domingo, 29 de mayo de 2022

EN GIJÓN, DESDE EL MUSEL A LOS JARDINES DE LA REINA artículo de ÁNGEL AZNÁREZ (publicado en LA VOZ DE ASTURIAS DIGITAL, 1 de mayo 2022)


                      (Vivencias de anteriores tiempos)




El buque, construido en uno de aquellos viejos astilleros de Gijón, matriculado en la Comandancia de Marina en el libro de la navegación de cabotaje, continuó ruta hasta ponerse en línea con el par de gigantes mojones, casi pegollos, situados en el prado de la casona de Rosario Acuña, dejando atrás las horribles vistas del feo Muro, los merenderos fashion y la escultórica “Madre del emigrante”. Allí, donde la Rosario, concluyó la “prueba de la milla náutica”. El capitán del buque, perito y funcionario, recibió la orden de la autoridad marítima y militar de girar y contragirar, poniendo la proa mirando al Musel para el atraque con cuerdas, nudos y maromas.                                                                                       

 

Los bandazos por las anteriores operaciones fueron tales que las autoridades e invitados, ya con el flotador de los naufragios a sus cuellos, muy congestionados por susto, se amontonaron en el puente de navegación, y tuvieron que ser tranquilizadas por el capitán. Éste salió al alerón, y en travesía de un lado a otro del  puente, por entre los humos de la chimenea del buque, aseguraba a voces, pidiendo tranquilidad, que tenía la garantía de la Virgen del Carmen, la bien llamada Nuestra Señora Náutica. El capitán, para más tranquilizar, mirando al cielo y con los brazos en cruz, cantaba: “Con Dios me acuesto, con Dios me levanto, con la Virgen del Carmen y el Espíritu Santo”. 



         El viaje de vuelta, viéndose abajo lanchas de remos, fue como el de ida, tranquilo, sin la compañía de las gigantes serpientes marinas que todo lo tragan, distraídas, en los lejanos Mares del Sur, por el ruido de los alcatraces y de sus amoríos. Aquí, la fauna marina era la cantábrica, de pequeños tamaños, a base de sardinillas y mirlotos. Por el cielo nuboso volaban gaviotas de picos amarillos para tragar, gritonas y cagonas, enloquecidas y chifladas. En el barco, el canto del subalterno “serviola” inquietó, de nuevo, a los invitados, por gritar: ¡Barco por la amura de estribor! pero sólo, gracias a Dios, fue un susto, pues era la lancha que acercaba a los llamados “prácticos” y también a los “teóricos”, y portuarios. 

 

 Ya fondeado y bien amarrado la cóncava nave en puerto, con los cabos tensos y anudados, descendieron a tierra las autoridades e invitados por una escalera estrecha. Abajo fueron recibidos por una pareja, con tricornios de la Guardia Civil, que vigilaba los cachondeos de contrabandistas de tabacos en los muelles portuarios de carga y descarga. 

 

Allí fueron vistos, además del Comandante de Marina, el Alcalde don Ignacio, luego descendido a Gobernador de Soria, la ciudad aburrida de los poetas aburridos; estaban el reverendo jesuita rector de la Laboral de Girón; el Director de lo de los Peritos, casi universidad; el Juez municipal, el Cónsul de siempre, el de la República bananera de América del Sur; y,  naturalmente, el policía municipal, Cortina, que hacía fotografías. También estaban en tierra Riestra, que así se apellidaba el conductor del coche militar del Comandante, y Paco, que conducía el vehículo municipal de don Ignacio, fumador de puros, que, por haber dejado en la sombra a la playa de San Lorenzo por edificios de alturas indebidas, Gijón a punto estuvo de perder la capitalidad de lo de la Costa Verde.

 

Y no podemos omitir al Juez de la Comandancia, al que los auditores de Ferrol metieron preso por ser incompetente manifiesto. Y de los armadores propietarios de Algorta, también llamados shipmanagers, allí presentes, ya escribimos en el anterior, número 14.  Los “sin coche”, para regresar a Gijón, tuvimos que subir al tranvía que estaba en la parada de El Muselín, caminando hasta allí llegar por entre pedruscos de mineral de hierro y polvos. En un periquete, al poco de iniciarse la marcha tranviaria, casi en Jove,  un coche fúnebre cargado de coronas iba en dirección al cementerio de esa parroquia, lo cual, lo de las coronas, era señal para los vivos de que el muerto no era un cualquiera, y ondeando al aire las muchas cintas de las coronas, que, con letreritos, parecían banderines como de fiesta. Era, en suma y nada menos, que un entierro con comitiva.

 


El tranvía dejó atrás La Calzada, la estación del Carreño y la del Norte, enfilando la torcida calle de Marqués de San Esteban. Junto al conductor del tranvía estaba el cartel de “Queda prohibido hablar con el conductor”, y el cobrador, con cartera vieja al hombro, hacia alarde de una potente y blanca dentadura, limpiada con perborato de sodio, no con Colgate. A un lado y otro del pasillo tranviario, se veían anuncios de máquinas de coser, de mercerías y de tiendas de botones, como La más barata de Oviedo, la de la calle de los comerciantes catalanes, la calle Cimadevilla. Casi al final de esa calle, a la derecha, se oían, al pasar, los ruidos infernales de las rotativas trepidantes del periódico de Falange llamado Voluntad, que era alusión directa a una de las tres potencias del alma, siendo las otras dos la Memoria y el Entendimiento. El periódico hermano, el falangista de Oviedo, hace décadas que dejo ser tal, empeñado, luego, en dejar de ser la referencia del periodismo regional. 

