viernes, 25 de diciembre de 2020

NUEVO OBISPO DE LA PULCHRA LEONINA, artículo de ANGEL AZNÁREZ RUBIO (publicado en "RELIGIÓN DIGITAL", diciembre 2020)

 


Inicio del Ministerio Episcopal del Obispo de León, Don Luis Ángel de las Heras Berzal (CMF), del Inmaculado Corazón de María.


De la Virgen del Chamorro a la del Camino Y de San Rosendo a San Froilán. 



Pulchra Leonina se llama la Catedral de León. Es, además, el título de un libro escrito por José González (1873-1961), canónigo que fue de tal Catedral, libro editado, hace unos años, por el diario local, junto con otros, dentro de la colección denominada “Biblioteca leonesa de escritores”. Al principio del libro se escribe: “En la vieja Ciudad de torcidas calles y de muros carcomidos por la pátina del tiempo, se eleva la esbelta y pulida hermosa Catedral”. Al final se escribe: “Pues fue cosa providencial el incendio, no sabíamos cómo quitar de ahí el coro y ahora ya no hay trabas; fue una gran pérdida, pero miren Uds., la Iglesia es una buena madre”. Entre el principio y el final, hay una trama, que es un documento de época.


Y aprovecho lo de pulcra para explicar: En Crónica del 12 de diciembre pasado, aquí mismo, en Religión Digital, sobre la ordenación episcopal de Monseñor Fernando Valera, repetimos al final, como calificativo de la ceremonia, la palabra “pulcra”. Tal calificativo fue utilizado con el pleno significado teológico-estético. Cuando escribí “pulcra” pensé en el/lo pulchrum y la via pulchritudinis, con la significancia precisa del pensamiento del teólogo, siempre ignaciano y ex jesuita, Von Balthasar, luego recogido por Benedicto XVI. Calificar de “pulcra” una ceremonia religiosa es evocar a lo más Alto. 


Kilómetros antes de llegar a León procedente del Sur, en Valdebimbre, tierra de majuelos con uvas prietas y picudas, ya se ven al fondo las imponentes torres góticas de la Catedral de León, y más lejos aún se ven las montañas astur-leonesas; y más cerca están las planicies en las que tanto conquistaron y reconquistaron moros y cristianos, y donde tuvo lugar la presura o toma originaria de la posesión inmobiliara. Y desde la distancia recordamos a los curas santos de León, como a don Enrique García Centeno, párroco de Nuestra Señora del Mercado (León), muerto en 2017 y aún, gracias a la memoria de muchos, muy vivo, estando enterrado en el alto Camposanto de Valderas. 



Catedral de León, de una diócesis importante, sufragánea primero de Burgos y luego de la de Asturias (a partir de 1955), con canónigos que, por escasez de clero, que simultanean ocupaciones de cabildeo con las parroquiales en la montaña del Norte. Recuerdo que otro claretiano, Monseñor Sebastián, fue Obispo de León --lo recordó el nuevo Obispo en la Homilía--, y tengo presente que don Luis Almarcha, enterrado en la Pulchra Leonina en capilla del fondo, fue Procurador en las Cortes de Franco y Consejero del Reino. A don Luis, que tuvo una destacada actuación en lo de la Basílica de San Isidoro, observé en la primavera de 1964 con ocasión del entierro del Arzobispo de Oviedo, don Francisco Javier Lauzurica y Torralba, que asistió acompañando al Obispo de Astorga, al obispo de Santander y al Abad no mitrado de Samos, siendo celebrante principal de aquel funeral el que fuera administrador apostólico de Solsona y ya electo Arzobispo de Oviedo, Monseñor Tarancón. 


En el libro Oviedo León de la B.A.C., de Historia de las diócesis españolas, se escribe: “Hablar de la historia de la diócesis de León, desde finales de la primera mitad del siglo XX y una parte considerable de la segunda, de su relación con el movimiento obrero y su participación en el Concilio Vaticano II, supone centrarnos en el largo y trascendental episcopado de Monseñor Luis Almarcha Hernández, que abarca desde 1944 a 1970


”. 


Monseñor de las Heras llegó a León desde Mondoñedo-Ferrol, y a buen seguro que si conserva la salud, continuará ruta, pues otros destinos le van a esperar. No es poco haber ya sido de la Diócesis de Mondoñedo, de la “Mariña” de Lugo y de la de Coruña (desde O´Barqueiro a Ferrol). Una diócesis húmeda, de mucha morriña y que, si no se cuida, puede derivar en melancolía peligrosa. No parece aconsejable estar en León y rezar el Padrenuestro en gallego; esperamos que pronto baje la fiebre; y respecto a lo de llevar a Galicia en el corazón, lo entiendo muy bien, pues yo también padezco ese mismo problema cardíaco. 


