domingo, 31 de octubre de 2010

NUNCA OLVIDO A MIS MUERTOS


En la festividad de Todos los Santos debería de visitar a mis muertos, no lo hago. No quiere decir que los haya olvidado. No hay día del año en que su recuerdo no pase por mi mente. Curiosamente no por lo que me quisieron –seguro que mucho-, ni por lo que yo los quise –que no fue menos- sino por lo que me enseñaron. Siento hacia ellos una gratitud inmensa. Hacia esa mujer sabia que fue mi abuela, Sara, que me escribía versos y cuentos que aún conservo, y que igual me recitaba un poema de Machado que me cantaba una copla de la Piquer. La veo cose que te cose, en aquella vieja Singer, y canta que te canta al son del pedal. Esa su alegría llenó mi infancia de felicidad, y también con ella descubrí la inmensa tristeza que producen las ausencias. Su muerte me pilló desprevenida. Creo que fue el primer golpe duro que me dio la vida. No pasaron muchos años sin que volviera el dolor a mi puerta. Mi padre fue el siguiente. Él supo con cierta antelación que su final estaba próximo -creo que lo descubrí durante su penosa enfermedad-, sus últimos años fueron para mí una auténtica lección de vida. Me fue señalando el camino, sin palabras, con actitudes, trabajando hasta el último día, siempre dispuesto a ayudar allí donde hiciera falta -que la mano derecha no supiera lo que hacía la izquierda-. El domingo fue al fútbol a cumplir con su trabajo, el lunes me pidió desde la cama su Olivetti para escribir la crónica, y el miércoles le dábamos sepultura. Se fue con sencillez, sin hacer ruido, con la misma naturalidad que había vivido, y supo transmitir a quienes nos tocó quedar. Luego se fueron marchando el resto de los abuelos, tíos, parientes… Y mi segundo padre, Fernando. Si algo se le había olvidado enseñarme a mi progenitor, Fernando lo hizo por él. Me transmitió, entre otras muchas cosas, el amor a los libros, a la sencillez; me enseñó el valor de una mañana soleada, de una conversación con un amigo, la alegría de compartir un chocolate con churros… Nada he olvidado. Mis muertos siguen estando conmigo, aunque hoy no visite el campo santo.

jueves, 28 de octubre de 2010

RECORDANDO A SILVERIO CAÑADA, por Gonzalo Mieres

JUSTO RECONOCIMIENTO A LA BRILLANTE TRAYECTORIA COMO EDITOR DEL GIJONÉS SILVERIO CAÑADA ACEBAL FALLECIDO EN EL AÑO 2002
Gonzalo Mieres.-
Hay personas que dejan huella, pasan los años y se les recuerda por esa importante labor de promoción editorial.
A Silverio Cañada nada le era ajeno, joven y con entusiasmo, amante del libro, autodidacta, con el apoyo de su recordada esposa Tina, se prodigó en el trabajo creativo que nunca ha sido fácil, comprometido con el teatro de vanguardia, con la tertulia política y cultural, en una ciudad que demandaba actividades culturales y reivindicación. asumiendo los riesgos y dificultades que conllevaban estas acciones y la promoción editorial asturiana.

Ahora se sigue incidiendo que Gijón y el Principado de Asturias necesita imperiosamente, demanda compromisos activos, creadores de ideas, pero, como siempre, para que puedan ser viables, se deben implicar personas, crear equipos que cumplan con el deber asumiendo los objetivos, siendo eficaces en el justo a tiempo, ya que si no quedarán en cantos de sirena, predominando la insistente y cansina retórica.

Silvero Cañada ha sido un ejemplo en este trabajo que nunca ha sido fácil, un pionero, puso al Principado de Asturias en una órbita cultural, y le recordamos el primer premio del Ateneo Jovellanos a la novela ' Chuso Tornos, peso pluma', de Eduardo Alonso González , para emprender en el año 1969 el proyecto mas famoso; la Gran Enciclopedia Asturiana.
El editor César García Santiago después de pedir permiso a la familia, convoca el Premio de Narrativa 'Silverio Cañada' que no pasará inadvertido, iniciativa que pretende fomentar a autores jóvenes y con el que se rinde justo reconocimiento al emblemático editor gijonés.

Ediciones la Cruz de Grado convoca el I Premio de Narrativa "Silverio Cañada" como homenaje al editor gijonés.
SILVERIO CAÑADA ACEBAL (1938-2002)

Editor nacido en Gijón (Asturias) en 1938. Creador de Ediciones Júcar y de la Gran enciclopedia asturiana y Gran enciclopedia gallega. Con una acusada intuición empresarial y espíritu de riesgo e innovación, creó en 1967 Ediciones Júcar, que iba a alcanzar prestigio en los sectores culturales del país por sus colecciones de poesía y la emblemática serie Los juglares, dedicada a los cantautores, a las que luego sumaría otras tendencias literarias, como la colección Etiqueta Negra, de novela policiaca, y el ensayo, con libros políticos y la afamada serie de antropología. Pero su mayor éxito empresarial fue la Gran enciclopedia asturiana, una magna obra, pionera en su género en España, de la que fue uno de sus tres artífices y que, comercializada en origen en fascículos coleccionables, ha llegado a sumar 21 tomos desde su aparición en 1970 y sucesivas reediciones.
La Gran enciclopedia asturiana fue un éxito de ventas y que llevó a Cañada a emprender proyectos análogos en Galicia, primero, y en otras comunidades después. La Enciclopedia temática de Asturias y la Historia general de Asturias fueron otros proyectos ambiciosos, que lo consolidaron como el más importante editor de la región, con más de 2.000 títulos en su haber. Falleció en el año 2002.

Las bases son las siguientes:
1.- Podrán concurrir a este Premio cualquier persona con edades comprendidas entre los 18 y 35 años que presente trabajos escritos en lengua castellana y en prosa. Deberán ser originales e inéditos.

2.- La temática y el contenido de los trabajos será libre, pudiéndose presentar más de un trabajo por autor.

3.- Cada trabajo deberá tener una extensión mínima de 100 páginas y máxima de 200, han de ser originales e inéditos, en Tipografía Arial, Times new Roman o Garamond, cuerpo 12 y con espaciado de 1,5.

4.- Los trabajos se presentarán por cuadruplicado, bajo un lema o seudónimo, acompañado de un sobre cerrado en el que conste el lema en el exterior y en el interior los datos del concursante: nombre, apellidos, domicilio, teléfono/s, email y una breve reseña biográfica.

5.- El plazo de admisión de los trabajos finalizará el viernes 28 de septiembre de 2011. El envío de originales se realizará por correo certificado a la siguiente dirección:

I Premio de Narrativa "Silverio Cañada"
Casa de Cultura de Grado
Biblioteca Municipal "Valentín Andrés Álvarez"
C/ Cerro de La Muralla, s/n
33820 Grado- Asturias (España).

Otra opción es a través de internet donde se enviarán dos archivos: uno con la obra que se deberá titular como la misma y otro con la plica que se llamara "plica [título de la obra]" en la que deberán figurar los siguientes datos: nombre y apellidos, nacionalidad, dirección, teléfono y cuenta de correo electrónico. El email al que tienen que mandar las obras es el siguiente: edlacruzdegrado@yahoo.es

6.- El jurado estará compuesto por miembros designados por Ediciones La Cruz de Grado. El fallo del jurado, que será inapelable se hará público en rueda de prensa que será anunciada con suficiente antelación; asimismo, se comunicará personalmente al premiado.

7.- El premio será único, dotado con seiscientos euros (600 E), placa conmemorativa, diploma y publicación de la obra.

8. La entrega del premio está prevista que se celebre en un Centro Cultural en Gijón (Asturias) y el autor tendrá que estar presente en dicha entrega a finales de 2011.

9.- Ediciones La Cruz de Grado se reserva la facultad de publicar en exclusiva la edición de la obra premiada y además de el premio en metálico al ganador se le abonarán el 10% de los derechos de autor.

10-. La participación en este Premio supone la aceptación de estas Bases.

miércoles, 27 de octubre de 2010

OTOÑO POR EL PARQUE, artículo de José Marcelino García


El parque de la Católica Reina, jergón, en este tiempo, de hojas de oro donde cantan el raitán y los pájaros migratorios, con 'freakis' haciendo 'footing' y mendigos de banco y soledad abierta, es el Hyde Park gijonés. Puedes encontrar en él un chino de «todo a cien» haciendo taichí o un antiguo trabajador de la naval, ahora sin 'gomeru'. Puedes encontrar un hombre que se acerca a mirar las papeleras y va sacando de su fondo un plástico con patatitas, un periódico atrasado, un trozo de bocadillo, un pañuelo con un borrón de barro, un botellón de refresco lleno hasta la mitad. Puedes encontrar rumanos hablando con voz dura, troquelada y sonora, y niños y niñas comiendo su meriendas de York, entre carreras y gritos. Hay ardillas de Disney que van y vienen por la anatomía de un árbol, y miran, igual que los perritos de las praderas (si bajan al suelo), el pasar depredador de los bípedos mamuts. Hay mucho Alatriste llevando un perro, mucha ave exótica, pato salido, jaula con canarios, bustos con historia, y hasta una isla alborotada de gaviotas.
Con luna de mapa, desciende sobre el parque la noche farolera y municipal, y salen los pícaros, los espadachines, los tigres, los gatopardos, los palomos buchones, los dolientes y silenciosos, también, a pasear su soledad. Entre las sombras de plata, hay ninfas, giocondos y figuras rarísimas. Y una erótica vegetal (de lince), que, a medida que avanza la noche, se va haciendo más espesa, más callada, más vertical y desnuda. Erótica movible, silenciosa y perfumada, que, en su apogeo, cae en goterones de savia, en poluciones de miel y flores entre la tierra y las raíces.
Y la movida adunada y adolescente que suena por los jardines de este palacio oscuro, por entre este vergel botánico y solitario en noches de viernes y sábados. Humo y Absenta es el fuego de una generación muy joven, con fiebre de música, besos, coca y esnifes subiéndoles, como un turbión de platino iridiado, hacia la cabeza hasta quemarlos.
Llueve en el parque, y yo estoy dentro. Escucho la soledad del agua cayendo sobre este texto de árboles, pájaros, hombres, niños, pasiones y penas. Que nadie toque nada, por favor. (Publicado en el diario EL COMERCIO)

martes, 26 de octubre de 2010

HOMENAJE AL ESCRITOR LUIS FERNÁNDEZ ROCES EN EL ATENEO JOVELLANOS


El MIÉRCOLES, día 27 de OCTUBRE, a las 19,00 horas, se homenajeará al escritor LUIS FERNÁNDEZ ROCES en el Ateneo Jovellanos. El periodista FERNANDO DEL BUSTO hablará de la vida y obra del escritor. Presentará el acto el poeta y también escritor, José Marcelino García.
Más información: www.elateneo.es
LA ENTRADA ES LIBRE

miércoles, 20 de octubre de 2010

LAS ÚLTIMAS LETRAS DE CLARÍN


José Luis Campal
(Real Instituto de Estudios Asturianos)

