Nunca a lo largo de nuestra
historia hemos sido tan libres como ahora. Paradójicamente también nunca hemos
estado tan controlados. Cuando yo estudiaba -que ya llovió- un
viejo profesor de filosofía nos repetía
machaconamente, para explicarnos no se qué silogismo ya olvidado, que no podía ser de noche y de día a la vez.
O que lo que era blanco, no era negro. Sin embargo, en lo
tocante a libertad parece que dos conceptos antagónicos se pueden perfectamente
combinar: ser libres y estar controlados. Amo la libertad, como digo en el
título, casi por encima de todas las cosas, y establezco el límite allí donde
atente contra la de otros o contra las
normas exigibles para que la convivencia sea posible. Casi el resto de las
circunstancias esclavizantes –que muchas hay- me las suelo saltar a la torera. No
cedo ante el poderoso, no cedo ante quien quiere infringirme un chantaje
emocional, no cedo ante la moralina estúpida que practican algunas personas que
intentan dominarte en nombre de unos principios que ni tan siquiera practican
y que les conducen a una infelicidad que
soportan estoicamente, las más de las veces para cubrir una apariencia social.
De todo esto, y de más, procuro apartarme. Y por todo, pago un precio
importante. Algunas personas me rechazan porque se sienten superiores a mí,
otras consideran que soy un diamante en
bruto (tal cual me lo dijeron), para mis jefes –pese a mi eficacia laboral
y mis titulaciones superiores- soy simplemente una secretaria con categoría de
auxiliar administrativo, soporto con resignación sus torpezas y transcribo sus cartas llenas de faltas de ortografía que no
reconocen, mi sueldo pasa muy poco de los mil euros… Y un largo etcétera
fácilmente imaginable para quienes de verdad me conocen, que son los menos. Y
esa es mi humilde libertad. Pero según decía en el comienzo, soy consciente de
que estoy muy controlada. Por otra parte,
como el resto de los ciudadanos. El medio que en estos momentos utilizo,
para comunicarme no se sabe con quién, es el principal culpable. Y, por ende,
yo misma que lo utilizo. Por aquello que nosotros los internautas contamos,
quienes mueven los hilos conocen nuestros gustos, nuestro pensamiento o
cualquiera de nuestras acciones. Cuando yo tenía a Obladi, mi mascota, publiqué
sus fotos y al poco tiempo comenzaron a aparecer en mi correo marcas de comidas
para perro. Está claro que alguien
controlaba mi correo con fines comerciales. Nuestros escritos van dejando un
rastro que ya nunca se borrará, lo sé. Pese a ello, no deseo renunciar a
comunicarme con dios sabe quién, pero desde luego con alguien. Yo comparo el
ordenador con el antiguo patio de mi calle, en la llamada Santa Teresa, que es
donde nací. Cuando era niña recuerdo que
mi abuela y mi madre se comunicaban con las vecinas, todos estábamos al
corriente de cuanto sucedía en el barrio, se comentaba lo que decía el periódico,
se compartían penas y alegrías con toda naturalidad. Para bien o para mal, así
era. Hoy lo más normal es no conocer a los vecinos, y mucho menos que nos
cuenten o contarles nuestra vida. Pero las redes sociales han sustituido esa
comunicación directa. No tengo más que entrar en Facebook para saber de mis
conocidos. Me cuentan, cuentan a todo el que lo quiera leer, que acaban de
llegar de vacaciones, que han tenido un día duro, o que el niño hace la primera
comunión. No hace mucho a una vecina de mi madre, que por edad aún se comunican
en directo, le dio un infarto y tuvo que ser ingresada. Ante su asombro –el de mi
madre, digo- fui informándola a diario del estado de su vecina. ¿Cómo? Pues
sencillamente porque su hija, que no vive cerca, publicaba el estado de su
madre, los progresos..., que todos compartimos intentando arroparla. Así funcionaban las cosas. ¿Es esto ser libre? Pues ciertamente no lo se, pero no me
disgusta. Poder decir –escribir- lo que me apetece en cada momento es muchas
veces el último recurso, o el único, para revelarme contra aquello que no me
gusta, para compartir lo que me hace feliz y también lo que me entristece.
Pudiera ser, parecer, el resultado de la soledad. Es posible, pero no del todo
cierto. Al menos si por soledad se entiende no tener compañía. Muchas personas
la tienen, pero viven en soledad. Campoamor decía que "...es todavía más
espantosa la soledad de dos en compañía."
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