sábado, 20 de febrero de 2016

PARECIDOS Y DIFERENTES (6ª parte), artículo del magistrado ÁNGEL AZNÁREZ (publicado en "RELIGIÓN DIGITAL", 20/02/2016)



El que monta sobre un tigre, ya no puede apearse.
             Proverbio oriental
El excepcional y colosal acto de renuncia al ministerio de Obispo de Roma por Benedicto XVI (uno de los acontecimientos más importantes en la Historia de la Iglesia en los últimos quinientos años) tienen características comunes con las renuncias a oficios, cargos (incluso a bienes), que los ciudadanos formalizan, en ejercicio de sus derechos y facultades, con “normalidad”, sin la excepcionalidad ni la enormidad de la renuncia papal.

De las características comunes señalaremos las siguientes:
A).- Toda acto de renuncia lleva implícito un repeler o repulsar, un frustrar (frustrari) de una pretensión o de un afán libremente asumido, que no se puede o no se debe continuar pretendiendo. En ese sentido toda renuncia siempre es un fracaso, también la renuncia al Papado. Dicho lo cual, ha de añadirse que, para no hacer mayor el fracaso, lo que procede, con frecuencia, es precisamente eso, renunciar. Sin duda que supone un reconocimiento de impotencia o de imposibilidad –humildad-. Como prueba de ello, basta contraponer el optimismo de la Homilía de Iniciación del Pontificado de Benedicto XVI (abril de 2005) y la tristeza de la Declaración de la renuncia (febrero de 2013), que son el haz y el envés de una misma pieza.
B).- Todo acto de renuncia tiene varios momentos esenciales como ya indicamos al final de la 5ª parte: el muy personal de la “decisión”, la forma escrita y el social de la “comunicación” o anuncio de la decisión. Es muy interesante la nota a pié de página de José María Royo Arpón que tradujo del latín el Discurso en defensa de Annio Milón de Cicerón (Ed. Marcial Pons). En la nota 60 el traductor explica que la palabra renuntiatio era, en la Roma clásica, la proclamación del resultado del recuento de una elección, que se hacía pública a través de la voz de un pregonero; fue el  nuntiare la proclamación o el hacer público un asunto; y de aquel simple anunciar se pasó al renuntiare en las lenguas romances: renunciar es anunciar. Eso es fundamental, pues hace patente el aspecto esencial de la forma en los actos de renuncia. La Declaratio papal ante los cardenales reunidos en Consistorio fue muy importante, no obstante ser la renuncia -cualquier renuncia- un acto unilateral del renunciante, sin precisar consentimiento u aceptación por otros, que son “extraños”.  
C).-  La forma escrita y la declaratio son medios para verificar la plena libertad del renunciante, que no está sometido a intimidaciones o maquinaciones; que es libre y con plenitud constatable de las facultades mentales. Por ello el momento en que se realiza la renuncia es importante, en un tiempo en que el renunciante conserve sus facultades mentales.
No ha existido la mínima duda sobre esto en el caso de la renuncia de Benedicto XVI, y tal vez hubiese sido más problemática (la renuncia) en los últimos tiempos de vida de Juan Pablo II, muy acosado y limitado por la enfermedad cerebral. Un acto tan excepcional como la renuncia al Papado -acto de coraje y de atrevimiento máximos- requiere tiempo, un aplazamiento, pero en la demora las facultades mentales pueden ir a menos, y la renuncia puede hacerse imposible o cuestionable por falta de la voluntad.
D).- Y una cosa es pensar en la renuncia y otra es llevarla a cabo, hacerla efectiva. Muchas personas piensan en renunciar, con frecuencia agobiados por problemas reales o imaginarios, en situaciones psíquicas delicadas por patologías de depresión y de angustia. La euforia no suele ser el estado de los renunciantes. Casi todos los Papas en sus muchos momentos de angustia y de depresión, inevitables y naturales, pensaron en renunciar: hay pruebas de que esa idea la tuvieron Pío XII, Pablo VI y Juan Pablo II, éste en diversos momentos de su Pontificado (después del atentado). Mas el único que renunció  fue Benedicto XVI.
Hemos hecho una continua referencia a las “formas”, claves en la Teología (y en la Liturgia), la Filosofía y el Derecho. Pero debemos precisar que la forma es sustancia, substantialis, y a la vez es un instrumento, heterónomo, al servicio de fines más principales. En la Liturgia, por ejemplo, la forma o el ars celebrandi está al servicio de la comunicación con Dios, a hacer presente la presencia activa de Cristo. Y muy poco que ver con ritualismos y excesos que convierten en principal lo que es accesorio, con resultado de teatro,  pantomima o mimo (muy interesantes, por cierto, los plurales textos sobre Liturgia de los Sacramentos de Benedicto XVI.
En la primera de sus audiencias generales, la del miércoles 27 de abril de 2005, Benedicto XVI manifestó: “He querido llamarme Benedicto XVI para vincularme idealmente al venerado Pontífice Benedicto XV, que guió a la Iglesia en un período agitado a causa de la Primera Guerra Mundial”. Es interesante la “vinculación” deseada al Papa de la Primera Guerra, el que nombró a Monseñor Eugenio Pacelli (luego Pio XII) nuncio en Munich (1917) y que fue directo colaborador en la gran obra jurídica de Benedicto XV: El Código de Derecho Canónico (1917). Más tarde, el futuro Pio XII sería nuncio en Alemania (1925) y Secretario de Estado por nombramientos del  Papa que fue Pio XI (el Papa del “pacto con el diablo o Mussolini” según David I. Kertzer).