Al alborear la mañana del 13 de junio de 1901 expiraba en Oviedo, su ciudad adoptiva, el literato y crítico de proporciones más giganteas que ha dado Zamora a toda la literatura española: Leopoldo García Alas y Ureña, para la posteridad Clarín, nada menos y nada más. A partir de entonces despegaría, primero con timoratas prevenciones de orden religioso y estético, y a partir del medio siglo pasado ya de un modo irrefrenable, la gloria póstuma y definitiva del artífice de «La Regenta» y de una ingente cantidad de excelentes cuentos que, con el transcurrir del tiempo, no dudo superen con creces a su otra aportación novelesca y a buena parte de su labor crítica, demasiado mediatizada por fobias y filias personales. Esa pujante corriente de reconocimiento se galvanizó en el comienzo de este nuevo siglo con el proyecto editorial de sus Obras Completas y en la tercera biografía del catedrático de Derecho, después de las realizadas por Juan Antonio Cabezas y Marino Gómez Santos.
Sin embargo, ni en el tomo correspondiente a los artículos de 1901 ni en la nueva incursión biográfica hemos visto las que quizá fueron las últimas cuartillas, inconclusas por el asalto de la muerte, que Clarín dejó en su gabinete de trabajo destinadas a una de sus «Revistas mínimas», que insertaba, desde el 26 de mayo de 1888, el diario político madrileño «La Publicidad». No se han perdido dichas cuartillas postreras porque, al cumplirse el primer aniversario de su fallecimiento, el rotativo ovetense «El Progreso de Asturias» dedicó el 13 de junio de 1902 sus dos primeras páginas a homenajear al escritor desaparecido. El año anterior, ese mismo periódico republicano de orientación liberal había consagrado su número del domingo 16 de junio a glosar la figura de Alas, para lo cual reclutó las opiniones de una veintena de autores, entre los que se citaban, entre otros, G. de Azcárate, Melquíades Álvarez, Rogelio Jove y Bravo, Alfredo Alonso, Eusebio Blasco, José Ortega Munilla o Fermín Canella.
En esas letras de despedida que vieron la luz en su cabo de año, Clarín fulmina, con una rabiosa gracia, la pedantería y falsedad imperantes en los ambientes literarios de hace una centuria, y que viene a ser hoy día prácticamente la misma miseria. Como estimo que no deben olvidarse, reproduzco a renglón seguido estos breves párrafos: «Muy escasa, muy lánguida es nuestra vida literaria, si se atiende a su movimiento ordinario, si se estudian sus “Anales”. Temporadas hay en que parece que nadie piensa para nada en las letras; a no ser esos beneméritos principiantes que, llenos de fe... en lo venidero, se lanzan al piélago inmenso de la indiferencia universal en la pobre carabela de un tomito de versos, “libertarios” o a la medida, o en el frágil esquife de una novela, ora naturalista, ora simbólica... ora pornográfica. La crítica tampoco rebulle. A esos novelistas no comprendidos les dan bombos los amigos Sainte Beuves temporeros; y otras veces, las más –esto va siendo lo más corriente y es lo más sencillo–, se los dan ellos mismos. Y hemos progresado tanto en esto de la autocrítica y del autobombo, que la costumbre es ya que el autor de uno de esos libros haga que le den un banquete sus entusiastas, que son sus íntimos y sus parientes. El banquete, claro, lo paga él. Pero, aun con todos estos artificios, poco les dura la ilusión a los neófitos, y así, el número de los desengañados, y que huyen de la imprenta como gato escaldado del agua fría, es infinitamente superior».
En ese mismo ejemplar del viernes 13 de junio de 1902, ocuparon las columnas del rotativo, para rendirle tributo, figuras de primer orden como Félix de Aramburu, Giner de los Ríos, Adolfo Á. Buylla, Adolfo Posada, Aniceto Sela, Ramón Pérez de Ayala (confesaba compungido que aún creía «ver los despojos de aquel gran espíritu, del más grande tal vez de cuantos han influido en mi alma, en esta pobre alma que llora todavía su orfandad espiritual») o el sabio alicantino Rafael Altamira, el cual no escamoteó elogios para el polémico agitador de conciencias: «Tenía Alas condiciones naturales excelentes: ingenio, intuición poderosa, gracia y donaire castizos, fantasía y un exquisito buen gusto, afinado por lecturas variadas y selectas. Pero excedió a casi todos en originalidad de pensamiento, en franca y honda independencia, que ni era fingida y superficial, ni obedecía a sentimientos de orgullo, que conducen a una libertad desarreglada, completamente caprichosa».
No faltó a estas exequias ilustradas el poeta bilingüe (castellano-bable) José Quevedo, quien depositó a los pies del amigo malogrado un sentido soneto en español, y con referencia final a Luis Bonafoux, titulado «13 de junio» y que decía así: «De la verdad eterno enamorado, / como algo que es de Dios, tal fue tu vida, / que, en empresas de amor con tu querida, / pronto rendiste el cuerpo desmedrado. // Pero alienta tu espíritu esforzado / en las puras regiones donde anida / esa misma verdad tan requerida, / a la que aquí viviste subyugado. // Al dejar este mundo mentiroso, / un rumor agitó la España entera / como en honra del sabio virtuoso; // y ocurrió, por tu dicha, de manera / que llegase al lugar de tu reposo / la baba del reptil... ¡tu honra postrera!».
Quedaron así reunidas las últimas letras de Clarín y aquellas otras que le dirigieron sus colegas y amigos y que él ya no pudo degustar.
José Luis Campal
(Real Instituto de Estudios Asturianos)
(Publicado en el diario LA OPINIÓN DE ZAMORA, 4 de octubre de 2010 )

lunes, 18 de octubre de 2010

DOMINGOS POR EL RASTRO, artículo de José Marcelino García


EL BARRO
A medida que sus mujeres envejecían, sus dueños se iban muriendo y su mundo se iba disipando en algo nuevo que venía, el barro se fue haciendo un objeto solitario. El barro, los barros, están ahora arrinconados en esta cultura del refinamiento y de la nada, de las noches de plástico, botellón y ocio inconsolable. En un mundo que no es el suyo, el barro se ha ido llenado de herrumbre, como menaje inútil poblado de cosas ausentes.
En este nido de intemperie que es el Rastro, hay un lirismo de los objetos de barro como nostalgia de algo bueno perdido que todavía se añora. Maestro de la imagen, el hombre ha pasado casi toda su vida fabricando cosas con el barro, aprendiendo a moldear con él (feble como es), dioses y reyes, ángeles y demonios, a los que transfería su espiritualidad, llenándolos de la solidez de las cosas irreales y fantásticas. Así, el barro, como un viejo camarada, fue ganando la tierra y el cielo para el hombre, acompañándole en sus buhardillas y llares, en sus cabañas y casas de paja y piedra. Por eso, el barro huele a bisabuelo, a filosofía inclinada hacia lo más hondo del tiempo. Barro obrero y labriego, recipiente cotidiano de vecindario antiguo, vaso alfarero de las viñas ancestrales, último romántico de noches españolas por colmados y mesones de Luis Candelas, ese genial bandido que estuvo en Gijón. Aquí, en este Rastro costero, encuentras alguno de estos viejos amigos: un botijo desertizado de agua; una cazuela de madre antigua; una jarra blanca del Rayo pintada de azul, del tiempo de las lecheras; un barro negro asturiano de Miranda para beber por él la salud del agua; una fuente de una época en la que se depositaba el pescado deslumbrante de los boteros o se horneaban, lenta y melancólicamente, manzanas de balsaín; un puchero, en fin, de Faro, todavía no enterrado por los dioses electrónicos.
Así están los barros por el Rastro de Gijón. Los puedes encontrar con la misma sorpresa con que se descubre la alfarería en la barca sepulcral del faraón. Y si los compras y llevas a casa, guárdalos con fervor, porque tienen el alma vieja y noble de la tierra, nuestra verdadera madre. (Publicado en el diario El Comercio)

domingo, 17 de octubre de 2010

PALABRA DE SILENCIOSO



ARTÍCULO DE JOSÉ LUIS ARGÜELLES
(Publicado en La Nueva España)
Quienes conocen bien a Luis Fernández Roces se ven obligados a recurrir al oxímoron si les pedimos que definan al escritor con un breve trazo: es un silencioso lleno de palabras. Y es que en el autor de algunos de los mejores cuentos del último medio siglo de literatura española, al que la ciudad acaba de dedicar una placita sin estatua pero con acacias y palomas, al pie mismo de la iglesia de los Capuchinos, es, sobre todo, un escuchador, alguien que sabe aquilatar muy bien las sonoridades de la vida -y de la lengua castellana, claro- en la balanza de la página en blanco. Y añadimos, además, que es un narrador de mirada profunda, cuajada de luces y melancolías, con la que ha acertado a desvelar los asuntos de sus historias, a contar -y también a cantar- las ficciones y verdades de sus libros: seis novelas («Ven y arrójate al mar», «La arena de los ciclos», «El buscador», «La borrachera», «Diálogo del éxodo» y «El paraje escondido»), una veintena de relatos agavillados en «De algún cuento a esta parte» y «Ageón», así como bastantes versos que, por ahora, ha reunido en dos colecciones de poemas: «Viejos minerales» y «Letras de cambio».

Un silencioso, pues, que ha escuchado mucho y ha visto mucho, hasta amasar una prosa y encontrar una música que destilan un estilo, una forma de estar en el mundo, de comprender el mundo. Luis Fernández Roces ha volcado en su escritura, siempre ceñida, un humanismo de mirada compasiva e inquietudes existencialistas. Es, para qué vamos a darle más vueltas al sonajero de los elogios y a la matraca del apunte crítico, uno de los grandes escritores asturianos vivos. Y si la proyección de su figura literaria más allá de Pajares es menor de lo que merece se debe, sin duda, a su alejamiento de los círculos donde se apandan muchas famas, a la sencillez de su manera de entender el oficio y a cierta miopía crítica que ignora o desprecia cuanto no pasa por los focos de Madrid y Barcelona.

Aun así, perspicaces y ecuánimes antólogos como Francisco García Pavón y Medardo Fraile -excelentes narradores, también, ambos- lo han incluido en sus imprescindibles «Antología de cuentistas contemporáneos» y «Cuento español de posguerra», respectivamente. Y son muchos los jurados que han visto en este francotirador de provincias, en este honesto y humilde constructor de ficciones y endecasílabos, a un escritor de raza merecedor de premios más o menos importantes, del «Hucha de oro» al «Asturias» de las Letras.

Luis Fernández Roces nació en Pumarabule (Siero) entre dos guerras, la Revolución asturiana de 1934 y el golpe militar de 1936 que provocó la contienda civil española. Hijo de un minero del pozo Mosquitera, su retina aún sigue calzada por las imágenes infantiles de un mundo duro de trabajo, injusticia y derrota. Desde su casa de niño veía el trajín de los relevos mineros, el cangilón con el sudor de los días. ¿Qué decide la vida de un hombre? Recuerdos así. Y quizás, en este caso, el hallazgo de un puñado de polvorientos libros en el hórreo familiar. Y entre ellos «Un capitán de quince años», de Julio Verne, cuyas agitadas líneas abrieron al púber e incansable lector de las historias que contaban los periódicos de la provincia el cofre del tesoro de la literatura.

Después vendrían las tardes en la Biblioteca de Carbayín, heredera de la de Saús, donde dicen que llegó a conferenciar Unamuno, las lecturas desordenadas (también de filosofía), los consejos de Alfredo Rodríguez y los primeros escritos, en 1949, unas crónicas futbolísticas del Santiago de Carbayín que publicó LA NUEVA ESPAÑA. Y también la afición por el teatro.