 


Y al fín, el tranvía, con los muelles del pantógrafo flojos, lo que causaba paradas no previstas y retrasos por falta de suministro o conexión eléctrica con los cables de arriba, llegó finalmente a la denominada Plaza de los Jardines de la Reina, junto al Muelle, de la que también partía otra línea tranviaria muy importante, con jardinera de paquete, cuya parada última estaba en la Plaza de Villamanín, en Somió, línea a la que nos subiremos más adelante, pues en número posterior, iremos hasta el Jay Alai de La Guía, pasando por Corrida, Plazuela de San Miguel, el cine Los Campos, las cocheras y el convento de las monjas de La Asunción. Los Jardines de la Reina eran, para los tranvías, como era la estación Termini  para los ferrocarriles de Roma. Había allí, mirando a los Jardines, el imponente edificio de un Banco, que llevaba por nombre el de un marqués que terminó siendo asesinado años después, lo cual fue normal con ese trabajo tan peligroso, el de banquero, igual que los bandidos, casados con tontas del bote.


JARDINES DE LA REINA

Los Jardines de la Reina, con su inmenso palmeral, a lo oriental y de los Reyes Magos, eran como un oasis en pleno desierto, antes y ahora. No teniendo antes ni ahora, como en buen oasis desértico, un estanque con nenúfares y aguas grises en las que nadasen patos, ocas o cisnes y no habiendo cabezones, ranas y renacuajos. Y para agua la que había en el cercano Muelle, el llamado, precisamente, de Oriente, junto a la Dársena, llamada la de Cañamina, pues estaba llena de barcos y otros artefactos para la navegación, ya en desguace.  

 


En tal plaza había, entre otros muchos carritos para bebés, dos muy importantes, que eran de dos franquicias heladeras, el de Los Valencianos y el de Los Dos Hermanos, que compartían los dos sitios a ellos reservados, el del centro y el de una esquina, más cerca éste del monumento a Pelayo, victorioso y milagrero, ganador contra los moros en la divina Covadonga. Eran los Jardines de la Reina una plaza de mucha música; por una parte estaba la música de los pájaros subidos al inmenso palmeral, la de los grillos en el cesped, pero, además y por encima de todo, se oían los ruidos del teclado de las imponentes máquinas de escribir, cuyo manejo se enseñaba en el local de Librería Sanchis, subiendo unas escaleras, en la vecina calle de San Antonio. Músicas de teclas de números y de letras, impactando en los rodillos y desplazando los carros, no de los bueyes, sino de las máquinas. 

 


 

 

 

 

 

         

 

domingo, 15 de mayo de 2022

LOURDES DE NOMBRE Y DE APELLIDO FANO (15), artículo de ÁNGEL AZNÁREZ (publicado en LA VOZ DE ASTURIAS digital (22 de abril 2022)

Vivencias de anteriores tiempos

 

               


                            

         Concluimos el anterior, el número 14, recordando a Palmeirim de Inglaterra, inspiración del Quijote. En verdad, Palmeirim fue portugués como lo fue don Luis de Camoes, autor de Os Luisiadas, epopeya que pudo ser española, como el oloroso queso manchego, por ser de “cosas”  tan castizas como la fe y el imperio. Y entre autoridades militares y civiles de mucha fe y con añoranzas imperiales, que creían en lo de Covadonga y en lo del godo Pelayo, el barco en pruebas, “Corriendo la milla”, se acercaba al cerro de Rosario Acuña, viéndose desde la Bahía navegable el Bella Vista y el Sanatorio Marítimo, pero antes estaba La Florida, ya entonces esquelética de ladrillos, y teniendo detrás campos de berzas, de berceros o de verduleros. 

 

La Florida era merendero de mucha sidra, con asientos y mesas de cemento, de tapias o muretes viejos, como de cementerios abandonados, que helaban las tortillas, las empanadas y los dados del parchís. Siempre creí que para apreciar la belleza de lo que sea, no debe uno acercarse mucho; por ello, el Bella Vista, desde lejos, recordaba a lugares de glamour, y de cerca La Floridaera probe;  de lejos parecía tener lujosos mármoles como los de la Villa de Adriano, el Emperador. Lo que  de lejos puede ser una atractiva mancha o peca graciosa, de cerca puede ser un lunar peludo.  




Siempre recordaré allí, en La Florida, a María Lourdes Molina Fano, jefa y señora, repartiendo instrucciones, y prima de otra Lourdes, la profesora, también apellidaba Fano (Lourdes Fano López), siendo ambas, como contaré después, muy importantes: Fano se apellidaba, de segundo, la primera María Lourdes y Fano se apellidaba, de primero, la segunda María Lourdes. Señalo con mucha pena que ambas ya fallecieron y que la memoria, que es lo que queda, también llamada “la recordadora”, puede ser y es una palabra (Mnemósine), cálida como un bebé rosa, si se la guarda con caricias y cuidados. 

 

         En aquel tiempo, María Lourdes Molina Fano vivía en Oviedo, en la calle Muñoz Degraín, aunque nacida en Gijón y casada con José Ramón Fernández Cuevas, y teniendo, en condición de empleada del hogar, a una burgalesa, llamada Adela, que preparaba insuperables “cola/caos” con rosquillas de monjas a chavales con pantalones cortos. María Lourdes era mujer de letras y de números, reinando sentada junto a su mueble secreter, recordaba la homérica diosa Circe ante el telar, ayudando a su esposo, don José Ramón F.C. Y fue ella la que un verano tuvo la ocurrencia de que fuera su prima, mi profesora implacable, Lourdes Amelia, en Gijón, que daba clases en la calle Magnus Blikstad, la que me espantara las musarañas, asombros y despistes que tanto me asediaban, y que los frailes, rezadores al Beato Marcelino Champagnat, ni podían ni sabían.  