Es destacable que Benedicto XV (1914-1922) fuera el Papa de la Primera Guerra Mundial y que Pío XII (1939-1958) fuera el Papa de la Segunda Guerra Mundial. En ambos Papas se dio una característica común: ser ambos papas de destacada excelencia jurídica (y diplomática); los dos fueron los grandes Papas juristas del siglo XX.
Y también se produjo un extraño fenómeno: Benedicto XV y Pio XII, tan diplomáticos ellos, fracasaron con estrépito en sus respectivos empeños por evitar las  guerras. Y he aquí que un Papa de escasa formación diplomática como Juan Pablo II, fue el autor de una de las hazañas diplomáticas mayores en la Historia política: el derribo del Imperio soviético. El Papa eslavo, excepcionalmente, sí conocía los interiores de Rusia.
Benedicto XVI, el Papa teólogo, quiso vincularse por confesión propia al Papa jurista Benedicto XV. Acaso sea inexacto y erróneo añadir al nombre de los papas epítetos calificativos: parece que no hay dudas en calificar a Benedicto XV y a Pío XII como Papas de excelencia jurídica y a Benedicto XVI como Papa de excelencia estético-teológica, pero debemos preguntarnos: ¿Qué fueron los grandes papas del siglo XX, San Pío X, Pío XI, Juan XXIII, Pablo VI y el mismo Juan Pablo II, acaso Papa filósofo, no diplomático pero…? ¿Qué epíteto pondrá la Historia al Papa Francisco, que está en el inicio de la travesía?
 Pío XII con "il canarino (pajarito canario)
Pío XII es autor de textos teológicos de importancia y Benedicto XVI es autor de textos jurídicos sobresalientes (Discurso en el Bundestag el 22 de septiembre de 2011, sobre el cual el 13 de noviembre de 2011 escribimos en La Nueva España de Asturias escribimos: Ratzinger en el edificio del Reichstag. Otros textos como los jurídico-matrimoniales (Discursos ante la Rota en los meses de enero) no tuvieron tanto relieve. i
La excelencia jurídica, filosófica y teológica supone tener una mente “formateada” que predispone un peculiar estilo de sabiduría y que acaba determinando una forma de ser, estar y de pensar; todo un modo peculiar de pensamiento y de actuar, una “óptica de la mente” que escribiera Marcel Proust (de alguna manera, volvemos a remitirnos al libro de Eduardo Spranger Formas de vida). Y es que el carácter y la forma de estar de un papa jurista (Benedicto XV y Pío XII) son muy diferentes a las de un papa teólogo (Benedicto XVI). Si lo jurídico -su excelencia- es el equilibrio, la prudencia, la neutralidad y la imparcialidad, lo teológico –su excelencia-es la novedad, el riesgo y la intuición científicas.
Y a efectos didácticos una imagen o símil traída del grandioso espectáculo que puede ser un Circo (espectáculo con mayúscula). Los juristas son como los equilibristas y malabaristas que, con los pies en suelo firme, manejan los platillos, los aros y anillas; alardean con bolas y bolos por los aires. Los teólogos son como los trapecistas, que en lo más alto y sin red, hacen piruetas y volteretas que cortan la respiración. Y la condición de trapecista no se opone a la armonía, la afinación y la mesura de un Homo Oestheticus como Benedicto XVI sino que es complementario y muy natural.
Benedicto XV y Pío XII fueron equilibristas, y de tanta excelencia que eso mismo los paralizó; sus respectivos pontificados, coetáneos a la Primera Guerra Mundial y a la Segunda Guerra, terminaron en fracaso: la Historia, por exceso de equilibrio y prudencia, los ha cuestionado. Los intentos de mediación de Benedicto XV entre los contendientes, en la Primera Guerra Mundial, fueron rechazados, y de fracaso se estimaron sus iniciativas diplomáticas. Pío XII, en medio de unos (nazismo) y de otros (marxismo soviético), permaneció quieto y “prudentemente” callado, con el resultado de descrédito tan conocido hoy, a pesar de los esfuerzos de muchos por rehabilitarle (estoy pensando en el libro de Pierre Blet S.J. Pío XII y la Segunda Guerra Mundial.  Y es que razón tuvo Julien Gracq, autor de El mar de las Sirtes, en cuya “novela” escribió con ironía: “Lo tranquilizador del equilibrio es que nada se mueve. Pero lo cierto es que basta un soplo para moverlo todo”.                                                           
Benedicto XVI por teólogo, no obstante la ideas falsas sobre su personalidad (recuérdese la sandez de llamarle el “rottweiller de Dios”), ha estado haciendo continuas piruetas sobre el trapecio. El 12 de febrero de 2013, al día siguiente de su anunciada renuncia, escribimos: ¡Adiós, mi bendito Benedicto (la gran pirueta del Papa más “trapecista” de la Edad Contemporánea!  
Y concluimos con una pregunta: ¿Cuáles fueron las “piruetas” del trapecista Benedicto? La respuesta la daremos en la siguiente parte, la séptima, esperando que sea la última –el autor no lo sabe-, en la que haremos también referencia al concepto esencial en la Historia del Papado que es la continuidad. En el Papado siempre hubo “Parecidos y diferentes”.
El texto precedente fue escrito en la madrugada del día 17 de febrero, siendo la música escuchada Cantate Domino de la Sistine Chapel Choir dirigido por el Chorus director Massimo Palombella. (2015  Deutsche Grammophon).
                                              (Continuará)