Luis Fernández Roces llegó a Gijón en 1954, después de cursar parte del Bachillerato en La Felguera y completar en Valladolid los estudios de practicante. Y a la sanidad dedicó toda su vida laboral, hasta su jubilación en 1989. Primero en el Hospital de Cruz Roja, en la calle Uría, muy cerca de su domicilio y de la plaza que ahora lleva su nombre; después de 1965, en Ensidesa. Casado y con dos hijas, durante décadas compaginó su profesión con su vocación, el tensiómetro con la pluma. Aún hay quien lo recuerda tecleando en «la errabunda» (el nombre con el que sus amigos bautizaron la máquina de escribir con la que el narrador andaba de aquí para allá) durante las largas noches de guardia, en el dispensario de la siderúrgica. Ahí escribió, por ejemplo, el largo y denso monólogo de «La borrachera», un aguafuerte gijonés en el que el médico Sotero Granda convoca a los vivos y a los muertos durante una lúcida noche de alcohol y desnudamiento verbal.

Si le preguntan, responde que su obra preferida es «El buscador», pero dicen que aún tiene una novela pendiente, escrita ya en su cabeza. Y muchos de sus lectores esperan que la fidelidad de Luis Fernández Roces a las palabras gane la partida, una vez más, al silencio.

viernes, 15 de octubre de 2010

EN ESTA PLAZA NAZCO UN POCO CADA DÍA


El escritor sierense afincado en Gijón agradece «ruborizado» el homenaje del Ayuntamiento y de la profesión

LUIS FERNÁNDEZ ROCES DA NOMBRE AL ESPACIO SITUADO FRENTE A LOS CAPUCHINOS

Fue el de ayer su «instante feliz», ese con el que conseguirá «ser feliz siempre». Porque no todos tienen el honor de «ver tu nombre presidiendo un espacio público» y ese espacio, además, es casi lo primero que ve todas las mañanas. Luis Fernández Roces sí tiene ese honor, porque desde ayer, ya de forma oficial, la plaza situada frente a la iglesia de los Capuchinos lleva su nombre. «Ruborizado», acudió a una inauguración que se convirtió en acto de homenaje, encabezado por la alcaldesa, Paz Fernández Felgueroso, y el concejal de Cultura, Justo Vilabrille.
Reconoció Felgueroso la justicia del homenaje por la «larga y fructífera trayectoria» de quien definió como «un maestro del cuento» que, pese a todo, «no le gusta darse importancia. Los demás sí debemos dársela». Y así lo hicieron los presentes. Principalmente, José Marcelino García, colaborador de EL COMERCIO y uno de los impulsores de que un espacio público de Gijón llevara el nombre de este escritor nacido en Pumarabule (Siero) en 1935, pero gijonés de adopción desde hace medio siglo. García elaboró un perfil de «uno de nuestros mejores prosistas y poetas», «escritor de raza, maestro del relato», que camina por la vida «encorvado, como esos hombres a los que les pesa muchísimo el corazón» y que de esa forma «se asoma desde hace tiempo a esta plaza para ver a través de ella la vida que va pasando».
Lo admitió después del propio Fernández Roces bajo la placa que le da su nombre a este «rincón de paz tan familiar para mí», casi su tierra natal, aseguró, donde «nazco un poco cada día, cuando abro las ventanas del amanecer. Aquí veo pasar las estaciones por estas dos acacias y sentarse los días a descansar en estos bancos».
En ese lugar que incluso se ha comprometido a mantener en perfecto estado le acompañaba ayer su familia, así como numerosos representantes de la vida cultural y literaria de la ciudad. «Ruborizado y culpable», recibió «este honor» y los aplausos del pintor Carlos Roces; del presidente del Ateneo Jovellanos, José Luis Martínez; los escritores José Antonio Mases, Antonio Merayo, Humberto Gonzali, Aurora García Rivas y Ricardo Pochtar y el también colaborador de EL COMERCIO Joaquín Fuertes, entre muchos otros. La plaza es, desde ayer, un poco más suya

(Publicado en el diario El Comercio. Foto, de Joaquín Bilbao. Texto, de O. Esteban)

miércoles, 13 de octubre de 2010

CARLOS PENELAS PRESENTA UN LIBRO

Os recomiendo la actividad cultural que sigue. La información me llega de mano de mi amiga la escritora y poeta, Aurora García Rivas. Y todo aquello en lo que interviene siempre es interesante. Así que el próximo viernes, a disfrutar de la Antología personal de Carlos Penelas.

El próximo viernes 15 de octubre, a las 19H.30’, en la Sala de Conferencias del Centro de Cultura Antiguo Instituto (Cl Jovellanos, 21), el escritor argentino Carlos Penelas presentará su libro Antología Personal. El acto está organizado por el Ateneo Obrero de Gijón y L’Arribada.

El último libro de Carlos Penelas, Antología personal, es una selección que incluye poemas de todos los libros, plaquettes e inéditos de Carlos Penelas y conmemora los cuarenta años de la publicación de su primer libro, Poemas del amor sin muros (1970).

Carlos Penelas (Buenos Aires, 1946) cursó estudios en la Escuela Normal de Profesores Mariano Acosta, donde siguió el profesorado en Letras. Esta misma Escuela le concedió en 1977 el premio “Arturo Marasso”. En la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional de Buenos Aires cursó Historia del Arte y Literatura.
Colaborador de Propósitos, El contemporáneo, Bibliograma, Reconstruir, Pliego de Poesía, Diario Armenia, El Libertario, Diario Galicia, Diario Río Negro, La Vanguardia, Ciudad Libre, revistas literarias nacionales y extranjeras, etc., ha ofrecido numerosas conferencias en centros culturales y universitarios, de Argentina, Galicia y Madrid. Ha sido también jurado de premios literarios, organizador de homenajes a escritores, crítico literario, director de talleres literarios, conductor de programas radiofónicos culturales, etc. Ha participado en mesas redondas y ha sido invitado a congresos y otras actividades, siempre relacionadas con su oficio de escritor.


La entrada es libre.


Ateneo Obrero de Gijón

martes, 12 de octubre de 2010

INAUGURACIÓN OFICIAL DE LA PLAZOLETA DE LUIS FERNÁNDEZ ROCES

Sería estupendo asistir.

El próximo día 14, jueves, a las 12.00 h tendrá lugar la inauguración oficial de la Plazoleta del escritor Luis Fernández Roces, situada entre la Avda. de la Costa y las calles Uría y Luciano Castañón (frente a la iglesia de los Capuchinos)
Intervendrán:la alcaldesa de Gijón, Paz Fernández Felgueroso,el escritor José
Marcelino García y el propio Luis Fernández Roces.

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LA PLAZA DE LUIS, ARTÍCULO DE JOSÉ ANTONIO MASES (Publicado en el diario El Comercio)

La plazoleta se acomoda a las cualidades de Fernández Roces. No es ni ampulosa ni llamativa. Se trata de un espacio recogido y casi pobre, pero lleno de esa singular grandeza que reina en lo humilde

Gijonés nacido en Carbayín, narrador y poeta multipremiado en los certámenes literarios más relevantes del país, ciudadano sencillo y afable, Luis Fernández Roces ya tiene una plaza a su nombre en la ciudad de Gijón. El dueño de una prosa limpia que ahonda en los entresijos del alma humana y se compromete con las zozobras, las incógnitas y la desconcertante aventura de vivir; el amaestrador de versos empapados de soledad -la soledad «que guardan las criaturas humanas», como él nos recuerda al evocar las palabras de Rilke-, preguntas y secretos eternos, recibe una recompensa más entre las que han cosechado sus relatos magistrales, donde no falta nada, donde no sobra nada. Este excelente contador de historias recibe ahora una acertada prueba de amor por parte de quienes han visto cómo su vida cotidiana enraizaba en la ciudad que él ha querido hacer suya. Plaza o plazoleta, es lo mismo, este espacio público emplazado en el área de Los Campos, frente a la iglesia de los Capuchinos, es el ámbito idóneo para que se haya convertido en el reducto de un homenaje de gratitud a un gran personaje como Luis, cuya vida ha transcurrido casi íntegramente en la ciudad. Y, por cierto, habitando una casa situada a pocos pasos de la plazoleta que hoy se le dedica.
Los que tenemos el privilegio de compartir amistad con Fernández Roces y entendemos que la justa distinción que le tributa el Ayuntamiento gijonés habrá sido recibida por él con agradecimiento, pero también con ciertos atisbos de sonrojo y cordial incomodidad. Luis, hombre modesto y carente de la menor señal de vanagloria, podría considerar que muchos de estos reconocimientos suelen sobrevenir revestidos de un ropaje acomodaticio, más o menos inclinado a fluctuaciones coyunturales. Pero no ignora el escritor, ni ignoramos nosotros, que nada debe considerarse más alejado de aquéllo que la razón, la circunstancia y la honestidad con que a él se le rinde este honor.
Llama la atención el hecho de que Fernández Roces haya aguardado la plena madurez -víspera de una vejez que se adivina reposada y fértil- para abordar con fruición una de sus más queridas experiencias creativas: el ejercicio de la poesía. Es sabido que todo escritor en ciernes es proclive al recurso del verso, en la creencia de que esta fórmula de expresión puede ofrecer más posibilidades. Nada más engañoso, porque la función del poeta más parece corresponder a un oficio de veteranía, estado de gracia hacia el que los escritores han de avanzar poco a poco, a lo largo de un costoso recorrido de purgas, ilusiones arrumbadas en la cuneta y un buen caudal de puñaladas, tantas veces ocultas detrás de un gesto amable, que la mano del tiempo les va asestando en el corazón de los sueños.
Esta plazoleta de Los Campos se acomoda justamente a las cualidades de Luis. No se trata de una plaza ampulosa ni llamativa. No es una plaza ornamentada con parterres, estanques, gárgolas y rosaledas. Por el contrario, se trata de un espacio recogido y casi pobre, pero lleno de esa singular grandeza que reina en lo humilde, como ocurre con el propio espíritu del escritor. Se hallan, eso sí, en esta plazoleta de Los Campos -en vísperas de ser bautizada definitivamente con el hombre de plazoleta del Escritor Luis Fernández Roces- todos los atributos pertinentes al caso: un par de árboles añosos, una farola en el centro del espacio rodeado de un racimo de bancos de madera, un retazo de césped melancólicamente ajado, una papelera y, como es de rigor, la consiguiente porción de palomas picoteadoras a la rebusca de las migas de pan que los jubilados van retirando morosamente, con la delectación de estar cumpliendo un ritual, de los bolsillos donde también guardan los caramelos de menta contra la tos. Y, en los aledaños de la plazoleta, la parada del autobús, la iglesia y el viejo quiosco de prensa, cromos y golosinas. Además, a la llegada del invierno se instala en la acerca de la vecina calle de Uría un puesto de madera donde una mujer embute en cucuruchos de periódico las castañas asadas, olorosas y tibias, que ella promociona como valdunas de Ribera de Arriba o de los montes del Bierzo.
Los que conocemos bien a Luis estamos persuadidos de que, cuando el azar cotidiano le lleve a caminar por la acera de su plazoleta, quizá no se sienta capaz de rehuir un inoportuno sentimiento de turbación, e inclinará al suelo su noble cabeza romana llena del blancor que le han venido trayendo los días y los desvelos en que buscó, y supo hallar, prosas hermosas y versos emotivos.
Creemos, sin embargo, que en el devenir de un día cualquiera, cuando el escritor se encuentre recluido en su casa, a muy escasa distancia de la plazoleta, acaso sienta el impulso de asomarse a la ventana, descorrer el visillo que ha colocado su esposa y dejar escapar una mirada furtiva -sin más interés ni complacencia que los que puedan buscarse como alivio en un pasajero momento de hastío o soledad-, hacia la pequeña plaza donde juegan, lloran y ríen los niños de cada tarde, donde picotean las ávidas palomas y donde departe una pareja de ancianos, uno de ellos con el ejemplar de EL COMERCIO encajado en el bolsillo de la gabardina sobada, el otro con las manos arrugadas y temblonas sobre el bastón. Esa mirada hecha desde la ventana, sin que nadie lo note, es todo cuanto necesita Luis para pasear una mirada breve por el escenario del mundo, resumido en la plazoleta, e ir madurando así el embrión de otra novela, de un nuevo cuento o de un poema

JOSÉ ANTONIO MASES, escritor.

martes, 5 de octubre de 2010

EL BURRO DEL SEÑOR ALCALDE, artículo de Francisco Prendes Quirós


Venturas y desventuras de «Lorenzo», el pollino que en 1877 alegraba los paseos del Gijón de la época

Hubo un tiempo en que por las calles y las plazas de Gigia, Xixón para los bilingües, Jijón para los poetas, Gijón para el común de los mortales, abundaron los burros de carga y paseo.