         La “academia” de Lourdes Amelia Fano estaba en el segundo piso de aquella calle (Magnus Blikstad) números 25 y 27, con una placa en el portal en la que se podía leer: “Instituto Nacional de la Vivienda”. Los alumnos y alumnas esperábamos, junto al portal, la llegada de la temida hora de comenzar la clase. En aquellos grupos había de todo: unas, que ya tenían novio formal, que lo más que tocaban era la cola de los pianos y llevaban como “misalitos” con tapas de nácar; otros hablaban de la actuación de Mari Trini, la de boca torcida, en El Jardín, el fin de semana; las restantes, como Elisa y su hermana, beldades siempre, junto a otras, de tobillos muy finos, presumían del propósito de su papá de llevarlas a la Opera, en el Teatro Jovellanos de Gijón, que entonces era casi como El Campoamor de Oviedo, sin necesidad de Divertia. ¡Qué importantes son los tobillos finos!



 La profesora Fano vivió siempre en aquella “casa-escuela”, no habiendo constancia de su voluntad de querer ir a vivir a Somió como tantas, de cementerio horroroso y encajonado, ni de haber adquirido derechos para el enterramiento en Deva, en su húmedo cementerio, cercano al merendero El Cruce, de tortillas excelentes. La Academia, en Magnus Blikstad, sin tarima o pizarra, era un salón enorme que miraba al patio de luces y a la cocina del otro piso en la misma planta; el domicilio de doña Lourdes era el otro segundo, el izquierda, viéndose aparecer de vez en cuando, en la cocina, a sus padres y al marido, el siempre bueno, paciente  e ingeniero Pepe Campomanes. 

 


Dado que las musarañas me continuaban asediando, me colocó, preferentemente, la profesora a su lado; pero nada, no había manera, y entonces la nueva distracción, acompañada de fascinación, fue el ruido, como de serpiente sibilina, de la estilográfica de oro, una Parker, que rasgaba o arañaba,  como garabateando, el folio en blanco en el que Doña Lourdes dibujaba y explicaba la hipotenusa y los dos catetos del teorema célebre de Pitágoras. Y la fascinación y atrofia debieron ser tantas e intensas, que desperté al ser abroncado por ella muy enfadada, que hasta las tontas, muy tontas, allí presentes se rieron, y los espejos de mi Narciso hicieron trizas.





El caso fue que desperté, escapando en estampida las musarañas tan entretenidas, que parecidos debieron ser los cantos de las Sirenas tentadoras del Ulises. Y si a éste tuvieron que atar a un mástil para salvarlo, a mí aquella estrepitosa riña, fue la salvación, pues, a partir de entonces, aprendí y no paré hasta hoy. Bajaba diariamente desde El Coto, de casa de la primera Lourdes y de su hermano Roberto, esposo de Marina, donde estaba acogido, a recibir lecciones de la otra Lourdes, en la calle Magnus Blisktad. Siempre, al pasar por la calle Dindurra, cerca de Santa Doradía, junto a la Panadería Perales, de un entresuelo salían a la vía pública humaredas, con olor a fritura de sardinas que, al preguntar cuál era el otro plato de comida, una señora allí asomada, entre humos como nubes y con un mandil gris, respondía orgullosa: ¡”Fréjoles, fréjoles, unos blancos y otros verdes”, que son de temporada”! 

 

Siempre me sorprendió la preocupación en vida de muchos buscando nicho o sepultura para el descanso eterno. ¡Qué obsesión en vida con lo inmobliario y que obsesión en muerte con lo mismo! No me extraña que personas propensas a la claustrofobia, se congestionen al comprar o arrendar estrechos nichos para colocar cajas de madera barata con ellos o ellas dentro; unas cajas mortuorias que en Oviedo eran muy visibles en las funerarias de la Corrada del Obispo, de las calles Rúa y Cabo Noval. Viendo eso, comprendí lo de “fúnebres”, pero nunca lo de “pompas”. Y en estas conocí en Gijón, muchos años después de lo de las Lourdes, tan queridas, a otro Fano, a Tino, primo de las anteriores, muy diferente, pero también muy Fano. 


Tino Fano, con apariencia de melancólico y elegíaco, y bueno en verdad, al igual que sus primas, siempre fue y es persona amable, casi dulce, aunque muy exigente y sin cachondeos en lo importante. La enseñanza de las dos Lourdes me dejó huella, y el conocimiento muchos años después de Tino Fano, tan parecido, me ayudó a que nunca, jamás, las olvidara, lo cual es motivo de agradecimiento. Y que así conste. 

 

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El próximo artículo, el 16, se publicará aquí, el 28 de mayo, titulado “En Gijón, desde El Muselín a los Jardines de la Reina”.  