Cunqueiro, en la Fundación Juan March, disertó (1975) sobre obispos santos y milagreiros de esa diócesis de Mondoñedo, antecesores de Monseñor de las Heras; y citó en particular a un tal Don Gonzalo santo, el cual, subido en lo alto de la montaña y mirando a la costa lucense, cada Ave María que rezaba, nave vikinga que se hundía. En mi mesa de trabajo, con manoseo continuo, está el gran libro Menosprecio de Corte y alabanza de Aldea, del guevariano Fray Antonio de Guevara, Obispo que fue de Mondoñedo en el lejano siglo XVI.


La Comitiva episcopal, vestida de morado, salida de la Sacristía, presidida por el señor nuncio de Su Santidad, se trasladó, concluida la monición de entrada en mañana con nubes y fría, en procesión solemne hacia Altar Mayor. Don Julián López, con mascarilla blanca, Administrador apostólico y Obispo casi por dos décadas de León, dio la bienvenida al nuevo Obispo y recordó a San Antonio María Claret, fundador de claretianos (CFM). Fueron vistos Arzobispos y Obispos, entre otros, a los buenos de Astorga y Santander, siempre muy obedientes. Es sabido que el Arzobispo de Oviedo, Fray Jesús Sanz, lee las homilías en tableta digital y habla alemán en la intimidad, también y tan bien, como el cardenal Rouco.


Leídas y mostradas las Letras apostólicas del nombramiento, siendo ya Obispo el Padre Luis Ángel y sentado en la sede que fue de San Froilán por invitación del nuncio, el ya obispo de León, dentro de la Liturgia de la Palabra, pronunció en León la primera Homilía, pareciendo sereno, apacentador de ovejas y, al tiempo, apacentado como buena oveja. Leyó en cuartillas su emocionante Homilía. 


Comenzó recomendando a los obispos asistentes que se pusieran la mitra, y dijo que él, siendo de tamaño grande, se sentía pequeño ante el esplendor catedralicio. Recordó a las múltiples víctimas de la pandemia y a su padre, de 90 años de edad. Es natural –añadimos- que don Luis Ángel, siendo claretiano, hablara de la Misión y de las Misiones, pues si fuere jesuita lo natural sería que predicase sobre el Reino. Destacó la hermosura de la Catedral legionense y subrayó, al finalizar, la necesidad de una Iglesia de comunión, misionera, misericordiosa, samaritana, y que contribuya al bien común. 



Supimos por medio de Monseñor de las Heras que el nuncio es simpático hablando con él por teléfono y que Monseñor Blázquez tiene la sensación extraña, estando de pie, que se le cae la mitra. 


Y para valorar adecuadamente la Homilía, leí las últimas pronunciadas por el nuevo obispo de León. Por eso, puedo decir: 


A).-Que en la primera homilía de León no hubo “remate” (remate de Homilía), tal como lo hubo en la última de Ferrol, triste, muy triste a pesar de ser Domingo Gaudete; palabra, la de “remate”, que es impropia y más propia de lo cinegético, y dicha, en un domingo llamado Gaudete, con mucha pena y tristeza, como de funeral.


B).-Que tampoco hubo referencia en esa primera a los prepotentes y soberbios, de los que dijo el Obispo, en la última de Ferrol, que “también son hijos de Dios, pero que incordian”. Dado que los prepotentes y los soberbios son promiscuos y se reproducen con facilidad de conejos, habiendo abundancia de ellos por doquier, también en León, dejamos constancia de la opinión del señor Obispo.


Ya casi concluida la ceremonia de inicio del Magisterio episcopal en León de Monseñor de las Heras, con la mascarilla bien puesta, miro al Rosetón, a lo alto y a los lados, y admiro los vidrios y vidrieras catedralicias, cumbre y gozo de lo gótico, de muchos siglos. La Estética del vidrio me llevó, como sentado en alfombra voladora de Las mil y una noches, a la Estética de la palabra con la fulguración luminosa por la música sacra, y palabras de un poeta gallego y manco: “De todas las cosas bellas para los ojos, ninguna tanto como los cristales. El goce de los ojos al mirarlos es un sentimiento sagrado, porque para los ojos los cristales no tienen edad…Y la luz de los cristales tienen algo de oración”. AMÉN.



