El artículo que sigue lo ha publicado la escritora Blanca Álvarez en el diario local. Coincidí con Blanca en el diario La Prensa y coincido casi siempre con lo que escribe. Y hoy, como se aprecia, también.
BONO
Blanca Álvarez
A estas alturas de civilización, o casi, tras los tenebrosos episodios vividos por nuestros pueblos al amparo de las creencias religiosas, uno no debería estar obligado a vivir por lo civil según ningún mandato religioso. La cuestión de fe y sus normas son asunto privado; el respeto a cualquier creencia es deber público. De otro modo, entramos en contradicciones sociales tan tremendas como lapidar a hombres y mujeres (éstas ganan por goleada), si cometen adulterio, aun cuando lleven años de viudez, conste; o escuchar de nuestros obispos que no se debe obedecer una ley civil, como la del aborto, porque no es ley, ¿según qué parlamento?
Y, por supuesto, a contradicciones personales como ésta de los divorcios. El Derecho Civil, según recuerdo de mis remotos estudios, aseguraba que ningún contrato de tal índole puede tener validez si no es humanamente alcanzable. Vaya, que si empeñas un cuarto de libra de carne como pago de deuda, y no ha de salir una gota de sangre en el corte de la misma, no se puede cumplir el contrato, tal como dedujo Shakespeare; por lo tanto, no es legal. Firmamos una hipoteca para garantizar el pago (salvo las hipotecas basura que sirven para otros fines especulativos); prometer amar a alguien hasta el día de nuestra muerte suena de lo más fetén, también de lo más falaz. Ojalá que así fuera, que más vale costumbre soportable que aventura por definir; pero, en cuestión de sentimientos, al menos en ésos, no debemos someternos a contratos, cuando menos civiles. Prométale usted la luna y la eternidad, pero en privado.
¿Cómo llevará el señor Bono su civilizado divorcio? Con contradicciones, supongo, dado que, en su caso, el buen hombre es creyente, de los auténticos, ¡ojo! En su juventud sintió vocación para sacerdote o actor y terminó encontrando en la política la ecuación perfecta entre las dos. Aseguran, por lo bajini, que, en el presente caso, la cosa del divorcio presenta tintes femeninos. Vamos, que su señora, en puertas de la tercera edad, descubrió la Novena Dimensión, miró al interfecto y decidió que, pese al implante sobre la calvicie y la reducción tripera, no le alcanzaba tal consorte para su vigoroso descubrimiento. Mi padre, un hombre sabio y observador, solía decir que hasta los cincuenta son ellos los que se separan cuando encuentran una de veinte dispuesta a lustrarles el ego; pero, a partir de ahí, son ellas, las señoras, las que no aguantan ni miajita más. Así que si a usted le va la política vivida con fervor religioso (no olviden que todo sacerdote aspira al obispado), con su pan y su alopecia se lo coma.
De cualquier modo, señor Bono, usted tranquilo. El asunto del divorcio se perdona con un par de rosarios como penitencia, aunque, en su especial caso, tal vez le impongan una disculpa civil por andar metido en un Gobierno que legisla el aborto, y le obliguen a realizar un mea culpa público y circunspecto. No todos los pecadores son iguales, vaya.
sábado, 24 de julio de 2010
viernes, 23 de julio de 2010
BLA, BLA, BLA...