 

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lunes, 9 de mayo de 2022

VIVENCIAS DE TIEMPOS ANTERIORES, artículo de ÁNGEL AZNÁREZ (publicado en LA VOZ DE ASTURIAS 17 de abril 2022)



                        ENTRE EL NÚMERO 13 Y EL NÚMERO 15 

                                               



El número 13 es el del de “mal fario”, el de los males de ojo y los malos agüeros; ante el 13 los pobres de espíritu tiemblan o reculan. Ese nocivo número correspondió a mi artículo, titulado Corriendo la milla, último publicado en el acreditado periódico que lleva el femenino de  “La Nueva”. Y la cosa sorprendió, pues en el siguiente, no publicado, seguíamos haciendo un plácido recorrido por la bahía gijonesa, de cerro a cerro, de santa religiosa a santa laica, desde Santa Catalina a Rosario Acuña. Y concluimos en el 13 con la vista del Bella Vista, lugar propicio para el recuerdo del “glamour” francés por lo del Belle Vue. Nada me hizo pensar en tan abrupta ruptura de un único lado…Por cierto que Umbral, el del anís Machaquito, en Las señoritas de Aviñon, escribe lo siguiente, que tanto me recuerda a lo del Bella Vista:

-“Las señoritas de Aviñón.

-¿Por qué?

-No lo sé.

-Pero esto no es Aviñón.

-Mejor, qué más da. Hay que jugar, hay que confusionar, hay que putrefaccionar”.

 



Después de ese introito, sólo queda rezar, por otros, el penitencial Confiteor. 

 

Ya los clásicos y los clásicos jesuitas aragoneses, como el P. Baltasar Gracián, habían advertido de que la Literatura da para sorpresas, siendo a veces como esos conejos salvajes que, ante la presencia del cazador, salen de estampida del matojo o de la guarida en los páramos grises. No se debe olvidar que la “novelística negra”, gracias a Paco Taibo II es, más que gijonesa, regional de Asturias. Por cierto, escribiendo de Literatura, he de confesar mi atasco con el granadino Julio Casares, pues tan pronto pasa de la palabra a la idea, como de la idea a la palabra.  Lo de Casares es parecido a lo que escribió Goya, no precisamente de manera caprichosa, él que tanto supo de barbaridades: “La fantasía unida a la razón es madre de las artes y origen de sus maravillas”. ¡Qué mala leche!  

 

         


En los siguientes, números 15 y 16 seguiremos navegando en el buque en pruebas, recién fondeado desde un astillero gijonés, con las buenas compañías del Comandante de Marina y del Alcalde de Gijón, don Ignacio B.,  que, por estar tan interesado en eso tan fascinante que es lo de la “Monarquía asturiana”, no se enteró del destrozo, durante su mandato, del Muro y de la Playa San Lorenzo. También la compañía era con los nuevos copropietarios-armadores del nuevo buque, que eran vascos de “casa bien”, de Algorta (Vizcaya), pertrechados de utensilios de cocina, fabricados con esmero en la Cooperativa de Mondragón (Guipúzcoa), y que por ser ellos del Athletic de Bilbao eran más de bota que de porrón. Y si en el número 15 nos acordaremos de dos damas ilustres gijonesas, las Lourdes, partiendo del merendero de La Florida, visto desde el barco, en el número 16 ya descenderemos, pisando tierra y polvo, en el entonces Muselin, hasta llegar, por fin, a los “Jardines de la Reina”, el gran palmeral, que tantas sorpresas deparará.

 


         Y entre uno y otro, escribí lo siguiente:  

 

         “Ignoro las ganas de las lectoras y lectores después de haber leído mi artículo, Corriendo la milla, aquí publicado hace días: si  ganas de sonreír, de sollozar, o ni “fú” ni “fa” (lo más probable). Cuando escribo, no suelo sermonear o hacer recomendaciones a los lectores, para que se tomen en serio las consejas, que es propio de vanidosos y de principiantes. Y dejémonos ya de pistos o compotas, que estamos en tiempo de frixuelos,  de Carnaval. Esta vez, de manera excepcional, recomiendo, para después de la lectura de la Milla, la continuación con el capítulo XXIX de la 2ª parte del Quijote, titulado De la famosa aventura del barco encantado, que es uno de los episodios quijotescos de más risa; no fue casualidad que haya sido ocurrencia de Palmeirim de Inglaterra, antes que de Cervantes…”.

 


         (I).- El próximo artículo, titulado Lourdes de nombre y de apellido Fano, se publicará, aquí, en Las mil caras de mi ciudad, el 15 de este mismo mes de mayo.

 

         (II).- Más artículos de este autor se pueden leer escribiendo en Google “Angel Aznárez”, añadiendo La Voz de Asturias o La Voz de Galicia. Los artículos de materia religiosa o teológica se pueden leer en Religión Digital.com. Y siempre gratis. 


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viernes, 22 de abril de 2022

CORRIENDO LA MILLA, artículo de ÁNGEL AZNÁREZ (publicado en "La Nueva España", 19 de febrero 2022)


(Desde Santa Catalina a Rosario Acuña, de cerro a cerro, en buque a estrenar). 





Dicen que la bahía de Gijón tiene forma de centollo de roca, aunque no precisan dónde situar el “carro” del cangrejo: si afuera, en el mar, o dentro, a partir del Muro de San Lorenzo, hacia Ceares; eso debe ser cosa de poetisas o de rapsodos,  apoyándose en imaginaciones y en teorías, que siempre son contemplativas. Los prácticos, por el contrario, dicen que la bahía gijonesa es como una tenaza, que atenaza en temporales, y que recuerda al abuelito Tezanos, el de las encuestas increíbles. La verdad, ni poética ni práctica, es que lo del Muro de San Lorenzo se está complicando y parece ya un cafarnaum circulatorio, con riesgo de quemaduras en la parrilla, como San Lorenzo, a los del cacicato, que, además, son ateos por la gracia de Dios. 