Post Scriptum:
1º.- El domingo, 21 de febrero, se celebra en Francia el centenario del inicio de la batalla de Verdun, clave en la Primera Guerra Mundial.  Es buena ocasión para recordar que esa Guerra supuso un fracaso de la Modernidad, Ilustración y Progreso, tal como hasta entonces se venían entendiendo y que marcó hitos en la evolución del pensamiento europeo. Hay un antes y un después en pensadores tan esenciales como Husserl, lo cual no se ha tenido debidamente en cuenta, lamentablemente, a efectos de comprender su pensamiento final y global.
Se reconoce la gran aportación de Javier San Martín en su libro La nueva imagen de Husserl (Editorial Trotta 2015) para entender el olvidado último pensamiento de Husserl. Y para conocer intríngulis de esa Primera Guerra Mundial, determinante de la Segunda, es mejor acudir a la Literatura (a Stefan Zweig, El mundo de ayer Editorial  Acantilado), que a la Historia misma.
2º.- Con ocasión de la renuncia de Benedicto XVI, en la prensa europea y norteamericana se hicieron interesantes análisis sobre ella. Señalemos dos importantes: el de Jacques Le Brum en el Díario francés Le Monde, titulado L´énigme de l´abdication  y el de Bieito Rubido en el periódico español ABC titulado Un acto de extrema valentía y humildad  (página “La quinta” del 12 de febrero de 2013). Es de equidad señalarlo.