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EL OBISPO NUEVO DE ZAMORA, artículo de ÁNGEL AZNÁREZ (publicado en "RELIGIÓN DIGITAL", diciembre 2020)


        (Lema episcopal en modo imperativo: PERMANECED EN MI AMOR)


Don Fernando, párroco que fue del pueblo zamorano de San Miguel del Valle, hoy integrada su iglesia en el Arciprestazgo de “Benavente-Tierra de Campos”, fue un cura santo, tanto como el Santo Cura de Ars, al menos hasta su traslado a Villalpando. Un San Miguel del Valle que es el finisterre de la Diócesis de Zamora, pues ya mira y linda con Valderas, que es de la Diócesis de León y con Roales de Campos, que es de la Archidiócesis de Valladolid.  


El silencio de la iglesia parroquial sólo se rompía cuando don Fernando, oficiando misas, para evitar que las mucosidades o “mocosidades” salieran por los agujeros de su nariz, aspiraba o suspiraba con mucho ruido y como hacia muy dentro. Ruido también el del monaguillo, luego cura cerca de tierras de Portugal, hijo de Dominica y hermano de Maxi, el cual, al momento de la Santa Elevación en la Misa, con la mano derecha zarandeaba la campanilla -más que sonido de campanilla aquello sonaba a cascabeles-, y con la mano izquierda elevaba el extremo de la casulla del oficiante, en ritmo con el movimiento de la Santa Hostia. 


Leo ahora en el libro de la BAC Astorga y Zamora, Historia de Las diócesis españolas, que el Obispo de Zamora en aquel tiempo fue don Eduardo Martínez González, que le terminaron por renunciar de la diócesis de Zamora, pues siendo muy de Franco, al final no supo que hacer con lo del Concilio y lo demás. Dimitió. 


El Papa Francisco, de Tierra de La Pampa, nombró a Don Fernando Valera, un mediterráneo, muy de Caravaca, nuevo obispo de la zamorana Tierra de Campos, de pan de hogaza, de sopas con pimentón (no pimentoneros los zamoranos, que si los murcianos como el nuevo obispo), de palomares vacíos, de vinos agrios y de fiestas muy de Cristo. Y el nuevo obispo se apellida Valera como el muy culto egaburense, por ser natural de la cordobesa Cabra, llamado don Juan Valera. Me aseguran que tal nombramiento episcopal fue susurro al Papa de jesuitas, de jesuitas, lo que no me resulta extraordinario, pues me consta el ordinario susurro de jesuitas, si bien fue más el susurro a príncipes que a papas. Un susurro de libro es el que cuenta Giuseppe Tomassi de Lampedusa en Il Gattopardo, los susurros del jesuita Padre Pirroni al Príncipe Don Fabrizio Salina. Y es verdad que el gran “susurrazo”, según Valle Inclán, fue el de un “claretiano”, no jesuita, a la “Borbona” Isabel II, poco antes de ser destronada. 



Con puntualidad eclesiástica, no a las cinco de la tarde, sino a las once de la mañana, la comitiva salió de cerca del Palacio episcopal y entró en la románica plaza de la catedral de la ciudad de Doña Urraca, en mañana fría, gris, propensa a contagios víricos Allí, en el atrio catedralicio, rodeado del nuncio, del administrador apostólico, del deán, de los del Cabildo y demás mirones, el nuevo obispo besó la reliquia medieval, milagrosa y bendita, conocida como “La cruz de carne”, muy eficaz contra las pestes de otros tiempos y muy necesaria en los presentes. Y comenzó la ceremonia de consagración y toma de posesión del nuevo obispo, divida en tres partes: Liturgia de la Palabra, Ordenación episcopal y  Celebración eucarística. A la España “vaciada”, de la que Zamora es ejemplo, se refirió Don José Francisco Matías, Administrador diocesano, con mucho ímpetu, valentía y movimiento.

 

Más tarde, ya en la nave central, El Excelentísimo y Reverendísimo don Bernardito, nuncio papal –cada vez con el cabello más blanco-, después de las Lecturas y mostradas las Letras apostólicas de la designación papal, pronunció la Homilía. El representante del Santo Padre hizo preguntas al obispo electo, respondiendo éste a SI a todo lo preguntado y postrándose en el suelo. Luego vino lo de la imposición de manos y lo de la “crismación”. Hizo el con/celebrante principal sentar en la sede episcopal al nuevo obispo, previa entrega del anillo, la mitra y el báculo. 


Después de destacar lo principal, repetimos lo secundario, que ya escribimos en julio, con ocasión de lo de Astorga: “falta de concordancia” juntar dos superlativos “super” con un diminutivo “mini”; esto sólo es posible en la Secretaria de Estado actual, después de la de Bertone, y no en la de Sodano, in illo tempore. 