 


El ovetense Rodrigo Bobes, mi pariente, del que escribiré pronto, al entrar en Oviedo por Lugones y Santullano, no me invitaba a mariscos ni a cazas en El Trole, de Álvarez Garaya, sino a comer “sardinas a la vixigona (o bexigona)  y “sardines rellenes”, en un bar de La Calzada. Es que Gijón, tal vez, no se pueda concebir sin mariscos, pero, desde luego, no se puede entender sin sardinas. Sardinas llevadas por toda la capital de la Costa Verde en carritos o carretillas con ruedas de goma, cargadas de cajas de madera con sardinas frescas y con trozos de hielo de la fábrica junto a la Rula. Esas carretas eran empujadas por mujeres forzudas, de Cimadevilla, con mandiles y moños sujetos por horquillas enormes. 

 

Las sardineras gritaban con jolgorio para anunciar la mercancía de sardinas, que vendían por docenas, envolviéndolas en papel de periódico; se las veía y oía, por ejemplo, junto al Mercado de San Agustín, entre las calles Cabrales y Cápua. Y cuando dejaron de callejear las de Cimadevilla, permanecieron las mujeres marineras de Nazaré, en Portugal, que, siendo diferentes, recordaban a las de Gijón: las de Nazaré llevaban el calcañar al aire; las de Gijón siempre lo tapaban con calcetines de lana y zapatillas.  

 


Y también, genuina de Gijón, fue la llamada “Comandancia militar de Marina”, que tanto llamó la atención, porque era redundante, pues no se conocía “comandancia” que fuese civil (la de la Guardia Civil fue y sigue siendo, inmutable, también militar), porque siendo “militar” sus competencias principales eran civiles, caso de pesca, marina mercante, salvamentos y naufragios, y porque, finalmente, tal Comandancia de la Armada, estaba desarmada, sin barcos,  ni de guerra ni de paz. La lancha de Salvamento, a la que nos referimos en anterior artículo, era de la Asociación de Salvamento y de Higinio; y el barco Cies, atracado en el Musel, era otra cosa.

 


Acaso lo más “armado” de la Comandancia fuera el Seat negro, 1400-C, siendo el chofer un tal Riestra, de Cimadevilla, que trasladaba a la señora del Comandante, de mucho mando, a rezar en la Iglesiona, siendo tanta la piedad que los asientos del vehículo parecían reclinatorios. En la matrícula del Seat figuraba eso tan contundente que era lo de “Fuerza Naval” (FN). La autoridad del Comandante de la Comandancia era importante, lo cual hacía muy necesaria la dotación de oficiales, caso de Osorio, Teniente de Navío muchos años y buen jugador de Tenis en tierra firme; dotación también de suboficiales, y hasta docenas de marineros, que llamados de reemplazo, eran todos enchufados de Ferrol, y los que no lo eran de aquel Ferrol caullidesco, iban al “Ferral del Bernesga”, en León, donde estaba el “Centro de Instrucción de Reclutas” (CIR) y el cabo Pîcurri, del que aseguraban que mandaba más que el coronel-jefe.   

 

Paseando por El Muelle gijonés se podían ver las literas de sueños y ronquidos, y a los marineros ya despiertos y alborotados, siendo impresionante la marcialidad de la marinería en la puerta de accesos a la Comandancia, con caras muy serias, como de entrar en combate ya, ya; con botas negras, el fusil y las gorras, que eran como platos, de azul con cinta blanca. Y por aquella puerta, según contaban los espías del enemigo –siempre rojos- entraba el marinero-repostero, que era vasco (los vascos, incluidos los gudaris, siempre fueron reposteros), y que llevaba a la cocina de la Jefatura armada las mejores merluzas de la Rula vecina, con intervención preceptiva del dueño del restaurante La Botica, de mucha fama e influencia entonces.    

 


El Comandante, don Federico, marino laureado, esposo de doña Concha, dirigía el llamado “Correr la milla”, que era prueba oficial y preceptiva sobre velocidad y combustible del nuevo buque, botado y ya en la dársena portuaria, antes de su entrega al naviero.  Nada, pues, que ver con otras corridas, ni siquiera las taurinas, de tanta polémica. A dicho efecto, la cóncava nave, como la de los aqueos de Homero, recorría la llamada milla, entre el Cerro de Santa Catalina y el caserón, en el otro lado, de Rosario Acuña. Era natural que ante tal evento náutico, las ninfas y demás divinidades marinas, incluida Venus, se excitaran, vestidas con púrpuras de los mares.

 

Como aquellas pruebas coincidían con la hora de comer, en el buque a estrenar se almorzaba de manera opípara, a base de exquisitos productos, ensaladillas nacionales y pimientos colorados, de Navarra, además de variedad de moluscos y peces -lo de ensaladilla rusa y pimientos rojos no se consideraba apropiado, por razones políticas, en un buque nacional-. El problema estaba en que los paladares y las papilas, las pituitarias y todo lo palatal en general, después de lo de las sardinas “bexigonas” y las “rellenes”, estaban como atrofiados, por lo que el apetito y el gusto no venían de arriba, sino de abajo, no de la boca sino de la barriga, la de las groseras ganas de comer. 