Burros grises y pardos; burros jóvenes y viejos. Y, además, en la cuadra de cada casa de las veintiséis parroquias rurales, sesteaba, por lo menos, el burro de bajar al mercado los domingos..., el que esperaba para hacer el regreso a la puerta de San Pedro, el terminar de la misa de 12.

Y en los maravillosos jardines de los Campos Elíseos un burro pardo, peludo y suave, de ojos color de azabache, tiraba delicadamente del carro que hacía el paseo de las delicias infantiles, a real el viaje... Y aquí quedo, por no traer a cuento a los «burrinos» que aprendían, a base de muchos palos, sus primeras letras en el Colegio del Rosario, que el fiero don Justo García Fernández regentaba en la calle de los Moros.

Corrían los tiempos gloriosos del inicio de la explosión industrial. Los muelles bullían de embarcaciones de vapor y vela de todas las naciones, que por riguroso turno cargaban y descargaban sus mercancías. Por la calle Ancha de la Cruz, de ida, o de regreso, a/o de las dársenas, era incesante el desfile de los humildes «equus africanus», de los briosos «equus» de tiro, y de los callados bueyes de arrastre...

Calle Ancha, piso de tierra, barro en invierno, polvo en verano; por donde antes había huertas, habían brotando mil casas, casi todas con comercio o almacén en el bajo, y vivienda en el piso y la buhardilla... y durante todo el día, impidiendo el merecido descanso vecinal, como «moto de guaje», el fragor infernal del ir y venir de vendedores, burros, carros y carretas...

La autoridad bautizó la «rue», como calle Ancha, en comparación a las estrechas de Cimavilla, y de la Cruz por el tormento del continuo «estrépito» mercantil... Luego, la llamamos Corrida.

Sin apenas nadie saberlo, a primeras horas de la tarde del 10 de agosto de 1877 del vapor «Asturias», de la bandera de «Melitón González», que mandaba el joven capitán Nicanor Piñole Ovies, desembarcaron un burro blanquísimo, ejemplar selecto de la familia de los burros blancos de Alejandría, al que esperaba en el muelle con los brazos abiertos y su criado, también albino, el benefactor de la villa don Eustaquio García Blanco, rico, soltero y devoto...

Fue la sensación del mes, y de muchos meses más. Aquella misma tarde, el asno, al que por la fecha de su llegada, don Eustaquio bautizó como «Lorenzo», quedó cómodamente instalado en su hermosa posesión de Castiello.

Corrió la voz, y allí acudieron, por ver el curioso animal, amigos y familiares. Y hasta tal punto creció la curiosidad popular por «Lorenzo», que el propietario-benefactor se vio obligado a ordenar que bajaran cada mañana con el pollino al centro de la villa, y para su lucimiento encargó un lindo carro a la portuguesa en la ebanistería que Rufino Suárez tenía en la calle Corrida.

Día tras día, paseaba «Lorenzo» su carrito y su donaire por las cinco calles y las dos plazas de la Gigia, al cuidado de Bernardo Suárez, cabo de los serenos. Fue tan grande la expectación y tal el cariño que el burro alejandrino despertó en niños y señoras mayores que a los pocos meses el Alcalde en propiedad, don Jacinto Díaz Pérez, buen hidalgo, se vio obligado a «municipalizar» el borrico de don Eustaquio, que pasó a ser popularmente conocido por todo Gijón y veraneantes de Oviedo, como «el burro del alcalde». Municipalizado «Lorenzo» con su carro, comenzó a vérsele, menos en los plenos municipales, en todas los saraos y fiestas oficiales del municipio, siempre, por su seguridad, en compañía del cabo Suárez, que hacía de su escudero...

Ora portaba «Lorenzo» en su carrito portugués a las tiernas infantas; ora, por su fiesta, trasladaba del «forno» de Angelón al Campo de los Valdés el ramo de San Pedro; ora desfilaba gozoso, seguido de cien chavales, a la cabeza de las comparsas de los carnavales; o por Navidad, portaba en su carrito mil regalos de Piquero para los hijos del sufrido gremio de los labrantes...

Y así, años. Veinticuatro años, bien descansados, a pesar de la espina venenosa con la que una tarde se pinchó en el rosal municipal, pasó «Lorenzo», el burro blanco de Alejandría al servicio del Consistorio de Gigia, a cuatro pasos del Ovetum famoso, en su papel de «el burro del señor alcalde»; mientras que sus congéneres, molidos a palos por sus amos, dejaban tiras de «lomo» entre las envidias de los carreteros y los furores de los genoveses...

Don Eustaquio no dejó de repetirlo hasta el día mismo de su inesperada muerte en Madrid: «Para hacer bien "el burro del alcalde", hay que ejercer en tierra de simples, y haber nacido blanco y con suerte». «Lorenzo», lejos de la vida municipal, terminó sus días sin cascos, y en la cuadra privada del señor de la Torre.

Decían quienes bien le conocieron, que nunca se había acostumbrado a vivir fuera de los focos municipales... Una tarde murió sin darse cuenta. «No acaba más dulcemente un bello día de verano», hizo saber el señor Torre al Consistorio... Et sic per omnia.
Francisco Prendes Quirós (Publicado en el diario

sábado, 2 de octubre de 2010

DOMINGOS POR EL RASTRO, artículo de José Marcelino García


PLANTAS Y FLORES

De este firmamento de vidrios y encajes, de libros y cosas, de esta rinconada de objetos que se esparcen derribados de vejez y de tristeza, hay unas parcelas de verdor llenas de un motín de plantas y flores que surgen aquí y allá, y van diciendo, a lo largo del año, que ha llegado el otoño, que ya está aquí el verano, que es tiempo de plantar o tiempo de los queridos muertos, adviento o navidad.
En el tránsito por esta movible arqueología de buhardilla, encuentras, como un flash, macetas de plástico negro con rosas blancas, rojas y amarillas, descendido (igual que el 'Ángelus' de Juan Ramón) sobre la herrería magra y astrosa del Rastro. Te tienes que agachar, doblar la rodilla para mirar este cielo profundo y perfumado, para tocar, con cautela de ciego, y contemplar, con reverencia, esta menuda levedad de tiestos con la flor de cada cosa, de cada tiempo, de cada sitio o rincón.
Uno va preguntando los nombres de toda esta botánica lilial y jardinera, y, a la vez que lo hace, parece que se va contagiando de la salud de los narcisos, de la blancura de las celindas, del fragor de los colores de hortensias y agapantos azul espeso. Cada domingo, uno quisiera estrenar un jardín nuevo, un huerto enverdecido de prímulas y hierbaluisas, un bordado de hierbas olorosas para extenderlo por su vida (como alfombra de moro) igual que si fuera un atrio de paz y de consuelo.
Es la vegetación del Rastro, la arborescencia entre cuchillos, latones y chatarrería. Es el limpísimo beso de las flores, fragmento breve del eterno retorno de la vida, cielo descendido hasta esta charca estancada, cargada con los viejos paramecios y cachivaches de nuestra vida. Hasta aquí han viajado las plantas y las flores agitando sus hojas, haciendo sonar sus pétalos enjoyados de silencio: Una rosa encarnada, cuando ya nuestra vida agotó el amor. Una bella rosa rosa, cuando se fue la inocencia de nuestros mayos floridos. Una rosa blanca para ponerla ahora sobre un mármol negro cargado de viento, de lluvia y de noviembres.
José Marcelino García
(Publicado en el diario El Comercio)

lunes, 27 de septiembre de 2010

"SILENCIOS Y PALABRAS", ARTÍCULO DEL ESCRITOR JOSÉ ANTONIO MASES


SILENCIOS Y PALABRAS
(Publicado en el diario El Comercio)

JOSÉ ANTONIO MASES, ESCRITOR

Después de haber vivido estos dos curiosos sucesos me siento incapaz de rehuir la presencia del jubilado del café, y tampoco puedo renunciar a darme una vuelta por la calle donde vive la mujer del balcón