Viernes de nuevo. Pasan las semanas a velocidad de vértigo. Empieza a asustarme un poco el discurrir del tiempo. No sabría decir muy bien si porque cada año que pasa me encuentro con una –más bien varias- nuevas arrugas, con unos kilos de más, o porque lo que de verdad se me está arrugando es el alma. Cuando eres joven cualquier sueño es posible; con los años la mayor parte ya no lo son. Demasiadas las cosas que no podré hacer, y muchas más las oportunidades que no volverán. ¿Es miedo lo que tengo? Pues ni lo sé. La verdad es que sigo comportándome como cuando era joven, con una cierta inconsciencia que me hace sentirme menos decrépita, y que también sé, que a los ojos de quienes se ajustan a vivir comme il faut (cosa que no envidio) me convierten en una perfecta idiota. Sin embargo, que cosa, ante esas consideraciones respondo ya como una vieja: me traen sin cuidado. Pero algo extraño me está pasando últimamente que no controlo. Alguien, que no es necesario mencionar, se ha empeñado en descolocar el puzzle que en mi cabeza tenía – o creía tener- más o menos organizado. Hasta tal punto, que empiezo a cuestionarme si ser como soy, si mostrarme sin máscara será conveniente, o si responde a un signo de senectud. No sé, la verdad es que ando muy despistada. Me dice que hablo demasiado, y nunca por charlatana me tuve. Apreciación que me cabrea enormemente, porque creo que sin palabras, sin hablar, difícilmente podemos transmitir sentimientos, compartir conocimientos o cualquier otra actividad que llame al entendimiento. Siempre me ha parecido –probablemente esté equivocada- que lo único que nos queda en la vejez -si tenemos la suerte de que nuestras neuronas no se mueran antes que nuestro cuerpo- es esa capacidad de comunicarnos, de conversar. Pero si apuro la reflexión un poco más lejos, llego a la que debe de ser la auténtica conclusión: lo que digo carece de interés. Entre esos consejos que suelen dar las personas juiciosas –yo no lo soy mucho- está el de eres dueño de tus silencios y esclavo de tus palabras. Total, pillada. Por donde quiera que lo coja me siento atrapada. Seguiré reflexionando. De momento se avecina un fin de semana sin planes, por lo que es muy probable que salvo con Obladi –mi mascota- no tenga ninguna opción de darle la lata a nadie con mi garrulería. ¡Al diccionario, amiguinos!
miércoles, 21 de julio de 2010
DOMINGOS POR EL RASTRO, POR JOSÉ MARCELINO

Otro día gris, otro día sin rastro de sol. Pero yo erre que erre, siguiéndole a José Marcelino sus DOMINGOS POR EL RASTRO; que, casualmente, siempre caen en miércoles. Por qué cosa me da. Y qué manía la de perseguir a este señor, la de publicar sus textos sin autorización en este -en algunas ocasiones- disparatado blog. Un día se me enfada y tendré que vender mi amistad en...en el Rastro, por supuesto. Ahí es donde van a parar aquellos afectos que ya nadie quiere. Queda el consuelo de que un nostálgico, un José Marcelino -si es que queda alguno-, como él mismo dice acaso los rescate de nuevo para la vida.
DOMINGOS POR EL RASTRO
Los discos
JOSÉ MARCELINO GARCÍA
En esta ancha plaza que es ahora terrado del Rastro, vega de lo maltrecho, vocea una gitana pañuelos de seda, y se escucha también el canto del mirlo: silbo de oro rizado en esta mañana trajinada de domingo. Algunos vendedores retrasados sacan sus trastos. Se agachan y levantan, y se vuelven a agachar. Y van colocando, con parsimonia, libros y menajes, cosas todas más o menos fenecidas. En seguida, el Rastro se convierte en un placer desparramado; en un montón de clavos y abalorios, de tisanas y estuches, de cuadros y gallinas enjauladas, de flores, canarios y discos. Ahí están los discos. Vinilos antiguos de la España del caracolillo en la frente, que los coleccionistas rancios exhuman. Discos retro, de zarzuela, que suenan como con voces de gato o de ratón; discos de los cuarenta, cincuenta, sesenta. de aquellos de romerías de maizal, verbenas y guateques. Y muchos de los de guitarra melancólica, contestataria, española, progre y liberada. Microsurcos con carátulas de rafaeles y marisoles. Discos de baladas tristes. Maritrineros de «amores se van marchando». Manzaneros de «tardes de ver lluvia y gente correr. y no estabas tú». Todos ellos con caras de afiches cinematográficos, como pegados con el engrudo malo de aquel tiempo.
Caminando a cuarenta y cinco revoluciones por minuto por esos vinilos de la adolescencia/juventud, ciñendo, a veces, la cintura de una muchacha en flor, se fueron deshojando los veranos. ¿Adónde con su música se fueron?
Todo enseguida adquiere antigüedad, y estos discos pizarrosos, negros y agujereados en su centro, muestran lo apresurado, inexorable y arrasador del tiempo: ese galope que tan pronto nos va dejando atrás.
