histórica, que lleva en sí, según él, una contradicción: “si es novela, no puede ser historia”. 


Ya escribimos que los lectores españoles de M. Youcenar fueron de su novela Memorias de Adriano, la cual junto a la otra novela Opus nigrum, la preferida por la autora, se destacan en su prosa. Hemos de destacar las semejanzas entre ambas novelas, pasando después a las esenciales diferencias. Ella misma dijo que ambas novelas fueron concebidas en su juventud, varias veces abandonadas y reiniciadas finalmente: “Se han  ido construyendo –dijo- por capas sucesivas”. Así la novela de Adriano la pensó inicialmente en los años veinte, luego la abandonó y reanudó su escritura en 1948, publicándose definitivamente en el año 1951 (Opus nigrum se publicó en 1968). Eso, lo de capas sucesivas, hace que las dos novelas sean de complicada lectura, resultando, finalmente, que la escritora las escribió para sí y no para los lectores. Captar la totalidad de lo novelado por M. Youcenar es prácticamente imposible, y eso que es mucho más accesible Memorias de Adriano que Opus nigrum.


En una y otra novela los personajes centrales son hombres (Adriano y Zenón), excepcionales ambos por sus afanes de saber, sus grandezas y de una impresionante soledad y frialdad ante la muerte (muerte de uno y otro descritas, magistralmente, en el último capítulo de cada libro).  Con sesenta años termina la vida de uno y otro, pero las diferencias entre los personajes son totales: Adriano murió de muerte natural y Zenón se suicidó; uno fue un Emperador del Siglo II después de Cristo, describiéndose en la novela las complejidades de la vida en general y política en particular del mundo romano, y Zenón fue un alquimista, médico y filósofo del siglo XVI, describiéndose la vida del Renacimiento en el Norte de Europa. 



Si Youcenar para escribir Memorias de Adriano se basó en la obra de Dion Cassius y en la Historia de Augusto, para escribir Opus nigrum se basó en las Memorias anónimas sobre los conflictos en los Países Bajos. Las Memorias de Adriano son unas ficticias memorias –en verdad es un soliloquió-, sin diálogos y con poca acción, que Adriano dirige a su “nieto adoptivo”, el que luego sería el Emperador Marco Aurelio; el Opus nigrum, es una novela que cuenta las andanzas del alquimista Zenón, desde principio a final, desde el nacimiento a su juicio inquisitorial, concluyendo con el suicidio en celda de cárcel.


Las ficticias Memorias comienzan con una especie de introducción (Animula Vagula Blandula) en la que el Emperador escribe a Marco Aurelio que, con su amplia carta, “espera instruirle”, explicando minuciosamente su estado físico a edad avanzada con sus limitaciones, concluyendo la introducción con la siguiente confesión: “Veo allí mi naturaleza ya compleja, formada por partes iguales de instinto y de cultura. Aquí allá afloran los granitos de lo inevitable: por doquier, los desmoronamientos del azar”. Sigue un capítulo (Varius Multiplex Multiformis) no siendo aún Emperador, hasta los 40 maños, en el que se cuenta la formación griega del futuro emperador y se escribe: “El verdadero lugar del nacimiento es aquel donde por primera vez nos miramos con una mirada inteligente; mis primeras patrias fueron los libros”. A continuación en tres capítulos trata de su vida y obra siendo ya Adriano emperador, siendo constante su referencia a la Grecia clásica y describiéndose de forma sublime el amor y la muerte de Antinóo. El libro concluye con el importante capítulo titulado Patientia, de reflexión sobre su cuerpo ya envejecido, sobre los sueños,  también recurrentes en toda la obra, y sobre la muerte, la provocada que rechazó (el suicidio), y la natural, inevitable. 