En esta ocasión se trata de un hombre y de una mujer, probablemente representativos de la gran muchedumbre que adolece de una común precariedad: sentirse solos. Cada uno en su mundo, cada cual en su circunstancia, pero ambos hermanados en la incomunicación. Voy con el primero de ellos, a quien encuentro a menudo rondando el café que frecuento. Sin conocernos de nada, ya nos saludamos como viejos amigos. Todo ocurrió porque este ciudadano me hizo el primer día un comentario tópico sobre el cambio del tiempo -el recurso de circunstancias que empleamos como cumplido o para abrir fuego en la conversación que apetecemos-, y aquellas cuatro palabras dieron pie a que él se apresurara a invitarme a un café. Naturalmente, no le importaba en absoluto el anticiclón de las Azores ni pronósticos meteorológicos parecidos y, con la avidez de quien necesita librarse de una carga incómoda, me confesó que se sentía solo. Vivía con su esposa, una nieta soltera y un gato siamés, aunque, salvo la docena de palabras maquinales que intercambiaban con él a la hora de comer, encargarle unos yogures del supermercado o recordarle que a las cinco tenía lugar el funeral por el vecino del tercero, no mantenía más comunicación con su familia La televisión lo decía todo en aquella casa, su verborrea mecánica llenaba el espacio que debía ocupar el suspiro de la madre, la pregunta de la hija y las propias acotaciones del jubilado acerca de la vida que transcurría entre todos. Y el hombre acabó tan desamparado como un peatón forastero en Manhattan. De modo que, sentado conmigo ante una taza de café, se explayó relatando que durante cinco décadas fue camarero de un establecimiento cuyo edificio había sido demolido, y evocó nostálgicamente el tiempo en que, luciendo su uniforme negro y con la bandeja de alpaca en la mano, atendía las mesas del café mientras los parroquianos le hacían partícipe fugaz de los particulares lances cotidianos, más o menos felices, más o menos infortunados, que cada cual arrostraba a su modo y que él acabaría entendiendo o compartiendo casi con la unción de un pariente cercano.
Ahora, la mujer. En uno de mis paseos por la ciudad entré en una calle de esas silenciosas y recoletas donde, aunque adosadas a una vía principal llena de tráfico y ajetreo, aún es posible percibir la pureza de la voz humana. Al detenerme ante un escaparate de libros, me llegaron las cuatro palabras inesperadas: «Oiga, ¿qué hora es?». Me volví, levanté la mirada hacia el sitio de donde provenía la pregunta y encontré a la anciana en su balcón del primer piso con visillos tronados y geranios rozagantes.
Vestía bata de andar por casa, resaltaba la palidez de su tez y de sus manos, apoyadas en la barandilla, una sobre la otra, y el cabello canoso y mermado aún le concedía la gracia de poder recogérselo en un rodete diminuto y casi coqueto. «Son las cinco», le dije. Me dio las gracias y seguí mi camino, pero, cuando me encontraba al final de la calle, no pude evitar la tentación de volver la cabeza hasta reencontrar en el balcón de aquel primer piso la figura de la mujer que me había preguntado la hora. Y, como es natural, llegué a la conclusión de que la anciana vivía sola -o mal acompañada- en aquella casa sin palabras donde, pasillo adelante, habría un añejo reloj de cuco del que, cada media hora, salía un pájaro automático que emitía un canto, en nada parecido a la voz viva que la mujer necesitaba escuchar de cuando en cuando.
Después de haber vivido estos dos curiosos sucesos me siento incapaz de rehuir la presencia del jubilado del café, y tampoco puedo renunciar a darme una vuelta por la calle donde vive la mujer del balcón. En consecuencia, me causan más respeto que nunca esos corrillos de hombres y mujeres que llenan los bancos de parques y jardines y convierten sus encuentros y sus intercambios de palabras en los entrañables cenáculos que les están vedados puertas adentro. Desde que el ser humano apareció en la tierra tiene necesidad de relacionarse con los demás, lo que se cumplimenta a través de las múltiples formas de comunicación. Las más primarias (gritos, silbidos, llantos y risas) pueden expresar nuestros diferentes estados anímicos, pero están superadas por el lenguaje articulado, el medio más evolucionado y hermoso de comunicación oral, es decir, la representación de los sonidos que envuelven las sílabas, las palabras y las oraciones en que se encarnan nuestros sentimientos respecto a los demás.
A estas alturas de la civilización no es razonable, aunque se haya convertido en triste realidad, que en el mundo globalizado que habitamos, abierto a todos los confines de la tecnología y el desarrollo, podamos asistir en directo a lo que se hace y se dice en las antípodas y condenemos al silencio las palabras de quienes necesitan contar cosas a nuestro lado.


Una vez más, me he permitido colgar en mi humilde blog un artículo sin permiso del autor. Supongo que como indico de donde procede, la falta será menos grave. Admiro al escritor y sigo sus artículos en el diario. Éste concretamente, me parece muy humano, amén de magistralmente escrito. Así que voy a compartirlo con mis blogueros, aunque me salte las normas. Perdón, amigo José Antonio, pero es que todos nosotros somos uno de los esos dos personajes que tan bien describes, permite que nos acojamos al espíritu de tu artículo.

viernes, 24 de septiembre de 2010

ARTÍCULO DE VÍCTOR GUILLOT



BELÉN ESTEBAN, DIPUTADA
VÍCTOR GUILLOT

Me gusta pensar que es una choni barroca de cuyo brazo cuelga un bolso mientras sostiene una pipa, que se le corre el rimel mientras dispara al manager y cosas así. En la televisión y en la política es donde más funciona la selección de las especies y Belén Esteban es una especie catódica capaz de sobrevivir a cualquier bomba. Ha conseguido ser alguien sin ser nada y si se presentara a a unas elecciones generales, sería la tercera fuerza más votada por los españoles, por delante, incluso, de Izquierda Unida, según el último sondeo de la temporada. De modo que, entre Sara Carbonero, Cayo Lara y Belén Esteban, la audiencia se ha decidido por la princesa de San Blas, quizá porque a las marujas de este país no les gusta que las noticias las presente la mujer que les robó al yerno de su vida, quizá porque no saben quién carajo es Cayo Lara.

Belén Esteban practica el nuevo casticismo de la jet, un estilo de vida novelado que va del esperpento de Valle al cine de Pedro Almodovar. Su mayor obsesión ha sido la hija, su mayor deseo, el marido, su mayor fracaso, una familia y, por el medio, antes y después, un torero fornifollador que desnudó a las jais en una plaza de toros, sin necesidad de levantar el estoque. Con esos ingredientes, Telecinco ha sabido explotar una historia de varios lustros donde la protagonista es una muñeca rota que surge cada tarde destruida entre sollozos y risas. Y es que la princesa de San Blas ha conseguido que el plató de Sálvame sea una sala de urgencias, donde el infarto se vislumbra detrás de una cámara y la mierda delante de ella. Escribo esto para que Cayo Lara vaya tomando nota de cómo está el país, de por dónde va España, y a ver si se hace un par de programas en Sálvame para enderezar la cosa.

En todo este merecumbé que se ha montado con la Esteban, surge la figura de Jorge Javier Vázquez, un Truman Capote que ha hecho de la lefa rosa un show bussines cojonudo. Sabe que a los hombres, lo que más les interesa de una mujer son las entrañas y Belén Esteban ofrece a diario las suyas con la dignidad de las parturientas. En una ocasión, Boris Izaguirre, elegante y diorísimo, me confesó en una entrevista que «detrás de un hombre, siempre hay una gran mujer y que detrás de una mujer siempre hay un par de maricones». Jorge Javier ha conseguido que Belén sea la portera de nuestra posmodernidad, la maruja histórica e histérica que anda entre toda esa basca de felatrices de saldo y bujarrones de esquina, sembrando refranes, frases hechas y una tonelada de tópicos que no dicen nada. Gracias a esto, Jorge Javier nos da todas las Españas posibles en un sólo plano, en una sola tragedia clásica y universal, la de una mujer desfigurada por todos sus espectadores.
(Publicado en La Nueva España)

El revuelo que se ha organizado en torno a Belén Esteban me había sugerido la posibilidad de hacer un comentario al respecto. Esta mañana, mi admirado escritor Víctor Guillot me ahorró el trabajo. Y, lo que es más importante, yo nunca conseguiría hacerlo tan bien. Sí, tenéis razón, tengo debilidad por Víctor: tengo debilidad por las personas que hacen las cosas tan bien. ¿Vale?, que diría la princesa.

lunes, 20 de septiembre de 2010

POR MI QUE NO QUEDE: ¡ESTUPENDO BENIDORM!


Pues no tengo nada que decir. José, que ha puesto el comentario que sigue a una de mis entradas, lo deja dicho: alto y claro. Que conste. Y gracias por intervenir en mi blog.


José (gijón) dijo...
Me gustaría plasmar aquí también mi comentario, pues soy (sin pertenecer a la llamada "tercera edad") asiduo de la ciudad de Benidorm.

¿Algunos motivos que me "obligan" a ir a Benidorm de vacaciones?

Pues sí, por citar sólo alguno: ese calor, algo intenso, que te hace sudar incluso de noche (aquí, en Asturias, ponte la chaqueta, y algo más, por si acaso...). Ese chapuzón en un agua templada, o directamente caliente (aquí en la playa de S. Lorenzo me pongo azul en diez minutos). Ese cosmopolitismo por el que, como si de un gran escaparate se tratara, puedes ver gente de todo el mundo. Y todos con el mismo objetivo de pasar unos días de forma amena y divertida. Que puedes ver bailarines profesionales ejecutando complicadas (para el profano) coreografías en varios discobares de la playa de Levante. Y esos cuerpos (que merecen ser escritos en mayúscula) esbeltos y torneados mismamente por el sol, tanto masculinos como femeninos (así nadie se me enfada, que los hay susceptibles...)

En fin, que Benidorm me tiene subyugado, y no lo puedo evitar, porque cada vez que paso allí una temporada, me quito años de encima, tal es la vida saludable que nos permite esa bella ciudad de vavaciones.

Y todo ello a pesar de los "sambenitos" que arrastra Benidorm, como es la facilidad para obtener sustancias psicotrópicas en sus alocadas noches, y el ruido que no nos abandona nunca, como ocurre en todas las ciudades.

Pero Benidorm es mucho, es lo más.

sábado, 18 de septiembre de 2010

HOY SE HARÁ LA ENTREGA DEL PREMIO "TIMÓN" AL ESCRITOR LUIS FERNÁNDEZ ROCES


LUIS FERNÁNDEZ ROCES gana el «Timón» para escritores en castellano
El autor de Pumarabule está considerado uno de los mejores cuentistas españoles


El jurado del I Premio «Timón» (para escritores asturianos en castellano) concedió por unanimidad el galardón a Luis Fernández Roces. La distinción, que consiste en una obra del escultor y ceramista gijonés Jesús Castañón, se entregará hoy a las 20.00 horas, en el centro municipal de La Arena, en el marco de las actividades de L'Arribada 2010.

Y hasta aquí la noticia. El texto que sigue se publicó con motivo de un homenaje que el Ateneo Jovellanos le hizo. Desconozco quien lo ha escrito, pero sí refleja quién es Luis.


Cuando los más sesudos críticos literarios de este país comenzaban a celebrar la llegada de la escritura latinoamericana representada especialmente por los “Cien años de soledad” del colombiano García Márquez; “Conversaciones en la catedral”, del peruano Vargas Llosa o “Tres tristes tigres” del recientemente desaparecido autor cubano Cabrera Infante, había ya aquí, en Asturias, trabajando a destajo y en silencio, un escritor a quien esos mismos críticos no dudaban, posteriormente, en encontrar muchas similitudes a los protagonistas del que dio en llamarse el “boom” de la América Latina.

Es posible que esos críticos estuviesen acertados al establecer líneas paralelas entre los autores hispanoamericanos y la obra que iba publicando Luis Fernández Roces, a quien el Ateneo Jovellanos rinde justo y merecido homenaje. No obstatne, es preciso dejar muy claro que nuestro escritor, que un día decidió dejar su Carbayín natal para venirse a Gijón, tiene, posiblemente, el estilo más personal de cuantos escritores españoles han sido revelación en las últimas décadas.

Pero vayamos primero a trazar una breve semblanza de la trayectoria literaria de Luis Fernández Roces, que comenzó escribiendo desde su pueblo para la prensa diaria en calidad de corresponsal y, por tanto, abordando desde la descripción de un accidente minero hasta la crónica de un partido de fútbol modesto. Ya en Gijón Luis comenzó, como otros muchos, escribiendo narraciones cortas, cultivando ese arte que algunos llaman menor, pero que algunos estudiosos señalan como el más difícil de los campos literarios.

Cuando, allá por el año 1969, nuestro homenajeado fue galardonado con el premio Hucha de Oro con su cuento ”La sonrisa que te llegaba”, el redactor de un periódico local ya desaparecido, contaba que no pudo, al leer en el teletipo la noticia, comunicarse con Luis, que estaba en su turno nocturno de Ayudante Técnico Sanitario, en la que por entonces se conocía como Uninsa. Ese redactor, amigo personal de Luis, fue a la fábrica de Veriña a las doce de la noche a darle la noticia y se encontró con que Fernández Roces ni siquiera quería contestar a un par de preguntas para el periódico porque él, aunque estaba muy satisfecho por la noticia, estimaba que no se merecía salir en la prensa. Ese es el auténtico Luis Fernández Roces, un escritor sencillo, que disfruta paseando por la calle y saludando a sus muchos amigos, que cultiva la amistad como un tesoro, al que, en definitiva, no se le han subido a la cabeza los numerosos premios alcanzados, tanto en cuento como en novela.