Desperdigadas por el mismo suelo, llenas de incuria y vencimiento, muchas de nuestras cosas, de esas cosas queridas que acompañaron la vida y nos han embelesado: discos, cintas, libros, cedés, ¡qué se yo!, terminarán, seguramente, en un rincón del Rastro, donde algún hombre o mujer singular, con ojos llenos de admiración, acaso los rescate de nuevo para la vida.
martes, 20 de julio de 2010
¡MENUDO PANORAMA!

¡Vaya día! Primeramente no sale el sol, una fatalidad en pleno mes de julio: descartado el paseo por la playa. Luego están las noticias. Suficiente con los titulares. Los incombustibles del panorama político se van: Areces, Paz…; Zapatero no viene a Rodiezmo. Una hecatombe, vamos. Las ratas –dicen- cuando no hay que comer abandonan el barco, tal vez sea el caso. Y para completar, a Cascos no lo quiere su propio partido, noticia que no me da ni frío ni calor, pero que es indicativo de cómo están nuestros políticos: siempre a la greña. Consecuencia: las cosas van a empeorar mucho. Si ello es posible. Para colmo de males, y a toda página, leo que el catolicísimo Bono se separa tras 30 años de matrimonio: cuatro hijos, dos nietos, otro en camino. Total, que las escasas convicciones que me quedaban de que existían matrimonios perfectos unidos por sus creencias religiosas –entre otras cosas que no cito, pues seguramente serían todo un tratado de ¿comprensión, amor, aguante…?- , se me fueron al traste. Las convicciones, digo. Llego a la conclusión de que yo fui una adelantada en eso de si la cosa no va, lo mejor es separarse. Por lo amistoso, eso sí. Y, mira por donde, eso funciona. Lo de amistoso, quiero decir. Mi ex, es mi mejor amigo. Nunca nos llevamos tan bien. Eso sí, cada uno a lo suyo. Ahora sé que fue un santo aguantándome un porrón de años. Desde que nos separamos ya no estuvo dispuesto a aguantarme nadie más. ¡Qué le vamos a hacer! A lo mejor Bono y su estupenda señora llegaron a la misma conclusión. Son valientes, sí señor, porque la prensa los someterá –sin ninguna duda- a todo tipo de especulaciones. Puede que sea otro de los precios que tiene el poder. Pese a todo tienen suerte, Ana, que creo así se llama la señora en cuestión, no tendrá que pelear por esa pensión compensatoria que trae de cabeza a muchas mujeres separadas con hijos, que como no hicieron más que cuidar de sus polluelos, se quedaron descolgadas del mundo laboral. Este no es el caso, se trata de una empresaria de éxito. Se fue el amor, pero hay dinero. Un tema menos para la prensa del colorín de este país.
Y ya llego a la última página, a la agenda, me recomiendan el cine al aire libre que proyectarán esta noche en El Cerro de Santa Catalina. Me gusta la alternativa veraniega a sillón y tele. Me asomo a la ventana. Desastre: ¡está orbayando!
domingo, 18 de julio de 2010
OS RECOMIENDO IR A SANTIAGO DE COMPOSTELA
Por fin parece que ha llegado el verano. Lo diré bajito, no vaya a ser que mañana llueva otra vez. El viernes, que he ido a Santiago, lo hacía a cántaros. Menos mal que el Santo me regaló dos días de sol espléndidos. Si no habéis ido a ganar el jubileo -Por cierto, ¿he ido yo a eso…?- no dejéis de hacerlo. Santiago me sigue pareciendo una ciudad maravillosa para perderse por sus calles. Y de arte ya para qué contar. Un convento, una iglesia, la Casa de la Troya, un pulpiño y un Ribeiro para seguir camino, y otro convento, y la Universidad y piedras que hablan de otro tiempo, y.... Por doquier peregrinos de cualquier parte del mundo. La misa de doce, con obispos de rojo púrpura, curas de todas las razas, confesionarios abiertos a la espera de penitentes arrepentidos, fieles devotos que rezan y rezan, piden o agradecen, ¡quién sabe lo que puede esconder tanto fervor!, un entrar y salir de curiosos que meten sus cabezas en medio de tanta devoción, sin que con ello distraigan los cantos que desde el altar dirige el oficiante y se mezclan con su murmullo. Y fotos y más fotos: al altar, a los oficiantes, a las piedras, a los peregrinos, a los amigos, furtivamente al Santo (está prohibido, pero a casi nadie le importa), a la novia que entra, al novio que sale, a la familia que trata de reencontrarse, a…todo lo que sea susceptible de apresar para el recuerdo.
