miércoles, 30 de marzo de 2022

HUMANAS Y DIVINAS, artículo de ÁNGEL AZNÁREZ (publicado en LA NUEVA ESPAÑA el 22 de enero de 2022)


Fachada Maristas de Oviedo (calle Santa Susana)


Lo humano, que viene del humus, es una continua descomposición, todo muy frágil y quebradizo, siendo esa su materia, que es madre (mater) de todo. Que un Tanatorio como el de Oviedo, se denomine Los Arenales puede ser el sumo de lo preciso y exacto, y también puede ser cosa de humor,  de humor ovetense, como lo del “Escorialín”. Y lo divino, que es afán de lo humano, es eterno e incorruptible; tiene la pureza de lo imaginario y fantástico; no necesita de intestino ni de colon. Muy necesario lo divino a lo humano, más que un complemento o adorno, mucho más que un broche, una pitillera de plata o una polvera con espejito para caras blandas y duras.

 

-Y lo que antecede ¿a qué viene? se preguntará usted, lector o lectora.  

 

-Y yo qué sé –les respondo-; estoy como ustedes, pero si está ahí escrito, ya no se puede borrar, y lea –es un consejo- lo siguiente por si tal vez tuviese relación con cosas humanas y divinas.

 

Simancas. Jesuitas de Gijón

En los Maristas del Auseva, en Santa Susana de Oviedo, se decía que los de ese Colegio, en aquel tiempo, eran los mejores y más listos, seguidos a distancia, mucha, de los Jesuitas de La Inmaculada de Gijón, también llamados “los guerreros del Simancas”. Eso nunca lo creí del todo, viendo quién tenía delante, subido a la tarima y delante del encerado negro y verde: eran Maristas hermanos, que llevaron babero, que eran sabi/cortos, que procedían del páramo o del secarral leonés; el Hermano Director, que tenía rango de Reverendo, se apellidaba Álvarez. Por el contrario, los jesuitas eran padres, nunca llevaron babero, eran sabi/largos, más de ciudad que de aldea cazurra, y con apellidos de aristócratas, como Lamamié de Clairac, de la tauromaquia salmantina, el Rector de La Inmaculada. 

 

Confitería en San Sebastián

Además, para mayor mosqueo, a dos compañeros de Colegio, que no eran tan listos como su papá –era, al parecer, registrador de la Propiedad, éste los encerró en el internado de La Inmaculada de Gijón, para su derechura.. También se decía por Santa Susana que estaban muy entretenidos los jesuitas dando y quitando, continuamente, premios, menciones y honores, colgando y descolgando fotografías en los cuadros de honor, y colocando bandoleras de colores a alumnos y a exalumnos. En los Maristas eso sólo ocurría en el Día de la Madre, en diciembre, con festejos en el Teatro Campoamor, incluida tabla de gimnasia dirigida por un Policía Armado, con asistencia del Gobernador Civil y de don Benedicto, cura e inspector provincial de Enseñanza Media. 

 

Púlpito del P.Gago (Iglesiona)

Encontrándome de paso en Gijón, qué mejor que investigar la excelencia jesuítica, sabiéndoles muy de Comillas y de puntos y comas. Así, discreto como un espía, fui a la “Iglesiona”, a la dominical Misa de once de la mañana, que allí oficiaban tres padres de la Compañía de Jesús, y siempre procurando no confundir esa Iglesia del Corazón de Jesús con la del otro, el Corazón el de María, de los hijos del Santo Claret, confesor de reinas gordas, valleinclanescas y de borbónicos aturdimientos, también sexuales –las reinas, naturalmente-. Eran, pues, muchos Corazones, dos en Oviedo y dos en Gijón; dos de jesuitas, de Jesús, y dos de claretianos, de María.  

 

Parroquia de Capuchinos en Gijón

El celebrante de la Misa de once era el Padre Pineda, sin pelillos o hierbas en la cabeza, seca ya la copa como una autopista, y que pasaría, luego, al llamado “Teléfono de la Esperanza”, El Padre Gago, pequeñito, teólogo y filósofo, predicaba y cantaba en lo alto del púlpito de la izquierda, según se mira al altar; apenas se le veía, aunque muy en sincronía con el P. Pineda en cantos y rezos. El tercer jesuita, que tenía colas de hombres y mujeres para confesar pecados, de cabellos nevados, se anunciaba en el confesionario con un letrero: P. Victoriano Rivas”. El Padre confesor, cerraba las puertas del confesionario con bríos y garbos de torero y, como harto, marchaba a escribir sobre el suicida Larra en el periódico local. Y el Padre Gago, desde el púlpito y sermoneando, explicaba, convincente, con detalle cosas del purgatorio por ser teólogo y cosas de Pitágoras por ser filósofo.  