Cuando Luis acudió, fechas después de aquella noche en Uninsa, a recoger el máximo galardón de la literatura española en la modalidad de cuento al salón de actos de la Caja de Ahorros de Asturias en Gijón, con autoridades, invitados, periodistas y amigos abarrotando el local, después de los discursos de rigor de los representantes de la entidad organizadora, todos esperaban una también brillante disertación de Luis que se limitó a decir: “Señores, muchas gracias a todos por su presencia, me siento muy satisfecho por el premio que se me acaba de entregar. Muchas gracias”. Cuatro segundos. Exactamente cuatro segundos. Y se bajó con toda prontitud del estrado. Luis parecía pedir perdón por haber ganado. Pero no era una falsa modestia. Es que Luis Fernández Roces es así. Escribe como el maestro artesano, modelando, ajustando el lenguaje a sus ideas, tamizando lo que ve y observa, para transformarlo en auténtica su esencia literaria, para dejarlo todo grabado, a golpe de cincel, en el papel blanco.

Aquel mismo año Luis ganó también el premio de novela corta Ateneo de Valladolid con su novela “Ven y arrójate al mar”. Y unos años después conseguía el Ignacio Aldecoa por “Una voz callada en el silencio”. También le fue adjudicado el premio de cuento con más raigambre y solera de cuantos se convocan en Asturias: el de La Felguera, en 1974 con la obra “Sobre este cadáver de ceniza”. Por dos veces se alzó con el Premio Lena y también ganó el de Villajoyosa. En el año 1975 le fue adjudicado el premio de Novela de Torrelavega con “La arena de los ciclos”, obra que está aun inédita. Con “La Borrachera” alcanzó el Premio Asturias y en 1977 le ha sido otorgado el Premio Novelas y Cuentos con “El buscador”.

No hace mucho tiempo aún, Luis Fernández Roces nos deleitaba a los gijoneses amigos de la poesía con una lectura de una antología de su obra poética en el salón del Antiguo Instituto Jovellanos, en las veladas poéticas organizadas por el también poeta, Antonio Merayo, y allí hemos podido constatar, una vez más, que Luis es un autor que domina con la misma perfección la novela que la poesía. Pero donde más a gusto se siente y donde más dimensión y profundidad alcanza este gijonés de adopción es en las distancias cortas, es decir, en el cuento, del que es un auténtico maestro, reconocido por los jurados de la más variada índole.

Sin embargo a Luis Fernández Roces le ha faltado, quizá porque no es amigo de las relaciones públicas ni de pulular por los mercados y zocos editoriales, algo que hubiese sido fundamental para codearse desde hace mucho tiempo con lo más florido de la literatura española. Y ese algo es, sin duda, respaldo editorial. Pero de eso ya habló Luis en su día, y además públicamente, dejando claro que no le da la más mínima importancia al hecho –que para otros seria un drama- de que los editores no se lo estén disputando o metiéndole en sus nóminas. Luis es un escritor al que le basta eso, ser escritor. Y gran narrador que nos lleva a mundos, ya mágicos ya realistas, pero siempre con voz propia y con auténtica maestría.


Luis Fernández Roces (Pumarabule, 1935) es autor de las novelas El Buscador (Premio Novelas y Cuentos, 1977), La Borrachera (Premio Asturias, 1982), Diálogo del éxodo (Premio Casino de Mieres, 1986), El paraje escondido (Premio Alfonso García Ramos, del Cabildo Insular de Tenerife, 1988), La arena de los ciclos (Premio Torrelavega, inédita), y de los libros de narrativa breve De algún cuento a esta parte (Biblioteca Cajastur, 1990) y Ageón (Ediciones Trea, 2001). Estas dos últimas publicaciones recogen obras que obtuvieron premios tan relevantes como los siguientes: Hucha de Oro, Ciaño, Lena, Ciudad de Villajoyosa, Ignacio Aldecoa, La Felguera, Caja de Ahorros de León y Sara Navarro. Algunos de sus cuentos han sido recogidos en Pequeña antología de cuentistas contemporáneos (Universidad del Valle, Colombia 1975), Cuentos de autores asturianos, de María Elvira Muñiz (Ayalga, 1978), Antología de cuentistas contemporáneos, de Francisco García Pavón (Editorial Gredos, 1984) y Cuento español de posguerra, de Medardo Fraile (Cátedra, 1994). La editorial Trea publicará en breve su poemario Viejos Materiales

Luis Fernández Roces nació en Pumarabule (Siero) en 1935. Se crió en Carbayín (Siero) y reside en Gijón.

SIEMPRE APRENDIENDO



PINTAD VENTANAS EN LOS MUROS, AUNQUE NO SIEMPRE CONSIGÁIS ABRIRLAS

Hace tiempo, en una de esas precipitadas entradas que yo suelo escribir, hice referencia a un sentimiento de esperanza -del que siempre que tengo una dificultad echo mano- que había tomado de un amigo. Si bien es cierto, que dije entonces que no me pertenecía; no lo es menos, que tergiverse la literalidad de la instantánea (así nominada por el autor en su publicación). Que es, la que antecede a lo que digo. Pertenece al poeta y escritor leonés Antonio Merayo. Él me ha enseñado muchas cosas, aunque yo no haya aprendido lo suficiente como para darme cuenta de que las citas que de otro se toman han de ser exactas. Con mi torpeza, que sé Antonio sabrá disculpar, me llega una nueva lección. Gracias, amigo. Nunca sabrás la cantidad de cosas que me has enseñado, así con naturalidad, como el que no quiere la cosa. Como lo hacen las personas que te aprecian.

Podéis encontar muchas más instantáneas en la página de la Asociación de Escritores de Asturias. Buscando, lógicamente, al escritor: Antonio Merayo. Seguro que os gustarán.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

EL PAN, por José Marcelino García


También al Rastro se viene cada domingo en busca del pan. Del pan de pueblo. Al final, somos algo así como una especie de asimilados a ciudadanos que a la menor oportunidad vamos al encuentro del pan paleto y sagrado de la niñez; pan de aquellos entonces con el que el pueblo aguantó tantos sinsabores, tantos motines, guerras y hambrunas. Pan partido y repartido por nuestras madres, mezclado, a veces, con muchas lágrimas.
España ha sido siempre una gran tahona, una corteza de pan muy cocido, un migajón de pan negro, blanco o de maíz con el que han comulgado (en los tazones de Cifuentes y Pola, de la Bohemia Asturiana de Gijón) monárquicos y republicanos, rojos y azules. La memoria ancestral recuerda las madrugadas que olían a flor de harina, a levadura y horno de leña, a sudor sano y caldeado de panadero. Y venimos a este Rastro mañanero de Gijón a comprar con ilusión y devoción ese pan que ya no hay. Ese pan exquisito, labriego y aldeano recién salido del horno: una hogaza de leña, unos riches, un panchón. Y volvemos con la sensación de llevarnos lo más honrado, lo más puro, lo más saludable y sabroso de esta vida de plástico y 'tetra brik'.
El pan siempre ha terminado por salvar al hombre. El pan y el vino nuestro de cada día; ése que también un día repartiera el crucificado profeta (que es el pan de los trigales amorosos de un Dios ucraniano, cerealista y viñatero). Pero aquí ya nadie está seguro de lo que salva. Ni sabe si el pan es pan o el vino, vino.
Ocurre a veces que después de muchos años, luego de haber ido perdiendo uno a uno sus dioses, de estar hinchado de ferralla, de sucedáneos y recuerdos, uno vuelve a encontrarse con el pan de la niñez. Con aquel pan caliente y tempranero que llegaba en cuévanos de mimbre sobre las grupa de un caballo y que engrandecía la casa con su olor, su sabor y su ternura. Siempre difícil de ganar, aquel pan habitó como un Verbo nuestra purísima sangre de niños de lluvias, fríos, iglesias, soledades y nordestes. Y hoy, otra vez, cada domingo, lo buscamos por entre esta mohosa prendería del Rastro para partirlo y repartirlo en rebanadas, como si fuera un tesoro.
(Publicado en el diario El Comercio)

lunes, 13 de septiembre de 2010

LA VIDA EN CUATRO CAJAS


Sí habéis leído bien: de nuevo estoy embalando un parte de mi vida. Una de las razones por las que no escribo estos días. Hoy me lo han recriminado a mi correo, así que procede una cierta explicación. No tiene mucho secreto: pronto voy a cambiar de casa. Y van cinco, en muchos años, que todo hay que decirlo. Así que desde hace unos días me dedico a meter en cajas la cantidad de enseres –en su mayoría inútiles y poco prácticos- que fui juntando en los últimos años. Es más practico, soy consciente, que una empresa de mudanzas lo haga por mí, pero no quiero privarme del placer de ir metiendo en cajas lo que yo llamo “mis tesoros”. Que no son más que libros –no todos los que tengo, esos ya me encargué yo en su día de dejarlos en casa de mi madre a buen recaudo, en previsión de mudanzas-; mi colección de muñecas, afición que según mi progenitora arrastro desde niña; algunos cuadros –no todos porque con esos hice lo mismo que con los libros: con mamá; y un sinfín de cachivaches de toda índole más propios de una casa de compra venta (o de un rastro) que de una casa normal. Si a ello añadimos los “trapos” que diría mi madre, entendiendo por tal mi ropa, que a ella se le antoja –y tiene toda la razón del mundo- demasiada; mis 20 pares de zapatos (¡que vergüenza si llevo siempre los mismos y he descubierto algunos sin estrenar); otros tantos bolsos, de todos los colores y formas; no diré el número de abrigos que tengo –que he llegado a juntar en poco tiempo y que, además, no pongo-. Pues si he decidido encargarme yo misma de meterlo en cajas es precisamente por ver si hay manera de que la cosa quede reducida a la mitad. Pero no veo yo la forma de dejar nada atrás, por jota o por fandango casi todo me interesa. La frase de “por si acaso un día me hace falta” se la oí decir muchas veces a mi abuela, y deben de ser de esas cosas que se te graban en la infancia y se mueren contigo. Aunque los tiempos hayan cambiado, yo no he conseguido hacerlo. Siempre me parecieron consideraciones de vieja. ¿O será que lo soy? Sí, eso debe de ser, pero guardarme el secreto, aún no estoy en condiciones de reconocerlo. Tengo perplejos a mis vecinos que ven entrar en el ascensor un montón de cajas que apenas dejan una mano libre para pulsar el botón, y la cabeza ni se ve. Todo muy a mi estilo. Lo reconozco, no se lo puedo mandar a la “muchacha”, porque yo soy ama y “muchacha” a la vez. Pero no se lo cuento a nadie, os lo digo a vosotros en plan confidencial. Me mirarían mal las señoras y señoritas que son “comme il faut”, no como yo, que soy bastante cabra loca. Con la cabra de la legión me ha comparado algún caballero,puede que asistido de cierta razón. Pero las cosas son como son en mi caso. Y sin remedio. Pues eso, me he propuesto hacer el cambio antes de navidades, con calma, que no estoy yo para muchos sobresaltos. La que sí anda un poco sobresaltada es mi madre, cuando se lo he dicho me respondió: Miedo me das hija, cada vez que haces un cambio en tu vida “tembla terra". Así, en gallego me lo soltó. Ella sabrá por qué lo dice.
Como veréis no escribí nada porque lo que tenía que contar carecía de interés, y estaba esperando por el artículo del miércoles de José Marcelino, pero ya que recrimináis que no escriba más, pues esto es lo que hay, amiguinos.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