Por la Homilía del nuncio, no se pronunció la del nuevo obispo, que, sabiendo de la afición de don Fernando Valera al lituano y judío Emmanuel Levinas, hubiese sido potente y de enjundia. Ya lo escucharemos… Diremos que es normal que la fenomenológica “alteridad” del lituano y judío, sea tan del gusto de eclesiásticos. Pienso ahora también en otro experto en Levinas, en el dominico Fray Ricardo de Luis y Carballada, Vicepresidente de la Pontificia Facultad de Teología de San Esteban de Salamanca y Presidente del Gremio de Editores de Castilla y León, que cita a Levinas predicando o impartiendo clases de Teología, como la siguiente frase oída en San Esteban, en explicación sobre la “Teología de la Creación”: “El gran pensador judío Emmanuel Levinas entendía de este modo el sentido de la creación: Saberse criatura es no poder disponer del origen” 

 ¡Qué corbatas más feas escogen los frailes, mis admirados dominicos, cuando visten de paisano!

Continuó la Santa Misa de Ordenación episcopal, presidida ya por don Fernando, resultando la total ceremonia muy brillante, exquisita y pulcra.

 Monseñor Uriarte, antes obispo de Zamora, Bilbao y San Sebastián, viejecito, fue muy aplaudido. 

Emocionantes y muy interesantes las palabras finales de agradecimiento de      don Fernando Valera, Obispo, que se emocionó.

 Celebrante principal fue también don Ricardo Blázquez, Arzobispo de Valladolid y antes de Bilbao, que cada vez parece más místico como la mayoría de los Santos de su Ávila natal, y que tiene muy cerca, en Burgos, a un Cid Campeador, llamado Mario, que conoce tanto. Y al fin pudimos ver al tímido Don Joseba Segura, obispo auxiliar- administrador apostólico de Bilbao, del que escribimos en una crónica del último mes de junio, con mitra.  

La ceremonia de esta mañana en Zamora –reitero- fue brillante, exquisita y pulcra. Enhorabuena y gracias a Dios. 


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viernes, 18 de diciembre de 2020

"PARA DULCE MORRIÑA, LA DE LOS GALLEGOS", por ÁNGEL AZNÁREZ (publicado en "LA VOZ DE ORTIGUEIRA, 18/12/2020)

 


“Crujieron las tablas de la tarima con ese pavoroso prestigio que comunica la noche a todos los ruidos”.

     (Ramón María del Valle) 



Tal título recuerda a esas promociones en tiendas de comestibles y ultramarinos de aquí, como las siguientes: “para dulzuras, las de mis flores y mi miel, no las de  doña Velutina; “para lo de las pollitas, los míos y a pares, huevos con claras y yema”; “como el mejor queso y merengues, tetilla y los de la casa, aquí”. Desde que leí, no sé si a doña Micaela la Galana o a doña Basilisa la Galinda, por medio de la pluma de Valle-Inclán, que unos hombres fieros y feroces, bajando de montañas, tan altas como las orteganas de Las Nieves o La Capelada, acariciaban, sin languidez y con ruido, a sus amadas mordiendo sus tetillas. Nunca más, por delicadeza, volví a comer el queso en tal formato de anatomía. 



Al morado natural de los pezones, se sumaba el otro morado, del artificio y del bocado, resultando un conjunto carmesí. ¡Menos mal! –exclamé y traté de tranquilizarme- que en aquel tiempo, tan escaso de dentistas, los forzudos como bestias, descendiendo de montes, incluidos los de “
la rapa das bestas”, estaban ya desdentados, cavernosos, con los duros dientes ya hechos polvos. 


No, no, la morriña dulce, que es también cosa del espíritu, ni se compra o vende en confiterías o farmacias –a veces las cosas del espíritu son carísimas y amargas- y es difícil saber en qué consiste. Si preguntamos por la morriña a un gallego, éste, seguramente, nos responderá con otra pregunta, y así podemos llegar a marearnos. Durante un  tiempo, ya pasado, se pensó que la morriña era oceánica, abisal y profunda como el Atlántico que empezaba en Finisterre y no tenía fin; por eso se creía que la padecían los habitantes de tierras que lindaban con ese océano y también algunos colindantes del Cantábrico, como los del Cabo Ortegal y los de Bares. Mas resultó que también los del lejano Mar Mediterráneo son morriñosos, aunque con menos dulzura y más trabuco. 



Se cuenta que los mafiosos de Nueva York no tienen otro pensamiento de más morriña que regresar a su isla de Sicilia. Unos sólo piensan y sueñan en colocar flores y demás genitales en la tumba de Toto Riima, llamado, por unos, la “Bestia” por sus muchos crímenes y, por otros, el “Corto” por ser de baja estatura. Una tumba que está en el cementerio de la localidad llamada Corleone, habiendo muerto de cáncer el tal Riima en la cárcel de Parma –cuestión muy prosódica y de muchas palabras llamadas llanas o graves, pues la penúltima sílaba es tónica: cáncer y cárcel, cárcel y cáncer. 