Fdo. Ángel Aznárez.
 FOTOS DEL AUTOR

jueves, 18 de febrero de 2016

DE ÁNGEL AZNÁREZ se publicará el próximo sábado...

..., 20 de febrero, en Religión Digital, Asturias Mundial y otros, también aquí Las mil caras de mi ciudad, la sexta parte de una serie bajo el título de Parecidos y diferentes, cuya temática es bien conocida por los lectores.

Esta parte sexta pretendía ser la última, pero eso ni el autor lo controla. Una cosa es lo que le parece y otra distinta, muy distinta, es lo que la “cabeza” o inteligencia le manda, y la obligación de un escritor es ser obediente, no interferir entre la pluma que escribe y la mente que dicta.
En el texto saldrán todos los papas del siglo XX y XXI, con una excepción: el Papa Sarto, que fue santo en un tiempo que no era moda hacer santos a todos los papas (San Pío X). Un Papa muy importante que, en espiritualidad y en reformas de la Curia romana, dio lecciones a los siguientes, incluso al admirado Papa Francisco, de la Societas Jesu.
Fueron muy importantes la Primera y la Segunda Guerra Mundial, y muy diferentes, siendo el Papa de la Primera y el de la Segunda muy diferentes a Benedicto XVI. Es sorprendente que aquellos dos Papas, muy diplomáticos, poco pudieran hacer y que un Papa  tan poco diplomático como Juan Pablo II fuera actor esencial en la caída del comunismo soviético. La “cosa” tiene su explicación: el primer Papa eslavo en la Historia conocía perfectamente la Rusia soviética, siendo eso una excepcionalidad,  pues en el Vaticano apenas se entiende lo que es Rusia, la Santa Rusia, el rusismo. Ni el sabio cardenal Casaroli se enteró.
El no entender bien lo ruso e ignorar la Teología política de la Ortodoxia rusa se hizo manifiesto hace una semana. Y si hace un mes recomendamos la lectura de Dostoyevski, hoy recomendamos la lectura de Pedro el Grande, el primer emperador de todas las Rusias, escrito (2015) por Francine-Dominique Liechtenhan.
Tiempo tendremos para ir al Circo (espectáculo con mayúscula y que puede ser tan sublime como las tragedias griegas) y entretenernos viendo a malabaristas o equilibristas, quedando con la boca abierta ante el espectáculo aéreo del trapecista. ¿Quién será el trapecista?
La música escogida, compañía durante la escritura en la madrugada del miércoles, hace horas apenas, es la extraordinaria Musica dei Papi.
Fdo. Ángel Aznárez.
 

domingo, 14 de febrero de 2016

EL COSTA VERDE (1ª parte), artículo del magistrado ÁNGEL AZNÁREZ (La Nueva España 14/02/2016)


Con todo apoyo y amor a las asociaciones y plataformas en defensa del ferrocarril de Asturias.
Máquina verde: "De la serie 7.700