"SEGUIDORES" DE LAS MIL CARAS DE MI CIUDAD


Me llegan al correo las entradas que se hacen a mi blog, y esa alerta es la excusa para entrar en él, ya que no lo hago todos los días. Sólo aquellos en los que me siento con ánimo –y tiempo- para escribir algo nuevo. Brujuleo, eso sí, cada día en los medios de comunicación por ver si hay algún artículo que me guste y puedo facilitarlo a quien tenga a bien asomarse a esta mi ventana virtual. No controlo, ciertamente, quienes leen lo publicado, el contador de visitas me dice que, en todo caso, son más lectores/as de los que yo podía esperar. No obstante, soy plenamente consciente de que el número es insignificante comparándolo con otros blogs, a los que acceden –según me han dicho- millones de personas. Y, para ser sincera, eso me da hasta un poco miedo. Vivo de cosas pequeñas, en una ciudad afortunadamente de provincias, con amigos a los que llamo por el nombre -porque tampoco son demasiados-, conozco a todos mis vecinos, sé cuando uno está enfermo, cuando se le casa la hija, cuando nace un nieto, compro en la tienda de barrio de toda la vida…Todo muy de andar por casa. Por eso me cuesta entender este efecto multiplicador –hasta el infinito, posiblemente- que supone la Red. Pero aquí estoy, colaborando con mi granito de arena. Si alguien me preguntara por qué, no sabría responder. Y viene todo esto a cuento porque hoy se ha añadido un nuevo “seguidor”, que esta vez resulto ser seguidora: Cani. No hace mucho se incorporó Sebastian, también El Richi, y Neriarod, Miguel Torreblanca, Héctor Alejandro….Aparecieron todos así, sin más, un buen día se hicieron seguidores. Nunca les di la bienvenida, ni tan siquiera sé si es habitual hacerlo. Nadie nos ha presentado, ni probablemente nos conozcamos nunca, pero ya hay algo que nos une. Gracias, por leerme, gracias por asomaros a Las mil caras de mi ciudad.Si las cosas pequeñas os gustan, si la vida cotidiana sencilla también: consideraros en vuestra casa.

martes, 7 de septiembre de 2010

¿VOLVERÁN MIS AMIGOS/AS CON EL OTOÑO?


Hoy han caído las primeras gotas, esas que nos anuncian que el verano se acaba y que el invierno está ya muy cerca. En medio queda, ciertamente, el otoño. Ese tiempo tan propicio para la melancolía, para la nostalgia, para vivir un poco del pasado. Porque, en realidad, eso somos: pasado. Cuando llegamos a cierta edad perdemos esa capacidad de recrearnos pensando en el futuro. ¡Qué cosa extraña es la vida! Me parece que era ayer cuando pensaba que todo estaba por venir: terminaría mi carrera, me casaría, tendría hijos… Ya ha sucedido todo. ¿Y ahora qué? Pues ahora ya no tengo muy claro qué es lo que espero. La verdad es que hasta no hace mucho confiaba –probablemente en exceso- en conseguirlo todo con mi propio esfuerzo, me sentía capaz de alcanzar aquellas metas que me proponía. Y, en algunas ocasiones, puede que así haya sido. Ahora creo que las cosas ya no se suceden de igual manera; ya no soy yo quien las persigue, más bien me encuentran ellas. Con el otoño de la vida me han llegado mis mejores amigos/as: llovidos del cielo. Esos que no piden nada, a quienes nada les pides, no media ningún interés. Todo me es dado como un precioso regalo, de esos que valen mucho porque nadie puede ponerles precio. Esos sí son mi gente. Es cierto, no podría obviarlo, que de cuando en cuando alguien se permite colgarme un sambenito que ni sabes muy bien a cuento de qué viene, ni tiene demasiado sentido. Son esas personas que hablan por hablar y que, más que nada, desconocen mi vida. Me han colgado maridos, amantes…, un poco de todo, vamos. Afortunadamente, quienes me conocéis pasáis de todas esas simplezas, y siempre puedo contar con vosotros. Gran suerte la mía. No obstante, más que incomodarme me parece divertido, que alguien piense –fundamentalmente alguna señoras de medio pelo- que estoy en edad de merecer tanta atención masculina. Es cierto que comparto piso, eso no lo negaré, pero mi compañero se llama Obladi. Y agradezco mucho que esté conmigo, para no sentirme sola. Con él he pateado la ciudad durante ya pronto doce años: me hizo conocer todas las esquinas de Gijón: desde la Iglesia de San Pedro hasta la Lloca, pasando por el Isabel La Católica. Él fue durante todo ese tiempo mi compañero fiel, hoy yo soy sus ojos: se ha quedado ciego. Ahora pega su cabeza menuda a mi pierna, y soy su bastón. Probablemente éste haya sido su último verano, porque también le fallan las patas. Ese es mi fiel compañero, marido,amante..., lo que queráis, por supuesto. Quienes tenéis mascota sabéis muy bien lo que digo.
¡Qué cosa!, empecé hablando del otoño, pasé por mis amigos, y termino haciéndolo de mi perro. Imposible hacer carrera de mí. Espero que estéis ahí, al menos detrás de este artilugio que me une a todos vosotros. Por favor, regresad con el otoño.

viernes, 3 de septiembre de 2010

VUELO IL8714, Por VÍCTOR GUILLOT


VUELO IL8714
Hay noches en que los muertos se encuentran más entremezclados con los vivos. La noche del miércoles fue una de ellas. Resulta que Telecinco estrenó la primera parte de «Vuelo IL 8714». A continuación le siguió el documental «Las voces de la tragedia», y yo no tardé mucho en cerrar la pestaña. Hay noches en que los muertos se inmiscuyen en nuestra vida, participan de ella, allanan nuestra morada y se dejan escuchar con la voz de la tragedia.

Uno pensaba que la tragedia servía para purificar, para estimular, para vivir más, y resulta que no, que le deja a uno mal cuerpo durante toda la noche, un cuerpo que comienza a oler sospechosamente a muerto. Entonces resulta que cuando el hombre inyecta unos gramos de ficción sobre la herida abierta de la realidad descubre que no está ante una tragedia, ni un drama, sino ante una obscenidad necrófila sometida a una permanente especulación. «Vuelo IL 8714» trata de ser un homenaje a las víctimas que fallecieron en el vuelo de Spanair y termina siendo un thriller malo, incapaz de alcanzar un solo miligramo de verdad entre muertos de plástico.

El hombre es, en sí mismo, una pasión inútil, una droga lírica y cruel para otro hombre que esnifa ficción, porque la realidad dolorosa de la muerte se le hace demasiado insoportable y, en ocasiones, como la del «Vuelo IL 8714», extremadamente incomprensible. Quiere decirse que con este estimulante vestido de tragedia que ha elaborado Telecinco el espectador se construye una realidad paralela en la que refugiarse y, por tanto, en vez de actuar se limita a contemplar otra historia, una ficción que no cambia en nada las cosas.

La muerte no existe, mayormente porque los muertos no terminan nunca de morirse. Hay una voz que permanece eternamente en nuestra memoria que los trae a la periferia de la vida. El recuerdo es una ficción que se eleva como un barrio negro de nuestra existencia donde los muertos se mueven en comandita. Lo sabe muy bien Telecinco, que nos vende una tragedia de diseño, un manjar no apto para escrupulosos.

El miércoles fue una noche propicia para los muertos que llegaron a través del cable y de la TDT para recordarnos que el caso aún sigue abierto, después de dos años de investigaciones. A los muertos se les investiga mejor cuando están lejos, en el archivo de un inspector, en la mesa de un forense y no en la oficina de un guionista que estraga y hastía con tanta especulación mortuoria.

Los muertos se van con la noche. No suelen estar más de una hora sentados en el sofá del salón o en la silla del dormitorio, a los pies de la cama. Nos miran atentamente, nos recuerdan su tiempo. Después, la noche se los lleva. Yo tuve días de soñar mucho con mi abuelo. Lo veo ahí, sin necesidad de tragedias. Supongo que mi memoria lo convirtió en un personaje literario, estético, difícil, que eclipsó al abuelo de verdad, el muerto, ay.
Artículo de Víctor Guillot (Publicado en La Nueva España)

miércoles, 1 de septiembre de 2010

LOS MANTEROS, Por JOSÉ MARCELINO GARCÍA


LOS MANTEROS
Atentos a los mengues, están en pie o sentados en los bordillos, cerca de las zabarceras y de los puestos de floritos. Tienen una elegancia de príncipes negros o de ángeles gigantescos, con el blanco de los dientes y de los ojos muy blanco. Grandes manos distribuidoras de cosas de selva y de ciudad, y una especie de humildad orgullosa que les impide pedir. Poseen una paciencia infinita, enigmática y altiva. Y una paz en la mirada, grave y sonriente, con un fondo de tristeza y soledad.
Se les ve por el Rastro formando islas de negritud como penumbras humanas, y bajo los árboles, tal como si sufrieran de una dulce nostalgia de tribu. Sanos y fuertes, con el oreo del viento africano en sus cuerpos, jamás se les ve fumar. ¿Dónde viven? ¿En un sótano? ¿En un bajo de las afueras? ¿Cerca de un río o una escombrera? ¿Acaso en las cuatro esquinas de la noche? Solitarios en esta playa urbana, negrean por las calles mojadas de las que se ha ido su sol ancestral. Insistentemente respetuosos, se les oye pasar sin ruido, vendiendo las cosas que llevan en sus cofres de viento y mar, en sus pequeñas sabanas/mantas. Mueven, sí, el día y la sangre alcoholizada de nuestras noches, sin disparos ni alaridos. Son como un reguero de pólvora benéfica y negra que ilumina la gran mentira de este tercer milenio que ha entrado sin haber gestionado la solidaridad entre los pueblos. O como una estampida humana, inerme, que denuncia la gran farsa de los tiranos del dinero con su capitalismo armamentista que sólo sirve para pagar paces sangrientas e irreales en las que mueren millones de niños de hambre y de miseria. 'Manteros' a las puertas de todas las calles, recorren en zigzag estos nortes de niebla llenos de papeleras, fuentes viejas, cajones de medicamentos, religiones encalladas cubiertas de un polvo triste. Distanciados de los suyos, llevan sus relojes parados de cansancio y lejanía. Van perdiendo sus coronas de jóvenes reyes de la vida libre. Como también las hemos perdido nosotros.