  

Para también morriñosos, los del Mediterráneo de la Hélade o Grecia, siendo Odiseo o Ulises, el de las muchas tretas y engaños, el supremo ejemplo, pues durante veinte años, diez con la guerra de Troya y otros diez de viaje, trató, obsesivamente, de regresar a su Ítaca natal. Una isla, la de Itaca, que, como  dijo Telémaco, hijo de Ulises y de Penélope, en el Capítulo IV de La Odisea, “no tenemos (en Ítaca) prados ni caminos y la tierra es más apta para las cabras que los caballos” (por eso, el fiel hijo de Odiseo tuvo que rechazar el regalo de caballos que le ofreció el espartano Menelao, hijo de Atreo). La morriña de Ulises fue de tal intensidad y tan obsesiva que todo un libro, la Odisea, está dedicado al “regreso añorado”, y Odiseo, para regresar, tuvo que sobreponerse, increíblemente, a las seducciones de femeninas, tan atractivas, como Nausicá, Circe y Calipso. ¡Jolín, este Odiseo, el de morriñas mil, qué meritos, tío!



Otros, allá también por el Mediterráneo, y que también tuvieron mucha morriña fueron los judíos, que tan a palos los trataron en todas partes, llegando también a Galicia y aficionándose a los vinos. Sus morriñas fueron de allí, de Israel, y de aquí, de las juderías de Tuy, Ribadavia y Monforte de Lemos, con “sambenitos” por doquier, colgados por delante y por detrás. Un joven pontevedrés, Diego Moldes ha escrito un libro gordo, de 695 páginas, publicado el año pasado y editado por Galaxia Gutenberg, titulado Cuando Einstein encontró a Kafka (Contribuciones de los judíos al mundo moderno), escribe en la página 32 lo siguiente: “Siempre he creído que, con las diferencias socio-históricas inevitables, había concomitancias entre ambos pueblos, el judío y el gallego”. 


También de mucha morriña, y para llorar, fueron los moros extendidos por todas las partes de España, también por el Cabo Ortegal; muchos quedaron en Cariño y en Sismundi, juntándose allí con catalanes, pues la invasión de bereberes y del califato de Damasco, como es sabido, fue de muchos siglos, a partir del año 711. El episodio de la mayor y desgarradora morriña, muy dulce a lo gallego, lo encontré en el capítulo LIIII de la segunda parte de El Quijote, titulado Sancho y Ricote, emocionándome. Ahí está la siguiente pregunta del morisco: “Cómo y es posible, Sancho Panza hermano, que no conozcas a tu vecino Ricote, el morisco, tendero de tu lugar? Luego, en un largo discurso, el morisco se explica: “Con justa razón fuimos castigados  con la pena del destierro, blanda y suave al parecer de algunos, pero al nuestro la más terrible que se nos podía dar. Doquiera que estamos lloramos por España, que, en fin, nacimos en ella y es nuestra patria natural, en ninguna parte hallamos el acogimiento que nuestra desventura desea…Dulce amor  de la patria”. 


 


 Entre ruidos de tarimas crujientes en largos corredores, con algún pito y flauta, llegamos al anochecer, tiempo ya de fantasmas, que, por ser trasparentes, no tienen sexo en sombras u oscuras anatomías; se reproducen por arte de magia y les basta con mover las manos y pies. Ya no es tiempo, en este anochecer, de seguir con morriñas dulces que es cosa de vivos, no de ánimas y de muertos. Así, pues, de la morriña, la de los gallegos, de en qué consiste y de que si tiene cura tanta dulzura en sangre, escribiremos el próximo día, al amanecer. 


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viernes, 11 de diciembre de 2020

"VIAJAR A SICILIA SIN SALIR DE CASA", por ÁNGEL AZNÁREZ RUBIO (artículos publicados en el web del ATENEO JOVELLANOS, noviembre /diciembre 2020)

     (Primera parte)                                 

En el artículo CULTO Y CULTURA, aquí publicado hace meses, escribimos lo siguiente: “La pasión de leer y los hábitos de lectura permiten pensar con la cabeza de geniales escritores. La pasión de escuchar músicas obliga a que la cabeza se “mueva” a los ritmos marcados en libretos y partituras”. 


Y preguntó el autor a continuación: ¿Qué hacen, mientras tanto los no educados, sin culto a la literatura y música?¿Cómo se entretienen o defienden sin horizontes. Gran diferencia, incluso en momentos apocalípticos, entre los que disfrutan leyendo y escuchando música, y los demás. Otro gran motivo de desigualdad. 