Es normal que los lectores/as sensibles a la Gramática y que no sufran disturbios con lo del género, queden perplejos ante un título como “El Costa Verde”, en el que un masculino artículo/adjunto (el) determina lo tan femenino como es la costa. Sabemos que la Gramática es sexista: quiere que lo masculino concuerde con masculino y lo femenino con femenino: de mezclas, batiburrillos o cabalgaduras de unos con otras, nada de nada. Don Víctor de la Concha, capitoste de la Real (Academia), nada pudo hacer para remediar tal problema, y eso que en don Victor concurren cualidades muy destacables a estos efectos o de sexo: es sabihondo de Santa Teresa, la de amores locos, y fue cura.
“El Costa Verde” puede ser un snipe o balandro, que los de posibles estacionan en el puerto de Luanco o de Tapia de Casariego; también puede ser un yacht en el que los pisa-higos, lechuguinos y de imposibles, se pasean por la marina de Panama City o por las aguas del Támesis cerca de London, el de la City paradisíaca.
Un vagón azul alemán
“El Costa Verde” puede ser un crucero muy fino como “El Costa Diadema o “El Costa Fascinosa”, que partiendo de Gijón llega a la orilla asturiana de Unquera, ruta oceánica con ida y vuelta, y con todos los lujos posibles (o sea, con spá, spáaa). Y una vuelta después de la ida para saborear las inodoras e insípidas “corbatas”, que es invento santanderino o “montañés”: todo, todo, lo de allí, es como su Presidente, el Revilla, que no es una galleta.
En verdad, “El Costa Verde” fue un tren que, cuando circulaba, nadie lo llamaba así: era el exprés o expreso, que salía de Gijón sobre las 21,45, paraba en Oviedo sobre las 22,40, con rumbo a Madrid, que era entonces como el “Rumbo a la Gloria” (lo del Teatro Principado de la Voz del Principado y de Menchu Álvarez del Valle y Manilo Aguadé, los domingos a las 12 horas, espectáculo a base de coros y danzas, muy de aquí (como de la abuela), y de tonadilleras con fajas elásticas y ajustadas “a nivel” del pompis (en Oviedo hubo hasta una tienda de fajas de sujetar abajo, femeninas, con apellido americano).
De Rumbo a la Gloría: ¿Quien es ella?
Salía el trenazo de Gijón, que era como la Estación de Roma o stazione Termini, aunque la gijonesa mirase a la calle Marqués de San Esteban, siempre oscura y de muchos gatos y gatas. De aquella Estación se destacaba la “cantina” (más que chigre), y cuyo cantinero tenía las piernas combadas como combas. En lo de la “cantina” había diferencia entre la Estación de Gijón y la de Oviedo, pues en Oviedo no había “cantina” sino cafetería, lo cual era de de ciencia, teniendo en cuenta que los de Gijón, por aquello de la clase, llaman “cantina” a las cafeterías, y los de Oviedo, también por la clase, llaman cafeterías a las cantinas o chigres.
Otra diferencia entre estaciones era lo del estanco, que el de Gijón estaba fuera, enfrente, como a treinta metros de la Estación; era el estanco un tugurio oscuro o trastero, en el que la estanquera colorada estaba sentada en una mesa camilla, aspirando los vahos de eucaliptos que salían de una pota roja, humeante, que estaba a sus pies, junto al brasero. El estanco de la Estación de Oviedo, por el contrario, estaba en el hall, que olía a café colombiano y no a serrín, al fondo a la derecha entrando, al que daba la espalda Domingo, el del quisco de la prensa, que estaba al otro lado, en el andén.
En ese estanco ocurría con habitualidad un acto político: en el reverso de los sellos –sellos de peseta- que allí se vendían, al otro lado de la cara gorda y caudillesca, para activar el pegamento e incrustarlos en las cartas, los del Régimen pasaban con cariño la húmeda lengua de acariciar y los contrarios del Régimen escupían –de auto-adhesivos nada-. La estanquera de Oviedo no tenía, por los vahos, la cara colorada como la de Gijón, sino azulada por los vahídos, más elegantes, ovetenses y románticos que los vahos. Por cierto que la estanquera de León ni era de vahos ni de vahídos, sino de Vados, natural de Toral de los Vados, cerca de Ponferrada.
Un pantógrafo de locomotora eléctrica
Para coger el tren el nerviosismo se producía no en Gijón, sino en Oviedo, por ser de tránsito. Asomando la cabeza por la vía, mirando a la derecha, era de ver la potente luz de la locomotora saliendo de la lejana curva de la Corredoria. Y todo se precipitaba, especialmente por aquéllos, precipitados, que, con miedo a perder el tren, habían llegado dos horas antes a la Estación; un miedo justificado, pues algunos hasta lo perdían, lo cual era demostración de esa falsedad, tan de inútiles, de que un “hombre prevenido vale por dos”. Y lo del Jefe de Estación tocando la campana al grito de ¡“Señores viajeros…al tren! siempre fue innecesario, pues no hay mogollón más compacto y de nervios que el de los viajeros tratando de subir al tren –jamás se precisó incitación-.  