(Publicado en el diario EL COMERCIO)

lunes, 30 de agosto de 2010

LAS VACACIONES YA SON HISTORIA


Hace cuatro días esperaba con impaciencia la llegada de las vacaciones, y en un abrir y cerrar de ojos se han terminado. Ya no habrá más días de playa hasta el año que viene, eso si todo va bien. Un amigo me hablaba hoy del futuro, como tiempo presumiblemente mejor, yo traté de convencerle de que el futuro es hoy. Después me arrepentí de habérselo dicho, porque sin darme cuenta estaba cerrando la puerta de su esperanza. Pero es que soy incapaz de hacer proyectos de futuro, de largo plazo. Lo aprendí de la propia vida. Tal vez de muchos deseos no cumplidos. Nada ni nadie me puede arrebatar lo que yo vivo hoy, lo que me pase mañana ya no será tan certero. Yo recomiendo siempre no dejar para otro día una palabra hermosa a un ser querido, una conversación entrañable con un amigo/a... Son demasiadas las cosas que por quedar pospuestas para otro momento se quedan en el camino. Renunciamos a lo que podemos realizar hoy pensando ilusamente en hacerlo mañana. Pero no siempre hay mañana. Y no digo yo que porque nos vayamos a a morir, no, no es eso, sencillamente porque mañana podemos pensar de manera distinta, podemos tener otros deseos. Y fundamentalmente porque lo perdido en el tiempo ya no se recupera. Es, como mucho, historia, como mis finalizadas vacaciones.Pero no voy a lamentarme, estoy contenta. Porque con el trabajo se incorporarán de nuevo algunas personas a mi vida, que también las echo de menos.

viernes, 27 de agosto de 2010


No está trucado, era la temperatura a las dos de la tarde en Altea. Y ahora, que son las diez de la noche, ha bajado a 30 grados. Comprenderéis la situación. Así las cosas echo de menos mi Cantábrico, esa brisita que te obliga a poner una chaquetita aunque estemos en agosto, el paraguas siempre a mano porque cualquier día es bueno para que caigan cuatro gotas, ninguna falta el aire acondicionado, porque ya nos lo sirve directamente la naturaleza. Pero nada, yo erre que erre, que hay que salir de veraneo. ¡Coño con el veraneo! Perdón, una vez más he perdido la compostura. Pero, de verdad, no es para menos. En realidad tendría que ser castigada –y creo que lo estoy siendo- . No me quejo de las mañanas, no les pongo ningún inconveniente. El paseo por la orilla del mar y el par de baños justifican el sacrificio. Pero… ¡ay, Dios mío, lo que viene después! Abandonar la playa es todo un poema, porque una vez que se deja la orilla del mar, la arena quema hasta tal punto que tienes que calzarte. Resultado: llegas a la ducha enarenada como una croqueta rebozada lista para freír. Y como la manía de no ir a la playa que tienes delante de casa, que nos sería más que cruzar la calle, te empeñas en coger el coche e ir a la de Benidorm (causa justificada, porque son 4 kilómetros ininterrumpidos de paseo por la orilla, y la que tienes delante de tus narices es algo más corta y se acaba enseguida). Pues bien, segundo inconveniente: no siempre resulta fácil aparcar cerca y…hay que buscar aparcamiento. Aparece, donde aparece, no se puede pedir mucho. Por lo que el trayecto para recuperar el “horno”, que es en lo que se ha convertido el coche en el par de horas que has estado en la playa, se parece a un peregrinaje de alma en pena: sudas por todos los poros, el asfalto reblandecido emite un vaho insoportable y… Ya es bastante, no. Entrar en el “horno”, sin que te dé un desmayo es toda una proeza. Hay que esperar a que el aire acondicionado enfríe un poco el receptáculo. Pero no, las plazas de aparcamiento escasean y el que viene detrás necesita que la dejes pronto, porque precisamente pronto se formará tremenda caravana. Total, te metes en el coche a tropecientos grados, de arena hasta las cejas, colorada como un pimiento morrón porque el sol no entiende mucho de cremas de protección en pieles de tan mala raza como la tuya Eso sí: estás de vacaciones. Llegar a casa es una bendición del cielo, el aire acondicionado -que ya veremos el recibo de la luz de las vacaciones- te la mantiene a una agradabilísima temperatura. Por lo que decides atrincherarte con ventanas cerradas a cal y canto y hasta que deje de dar el sol –más o menos a las cinco de la tarde- cortinas cerradas. De salir a la hermosa terraza sobre el mar: nada de nada. Otro horno. Afortunadamente en las estanterías sigue habiendo libros, muchos libros. Los de Fernando- que descansa en campo santo, ya no lee (obvio) y tenía una buena biblioteca, ahora mía-, los de mi madre que siempre fue una gran lectora y ha cambiado de nuevo el Sur por el Norte, los míos… Vamos que siempre hay qué leer. Y, sin que nadie se entere, he pasado por la única librería que hay en Altea y compré unos cuentos de Chejov que no había leído. En el mismo libro se dice que escribió más de mil, creo que me quedan unos cuantos por leer –aunque no los haya editado todos, cosa que ignoro. Está claro que para leer al gran cuentista no hubiese sido necesario venir de vacaciones a Altea. Porque la ola de calor me está matando. Menos mal que el domingo regreso. Lo pasaré entero de aeropuerto en aeropuerto -el viejo utilitario se queda aquí-, por aquello de que los vuelos baratos que tan mal gestiona nuestro Principado de Asturias me tendrán rodando por el aeropuerto de Barcelona varias horas. Pero eso también forma parte de las vacaciones. Ya llegará septiembre para poder descansar. No creo que me vaya a afectar el síndrome post vacacional. Este año seguro que no

jueves, 26 de agosto de 2010

CÚMPLASE EL DESEO DE MI AMIGA VIRGINIA

Para ser feliz hay que saber disfrutar de las cosas hermosas que nos ofrece la vida. Mi amiga Virginia lo entiende bien y lo explica aún mejor.


DOCE POR DOCENA
VIRGINIA ÁLVAREZ-BUYLLA (Publicado en el diario El Comercio)
Estos días me he acordado de una antiquísima película que se llamaba así y que trataba de una familia con muchos hijos. A mí me gustó muchísimo. Quizás ahora me parecería rancia, pero entonces me conmovió. En estos tiempos que corren pensé que una situación así no se repetiría, pues el descenso de la natalidad ha sido brutal, sobre todo aquí, en Asturias, aunque últimamente creo que las cosas están mejorando. No veo más que niños por todas partes y mujeres embarazadas. Por lo menos, en mi familia, las bodas y los bautizos se están poniendo de moda y yo estoy encantada. Es el triunfo de la vida, el de la esperanza contra la desesperación.
Intento no ver las noticias, me meto en mi burbuja de madre y abuela, me encierro en cualquier parte y disfruto de esas vidas que crecen a mi alrededor. Hoy, hay en mi casa cuatro nietos, dos sobrinos y unos cuantos de sus amigos, el mayor de 8 años. Realmente, no hay nada tan hermoso como verlos jugar y compartir, a veces a regañadientes, pero van aprendiendo y disfrutando.
Verdaderamente, soy una mujer afortunada. De vez en cuando, me meto en líos, intento arreglar entuertos que me sobrepasan, pero hoy no quiero pensar en nada, sólo escuchar las risas de mis niños, abrazarles, decirles que les quiero muchas veces, repetirles que para mí son lo más preciado que existe, con la esperanza que lo recuerden cuando yo no esté.
Que hay crisis... espero que se supere pronto. Que hay paro... creo que van a surgir trabajos de debajo de las piedras. Que hay terrorismo, cantidad de políticos corruptos y mentirosos..., sí, pero también los hay honrados. Nada, que hoy nada es capaz de deprimirme. Mis niños me sonríen, me abrazan, me quieren. Con eso me basta. Os deseo lo mismo a todos.

martes, 24 de agosto de 2010

LA SEGUNDA JUVENTUD


Es Benidorm un lugar de vacaciones muy del gusto de nuestros abuelos –si así los puedo llamar sin incluirme- pues por edad yo también podía serlo. Pero como no me ha tocado aún pues me permito hablar del tema desde una cierta distancia. Existe, no obstante, una notable diferencia entre ellos y una servidora, ya que aterricé por primera vez en esta ciudad cuando era aún un pueblo pequeño. Es decir, siendo joven. El lugar me gustó, y después, por esas vueltas que da la vida –o que obliga el trabajo- he vivido en ella algún tiempo. La he visto crecer en todas direcciones: a lo ancho y a lo alto. Hoy parece una mala réplica de Nueva York. Hasta tal punto, que el edificio más alto de Europa se encuentra aquí, en Benidorm; y creo ya están construyendo uno mayor todavía. Estéticas aparte, que poco deben de importar a esos abuelos/as que mencionaba al principio, es un lugar donde nuestras personas mayores han sabido por primera vez lo que eran unas vacaciones. No mencionaré a los madrileños, ciudadanos que por considerarse ellos mismos de primera clase, colonizan cuanto visitan. Se puede decir que la playa les pertenece. Pero hay otras personas que han llegado aquí de los pueblos de Castilla, de Badajoz, de nuestra tierra asturiana, de… prácticamente toda la geografía española. Hace años –cuando vivía aquí-, solían ser matrimonios que aprovechando la temporada baja y empujados por sus hijos venían una semana a Benidorm con esos ahorros que siempre guardaban por un por si acaso hace falta. Se les conocía muy bien por su vestimenta de pueblo y por el miedo a sentarse en una cafetería, en acercarse a una diversión; que generalmente veían pegando la nariz al cristal del lugar de la actuación. Travestís como “La Soraya”, María Jesús con sus “pajaritos” y algunos cantantes de segunda fila de cuyos nombres ya ni me acuerdo, trataban de darle un aire festivo a ese incipiente turismo de personas mayores. Y no tardaron en familiarizarse con el mundillo de diversión. Las señoras dejaron de limitarse a mojar los pies en la playa, cambiaron sus ropas –casi siempre negras- por otras de alegres colores, sustituyeron fajas por bañadores, muchas veces no muy acordes con su edad; pero ellas se sentían bien, querían ser modernas. Y en pocos años lo consiguieron. Ahora señoras de edad indefinida, pero entraditas en años, lucen su palmito por las playas de Benidorm sin ningún tipo de complejo, y luego, al llegar la noche, se visten de gala para ir a bailar, para tomar una copa en una terraza, para hablar los de Vitigudinos con los de Sama, o los de Orense con los de Badajoz. Se citan para el año siguiente y, claro, algunos no vuelven. Por eso al llegar lo primero es hacer el recuento de quienes faltan, lamentarse y dar paso pronto a la diversión, porque en el fondo por la cabeza de todos bulle aquello de ¿serán mis últimas vacaciones?Pero aquí lo olvidan todo, se sienten de nuevo jóvenes, aunque tengan que usar el bastón y tomarse unas cuantas pastillas todos las noches. Yo creo que ellos más que nadie se lo merecen, se merecen esas vacaciones que la situación de la España de posguerra les arrebató. Ellos, gente en su mayor parte sencilla, fueron los que trabajando de sol a sol, en la tierra, en las fábricas, donde fuera, sacaron arriba a sus hijos, a su familia. Son merecedores de esta segunda juventud que se les brinda en Benidorm como en ninguna parte del mundo. Y a quien esto escribe no le gusta Benidorm, le parece una ciudad horrorosamente diseñada, tremendamente hortera, por momentos chabacana. Pero si nuestros abuelos son felices, si la vida les puede compensar de esta manera tantos años de sacrificio y ahorro, la considero la mejor ciudad de vacaciones. Así que Benidorm, ni tocarlo. Y que empiece el baile. Añado, que muchas viudas y viudos encuentran aqueí una nueva pareja, pero eso loocntaré en otro momento. Que nadie olvide que por ser viejo uno no debe de perder la ilusión, no hay que morirse antes de tiempo. Si me lees, eres joven y tus abuelos no han pasado por Benidorm procurales unas vacaciones, aunque se resistan, repetirán. Los harás muy felices.