En la conferencia pronunciada en “El Ateneo” el 16 de octubre último, se señaló la profunda diferencia entre el arte de escribir y el arte de leer que exigen técnicas y estados de ánimo o mentales muy diferentes. Se dijo que el arte de escribir era compatible con un mal estado mental; se dijo que páginas memorables de la Literatura se escribieron desde una profunda depresión, angustia y/o terribles impulsos de muerte. El escritor rumano Cioran escribió: Ecrire, c´est guérir, poniendo a Dostoïevski y a Nietzsche como ejemplos de escritores sufrientes. 

   


Nada de eso parece que ocurre con la lectura, que es un acto silencioso -también la escritura pide silencio- y de diálogo “mental” entre el lector y el escritor personalmente ya ausente; que es momento de reflexión, razonamiento y tranquilidad del lector. Un lector con depresión o ansiedad levantará la vista del libro para seguir “enredado”, obsesivamente, en sus cosas mentales: donde está la depresión está la obsesión que todo lo puede. El lector, en consecuencia, ha de tener suficiente “fuerza” para apartar de su mente los pensamientos que impiden la concentración en el texto a leer.


Es verdad lo manifestado por Vargas Llosa en el último festival literario de Berlín de que “la literatura crea ciudadanos más difíciles de manipular” y de que “la literatura  busca la ilusión”, pero no se puede olvidar que, a veces, leer es difícil, muy difícil, debiendo tenerse en cuenta: a): Que el lenguaje literario puede tener características propias, que hacen de la lectura un acto difícil, de connotación y de significación precisas, necesitando el añadido siempre las grandes obras literarias de interpretación. b): Que el acto de lectura  es considerado como “un proceso  de creación de significado y la recepción como un componente central previsto en la constitución de la propia contextualidad”. El lector se convierte en una especie de co-autor, participando en el proceso creativo, y no siendo un mero receptor de lo escrito, ha de recoger el testigo que le dejó el autor y seguir corriendo.  


Esta diferencia entre escribir y leer ha sido científicamente estudiada por la llamada “Estética de la Recepción”, de finales de los años sesenta del siglo XX, desde la llamada Escuela de Constanza (Lección inaugural del Curso 1967 en la Universidad de Constanza a cargo de Hans Robert Jauss). Muy interesantes son, por cierto, las referencias al ll amado “Lector implícito” que constan en el libro Historia de la Critica Literaria, de David Viñas, publicado por Ariel, que se refiere al libro de Wolfgang Iser, titulado El acto de leer, publicado en 1976. 


Lo indicado en el párrafo anterior y lo que se dirá en el presente tienen, ciertamente un importante desarrollo científico y argumental, que no nos parece procedente desarrollarlo en el presente artículo. Simplemente añadamos que las personas, con capacidad de concentración y lectura, bien porque siempre la han tenido, bien porque la han recuperado luchando contra los “fantasmas” que distraen de la lectura, tendrán inmensas y plurales posibilidades, sirviéndose  de la literatura, entre otras, la posibilidad de “viajar” sin moverse de su casa, teniendo en las manos un libro excelente y en la cabeza una inteligencia predispuesta, lo cual es, sin duda, muy interesante en estos tiempos de restricción de la movilidad por causa de la presente pandemia.


Y viajaremos a la Isla de Sicilia, con dos tipos de libros, uno estrictamente de viajes, escrito por el recientemente fallecido Javier Reverte, titulado Suite italiana, editado por Plaza Janés, 2020, dedicando a Sicilia los capítulos 4 al 8 inclusive. El otro tipo de libros –que son dos- uno titulado El Gatopardo (novela) y el otro Relatos, ambos editados por Anagrama, 3ª edición 2020, y 1ª edición 2020, respectivamente, dedicados a Sicilia, son del autor siciliano Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Se destaca la gran aportación de Sicilia a la Literatura Universal con autores como Pirandello y Camilleri, parientes y naturales de Agrigento, Sciascia, natural de Racalmuto, también en Agrigento, y Elio Vittorini, natural de Syracusa. 


Se dice en la Introducción al relato La Sirena que G.T. de Lampedusa se encontró varias veces en Londres con Pirandello, considerándole el hombre más inteligente que había conocido


 
. (A Pirandello, Sciascia y Camilleri nos referimos en artículos aquí publicados de la serie “Literatura y Ateneo”). De Vittorini, comunista, nada dijimos entonces y ahora destacamos que fue el brillante autor de
Conversaciones en Sicilia, y que, para su fastidio, mucho contribuyó a que las editoriales italianas, Mondadori y Einaudi, rechazaran el manuscrito de la gran novela –eso ahora- El Gatopardo.