 

 


Mientras las autoridades marítimas controlaban la velocidad y el consumo del combustible del nuevo buque, yo meditaba, esperando despegar de un momento a otro, creyendo lo del poeta Rimbaud: El mar que se fue en pos del sol, imaginándome al mar, volando, para subir a cortejar al Sol. Y con el cinturón puesto por si acaso, divisé en la orilla, en la zona de los merenderos, al “Bella Vista”, que tanto contemplaba paseando por el Muro. Un real Bella Vista, el de Germán y el de Estrella, entonces, grandes trabajadores, y el de “Germanín” luego, y hoy lugar de ocio y negocio del gijonés Grupo Gavia. Y un imaginario Bella Vista que traía al recuerdo paseos por los elegantes y románticos BelleVue, de mucho juego, de Biarritz o de Mónaco, luciendo las damas veraneantes unas pamelas amarillas -nunca tocas o mantillas de monjas-, descendiendo de un negro Rolls-Royce. 


 

Y desde el buque en pruebas, más cerca del Sanatorio Marítimo, se podía atisbar, desde la lejanía, otro merendero…

 

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miércoles, 13 de abril de 2022

LANCHAS DE SALVAMENTO DE GIJÓN, artículo de ÁNGEL AZNÁREZ ( publicado en "La Nueva España", 5/02/2022)



En Radio Asturias, la de los Toyos Gallinal, en las noches de los

domingos, se oía un programa deportivo. Se escuchaban los “punterazos”

de Ricardo Vázquez Prada, el de Región y el de la Pola, con truenos y

centellas y como con corneta cuartelera. No sé si los “punterazos” salían

del “Oviedín” o del “yin”, o del “Oviedón” o del “yang” –siempre, por

supuesto, desde el alma-. La historia de Oviedo, civil o incivil, lo demostró;

fue dual, unas veces muy del “yin” y otras muy del “yang”. Y en aquella

Radio, también, se podían oír crónicas suaves de otro radiofonista, éste

avilesino y gijonés, don Daniel Arbesú, buena persona en todas las

ocasiones, de más vista larga que de paso que era muy corto; de rezos

matinales en la Iglesiona, y hasta novelador de la Guerra Civil, con final

imposible, pues los combatientes, fratricidas, se abrazaban.


De don Daniel Arbesú me acuerdo porque sí; también porque en

aquel programa de radio y en otros se decía Y más al Norte está Gijón, lo

que me recuerdan hoy los botarates de esa sociedad, que llaman Gijón al

Norte, que, al parecer, mira contemplando lo intermodal y los inútiles

túneles húmedos. Es muy gijonés eso de hojear el feo nudo o embrollo del

ombligo y permanecer así pasmado/a, viendo la roña acumulada. Y si de lo

que se trata es de construir una estación ferroviaria, la obra puede durar

siglos. Lo de derribar una estación, tal como ya se comprobó, puede ser

asunto breve, de horas o de minutos, si los dineros se muestran encima de

la mesa.


Lo del Muselón se hizo en plazo razonable, y eso que era una obra

de gigantes, de cíclopes intocables, más con tres ojos que con uno, como

Polifemo o como Florentino. Por eso al Musel se le añadió ese aumentativo

tan gijonés terminado en “on”: el Muselón, como el Molinón en masculino,

o la Escalerona en femenino. Gijón, aunque a ciegas camine o lo piloten

con ceguera y sordera, siempre tiene un norte, que es el mar/la mar,

siempre el mismo y siempre diferente. Me dijeron que, por sus colores y

colorido, incluido el de las variopintas casetas playeras, Gijón fue más

hembra que varón y fue llamada “Capital de la Costa verde”.



Antes, el color del mar era el del cielo, su reflejo: gris si había nubes

o azul si no las había. Ahora el mar de Gijón tiene muchas veces el color

del café con leche o chocolatoso, no el del cielo, gris o azul, sino el de las

alcantarillas. Antes las aguas olían a mar, a algas, a perfumes azules y

verdes, y ahora a porquerías según los surfistas. Y en las rocas de los

extremos de la Bahía, junto a la Iglesia de San Pedro y junto al Sanatorio

Marítimo, había hasta marisqueo de cangrejos.

Desde la calle Jovellanos, la de la Iglesiona, se llegaba a los

frondosos Jardines del Náutico con faro alto; eran como de colonia

iberoamericana, destrozados por esa estupidez, muy de concejal ignorante

de Gijón, que siempre creyó que lo bueno y bonito, había que derribarlo.

El espectáculo del Muro de San Lorenzo, desde el Náutico, era de fiesta. La

bandera “pelaya” en la Escalerona, y las otras banderas por el Muro

jugaban con el viento marino como si bailasen; las galleteras y barquilleras,

con sus colorados bombos, estaban en su sitio, bien sentadas, junto a La

Escalerona, ofreciendo su rubia mercancía y de sabor a canela. Los dos

carritos de helados, el de Verdú y el de Los Valencianos, allí permanecían

vendiendo vainillas y natas frías, en cortes, a dos pesetas.


A la izquierda del Náutico, en la escalera primera, vigilaba el

“Boya”, que, con presencia y guapura de cara, asustaba hasta los náufragos;

y a la derecha se veía el “Martillo de Capua”, donde curaba todas las

dolencias el célebre doctor Hurlé Velasco. Más lejos se podían ver el

“sombrerazo” del México Lindo, las blancas pérgolas de cemento y el

carrito frío de Los Dos Hermanos.

