lunes, 31 de agosto de 2009

LA PEOR CARA DE LA VEJEZ

Hoy ha hecho un día espléndido de playa, podía haberme dado el último baño, pero no he podido hacerlo, una enorme tristeza me lo impidió. Quería apurar al máximo el final de mis vacaciones, pero mis planes se desmoronaron a primera hora de la mañana. En todo el día no he conseguido reponerme y probablemente tarde en hacerlo. Sólo puedo pensar en Sara. Sí, la viejecita que a principios de verano estrenaba silla de ruedas. He ido a verla para contarle que ya empezaba de nuevo a trabajar y que si el otoño era bueno podríamos salir los domingos, llevaba varios proyectos para proponerle, pretendía sacarla de esa tristeza en que la había dejado sumida a principios de agosto, cuando os conté que me parecía que había tirado la toalla. La encontré sentada en el comedor, apoyando sus manos sobre la mesa como si estuviese rezando: no lo estaba. Levantó la cabeza, me miró, esbozó una sonrisa de las que hablan por ella, y se perdió en la pared blanca de la habitación: no me reconoció. El mundo se me vino encima. Me senté a su lado, traté de hablarle de las personas cercanas a las que ella siempre tanto quiso, pero no se inmutó. Como mucho, asentía con una leve sonrisa carente de significado. Lo que vino después fue peor, me contó que había venido su madre a verla, que los niños ya habían merendado, que..., para concluir preguntándome cómo me llamaba y a quién había venido a ver. No pude despedirme, baje las escaleras sin enterarme, cobardemente salí huyendo. No sé muy bien si la tristeza que me embarga es por ella o por mí: será por las dos. No logro quitarme de la cabeza la última salida de Sara, el primer domingo de agosto, fuimos a la plaza del Ayuntamiento a escuchar tonada asturiana. Esto sí que me gusta me repitió varias veces, e incluso tarareó algunas canciones. Yo no podía predecir que esa sería su última salida. Aunque de haberlo sabido, no creo que las cosas hubiesen sucedido de diferente manera. Pero esto me pilló de sorpresa, no estaba preparada. Me imagino que nadie está en disposición de aceptar estas incongruencias que trae la vejez. Llevo todo el día dándole vueltas; y ahora pienso, que todos los seres queridos que me dejaron demasiado pronto han salvado ese terrible escollo que es el Alzheimer o la demencia senil, que dice el psiquiatra que padece. Tal vez se la lleve el otoño, la estación más melancólica del año, y que tanto me gusta. Ese viento seco y un poco loco que tapiza los montes con hojas de mil formas y colores, esos atardeceres lánguidos que preceden a las frías noches que anuncian la llegada del invierno. Es muy hermoso, pero huele a muerto. Sara respira, come, duerme…pese a ello, ya no vive, es tan frágil como la hoja de un roble en otoño, sólo espera ese soplo de Dios que la separe del tronco. Así es la vida, pero me cuesta demasiado entenderla.

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