Antes de coger el avión, llevando los libros indicados de Tomasi y de Reverte, con destino a Sicilia, para aterrizar en Palermo o en Catania, después de sobrevolar el volcán Etna, recordaremos que el viaje propuesto va de geografía y de política sicilianas, y de eso tan “gatopardesco” que se dice en la novela (lo dice el personaje de Tancredi): “Habrá negociaciones, algunos intercambios de disparos prácticamente inocuos y después, todo seguirá igual pese a que todo habrá cambiado” (e, dopo, tutto sarà lo stesso mentre tutto sarà cambiato).


Javier Reverte se pregunta sobre antropología social: “¿Cuál es el espíritu de los sicilianos?” “Casi todos tienen un miedo instintivo a la vida”, afirma el agrigentino Pirandello. Y “Su carácter distintivo es la falta de alma”, escupe Durrel.


Giuseppe Tomasi di Lampedusa en Relatos, de Santa Margherita, que tiene nombre distinto en El Gatopardo, escribe con literatura: “En la decorada vastedad de la casa (doce personas para trescientas habitaciones) yo vagaba como por un bosque encantado. Un bosque donde no había dragones ocultos; y lleno de gratas maravillas, hasta en los divertidos nombres de las habitaciones: el “cuarto de los pajarillos”, todo tapizado de blanca y rugosa seda cruda en la que, entre infinitas volutas de ramas floridas, resplandecían, precisamente unos pajarillos multicolores pintados a mano; el “cuarto de los micos”, donde, entre los mismos árboles tropicales, se colgaban unos “titís” muy peludos y maliciosos…”.   


 


               VIAJAR A SICILIA SIN SALIR DE CASA



Recordando el viaje del Ateneo Jovellanos a la Isla 



(Segunda parte)






En avión hacia Sicilia, antes de girar a la derecha en dirección a Isla, se ve abajo la italiana de Cerdeña, que fue española y luego lugar en el que nacieron dos presidentes de la República italiana, Antonio Segni, muy elegante, al que recuerdo, admirado, siendo yo adolescente, y Francesco Cossiga, mucho menos. Más a lo lejos y también cercana, se ve la francesa Isla de Córcega, tan diferente de la de Cerdeña, patria aquélla del “corso” Napoleón Bonaparte y preocupación en Paris por el separatismo corso. Se pueden ver, desde lo alto, entre una y otra isla, pasar grandes cruceros que unen las costas españolas e italianas.   


Antes de aterrizar en el aeropuerto de Catania, que está abajo, en la planicie y junto al mar, se sobrevuela el volcán Etna, cubierto por una boina de nubes, de gases sulfurosos del interior de la tierra, como el magma oscuro e incandescente. Viendo al Etna y a sus fauces volcánicas, recuerdo al siciliano filósofo Empédocles, más que viejo ya presocrático, que se arrojó, en suicidio, a la caliente y explosiva boca ¡locura de filósofo! Un Empedocles que fue el de  los cuatro elementos, muy sicilianos: agua, tierra, aire y fuego. Hoy de Empedocles queda el Puerto, cerca de Agrigento, donde nació Pirandello.  




Ya en Sicilia, podemos escoger: 


I).- Ir de turistas a lo moderno, y viajar, según cuenta María Belmonte en su libro Peregrinos de la belleza, disfrutando de la llamada Magna Grecia, que fue la Sicilia de Taormina, durmiendo en San Domenico, Syracusa y Agrigento, con fascinantes restos, de templos y teatros, como los de Pericles, poblados por siracusanos, taorminos, cátanos y agrigentinos. 


II).- Aprender cosas de la Mafia y los mafiosos, visitando Prizzi y Corleone, y las tumbas de Riima y Giuliano. 


III).- Ver las catedrales normandas, desde la de Messina a la de Palermo, pasando por Cefalú. 


IV).- Con el libro Il Gattopardo de Giuseppe Tomasi de Lampedusa en las manos, ir de Palermo a Santa Margherita di Belice, que en la novela se llama Donnafugata, y disfrutar de las peripecias de Don Fabrizio, príncipe de Salina y “tiazo” de Tancredi. Un Don Giuseppe cada vez más importante literariamente hablando, y que está alcanzando ya a los tradicionales escritores sicilianos, a los de siempre.


V).- Un recorrido por la Sicilia tradicional según la obra de los escritores clásicos, como Pirandello, Sciascia, Vittorini y Andrea Camilleri, en cuyas obras resalta lo más siciliano, que es el sol que quema, una propiedad de la tierra de estructura feudal, un régimen económico matrimonial de tipo dotal y la locura como patología mental y muy isleña. (Acaba de llergar a las librerías el libro de Camilleri, titulado Ejercicios de memoria, editado por Salamandra, considerando fundamental para mis lectores de “Escritura y Ateneo el primer capítulo titulado Las cenizas de Pirandello).  