Y todo lo presidía la “lancha de Salvamento” que estaba, como

sentada, en el centro de la Bahía, quieta y vigilante, con su visible

chimenea y bandera, pintada la lancha entre azul y gris, color muy de barco

de la Armada. Supe pronto que era de Salvamento y de Naufragios. Me

aseguraron que Higinio, el de Salvamento, era su patrón, siendo del caso no

haber visto a Higinio jamás en la lancha y si, con prismáticos y con un

artefacto de Walki-talkie, disertando en lo más alto de una escalera blanca,

en las inmediaciones de la Escalera 12, sobre todo lo divino y humano. Allí

subido, entre casetas de tela, no de maderas, Higinio era como Aristóteles

en su Liceo, explicándolo todo, con su cara morena y sus piernas cortas y

colgantes.

La “lancha de Salvamento” estaba rodeada de velas blancas, que

parecían pétalos o capullos de rosas blancas en el mes de María; eran las

velas de los snipes, del Club, el de las Regatas. Ver a un marinero del Club,

en lancha de remos, arrastrar los snipes, para subirlos a tierra, concluida la


regata, podía ser de congoja bajando la marea, pues parecía que se iban a

hacer añicos los barquitos por las duras y cercanas rocas. Al lado del

paredón de los pelotaris gijoneses, limpiando barquitos y velas, estaban

veteranos regatistas, como el ginecólogo Manuel Guerra Asorey, el de

partos a miles en el Sanatorio de Begoña, con ayuda de la comadrona, de

humores serios y sin cachondeos, Maribel Trabanco. Guerra, por la

explanada del Club, se movía como “metido en sí” y como pidiendo

disculpas al suelo por pisarlo. Veteranos regatistas eran Miguel Ángel

Fanjul Calleja, que aún se pasea por la Plazuela, y José Fernández Guerra e

hijos, dos.

Los últimos me hacen recordar a aquella mujer, de ojos azules como

zafiros y de pestañas tiesas como persianas, que se llamó Pepa Osorio,

pintora con arte y mujer brava; la veo bajar, vestida con túnica azul o con

blusones holgados y sombrero colorado, camino del vestuario de mujeres,

cerca de la piscina, en el Regatas. Otros de los regatistas de snipes, más

contemporáneos, eran los Martínez de Azcoitia, Tono y Manolo, Alejandro

Nespral, Toño Castaño, los Paquet y Teleña, entre otros.

Y arriba, en el salón, se celebraban en las tardes-noches, los “Te-

Bailes”, con animación a cargo de excelentes grupos locales, que aparecen

en el estupendo libro de Luis Miguel Piñera Pop Playu, los conjuntos

músico-vocales en la década 1960. Recuerdo a músicos que en sus ratos

libres hacían música y en los no libres de todo, caso del grupo Zoreda,

dirigido por Isidro, el bombero. Lo de bailar fue moda global; también de

Oviedo, pues los ovetenses, unos pocos, bailaban en el Club de Tenis, y el

resto en los bajos del Teatro Filarmónica, en la Sala Alaska. Músicas por

doquier, de conjuntos, muy de moda, como Los A-Dos y los bajitos de Los

Surfs, los del “Tú serás mi Baby”.

La moda de las matinées y de las soirées, de baile, parecía muy

francesa, aunque faltaran las vedettes, con faldas cortas, pues a medida

que el baile era más agarrado, las faldas de ellas, por abajo, parecían

crecer.

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miércoles, 30 de marzo de 2022

HUMANAS Y DIVINAS, artículo de ÁNGEL AZNÁREZ (publicado en LA NUEVA ESPAÑA el 22 de enero de 2022)


Fachada Maristas de Oviedo (calle Santa Susana)


Lo humano, que viene del humus, es una continua descomposición, todo muy frágil y quebradizo, siendo esa su materia, que es madre (mater) de todo. Que un Tanatorio como el de Oviedo, se denomine Los Arenales puede ser el sumo de lo preciso y exacto, y también puede ser cosa de humor,  de humor ovetense, como lo del “Escorialín”. Y lo divino, que es afán de lo humano, es eterno e incorruptible; tiene la pureza de lo imaginario y fantástico; no necesita de intestino ni de colon. Muy necesario lo divino a lo humano, más que un complemento o adorno, mucho más que un broche, una pitillera de plata o una polvera con espejito para caras blandas y duras.

 

-Y lo que antecede ¿a qué viene? se preguntará usted, lector o lectora.  

 

-Y yo qué sé –les respondo-; estoy como ustedes, pero si está ahí escrito, ya no se puede borrar, y lea –es un consejo- lo siguiente por si tal vez tuviese relación con cosas humanas y divinas.

 

Simancas. Jesuitas de Gijón

En los Maristas del Auseva, en Santa Susana de Oviedo, se decía que los de ese Colegio, en aquel tiempo, eran los mejores y más listos, seguidos a distancia, mucha, de los Jesuitas de La Inmaculada de Gijón, también llamados “los guerreros del Simancas”. Eso nunca lo creí del todo, viendo quién tenía delante, subido a la tarima y delante del encerado negro y verde: eran Maristas hermanos, que llevaron babero, que eran sabi/cortos, que procedían del páramo o del secarral leonés; el Hermano Director, que tenía rango de Reverendo, se apellidaba Álvarez. Por el contrario, los jesuitas eran padres, nunca llevaron babero, eran sabi/largos, más de ciudad que de aldea cazurra, y con apellidos de aristócratas, como Lamamié de Clairac, de la tauromaquia salmantina, el Rector de La Inmaculada. 