Yo, por mi parte, he hecho algunas fotos, cuelgo la muestra, –poquitas, las cámaras no me quieren- he degustado un delicioso pulpiño regado con un no menos delicioso Ribeiro y le he dado un abrazo al Santo. No le he pedido nada, soy consciente de que está sobrecargado de trabajo. Y como él sabe como soy de trasto, pues creo –estoy convencida- de que me concederá esas indulgencias que sé no me merezco. Pero él sabe mejor que nadie –por eso ha de estar en los altares- lo poco que me acerco a lo convencional.
miércoles, 14 de julio de 2010
PUBLICADO EN EL DIARIO EL COMERCIO
Este artículo de Virginia Álvarez-Buylla se publicó hoy en El Comercio. Refleja a las mis maravillas quien es Virginia, de quien -con motivo de presentarse a las elecciones de la entidad para la que trabajo- se han dicho muchas cosas inciertas. Nunca lamentaré lo suficiente no haber podido salir en su defensa, no haber podido decir abiertamente, sin miedo a replesalias, que cuanto se decía era injusto; porque Virginia es una de las mujeres más honradas, honestas y buenas que conozco. Y como sé que algunas de las personas que esto leéis no la tratásteis bien, aprovecho para decíroslo. Yo le aconsejé en su día que no se presentase, porque siempre supuse que la campaña sería demasiado dura para su sensibilidad. Ahora todo ha terminado, para tranquilidad también de todos. Su artículo lo dice todo: así es Virginia.
Simplemente, gracias
VIRGINIA ÁLVAREZ-BUYLLA
Quiero daros las gracias a todos aquellos que confiasteis en mí para luchar por la presidencia del Ateneo Jovellanos. Yo me presenté a esas elecciones pertrechada con vuestro apoyo y con vuestro entusiasmo, pero, a la vez, con una falta total de experiencia y desconocimiento de las leyes, lo que nos llevó a perder dignamente, pero perder al fin. He salido fortalecida de todos modos; si hay una segunda vez, Dios dirá, estaré preparada.
Ahora me considero una mujer afortunada. He conseguido unos amigos que sé que estarán conmigo toda la vida y he constatado que personas a las que creía amigas no lo eran, lo cual forma parte del aprendizaje de la vida. Y me siento joven porque todavía tengo la capacidad de aprender y luchar por lo que quiero.
En este momento, mi vida está llena de paz. El sol no acaba de salir pero no importa. Voy a nadar a pesar de eso, me reúno con mis amigos, comemos cosas ricas (tortilla y croquetas, en vez de centollos y percebes, que la crisis no da para más), pero no hablamos de economía, ni de política; nos quitamos la palabra de la boca, pero disfrutamos.
Es cierto que el señor Zapatero nos está llevando a un callejón sin salida: crisis económica siempre negada, relaciones internacionales nefastas, paro galopante..., pero yo digo, como Escarlata O'hara, mañana será otro día, ya me preocuparé entonces. Y como ganamos al fútbol, al tenis y en motociclismo, todos contentos.
Me ocupo de la familia a la que tenía un poco abandonada. Me derrito con mis nietos, que son la sal de la vida. Limpio mi casita, tralaralarita, que también es un gusto a veces. Leo y escucho música: Chopin, Tchaikovsky, Vivaldi, bossanova... ¡Qué placer! En este momento la vida es bella para mí.
Y, 'noblesse oblige', felicito al señor Martínez y su Junta Directiva por su victoria. A seguir trabajando todos por el Ateneo.
Simplemente, gracias
VIRGINIA ÁLVAREZ-BUYLLA
Quiero daros las gracias a todos aquellos que confiasteis en mí para luchar por la presidencia del Ateneo Jovellanos. Yo me presenté a esas elecciones pertrechada con vuestro apoyo y con vuestro entusiasmo, pero, a la vez, con una falta total de experiencia y desconocimiento de las leyes, lo que nos llevó a perder dignamente, pero perder al fin. He salido fortalecida de todos modos; si hay una segunda vez, Dios dirá, estaré preparada.