 

Escuchando al P. Gago, sobre el purgatorio y los pitagóricos, me acordaba del profesor de Filosofía de los Maristas, un laico y estrafalario en todo menos en el traje que vestía, un elegante “Príncipe de Gales”, como comprado en Al Pelayo, el almacén general de Secades, el del 2x1, también varón de Grado. Esa elegancia chocaba con la condición de Director del Colegio San Agustín, lleno de humedades y goteras, cerca de la Corrada, la del Obispo, hoy Casa Sacerdotal. El profesor ovetense de Filosofía tenía un peculiar método de enseñanza, consistente en obligar a aprender de memoria conceptos filosóficos que estaban en el manual de Filosofía, escrito por un tal Joaquín Carreras Artau. Por eso, lo poco que sé de Filosofía, quedó, desde entonces, en mi memoria; así, por ejemplo, la Lógica era “el estudio sistemático de las formas o procedimientos con los que la razón humana elabora el saber”. Y de Pitágoras, insistieron el profesor laico y el clérigo predicador, que rechazaba que sus seguidores, los pitagóricos, comieran alubias, pues en ellas estaban incrustadas, pegadas, las almas de los muertos (en Hispanoamérica a las alubias llaman “porotos”).


Pasteles a lo vasco
 

Lo de las alubias pitagóricas trajo cola, pues de ello no me puedo olvidar en mis continuos viajes a San Sebastián, rechazando comer las sabrosas alubias de Tolosa, en Casa Bartolo, en el casco viejo donostiarra, invitado por amigos, por aquella rara creencia y recuerdo pitagórico. Con la otra especialidad tolosana, los estofados de lengua de ternera, no tuve problemas. Y si no almuerzo alubias de Tolosa, me atiborro a merengues, en la Confitería Oyarzun, que está a la izquierda entrando en el casco viejo donostiarra. Y de las cosas vistas y oídas a los padres jesuitas en Gijón, conté maravillas en los Maristas de Oviedo, que desde entonces me cogieron rabia, en particular el Hermano Aquilino que, como nada sabía, enseñaba lo del “Formación del Espíritu Nacional” –eso fue en segundo de Bachillerato. Desde entonces fui amigo de jesuitas, que hasta me regalaron un libro esplendido sobre San Ignacio y el Arte. 

 

También me interesaron mucho los capuchinos, con pelambres más que con barbas, y muy cetrinos. La Misa capuchina de las trece horas, los domingos, la oficiaba el Prior, que una mañana desapareció, explicando el sacristán, también barbudo, con misterio, que el Prior había salido a pasear con una catequista y que no volvió. Y el convento de los encapuchados, húmedo y gris, era pobretón como el mismo San Antonio de Padova, viéndose cerca el Cine Los Campos, de los Campos Elíseos, un verdadero Coliseo y con gallinero para la bulla en las escenas peliculeras de amor.

 

Muy cerca estaba la casona para caridades de las llamadas Religiosas de María Inmaculada del Servicio Doméstico. De ellas se decía por el barrio gijonés de Los Campos, que aquellas monjas eran muy preparadas, pues sabían tomar la tensión, y lo hacían gratis a los pobres, aunque muchos decían que no eran necesarias, pues los pobres siempre eran de tensión baja ¡pobres! 


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domingo, 13 de marzo de 2022

CORRIDA, MUNUZA Y CONFITERÍA ALONSO, artículo de ÁNGEL AZNÁREZ (publicado en LA NUEVA ESPAÑA 8 de enero 2022)



En tiempos pasados, los mandiles que protegían la ropa de pechos a rodillas, eran prendas necesarias a las cocineras, de siempre, de mucha fuerza y anchuras, como en las películas de Fellini. Lo de los “michelines”, ahora obsesión y locura de cocineros, llegó más tarde con ellos, estirados unos como salchichas y redondos otros como botillos: todos chefs  y siendo lo de ellos tan fino que es transparente. Ahora mismo, María Odesita, conocida por Desi, natural de Tuilla y de enormes tallas, inmensas, que cocina “les cebolles rellenes” en Casa Desi y Pochi, en el Barrio La Capellanía de Quintueles, me recuerda a las cocineras de antes, como la de Casa Bango, en Oviedo, o la del llamado Mercedes, restaurante especializado, en Gijón, en albóndigas y en pollitos fritos.    