Adriano, según Youcenar, fue un Emperador pacifista frente a su antecesor Trajano que fue belicista, siendo también Memorias de Adriano todo un tratado político de reflexión sobre la mejor manera de gobernar a los hombres. Y concluyo con lo siguiente que ella (M.Y.) dice a Jacques Chancel en la entrevista de mayo de 1979, publicada en 1999, en Ediciones du Rocher: 


“El ejemplo de Hitler me ha hecho reflexionar sobre la importancia enorme del Jefe de Estado; mis primeros trabajos sobre Adriano hubiesen fracasado por tener una visión inicial puramente estética del Emperador. Hitler y antes Mussolini me hicieron mucho meditar sobre lo que representa un príncipe y cual es su poder”.  


                     

jueves, 10 de septiembre de 2020

ESCRITURA Y ATENEO (10ª parte), por ÁNGEL AZNÁREZ RUBIO: "MARGARITA DE CRAYENCOUR" (publicado en la Web del ATENEO JOVELLANOS de Gijón, septiembre del 2020)

 

 “Para sonidos puros, los más dulces son los de las flautas japonesas de bambú, mucho más que los de las flautas de madera o de metal. Es el sonido del viento que pasa y se oye a través de una flauta”.

 Margarita Crayencour, en anagrama Youcenar. 

 



Nació (1903) eBruselas de padre francés, adquirió luego la nacionalidad norteamericana (1947), recobrando la francesa, por ser exigencia de la Academia francesa de la Lengua; vivió en la casa llamada Petite Plaisance en la isla norteamericana Mont-Désert, en el Estado del Maine, Noreste de los Estados Unidos, cerca de la frontera canadiense, lugar de convivencia sentimental con Grace Frick hasta la muerte de ésta el 18 de noviembre de 1979; Youcenar murió (1987) en el hospital Bar Harbor, acompañada de Deirdre Wilson, enfermera americana; fue un mujer de la aristocracia de Europa del Norte; amante de las islas, de las griegas como Eubea y Egina, de la italiana como Capri y de la americana donde vivió. Y es que, para Youcenar, cada isla era un pequeño mundo, un pequeño universo en miniatura.   


 

En España fue completamente desconocida hasta que un día, a fines del pasado siglo, Felipe González declaró que Memorias de Adriano era su libro de cabecera. Es llamativa la indiferencia recíproca de la escritora y los españoles, teniendo en cuenta los viajes de ella a España, teniendo en cuenta que Adriano hubiese nacido en Hispalis y que Zenón, personaje de Opus nigrum, hubiese correteado, tras autos de fe, por León y Astorga. Con gran precisión escribe del torero lo siguiente: “El torero tiene algo de bailarín de ballet y del actor de un drama sagrado que, a veces, se torna para el hombre y siempre para el animal en verdadera tragedia”. Y de Cervantes escribe a Marc Brossollet el 25 de agosto de 1962: “Aquél gran novelista (o gran poeta) sediento de justicia, cordura sonriente y humana”.     

 


Los lectores de “Ateneo y Escritura” saben que es lo literario lo que nos interesa. Nos gustó el juego de lo narrativo y la verdad en Clarín, la crisis de los géneros literarios y el ensayismo en Freud, y ahora en Youcenar, escritora de gran precisión, de historia y de léxico, el interés es doble: a).- Lo que se podría denominar como  “literatura femenina” la suya. b).- Lo que se podría denominar la “novela histórica”, la suya, que es contradictorio: o es novela o es historia; las dos juntas, imposible. Y todo ello teniendo en cuenta las los principales obras de Youcenar: Memorias de Adriano y Opus nigrum.  

 

Más antes de ello es preciso prestar atención (I) a lo que ocurrió con ocasión de su recepción en la Academia francesa en 1981 y después (II) penetrar en su obra prácticamente desconocida y fundamental de la Youcenar, dejando para el final el comentario sobre las dos novelas citadas.