Como ya lo anunciamos, escogemos la IV) posibilidad; luego tenemos que ir de Catania a Palermo, por la carretera que bordea al Mar Tirreno. Allí en Palermo, en el convento de los capuchinos está enterrado Giuseppe Tomasi di Lampedusa, muerto en 1957, y escritor de una única novela, Il Gattopardo, que comienza con la muerte en mayo de 1860: Nunc et in hora mortis nostrae. Amen, y la última u octava parte está fechada en mayo de 1910. 


Javier Reverte en Suite italiana escribe: “El encorvado y grueso Giuseppe Tomasi de Lampedusa tomaba a menudo la Via Roma, camino de uno de los dos cafés, hoy desaparecidos, que le gustaba frecuentar: el Mazzara y el Caflisch, en la zona de la Vía Ruggero Settimo. Allí, sentado en un velador, permanecería escribiendo durante un largo rato, delante de una taza de café, a mano, con letra precisa, pequeña y regular, su novela”. 


Una novela magnífica y bien escrita en un italiano clásico, que si pudiera ser posible, debería leerse en italiano, existiendo en tal lengua una magnífica edición a cargo de Feltrinelli Editore. Como trata de príncipes y de aristócratas el comunista Elio Vittorini dijo que no, que era mala, a raíz de lo cual Las conversaciones en Sicilia dejaron de leerse 


Una ciudad, Palermo, que en aquel tiempo, acercándose a ella, en la novela se narra: 


“Se divisaba la cercana Palermo sumida en la oscuridad. Las casas bajas y apretadas, oprimidas por la desmesurada mole de los conventos; estos eran decenas, todos gigantescos, a menudo agrupados en conjuntos de dos o tres, conventos de hombres y mujeres, conventos ricos y conventos pobres, conventos nobles y plebeyos, conventos de jesuitas, de benedictinos, de franciscanos, de capuchinos, de carmelitas, de redentoristas, de agustinos…Desmedradas cúpulas de curvas imprecisas, semejantes a senos ya sin leche…”.




“Si vedeba Palermo vicinissima completamente al buio. La sue case basse e serrate erano porréese dalle smisurate moli dei conventi. Di questi ve ne erano diecine, tutti immani, spesso asssociati in gtruppi di due o di tre, conventi di uomini e di di donne, conventi ricchi e conventi poveri, conventi nobili e conventi plebei, conventi di gesuiti, di benedettini, di francescani, di cappuccini, di carmelitani, di liguorini, di agostiniani…Smunte cupole dalle curve incerte simile a seni svoutati di latte…”.


El autor comete un error al llamar “convento” a la residencia de jesuitas. 




El protagonista de la novela es Don Fabrizio, aristócrata y servidor del Rey Borbón, Dos Sicilias. Un Don Fabrizio que presencia un cambio de régimen político: Desembarca Garibaldi en la Isla y entre los “revolucionarios” y  garibaldinos está Tancredi, sobrino del Príncipe Salina. La novela es una descripción de la mutación de personas, servidoras de Salina y de un alcalde, Don Calogero, cada vez más rico y más influyente o mafioso, esposo de Bastiana, nieta de Peppe Mmerda. También de una relación sentimental entre desiguales. Y un lugar de los hechos que cambia: desde Palermo a Donnafugata, y el regreso, de ésta a Palermo. 





Una frase literaria se ha convertido ya en categoría y concepto político, siendo expresión del denominado Gatopardismo y que está en la primera parte de la novela, en boca de Tancredi, pariente del Principe,  en castellano y en italiano: 


“Si nosotros no participamos también, esos tipos son capaces de encajarnos la república. Si queremos que todo siga igual, es necesario que todo cambie”. 


Y líneas después el novelista añade: “Habrá negociaciones, algunos intercambios de disparos prácticamente inocuos y, después, todo seguirá igual pese a que todo habrá cambiado”.  


“Se non ci siamo anche noi, quelli ti combinano la repubblica. SWe vogliamo che tutto  remanga como è, bisogna  che tutto cambi”.


“Trattative punteggiate da schioppettate innocue, e, dopo, tutto serà lo stesso mentre tutto serà cambiato”. 


“¡Buenos macarrones y bonitas muchachas (Maccarunne e belle guaglione). Adiós, Salina, que sigas bien!”. Así se despidió el Rey Borbón, de la estrafalaria corte, derribada, de las Dos Sicilias.