Los mandiles servían para no ensuciarse con frituras, guisos y sangre de animales comestibles, que, muertos, manipulaban, y “trabajados” en el interior secreto de las cocinas, de poca luz por ser las bombillas frígidas.  Y también, para no pringarse, en este caso, con  los Tocinillos de cielo, las empleadas de Casa Rato, también usaban mandiles, de pechos a rodillas. Tocinillos de cielo que los de Rato eran cuadrados –lo de Rato siempre fue cuadrado o picudo- y de redondez eran los tocinillos de Grado, localidad asturiana de muchos varones y de hembras, no siendo justo que se dijera que allí, Villa de moscones, sólo hubiera un varón, aunque éste fuere de luces hidroeléctricas. Y nada que ver ni con el “Barón rojo”, músicos, ni con “Varón Dandy”, que fue colonia preferida para bailar “agarrado” los de la aldea en las tardes dominicales en El Maijeco.


En los presentes tiempos, los mandiles los pone mucha gente, no sólo las cocineras, que apenas quedan; los llevan desde los presidentes de sociedades gastronómicas a lo “vasconio”, cocinando para la peña (o la piña) el  arroz con calamares, hasta los “estilistas” que cortan el jamón de bellota, con o sin el añadido fashion de los tirantes a la vista, en las tiendas de delicattessen. Y es de llamar la atención que las damas vistan mandiles por Navidad para hacer caridades en elegantes rastrillos solidarios; unas. señoras-bien, que antes rechazaban los mandiles, por ser prenda de criadas, siendo lo propio de ellas, señoras y señoritas, colgar del cuello  escapularios en procesiones de la Virgen del Carmen por Santa Susana o por Begoña, o ir al Campoamor, sin mandiles, para escuchar La Bohème. En Gijón, por el contrario, donde cualquier extravagancia es normal, incluso que “la primera gijonesa” sea de Oviedo, al Jovellanos podían acudir señoras y señores con mandiles, en promoción de Divertia.


El alto nivel de la gijonesa Casa Rato obligaba a que los que querían merendar corrientes chocolates con churros o torrijas -tan reconfortantes, según Gómez de la Serna, como filetes de ternera- y no los sandwichs primorosos o las  pastas de la Casa, tuvieran que desplazarse al Café Dindurra, lejos, o al Café Exprés, cerca, de puerta giratoria, al otro lado de Corrida. En El Expres, un alto y elegante caballero ¿por qué los elegantes son siempre largos y no cortos, aunque con gemelos de oro?, de cabellos nevados, traía los pedidos en una inmensa bandeja de metal, bandeja de camareros, que escudo guerrero a proteger. ¡Cómo chirriaban las ruedas del tranvía al girar hacia Corrida, camino de los Jardines de la Reina desde Somió, pareciendo las ruedas gritaban aprisionadas en los carriles, queriendo el descarrile!

En Casa Rato era visto un naviero importante, un López de Haro, pariente, sin duda, del de Bilbao, rodeado de consignatarios, famosos en La Pondala y en sus domicilios. Es que Gijón, estimados y estimadas, por los muchos jesuitas que aquí enseñaban, por lo de la Virgen de Begoña y por esa Universidad, casi como la de Deusto, llamada la Universidad Laboral de Gijón, también dirigida por jesuitas, Gijón –escribo- era como Bilbao, aunque el Piles nunca fuere el Nervión, igual de navegables y limpios, muy limpios ambos.      


Y cerró Casa Rato por causas naturales, pues en aquel tiempo lo más natural era derribar los edificios para hacer otros, cuyos portales, por distinción, tuvieran porteros con muchos botones dorados. Se aconsejaba: “O  vivir en Somió, o en edificio con portero”. Y en aquel momento del cierre, por derribo, la delicattessen culinaria de Gijón, pasó a La Argentina, la de los rollitos de Jamón York y huevo, en la calle Munuza, entre las calles León y Begoña; llamada La Argentina, porque su  propietario, don Adolfo González junto a su esposa Mercedes, quisieron recordar la tienda, en La Habana, en la que Adolfo trabajó mucho antes de lo de la Argentina y del empleo en Casa Rato. 

Eran fascinantes los escaparates de aquella Argentina de Munuza, con exhibición de fastuosas y apetitosas “Cestas de Navidad”. Los turrones almendrados, los alcoholes exóticos, con alguna botella de Anís del Mono y el escogido laterío, causando arrebato las latas rusas de carne de cangrejo llamadas Chatka, todo era forrado con plásticos y cintas doradas como oros. Y aquí llega el recuerdo a un personaje gijonés, que se llamó Mercurio, él deportista y padre de deportistas. Y es que llamaba la atención La Argentina, también, por los tubos fluorescentes, de luz tan blanca que era azul.


 Precisamente Mercurio fue el que, desde su comercio Mercurio, en la calle Uría (Gijón), extendió la fluorescencia por toda la ciudad. La fluorescencia de Oviedo fue cosa de Fluorescencia Onís y de Mercurio la de Gijón. Y recuerdo, en tiempo más presente,  que Adolfo, el hijo, dueño por herencia de La Argentina, estuvo casado con una hija de Mercurio, llamada Liana, alta que fue como altos son y fueron los “Mercurios”, tan trabajadora y deportista como ellos. 