Por la vía 1 del andén 1 pasaba el convoy, “El Costa Verde”, ya a marcha muy lenta;  y era tan largo que cuando la máquina paraba lo hacía casi en La Argañosa, mientras que el furgón de cola (o de facturación) parecía que seguía en Lugones. El largo convoy lo componían la máquina, las unidades o coches de 1ª o de 2ª clase,  la unidad o coche de la Brigada de Correos, pintado de amarillo pajarón, incluida la corneta tan de Correos y Telégrafos y de banda de música (¡qué banda!) Seguían las dos unidades de los lujosos coches-camas, cada uno llevando al frente un “conductor” vestido de marrón hasta el gorro; a estas unidades de coches-camas -esto no lo sabían entonces los de Oviedo- los ingleses en la londinense Victoria Station, que marchaban a Constantinopla, llamaban los sleeping cars. Y todo terminaba con el furgón de equipajes y de facturación, de maletas y de facturas, que, por ser de cola, llevaba fuera el furgón una luz roja parpadeante, muy roja.
Vagones de la Brigada de Correos
Y vayamos por las unidades, que siempre me pareció una palabra muy de RENFE e interesante. Llamar unidad a un vagón del convoy manifiesta una preocupación aritmética muy de la Red ferroviaria española digna de alabanza; la pena es que después se haya olvidado de la aritmética llegando el mamoneo a ser trigonométrico y geométrico.  
La primera unidad era la máquina verde, de la serie inglesa 7.700, que tenía dos pantógrafos, que tiesos y muy machos, hacían centellas al rozar la catenaria. Aquellas 7.700 fueron la madre que las parió; igual  por delante que por detrás, como casi todas las máquinas de RENFE, incluso en los detalles y acabados, cosa nada frecuente. Desde el andén, abajo,  apenas se veían, arriba, la cabecita del maquinista y el cabezón del ayudante, que era un soldado “de Ferrocarriles” y de mucho enchufe, con gorro azul y distintivo como un broche de color oro, estando dibujada una máquina de vapor con “tender” carbonero.
Mucho pensé en aquellos maquinistas o pilotos, imaginándolos rodeados de muchos aparatos o artilugios para correr y frenar, con luces rojas y de parpadeos verdes (nunca me gustó el visible cordel de las 7.7OO que, tirando hacia abajo, salían los pitidos de la locomotora (era un detalle de tranvía). Hasta el 15 de noviembre de 2015 pensaba que los maquinistas de tren era algo así como “un batería” de un conjunto musical lleno de cachivaches para hacer ruidos: a la derecha las maracas de Machín, al centro los platillos, a la izquierda el bombo y a los pies los pedaleos (lo de los pedales siempre me interesó mucho, hasta tal punto que a los pianos miro los pedales y no las teclas, y a los pianistas miro los movimientos de pies y no de manos).
Después del 15 de noviembre de 2015 caí en la cuenta que ser maquinista de RENFE es un trabajo de solitarios, singles o desparejados; es un estar solo horas y horas ante un semáforo rojo, esperando que se ponga verde. Tanta soledad es preocupante y puede dar en vicio -el vicio de los solitarios que en la Biblia fue el pecado de Onán-. ¿Estará previsto por el Instituto Nacional de Previsión Total? Doy fe de que los maquinistas que conozco son profesionales excelentes y en plena forma psíquica, que es la importante.
La locomotora tenía en su mitad una puerta muy estrecha por la que apenas cabían los maquinistas flacos con sus enormes carteras de cuero negro. Y mucho más estrecho era el pasadizo para llegar a la cabina de pilotaje, la de delante y la de detrás: un pasadizo que los más gordos pasaban con mucha dificultad y caminando de canto, pues las abultadas barrigas chocaban con los aparatos de propulsión de la máquina y los ventiladores allí instalados. Y el limpia-parabrisas de la locomotora verde no estaba a la altura: parecía de juguete.
(Se advierte al abejado lector que, para entender lo del antes y después del 15 de noviembre de 2015, deberá leer el artículo “El deseo”, publicado en este periódico el domingo 22 de noviembre último).
El vagón, unidad o coche de Correos, llevaba una brigada postal en su interior, que se pasaba la tal brigada durante el viaje jugando a las cartas, y siendo los brigadistas unos señores con bigote y tirantes. Nada que ver con la alegría amarilla del vagón y la corneta. Y es que en aquel tiempo, para llegar a ser funcionario de Correos y Telégrafos, había que tener mucho enchufe, casi tanto como para hacer la “mili” en Ferrocarriles.
Por las calles Uría y Fruela, que siempre fueron de muchas pensiones –ahora son de muchos pensionistas- iban los maleteros, con blusones azules  y gorra negra, en dirección a la Estación del Norte…
        (Continuará) FOTOS DEL AUTOR
                                                                                                                  