Ahora me considero una mujer afortunada. He conseguido unos amigos que sé que estarán conmigo toda la vida y he constatado que personas a las que creía amigas no lo eran, lo cual forma parte del aprendizaje de la vida. Y me siento joven porque todavía tengo la capacidad de aprender y luchar por lo que quiero.
En este momento, mi vida está llena de paz. El sol no acaba de salir pero no importa. Voy a nadar a pesar de eso, me reúno con mis amigos, comemos cosas ricas (tortilla y croquetas, en vez de centollos y percebes, que la crisis no da para más), pero no hablamos de economía, ni de política; nos quitamos la palabra de la boca, pero disfrutamos.
Es cierto que el señor Zapatero nos está llevando a un callejón sin salida: crisis económica siempre negada, relaciones internacionales nefastas, paro galopante..., pero yo digo, como Escarlata O'hara, mañana será otro día, ya me preocuparé entonces. Y como ganamos al fútbol, al tenis y en motociclismo, todos contentos.
Me ocupo de la familia a la que tenía un poco abandonada. Me derrito con mis nietos, que son la sal de la vida. Limpio mi casita, tralaralarita, que también es un gusto a veces. Leo y escucho música: Chopin, Tchaikovsky, Vivaldi, bossanova... ¡Qué placer! En este momento la vida es bella para mí.
Y, 'noblesse oblige', felicito al señor Martínez y su Junta Directiva por su victoria. A seguir trabajando todos por el Ateneo.
martes, 13 de julio de 2010
MUJER AYER Y HOY. TEXTO DE ANDRÉS COSTALES GARCÍA
El texto que sigue se publicó en Cartas al director en el diario El Comercio. Me llamó la atención por varias razones. La primera, porque lo ha escrito un hombre y afecta a las mujeres, buen indicativo de que muchos hombres están con nosotras y no contra nosotras. En segundo, porque como mujer siempre me interesan estos escabrosos temas que una parte de la sociedad se empeña en ocultar y que, además, se permite con toda tranquilidad tratar de feministas -en el más inquisitorio sentido de la palabra- a quienes osamos manifestar abiertamente lo que pensamos al respecto. Te pueden llamar -a mí me ha caído esa china en más de una ocasión- desde la ya mencionada feminista (en tono despectivo), pasando por comunista y terminando por atea. Y otra curiosidad -no puedo tildar de otra manera lo que voy a mencionar-, que muchas de las personas que eso dicen son precisamente mujeres. Soy consciente de que no podremos salvar nuestra dignidad si no arrimamos el hombro todas las féminas. Para nuestra desgracia, algunos hombres han conseguido someter el pensamiento de determinadas mujeres hasta límites insospechados. Basta con ver y analizar un poco la situación de la mujer maltratada, que incluso llega a sentirse merecedora de ese tratamiento vejatorio que su marido o pareja le causa. Siento pena cuando algunas jóvenes -que las hay- se niegan a crecer con su marido, las veo en casa, cambiando pañales, esperando la llegada de ese joven con el que se las prometían muy felices. Que me parece muy bien que se ocupen de los hijos, pero nunca olvidándose de ellas mismas. Al final, un marido lo que quiere es una compañera que no pierda el rítmo de la vida. Pienso, y es opinión muy personal,que las mujeres que compaginan la crianza de sus hijos con una vida laboral, están más preparadas para la formación de esos hijos, pues la pérdida de contacto con la sociedad y sus problemas -el aislamiento que supone limitarse a las tareas del hogar- las coloca un poco fuera de la realidad y hace que se queden aisladas. Y, con el tiempo, se van distanciando de ese hombre que sí tiene que lidiar a diario con la sociedad. Se trata, creo, de compartir cuantas más cosas mejor. El cuidado y la educación de los hijos es cosa de pareja, para bien ser al 50%. Cuesta, ya lo creo que cuesta compaginar el hogar con la vida laboral, pero muchas lo hacen -lo hacemos- y cabe suponer que la generación que nos sigue así lo hará con toda normalidad. Es la única manera de no perder el tren y, por qué no decirlo también,
de no perder a nuestros maridos, para que no nos vean como simples amas de casa -con todo el respeto que se merecen- entre cacerolas y lavadoras; para que se den cuenta que somos capaces de desarrollar otras funciones. Y entiendan que si nosotras crecemos, todos saldremos ganando. Y quienes así pensamos ni somos peores madres, ni queremos ocupar el puesto del hombre, ni hay que presuponer que somos ateas. Nosotras, mujeres del siglo XX, abrimos el camino, es de esperar que las del siglo XXI no retrocedan lo ya avanzado.