Y con cualquier pretexto, era obligada la estancia en la Confitería Alonso, en Menéndez Valdés, junto al “Parchís”. Esa confitería fue la más excelente en lo de las cremas pasteleras, de elaboración secreta y presentadas en múltiples formatos, en “cazuelas”, dentro de las esponjosas  “bombas”, o en los rellenos cilíndricos de los “piononos”. Si don Federico, el de La Malloquina, en Oviedo, fue el rey de las “yemas”,  Alonso, la de Gijón, fue la reina de las cremas.  Y no olvido aquellos, otros,  pasteles redondos, como tartaletas, rellenos de pequeños trozos de frutas escarchadas, de color verde y rojo. 

Y en Confitería Alonso,  una señora, con lentes y ropas de abuelita, lo dirigía todo; hacía nudos y cortaba la multicolor cinta pastelera, con mandil, por supuesto.   

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martes, 22 de febrero de 2022

DESDE AVILÉS A GIJÓN POR EL TRANQUERO, artículo de ÁNGEL AZNÁREZ (publicado en La Nueva España el 24 de diciembre de 2021)

         

                           (En Gijón, Casa Rato, naturalmente)

 

            En recuerdo a Alfonso Peláez, compañero de tertulia en Gijón

 

Tren del Ferrocarril de Carreño (Avilés-Gijón)

         Escribieron los teólogos cristianos y los rabinos judíos -de esto saben mucho y si no saben no importa- que Dios no gusta de llanuras o de planicies, prefiriendo crestas y picos como los del Sinaí. Por eso mandó que unos predicasen en su nombre desde lo alto de púlpitos barrocos y que otros moralizasen sin saber, célibes, desde tarimas elevadas sobre asuntos de casados. Y, también, por eso –es lo principal- el mismo Dios colocó el Cielo en lo más alto, arriba y azul, cosa de ángeles, y el Infierno en lo más bajo, abajo y rojo, cosa de bomberos. 

Oviedo y Avilés son ciudades divinas por ser de mucha cuesta y picos, de sube y baja; también Gijón es divina, al tener que subir mucha cuesta para llegar al Coto o a Begoña, de raquítico jardín. Oviedo, donde nací; Gijón, donde nacieron mis hijos; Avilés, donde usé por primera vez la razón, son los tres vértices-ángulos de mi triángulo equilátero, con mirada recta de Dios, como Dios manda, ni a lo bizco ni a lo bisojo. Y procuro controlar las nostalgias de las tardes grises con paseos por alguna de las tres ciudades, reales o mágicas, tapado con un capuchón, aunque ligero como una pluma; y la nostalgia, en justa medida, frena la estupidez.

Carreño de Gijón a Avilés


  De mucho subir en Oviedo, desde la Plaza de la Escandalera, abajo, la del gran escándalo de la Caja de Ahorros de Asturias, tan presente allí, con esa gran pared que espera ya nuevo letreropara que lo vean los “un pelín rojos” del Gobierno, hasta llegar al “Campo de Maniobras”, arriba donde hubo solares que fueron de SEDES (edificio SEDES), antes rica, hoy pobre. Y de mucho bajar en Avilés, desde Galiana, pasando por San Nicolás, el “Parche” y Rivero, hasta llegar a la Estación del Ferrocarril de Carreño, a coger el tren/tranvía para viajar a Gijón. Y antes, a medio camino en la bajada, estaba la “cochera” de tranvías (de Avilés). 

También a los garajes de tranvías de Oviedo, que estaban en Pumarín, y de Gijón, que estaban enfrente del Bíbio, se les llamó cocheras, por la razón poderosa de que los tranvías, más que tales, eran coches, lo cual fue muy propio del dandismo tranviario que existió. Se decía que un inglés, no hortera (hay muchos horteras, ingleses y asturianos), jamás subiría al sleeping-car del Orient-Express, llamando vagón, pues vagón era para el transporte de animales: las personas se subían a “coches” (cars) o a “carrozas” (carrosse), nunca/jamás a “vagones”.

Vagones de el tren Carreño


Se decía que el viaje desde Avilés a Gijón, en el Carreño, era por ferrocarril, pero no parecía ser así, pues el transporte se hacía en una unidad eléctrica (Odessa), con dos aparatosos pantógrafos, seguida de remolques como jardineras, teniendo la unidad un aspecto más tranviario que ferroviario. Y todo el trayecto se hacía por los tranquilos prados de Carreño, de mucho vacuno, y así hasta llegar, después de Candás, al llamado “Tranquero”, entre Perlora y Xivares, donde la Odessa y sus remolques danzaban, como trapecistas de circo ante el espacio vacío, desafiando la gravedad que arrastraba hacia abajo, circulando por acantilados abismales, con precipicios mortales, caso de caer abajo, en la playa del Tranquero. 