 

(I).- Entró M. Youcenar, mujer independiente y apolítica, en ese “bastión de hombres” que fue la Academia francesa, gracias al empeño que puso ese escritor, muy de derechas, que fue Jean d´Ormesson, calificando ella el trabajo de él como paciente y dinámico (carta de 22 de octubre de 1979). Después de más de dos siglos y medio, sin la presencia de mujeres en la Academia, rota la tradición, la aceptación de la propuesta de Ormesson no fue fácil, sin ella haberlo facilitado, pues dijo al periodista Jacques Chancel (en 1979, un año antes de la elección) que no pisaría la Academia y proclamado que no haría acto de candidatura, no ser de su gusto ser candidata a lo que fuere. Su discurso de ingreso en La Coupole, pronunciado el 22 de enero de 1981, tiene un doble interés:

 

A.- Destacó que la vanidad al ingresar en la “docta casa”, ha de frenarse por el pensamiento de una doble muerte; muerte, en primer lugar, del académico que precedió en el sillón, que ha de ser recordado y homenajeado; y muerte, en segundo lugar, de la propio recipiendario, que no sabe quién la sucederá mortis causae y quién pronunciará el discurso fúnebre.

 

B.- Youcenar ocupó el sillón del fallecido poeta Roger Caillois, leyendo un texto complejo, como compleja fue la obra de Caillois, del que destacó que en 1943, siendo “ambos exiliados”, en la revista Les lettres françaises (que él dirigía en Buenos Aires) se publicó un largo artículo de ella sobre la influencia de la tragedia griega en la literatura contemporánea (en una nota del Cuaderno a las Memorias de Adriano indica que en ese escrito aparece el nombre de Adriano). El hombre que amaba las piedras se titula el ensayo que la Youcenar escribió en 1980 referido a Roger Caillois, ensayo que se puede leer en castellano en Peregrina y extranjera, publicado por Alfaguara en 1992 (páginas 195 a 223). El título del ensayo es porque Caillois amó y estudió las piedras, “historia agitada de las piedras y espejo oscuro de la obsidiana”; fue un “místico de la materia”. Sobre él y sobre ello versó el discurso académico.  

 


(II).- De la prosa de Margarite Youcenar, excluidas las dos grandes novelas sobre Adriano y Zenón, destacamos lo que en la edición de la Pléiade se denomina Nouvelles Orientales y que en la traducción española se denominan Cuentos orientales, que son, a mi juicio, lo más excelente de la literatura de Youcenar. Libro calificado por Ormesson de maravilloso. Dichos cuentos que fueron publicados por primera vez en 1938, han de leerse comenzando por las anotaciones Post-Scriptum de la autora. Si la escritora fue excelente prosista y minuciosa documentalista, aparece ahora, en estos cuentos con una prosa poética, sublime y delicada como las “flautas de bambú” muy al principio oídas. De lo griego, clásico y moderno y de lo oriental pasó al Extremo Oriente, superando el racionalismo occidental y el dualismo cristiano.

 

De los diez cuentos destaco el primero Cómo se salvó Wang-Fô, basado en una historia taoista del Extremo Oriente, con tres personajes centrales: uno, el Wang-Fô, maestro pintor, anciano y pobre, con un excepcional poder: “dar vida a sus pinturas gracias a un último toque de color que añadía a los ojos”; otro personaje es el discípulo Ling, cuyo padre escogió a su esposa, “que era frágil, como un junco, infantil como la leche, dulce como la saliva, salada como las légrimas”; el último personaje es el Emperador o “Maestro Celeste”. Una narración, al tiempo dura y de gran violencia, con reproche de la mentira y de lo taumatúrgico en el arte. Y los colores en el texto poético no pueden ser más tibios: “el color verdoso que adquiere el rostro de los muertos”, “los muros violetas”, “las columnas macizas de piedra azul”, “el ciruelo rosa”, “el mar de jade azul”, “el color de una naranja que empieza a pudrirse”, “el traje azul del Maestro Celeste, para simular el invierno, y verde, para recordar la primavera”, y “los párpados azules de las olas”.

 

También destaco el cuento de Kali decapitada, basado en una historia hindú, nenúfar Kali de la perfección, que lo era como una flor; una terrible diosa que merodea por las llanuras de la India, “tan delgada es su cintura que los poetas que la cantan la comparan con la palmera, que tiene los hombros redondos como el salir de la luna de otoño y de unos senos turgentes como capullos a punto de abrirse”. Y fue decapitada por un rayo y de su nuca cortada no brotó sangre sino un chorro de luz y en la linde de un bosque, Kali tropezó con un sabio, descarnado, estando tan seco como la leña preparada para encender la hoguera. Y el sabio dijo tocando las trenzas negras, manchadas de ella: “¡Oh, Furor!, que no eres necesariamente inmortal…”.