viernes, 12 de febrero de 2016

ÁNGEL AZNÁREZ, a sus impacientes lectores...


... les anticipa y tranquiliza que este próximo domingo, día 14, en la prensa escrita y también en la digital, se publicará un artículo que es el primero de varios o serie.
El artículo nada tiene que ver con los que se publican en Religión Digital, titulados “Parecidos y diferentes”, publicándose, Dios mediante, el día 20 de febrero la sexta parte.
El del próximo domingo es del estilo de “Los pavos”, más o menos. Es resultado de la afición al juego –no ludopatía, de la que está muy alejado el autor-. Fue Paco Umbral en su Mortal y Rosa el que escribió: “Escribir es jugar y jugar es ser niño esencial”. Es muy difícil jugar, incluso a ratos y con Literatura, teniendo en cuenta los graves problemas sociales que rodean; también es difícil el juego por el tiempo que hay que dedicar –para defenderse—a los envidiosos, inútiles, lechuguinos, berzas y repollos ruidosos por la rabia, que pasó de los perros a los humanoides.  
Lo del domingo comienza con el peliagudo asunto del llamado “género”, pero no es la preocupación fundamental; hay otras.
Se sale de Gijón y llegamos a Oviedo, deteniéndonos en las varias unidades del convoy.
Especial atención merece una corneta, que no es precisamente un instrumento para música; cornetas por ser los cuernos de una banda de música, como las que tocaban en el quiosco del Paseo de Begoña (Gijón) y en el del Bombé (Oviedo), muy cerca éste de la caseta de madera de bosque, llamada “La Chucha” ¡Qué bandas!
Y como suele ser habitual, se escribe de una cosa pensando en otra y en otra. La mente lectora, para entender, ha de estar en varios sitios a la vez. Y nadie tiene garantizado no salir trasquilado como las ovejas o los machos cabríos.

Fdo. Ángel Aznárez.
Fotos del autor