Mientras los viajeros adultos cerraban los ojos y se inclinaban hacia el contra/rail o tercer rail de la derecha como para protegerse (bajando a Gijón), al pasar por “El Tranquero”, los niños, insatisfechos, querían el más difícil todavía, pareciéndoles todo poco –en todo suicidio siempre hay, desgraciadamente, algo o mucho infantil-. Y escribiendo ahora sobre aquella mañana de viaje, me acuerdo de Pipo Prendes y de su canción sobre el Ferrocarril de Carreño, en homenaje a las esforzadas paisanas, las bañugueres, que en Avilés descendían del Carreño, cargadas de mariscos, de Bañugues, para abastecer a la Sidrería Casa Lín, fundada en 1890, situada cerca del Parque, en Avilés, de olor a virutas y a mariscos. ¡Qué desigualdad entre los que comían centollos y los que comíamos la escasa carne de los bígaros, muchos bígaros, sacando la “carne” con alfileres!  

Y cantó Pipo Prendes: “Vías que trasportan sueños en nuestro tren, vidas e ilusión. “Bayugueres” que van a vender tesoros del mar hasta Avilés. Nuestra casa, nuestro tren, nuestro Carreño, nuestro tren”. Se recomienda ahora ver el magnífico programa de la TPA, emitido el 23 de octubre de 2019, sobre el Ferrocarril del Carreño).

Calle de Avilés , que tanto se parece a las calles portuguesas


Cerca de Gijón, ciudad de merenderos, ya en Veriña, estaba el romántico “parque o merendero Venecia”, junto al río Aboño, de plácidos paseos en barca y piraguas, todo luego destruido por unos delincuentes nuevos ricos, de fábricas y de negocios. Ya en Gijón, cerca de la llamada Estación del Carreño, se veían el edificio de “Posadas Maderas y los humos de la Fábrica de Moreda. A la derecha, cerca de Marqués de San Esteban, estaba el estanco, de Tabacalera, enfrente de la Estación de Renfe, muy cutre, pues una cortina de plástico, grasienta y de color verdoso, separaba la cocina del despacho de tabacos, entonces “Peninsulares”, “Celtas”, ”Ideales” y “Bisonte”, oliendo todo a fritura de chicharros o a vahos de eucaliptos. 

Dibujo que no es de Casa Rato, en Gijón, aunque pudiera serlo por el "glamour"


Destino en Gijón fue Casa Rato, en la calle Corrida, de Gijón, tienda de ultramarinos, aunque de categoría y sin verdulería, y cafetería/pastelería para selectos y selectas. El espectáculo allí era continuo, pero más, si cabe, en la tarde del Corpus, después de la procesión de las niñas vestidas como verdaderas novias y de los niños como falsos marineros. Y recuerdo a las dependientas de Casa Rato, casi con mantillas, con unos mandiles de color negro, con medias de alivio sujetas al pernil por ligas elásticas.

En la misma calle Corrida, en Radio Norte, que estaba saliendo a la izquierda, se podían comprar discos: que unas compraban los de Sara Montiel, El último cuplé o La Violetera, que otros preferían escuchar en el “picú” la Piccolissima Serenata de Renato Carosone.

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viernes, 4 de febrero de 2022

VIAJANDO EN LA BARCA DEL AUTOBÚS, artículo de ÁNGEL AZNÁREZ (publicado en LA NUEVA ESPAÑA 11 de diciembre de 2021)

                                     (En Avilés)


Para empezar, hagámoslo sin rodeos: para escribir bien hay que ser, como Umbral, hijo seguro de madre e incierto de padre por no estar registrado en el Civil -los padres son inseguros y por eso están inseguros-. No es asunto de reyes, en exclusividad, lo de matar al padre. A los escritores verdaderos también siempre estorba el padre, que está en la alcoba junto a mamá. El escritor Martín Garzo acaba de describir el misterio de la llamada Creación: “La figura de la madre es el acto fundacional de la literatura, es el momento en el que el niño se tiene que ir a la cama, y en ese momento oscuro y siniestro cuando se le pide que se quede solo, quiere que el adulto le cuente una historia”.

Dicen que Proust, al que tanto molestaba el padre, al preguntarle para qué o por qué escribía, se carcajeaba a la manera judía, encogiéndose de hombros. Y dicen que Umbral, faltoso de padre y luego de hijo, dijo que escribía para cantar, como “coser y cantar”, entre el encanto y asombro con hipo, al principio, y el desencanto, con bostezo, al final. Y sin que los “creadores” deban olvidar a ese Quevedo salmantino del siglo XVIII, autor de pronósticos y almanaques, apellidado Torres de Villarroel, que escribió: “Yo bien sé que alcanzo más y discurro mejor, que lo que dejo escrito”.   