 

Confitería en San Sebastián

Además, para mayor mosqueo, a dos compañeros de Colegio, que no eran tan listos como su papá –era, al parecer, registrador de la Propiedad, éste los encerró en el internado de La Inmaculada de Gijón, para su derechura.. También se decía por Santa Susana que estaban muy entretenidos los jesuitas dando y quitando, continuamente, premios, menciones y honores, colgando y descolgando fotografías en los cuadros de honor, y colocando bandoleras de colores a alumnos y a exalumnos. En los Maristas eso sólo ocurría en el Día de la Madre, en diciembre, con festejos en el Teatro Campoamor, incluida tabla de gimnasia dirigida por un Policía Armado, con asistencia del Gobernador Civil y de don Benedicto, cura e inspector provincial de Enseñanza Media. 

 

Púlpito del P.Gago (Iglesiona)

Encontrándome de paso en Gijón, qué mejor que investigar la excelencia jesuítica, sabiéndoles muy de Comillas y de puntos y comas. Así, discreto como un espía, fui a la “Iglesiona”, a la dominical Misa de once de la mañana, que allí oficiaban tres padres de la Compañía de Jesús, y siempre procurando no confundir esa Iglesia del Corazón de Jesús con la del otro, el Corazón el de María, de los hijos del Santo Claret, confesor de reinas gordas, valleinclanescas y de borbónicos aturdimientos, también sexuales –las reinas, naturalmente-. Eran, pues, muchos Corazones, dos en Oviedo y dos en Gijón; dos de jesuitas, de Jesús, y dos de claretianos, de María.  

 

Parroquia de Capuchinos en Gijón

El celebrante de la Misa de once era el Padre Pineda, sin pelillos o hierbas en la cabeza, seca ya la copa como una autopista, y que pasaría, luego, al llamado “Teléfono de la Esperanza”, El Padre Gago, pequeñito, teólogo y filósofo, predicaba y cantaba en lo alto del púlpito de la izquierda, según se mira al altar; apenas se le veía, aunque muy en sincronía con el P. Pineda en cantos y rezos. El tercer jesuita, que tenía colas de hombres y mujeres para confesar pecados, de cabellos nevados, se anunciaba en el confesionario con un letrero: P. Victoriano Rivas”. El Padre confesor, cerraba las puertas del confesionario con bríos y garbos de torero y, como harto, marchaba a escribir sobre el suicida Larra en el periódico local. Y el Padre Gago, desde el púlpito y sermoneando, explicaba, convincente, con detalle cosas del purgatorio por ser teólogo y cosas de Pitágoras por ser filósofo.  

 

Escuchando al P. Gago, sobre el purgatorio y los pitagóricos, me acordaba del profesor de Filosofía de los Maristas, un laico y estrafalario en todo menos en el traje que vestía, un elegante “Príncipe de Gales”, como comprado en Al Pelayo, el almacén general de Secades, el del 2x1, también varón de Grado. Esa elegancia chocaba con la condición de Director del Colegio San Agustín, lleno de humedades y goteras, cerca de la Corrada, la del Obispo, hoy Casa Sacerdotal. El profesor ovetense de Filosofía tenía un peculiar método de enseñanza, consistente en obligar a aprender de memoria conceptos filosóficos que estaban en el manual de Filosofía, escrito por un tal Joaquín Carreras Artau. Por eso, lo poco que sé de Filosofía, quedó, desde entonces, en mi memoria; así, por ejemplo, la Lógica era “el estudio sistemático de las formas o procedimientos con los que la razón humana elabora el saber”. Y de Pitágoras, insistieron el profesor laico y el clérigo predicador, que rechazaba que sus seguidores, los pitagóricos, comieran alubias, pues en ellas estaban incrustadas, pegadas, las almas de los muertos (en Hispanoamérica a las alubias llaman “porotos”).


Pasteles a lo vasco
 

Lo de las alubias pitagóricas trajo cola, pues de ello no me puedo olvidar en mis continuos viajes a San Sebastián, rechazando comer las sabrosas alubias de Tolosa, en Casa Bartolo, en el casco viejo donostiarra, invitado por amigos, por aquella rara creencia y recuerdo pitagórico. Con la otra especialidad tolosana, los estofados de lengua de ternera, no tuve problemas. Y si no almuerzo alubias de Tolosa, me atiborro a merengues, en la Confitería Oyarzun, que está a la izquierda entrando en el casco viejo donostiarra. Y de las cosas vistas y oídas a los padres jesuitas en Gijón, conté maravillas en los Maristas de Oviedo, que desde entonces me cogieron rabia, en particular el Hermano Aquilino que, como nada sabía, enseñaba lo del “Formación del Espíritu Nacional” –eso fue en segundo de Bachillerato. Desde entonces fui amigo de jesuitas, que hasta me regalaron un libro esplendido sobre San Ignacio y el Arte. 

 

También me interesaron mucho los capuchinos, con pelambres más que con barbas, y muy cetrinos. La Misa capuchina de las trece horas, los domingos, la oficiaba el Prior, que una mañana desapareció, explicando el sacristán, también barbudo, con misterio, que el Prior había salido a pasear con una catequista y que no volvió. Y el convento de los encapuchados, húmedo y gris, era pobretón como el mismo San Antonio de Padova, viéndose cerca el Cine Los Campos, de los Campos Elíseos, un verdadero Coliseo y con gallinero para la bulla en las escenas peliculeras de amor.

 

Muy cerca estaba la casona para caridades de las llamadas Religiosas de María Inmaculada del Servicio Doméstico. De ellas se decía por el barrio gijonés de Los Campos, que aquellas monjas eran muy preparadas, pues sabían tomar la tensión, y lo hacían gratis a los pobres, aunque muchos decían que no eran necesarias, pues los pobres siempre eran de tensión baja ¡pobres! 


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