 

Si de la prosa poética pasamos a la didáctica, hemos de anotar el libro de Youcenar A beneficio de inventario, publicado en castellano por la editorial Alfaguara en 1987. De los siete ensayos de que se compone, dos nos parecen de excelentes, de  crítica literaria: uno sobre el poeta griego contemporáneo que fue Constantinos Cavafis (Presentación crítica de Cavafis) que, Youcenar, de amante apasionada de los poetas y filósofos de la Grecia antigua pasó al descubrimiento de los poetas de la Grecia de su tiempo, de Séferis y de Cavafy, profundamente griegos y en un sentido oriental. Y otro sobre Thomas Mann (Humanismo y hermetismo), considerando La muerte en Venecia una de las alegorías más bellas de la muerte que ha producido el genio trágico de Alemania.  

 Continuará con lo de literatura femenina y lo de novela histórica.

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miércoles, 2 de septiembre de 2020

"ESCRITURA Y ATENEO" (7ªparte), por ÁNGEL AZNÁREZ, publicado en la Web del ATENEO JOVELLANOS DE GIJÓN (agosto 2020)

(VOLVIENDO ATRÁS Y REVOLVIENDO)


“Hermoso es que las obras literarias vivan, que el gusto de leerlas, la estimación de sus cualidades, y aun las controversias ocasionados por su asunto, no se concreten a los días más o menos largos de su aparición”.

Prólogo de Pérez Galdós a La Regenta.



Hace días, pocos, recibí el libro El pensamiento antiparlamentario y la formación del Derecho Público en Europa, escrito por José Esteve Pardo. Ya no me suelen interesar los libros jurídicos, pues ahora mi interés primordial está en la Literatura; excepción fue la lectura de ese libro que, si no menciona a Clarín, cita a dos personas próximas a él, ambos universitarios, juristas y amigos: a Giner de los Rios, director de su tesis doctoral sobre Derecho y Moralidad, y a Adolfo Posada. La condición de novelista y cuentista de Clarín oculta la de jurista, pues fue catedrático de Derecho Natural en la Universidad de Oviedo, cuyas explicaciones docentes fueron recopiladas por don Adolfo Posada, catedrático de Derecho Político. 



Giner, Clarín y Posada, tres kausistas, se distanciaron notoriamente del desprestigiado parlamentarismo liberal del momento, tiempo de la Restauración monárquica de 1874 y la Constitución de 1876, de casi medio siglo de vigencia (hasta la Dictadura de 1923). Clarín, republicano y de izquierdas, lo “dice” en
La Regenta al inicio del capítulo VIII: “¡Oh escándalo del juego natural de las instituciones y del turno pacífico!”; turno pacífico en el ejercicio del Poder o sistema de relevo escandaloso de los partidos: el conservador (de Cánovas) y el liberal (de Sagasta). `


Y regresemos a lo literario que es lo que nos importa. Escribe Felix de Azúa, en las calificadas “notas apresuradas sobre la novela”, dentro de sus Lecturas compulsivas (Anagrama 1998), lo siguiente: “Yo no sé cuáles son las novelas buenas y malas. Creo, por otra parte, que eso sólo lo sabe el Tiempo, pues es él quien decide ahora esto y mañana lo otro, sin que tengamos en ello otra intervención que la de simples inquilinos; en ningún caso propietarios”. El Tiempo, en el caso de Clarín, ya dictaminó: su novela es buena; y ello aunque es una novela voluminosa, respecto de las cuales -las voluminosas- el ampurdanés Josep Plá había dictaminado con ironía que es doloroso leerlas a partir de los cuarenta años.