Torrijas no de la confitería Galo, aunque podrían serlo

Llegar a merendar “marañueles” en Avilés, podía ser de duro viaje, que comenzaba subiéndose al ALSA, de varios pisos, con parada en la calle Cabo Noval de Oviedo; subir con pasamontañas como rusos y con gafas de motorista a la baca del autobús, por la escalera, y trepando como trepan los monos por los árboles en la selva, para sentarse ya, arriba, en un banco de madera, recibiendo aires, todo lo cual podía ser una odisea como la de Odiseo. Y así, tiritando, hasta llegar a la parada de “Los Luarcas”, enfrente del Parque, en Avilés, en la prolongación de la calle La Muralla, dejando a la derecha el Café Colón. 

Por llegar de esa manera a Avilés, podía decirse que no es el viajero el que llega, sino que es el mismo paisaje el que viaja, sabiendo mucho después que Paul Morand, esteta y muy de derechas, había escrito que “viajando, el gris se convierte en rosa”. Y luego había que caminar, en Avilés, junto al “Galé de abajo”, en La Muralla, saludando a doña Josefa, enfrente del acceso al mercado, para llegar hasta el “Galé de Arriba” (Confitería), en la calle La Cámara (hoy tienda de marca internacional de perfumes y cosmética), y saludar a doña María, que, al final entregaba, como un trofeo, la ansiada y golosa marañuela, la de Avilés, no la de Luanco ni la de Candás. Doña María, la de Galé, era la que envolvía los pasteles con el papel enrollado y dibujos de la casa; era la que colocaba los palillos, unos tiesos y otros doblados para que el envoltorio no deformase la pastelería blanda; y era la que ataba las docenas con la cinta pastelera, unas veces roja y otras azul.

        

EL PARQUE DE AVILÉS

 El obrador de la Confitería Galé, que miraba a la calle estrecha, siempre llamada “de los Cuernos” (hoy Alfonso VII), calle separadora de la Confitería, de la oficina de la Caja de Ahorros, era largo y complicado como un laberinto. Allí, el sobrino de Josefa y María, por no esquivar una columna del obrador, convirtió en un 8 la rueda delantera del triciclo, el mío, causante de pena y tristeza; a partir de ese momento, para mí, el 8 nunca significó un notable alto, sino que fue el número del adefesio, de eso que los curas llaman pecado, que ni las marañuelas consolaban. Se armó la de Dios es Cristo, pues es aquel momento la omnipotencia infantil desapareció.

Las marañuelas, como en el caso de las magdalenas de Proust, que  “parecían tener por molde una valva de concha de peregrino”, hacían bullir en mi mente dulces gustos a limón y a anís, como los vahos de eucaliptos en la pota colorada y, aspirando, curar catarros. Pero el jaleo no fue sólo por lo pastelero, también fue por lo del “carrito” de los helados, de Los Valencianos (los Valencianos de Gijón eran otros) estacionado el “carrito” en el Parque, dejando ver su fondo de oscuro, frío y cóncavo, como la quijotesca Cueva de Montesinos. 

CALLE DE LOS CUERNOS

En el fondo de la cueva o “carrito” se guardaban las rectangulares barras de helados para vender por cortes, a dos pesetas cada corte. Especialidad exclusiva de Los Valencianos de Avilés, nada parecido en Oviedo (Verdú y Los italianos) ni en Gijón (Verdú, Los valencianos, Los dos hermanos y La Ibense), era el helado de menta, de un color muy verde, como verdes eran los azulejos del Café Colón, enfrente. ¡Qué ruido, el del cuchillo largo del heladero, penetrando por entre los hielos verdes, y colocarlos luego entre galletas, de mucho chupar!

Cerca estaba el amarillo tranvía, con jardinera, pronto a partir hacia Piedras Blancas, llegado de Villalegre, que descendía por la izquierda de la calle La Cámara, girando luego en ángulo recto a La Muralla, y quedando estacionado junto al Parque, entre dos impresionantes cúpulas, la de Banesto y la principal del quiosco de la música, rodeada de cuatro más pequeñas como pagodas. El conductor del tranvía siempre iba adelante y de pie, y el cobrador, siempre detrás. El conductor, con la mano izquierda, giraba el manubrio o manivela de las marchas hacia la derecha, y sujetaba con la mano derecha la rueda negra de frenar, al tiempo que pisaba con el pie derecho el “rin-rin”, de la bocina. 