MUJER AYER Y HOY
POR ANDRÉS COSTALES GARCÍA
Durante décadas, la Iglesia Católica impuso unas normas inhumanas a los españoles, que turbaban su vida sexual y amargaban sus existencias. La mujer era considerada 'el reposo del guerrero' y debía someterse siempre al marido. Su función se reducía a cuidar la casa, engendrar hijos, y procurar placer al esposo. 'La mujer en la cocina' era una pieza capital en aquella sociedad infectada de superstición religiosa. El Código Penal de 1944 reguló como delito el adulterio y el amancebamiento, derogó la ley del divorcio y durante años se prohibió la entrada de 'mujeres y perros' a las sesiones de la Bolsa. Aquella legislación contaminada de catolicismo castigó la divulgación pública de procedimientos para evitar la procreación, pues el Papa los consideraba todos 'pecaminosos'. La ley prohibía ser juez a la mujer, exigía autorización del marido para ejercer derechos laborales e impedía a la mujer suscribir contratos e, incluso, abrir una libreta bancaria sin la autorización de su marido.
Frente a aquellos talibanes de sacristía y sotana, nuestra legislación actual otorga una amplia protección a la mujer y le dota de los mismos derechos y libertades que al hombre, aunque aún quedan algunos caminos por recorrer, como el de la igualdad salarial o el de la violencia de género. Este último me parece sangrante, y todos debemos cercarlo y estrecharlo hasta asfixiarlo. En este sentido, me parece muy positiva la actual ley, que excluye a los maltratadores del derecho de herencia y les impide beneficiarse de cualquier tipo de seguro ejecutado a causa de maltratos.
Nuestras actuales leyes, así como las reformas previstas, de las cuales valdrá la pena escribir otro día, contrastan con frases como «resígnate, hija mía, esto es lo que te ha enviado Dios» o «hay que aguantar, que el matrimonio es un sacramento» con las que obsequiaron los sacerdotes a las mujeres durante décadas.
Las mujeres se encuentran hoy ante dos visiones del mundo. Por un lado, tienen al Estado protector, democrático y laico. Y, por otro, a la Iglesia Católica, que siempre ha sentido resentimiento contra el cuerpo y el sexo de la mujer, que le niega derechos básicos y que se entromete en todos los aspectos de su vida.
domingo, 11 de julio de 2010
UNIDOS POR EL DEPORTE, ¡BIEN POR LA ROJA!

¡BIEN POR LA ROJA!: ese grupo de jugadores que, por primera vez en muchos años, han hecho posible que miles de españoles sacásemos las banderas a nuestros balcones, uniéndonos como país, sin que medie ninguna connotación política.La bandera en nuestras calles significa hoy el orgullo de ser español, no importa si del norte o del sur, si de derechas o de izquieras, lo que importa es demostrar que estamos unidos y que perseguimos un objetivo común. ¡Cuanto nos están enseñando esos muchachos simplemente jugando al fútbol! Nos han convertido en una piña en busca de un objetivo común. Y unidos, HEMOS GANADO.
miércoles, 7 de julio de 2010
¿EXISTEN LAS CASUALIDADES?
Pues sí, puede que existan. Soy, al igual que José Marcelino, aficionada a dar una vueltecita por el Rastro. Sus curiosidades me fascinan, y sus personajes más. Ni que decir tiene cuán de mi agrado son estos artículos que el escritor le dedica, y que recogen la esencia de ese mercadillo donde todo se vende, todo se compra. Pues bien, hoy me he topado en el diario local con el artículo que -sin permiso, como siempre- he puesto a continuación. Y ahí viene la casualidad de la que hablo: el domingo pasado he comprado en el Rastro las muñecas que ilustran el comentario. Podía José Marcelino hablar de los relojes, de los tornillos, de los horripilantes adornos de plástico...pero no: de muñecas. Justo aquello qué despertó mi atención el domingo. Y no es eso todo, porque hasta compré tres. ¡No me digan que no es casualidad! Los dos observando muñecas. Por cierto a euro me costaron: carecen de valor económico, como casi todo lo que me gusta. Ahora estoy enzarzada en averiguar de qué van vestidas, a qué país pertenecen sus atuendos. Una curiosidad como otra cualquiera.
