viernes, 4 de noviembre de 2011

TIEMPO DE PROMESAS

Se ha abierto oficialmente la veda del Puedo prometer y prometo popularizado por Adolfo Suárez en plena transición. Afortunadamente los españoles hemos dado ese paso a la democracia sin grandes dificultades, aunque de lo prometido… nada de nada. O, por lo menos, nada que no hayamos peleado por conseguir cada uno de nosotros con no pequeños esfuerzos. Excluyo, lógicamente, en este apartado a unos cuantos políticos y otros pocos empresarios que en estos últimos 30 años se han enriquecido a costa, tanto del trabajador honrado, como de sus deleznables prácticas. Nos prometieron poco menos que el cielo en la tierra: trabajo para todos –mucho sueldo y poco curro-; estudios universitarios para nuestros hijos; sanidad gratuita –con barra libre de medicamentos caros-; un piso en la ciudad y otro en la playa; cambiar de coche con frecuencia –plan renove, plan… ya lo pagará en cómodos plazos-; vacaciones que ya iríamos abonando- el banco nos daría el crédito sin dificultad, ¿que no podíamos pagar?, no era problema, préstamo renovado y listo -; barra libre también en subvenciones: para…, contengo las palabras, no me quiero meter con nadie; cheques para los bebés –para aumentar la natalidad, para comprarle al recién nacido… tampoco quiero manifestar qué, por supuesto en plena igualdad, para el hijo de Botín y para el de la portera, que eso es ser justos-; y así sucesivamente. Y nosotros, los españolitos de a pié, tan felices. Sin percatarnos –o tal vez sí, aunque no nos interesase demasiado darnos por aludidos- que a nosotros nos daban cinco y un político o un empresario corrupto se llevaba 10, pero no importaba, había para todos. ¿O es que no había? Lógicamente tocamos fondo, y ahora los que éramos simples trabajadores, dejamos de serlo: 100 asturianos entran a diario en las listas del paro; a la hipoteca ya no hay quien le haga frente; la casa en la playa no genera más que gastos y nadie la quiere comprar- ni por menos de lo que costó-; los sueldos –quienes lo tengan- no alcanzan. Y no sigo, para qué, si todos sabemos de qué va esto. Pues ahora, con las cosas así, llegan de nuevo las promesas. Nuestros políticos de turno, que son más o menos los de siempre, recorren el país al más puro estilo del puedo prometer y prometo. Con toda tranquilidad ofrecen –si les votamos- lo que no van a poder darnos. ¿Dónde y cómo piensan colocar a esos cerca de cinco millones de parados que hay en España? Ni el milagro de Lourdes. Harían falta muchas empresas, muchísimas, para poder emplear a tanto ciudadano desocupado por obligación. ¿Podemos creerlos? Sinceramente, pienso que no. Resulta paradójico que en ningún momento nos digan que para salir adelante va a haber que apretarse mucho el cinturón, que los recortes serán brutales, que se acabaron los buenos tiempos. Es decir: salir nuevamente de pobres va a costarnos sangre sudor y lágrimas. Mientras tanto, ellos blindan sus sueldos, su jubilación, viven como dios, como dios manda, quiero decir. Así que nos esperan dos semanitas de promesas y más promesas que, ciertamente, no cumplirán. Personalmente he desarrollado cierta fobia a esa palabrería, más o menos rimbombante, por la que alguien te dice que en el futuro hará por ti, tal o cual cosa. “Te prometo”, es algo que no me gusta escuchar, siempre pienso que por qué dejarlo para el futuro si hay un presente. Algo falla, algo nos falla al emplazar para el futuro generalmente cosas buenas, nunca –o casi nunca, salvo mente enfermiza- se acostumbra a prometer cosas malas o desagradables. Probablemente soy algo extremista en ese sentido, pero es que el futuro depende de tantas cosas…. Primero de que lleguemos y segundo de la cantidad de causas que pueden modificarlo. Y volviendo a los políticos, pienso que si no han hecho nada hasta ahora –incluso ocupando el poder- por qué habrían de hacerlo después del día 20. De promesas no se puede vivir: de ningún tipo de promesas. Mejor cumplir lo que se pueda hoy que el mañana es muy incierto.

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