Muy voluminosa es La Regenta, que es característica de su época y de la manera de escribir de los escritores que tenían que contar historias o estirarlas como el chicle, semana a semana, haciéndolas interminables, a modo de series sin fin. Esa manera de escribir es completamente diferente de la actual, que la rapidez impone al escritor la levedad o brevedad, tal como bien analizó Italo Calvino en conferencia que no llegó a pronunciar, por fallecimiento, en 1985. Desde ese punto de vista, La Regenta es pesada, muy pesada, interminable, nada leve. Youcenar, en el prólogo a sus Fuegos, ya escribió que todo libro lleva el sello de su época, y el de Clarín lo tiene. Leyendo las detalladas peripecias de La Regenta  se ve el color y se huele el olor de Vetusta.


Sobre el arte de novelar hay infinitas teorías. El profesor Rico dijo que se compran libros y se leen novelas por curiosidad o por la misma razón que “salimos al balcón ante un ruido extraño en la calle o pagamos un duro por entrar en el Túnel de los Horrores”; también por ganas de enterarnos del desenlace de historias o por el simple y aristotélico deseo de conocer sin más. Por eso, el escritor de novelas, como característica esencial, ha de ser un mirón, un experto fisgón, cual vieja entre visillos en pueblo de cabeza de partido; ha de saber, naturalmente, contar lo fisgado con arte, técnica o artificio.



No se trata, al leer novelas, que el lector disfrute intelectualmente ante las piruetas literarias del autor o ante los gorgoritos o filigranas del novelista, de ninguna manera. La pesada novela de Clarín es fisgoneo del más puro estilo, como si se metiese en la cama de Ana Ozores de Quintanar. De ello resultó su éxito y Clarín quitó el catalejo al canónigo Magistral y se puso él a mirar y ver, a la cercana Encimada, a la  lejana Colonia, así como al Paseo de los curas, junto al Bombé (Campo de San Francisco). 


Nada nos interesa saber qué hay de ficción o de realismo en la novela de Vetusta, qué hay de naturalismo o de romántico, pues eso son sólo disputas entre y para literatos. Clarín lo tuvo claro: buscó “golpear”, incordiar y azuzar a Oviedo y a sus habitantes, que se fastidiaran y sufrieran, para lo cual -para que se enteraran- tuvo que ser de estilo transparente y nada confuso, muy realista. Contó Pérez Galdós en el Prólogo: “En Vetusta tiene Clarín sus raíces atávicas y en Vetusta moran todos sus afectos”. Y desde luego que lo que pretendió, lo consiguió, pues la sociedad ovetense, jamás, nunca, perdonó la escritura de La Regenta, castigando a Clarín y a su familia, incluyéndose la inadmisible y terrible “ejecución”·de su hijo, el Rector Alas, en 1937. El conservador escritor Juan Valera (Tomo II de Obras Completas, Aguilar 1961, página 606 califica a Clarín de “crítico duro, cruel, injusto a veces y sobrado descontentadizo”.


Acaso con Clarín hayan acabado los adulterios como asunto destacado de novela y tal vez la literatura de amores, al igual que en Francia concluyeron las literarias aventuras de adulterios con Madame Bovary, “un Quijote con faldas” como se la calificó. En La Regenta el Don Quijote está en el cornudo Quintanar, ex Regente y esposo de la adultera, enamorada de ese don Juan de pacotilla, que fue Álvaro Mesía, y durante una representación de don Juan Tenorio en el Coliseo de la Plaza del Pan de Vetusta.  



Si Flaubert pudo decir, con orgullo que “Madame Bovary c´est moi”, eso mismo, de que “Ana Ozores soy yo” jamás, nunca, lo hubiese reconocido Clarín, acaso porque los viejos leones, como Clarín, nunca son amables, o porque los pavos reales, como Clarín, son siempre vanidosos.  


PS.- Mi buen amigo y prestigioso investigador, don Julio Escribano, de la Fundación Universitaria Española, que hace años me regaló dos libros de don Pedro Sainz Rodríguez, uno Introducción a la Historia de la Literatura Mística en España y otro Visión de España, me escribió hace unos días para informarme de que el discurso inaugural en la Universidad de Oviedo del curso 1921-1922 fue pronunciado por don Pedro y que versó sobre Clarín. 

 

 

 

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