EL CAFÉ COLÓN HOY

El cobrador llevaba un cabás hermético de madera, con gomas, como las de los practicantes, y en él guardaba los billetitos de papel, títulos para el transporte, muy bien colocados; se oía el “cloc, cloc” de cerrar, antes de tirar de la cuerda del techo para avisar al conductor de que iniciase la marcha. Se llegaba a Piedras Blancas, dejando atrás Salinas y los arenales, de olor a pino. En Avilés quedaban las lanchas a motor que transportaban a avilesinos, cruzando la Ría, de olor a mar y algas, hasta llegar a la peligrosa playa San Balandrán. En San Juan de Nieva se veían los humos blancos de mucha combustión de las máquinas poderosas de la RENFE, con maquinista y fogonero, las cuales sudaban, lanzaban carbonillas y hacían maniobras.

Hija de la Caridad

         Desde la terraza del primer piso del café Colón, como en Venecia, se olfateaban, al mediodía de los domingos, los aromas de vermouts de solera, el célebre vermout del Colón, más celebre que el de La Paloma, en Argüelles (Oviedo). Por abajo, desde la terraza del café, se veían pasar a monjas emparejadas, cuyas tocas, de pajarería blanca, eran como alas almidonadas, llamadas Hijas de la Caridad, conocidas como las monjas gaviotas, las mismas que las del Hospicio de Oviedo o las del Colegio La Milagrosa, en la calle ovetense de Gil de Jaz. 

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martes, 25 de enero de 2022

EL ARZOBISPO DEL ORDINARIATO MILITAR DE ESPAÑA, artículo de ÁNGEL AZNÁREZ (publicado en "Religión Digital" el 16 de enero de 2022)

 

           


 Con carácter previo al fondo del asunto, varias cuestiones: 

 

A).- Un total de seis artículos, llevando el primero la fecha de de 23 de mayo de 2021 y la del 7 de agosto de 2021 el último, escribimos aquí, en Religión digital, manteniendo en ellos una oposición, con bases jurídicas, al nombramiento por el Papa del Vicario “general” castrense, si tal nombramiento se hacía tomando como base lo dispuesto en el Acuerdo Iglesia-Estado de 28 de julio de 1976, al que se remite y cita expresamente el Acuerdo Iglesia-Estado de 1979 sobre asistencia religiosa a las Fuerzas Armadas. Se escribe mucho de los Acuerdos de 1979 y se quiere tapar o esconder el vigente, franquista, de 1976. 

 

Base de tal nombramiento por el Papa -que se impugna aquí- es el previo llamado “Derecho de Presentación” del Rey de España, manifiestamente contrario a la Constitución vigente de 1978, así como  a la legislación de la propia Iglesia Católica (documentos del Concilio Vaticano II y Código de Derecho Canónico), que son obligatorios hasta para el Papa mismo. 

 


B).-
 No se me oculta la gravedad del asunto, pues en ese nombramiento están implicados el Papa, el Rey de España y el Gobierno español. Y las consecuencias son de mucho más calado que una simple disputa, puntual, en el Ministerio de Defensa por pretendidos “artificios”· de la Ministra, relacionados con el Ordinariato militar de España.

 

C).- Nada hay de personal en todo ello, pues el nuevo Arzobispo de esa peculiar diócesis personal, a la que pertenecí, la de los católicos de los tres Ejércitos, la Guardia Civil y la Policía Nacional, merece mi respeto y consideración, además, apellidándose como se apellida, y compartiendo procedencia navarra. Pero decir: “que mi nombramiento sea a propuesta de la Casa Real y del Gobierno, no significa necesariamente que sea negativo", es inadmisible y atenta contra la sensibilidad de muchos ciudadanos españoles. 

 

 


Y ya en el fondo del asunto o affaire

 

I.- El artículo Iº del Acuerdo Iglesia-Estado de 1976, que debería  merecer una detenida lectura por las continuas referencias en el texto a Leyes de Franco, dice: “La provisión del Vicariato General Castrense se hará mediante propuesta de una terna de nombres, formada de común acuerdo entre la Nunciatura Apostólica y el Ministerio de Asuntos Exteriores y sometida a la aprobación de la Santa Sede. El Rey presentará en el termino de quince días, uno de ellos para su nombramiento por el Romano Pontífice”.  

 

No consta que hasta la fecha, al día de hoy, el Rey de España haya renunciado a ese privilegio, tal como renunció el Príncipe Raniero de Mónaco, habiéndose celebrado en la Catedral monegasca, con asistencia del Secretario de Estado vaticano, cardenal Parolín, la Misa de Acción de Gracias el pasado 18 de julio de 2021, por cumplirse el cuarenta aniversario del Convenio firmado entre la Santa Sede y el Principado de Mónaco por el que Raniero III renunció al “Derecho de Presentación”. Y eso, añadiría, que tiene mucha gracia, pues la Constitución de Mónaco, a diferencia de la española de 1978, declara que la Religión Católica es la oficial del Estado monegasco. 

II.- Al minuto diez del inicio de “la toma de posesión”, en la mañana del día 9 de enero, de la cathedra de la Catedral castrense, en la madrileña calle del Sacramento, el capellán don Serafín Martín, Secretario General del Arzobispado castrense, por mandato del Nuncio de Su Santidad, don Bernardito o don Bernardino, leyó las Letras Apostólicas de nombramiento. Esas Letras, fueron firmadas en Roma, Laterano, el 15 de noviembre de 2021, y por ellas, Francisco nombró al nuevo arzobispo castrense, con indicación de que tal nombramiento se hacía teniendo en cuenta “la plenitud de nuestra autoridad apostólica” (habiendo imperativo Derecho de Presentación por las autoridades civiles eso de “plenitud de nuestra autoridad apostólica” es hablar por hablar o predicar por predicar).

 


            III.-  Tal nombramiento, de acuerdo con el Acuerdo de Iglesia-Estado ya mencionado de 1976, habrá conllevado, con carácter previo, la presentación al Papa del nombrado por parte del Rey de España. Ese acto de presentación por parte del Rey de España, bajo sanción de nulidad,  teniendo en cuenta lo dispuesto en el artículo 64 de la Constitución española, tendría que llevar el refrendo del Presidente de Gobierno. En una Monarquía parlamentaria, las excepciones al refrendo son de interpretación estricta. No dudamos que el refrendo actual, de Pedro Sánchez constará como constó el refrendo del Presidente Aznar en el nombramiento de Monseñor Francisco García o el refrendo del Presidente Zapatero en el nombramiento de Monseñor Juan del Río.

 

         IV.- El anterior Arzobispo castrense, Juan del Río, tomó posesión de la cathedra de la “catedral castrense”, el 27 de septiembre de 2008, habiendo sido publicado en el BOE la concesión del grado militar de General de División, Real Decreto 1573/2008, de 19 de septiembre, el día 20 de septiembre de 2008. Y más atrás: Monseñor Francisco Pérez, que tomó posesión de cathedra de la “Catedral castrense” el 11 de diciembre de 2003, el Real Decreto de nombramiento de General de División, fue publicado en el BOE el 4 de noviembre de 2003.

 

         Y una de las peculiaridades de ahora, es que el nombramiento de General de División de Monseñor Aznárez  sigue sin publicarse en el BOE, con las consecuencias inherentes a esa omisión, económicas y no económicas, acaso porque falte el previo conocimiento del Consejo de Ministros, tal como se puede leer en los Reales Decretos referidos a don Francisco Pérez y a don Juan del Rio. 

 

V.- Pero no nos confundamos ni  confundamos a terceros. Sabidas son las presiones ejercidas por eclesiásticos españoles y romanos a la Presidencia de Gobierno para que se procediera al nombramiento por el Papa, cumpliendo los requisitos de los Acuerdos Iglesia-Estado. Los mismos que aplaudían y asistían gozosos a lo de Mónaco, para aquí mantuvieron lo contrario. ¡Cosas de clérigos! Al fin el Presidente de Gobierno refrendó el acto del Rey de España. 

 

La incomodidad, por razones políticas y de cohesión gubernamental y parlamentaria, quiso frenarse, haciendo que el nombramiento del Vicario General estuviese alejado del Gobierno lo más posible, como si nada fuera con él. Pero eso es una mentira o falsedad: farolillos como los de verbena, pompas jabonosas y tintas de calamar. Y el mayor escondite no está en las “peripecias de la Ministra, sino en el ocultamiento del refrendo presidencial, previo al nombramiento papal.

 

Suerte que tiene el Gobierno que de esto nada dirán ni los del Partido Popular ni los de Vox. 

 

VI.- En nuestro artículo, publicado aquí mismo, el siete de agosto de 2021, ya escribimos: “Se hará sin duda, lo que convenga al Poder, de terribles fauces y tragaderas, tal como siempre se hizo, aunque haya que hacer saltar Concilios y Constituciones. Nos quedará, en tal caso, el examen detenido del Real Decreto de Nombramiento (de General de División), una vez se publique en el BOE, que habrá de ser cotejado con el Real Decreto 1573/2008, el cual, por vierto, contiene una mutatio veritatis, con resultado de desconfianza”. Y por si acaso, lo mejor es no publicarlo y punto.

 

Que los del PSOE y los demás que van de laicos se enteren. A veces en lo secreto se esconden mentiras, estupideces e hipocresía. Y lo que se quiere secreto, no debe ser publicum. Y algunos del  Medievo que escribieron del Deus absconditus, recuerdan a algunos demócratas de ahora. 

 

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