Muñecas, ositos y peluches
JOSÉ MARCELINO GARCÍA DOMINGOS POR EL RASTRO
En este purgatorio de las cosas que esperan cada domingo ser redimidas de su naufragio abundan las muñecas, los ositos y los peluches, todos ya con alma de Rastro y ojos de cristal tomado. Muchos de los que fueron sus dueños, los que tuvieron con ellos hermosos mundos de fantasía en la niñez, confidencias y consuelo en las horas de oscuridad, a estas alturas de la vida, ya no los recuerdan ni los reconocen. Antiguos amores de niñez el profesado a todas estas muñecas, ositos y peluches, ahora, tambaleantes, trémulos y desgreñados.
¿Qué hacen estos muñecos en este mercado del Rastro, mojados, abrasados de calor, sobados de intemperie, lejos de su reino, llenos de soledad y tristeza, añorando el tiempo que ya pasó? ¿Cuándo fue la última vez que sus dueñas/dueños miraron los redondos ojos verdes de pantera de estas nobilísimas damas de labios colorados, compañeras de sus llantos? ¿Cuándo, por última vez, acariciaron toda la bella forma corporal de esta fauna de perros y osos, de monos y gatitos lavables y acrílicos, tan amigos y compañeros de sus juegos?
El Rastro bullicioso se serena al asomar la tarde. Algún transeúnte todavía busca un brillo, una llave, una pieza antigua de una marca remota, acaso una onza de oro en la quincalla. Y las tristes formas inclinadas de las muñecas de maternales noches, de los muñecos y peluches, van cediendo como una soldadesca borracha, acostada sobre si, un poco más andrajosos, desdeñados y arrasados de silencio.
Les ha ido pasando otro domingo de anhelante espera, de vana esperanza de liberación. Desde su quietud hondísima, todos estos viejos monigotes tiemblan pensando que, con la noche, volverán enseguida a su albergue de cartón ajado, donde la loza vieja, el cristal y el hierro magro les oprimirán el pecho duramente.
Extraños pensamientos estos que a uno le vienen caminando, domingo tras domingo, por este Rastro gijonés, y que aún perduran en la noche de insomnio al contemplar, ahora en un rincón, el osito santo de Begoña, aquel que fue amigo en sus dolores. Y compañero, amorosamente amado, contra su corazón.
martes, 6 de julio de 2010
¿POR QUÉ ME JUZGAS?

Amigo/a, ¿por qué me juzgas, si no me conoces? ¿Por qué inventas mi vida, si nunca te la he contado? ¿Por qué crees que cualquier palabra vale más que la mía? ¿Por qué dejas que otras bocas te hablen de mí?
Antes de censurarme prueba a ponerte en mi piel. Si quieres conocer mi vida, hazme cuantas preguntas desees. Escucha mi palabra, tal vez por ella me descubras. Juzga tu mismo, no permitas que nadie te quite la oportunidad de saber cómo soy, cómo somos las personas sometidas a opiniones ajenas.
lunes, 5 de julio de 2010
A TODAS LAS MUJERES ( por Rodolfo Suárez)
Cada vez con más frecuencia hay alguna persona dispuesta a intentar convencerme que debo aceptar la sociedad en la que vivo, que lo que pasa es normal, sea cual sea su índole. Impera un conformismo enfermizo que tira del pensamiento hasta el extremo de alienarnos con verdaderas barbaries, que damos por buenas sencillamente porque quienes las practican son personas a las que la sociedad respeta y coloca en un lugar preferente para opinar de lo divino y de lo humano. Y nosotros, los que caminamos por el asfalto en silencio -que somos la mayoría- no tenemos más opoción que dar por bueno lo que nos dicen; porque, entre otras cosas, nuestra prudencia, esa no participación activa en la sociedad, nos hace invisibles. No obstante, no estaría de más que de vez en cuando alguien pulsase la opinión de quienes no levantamos la voz en aforo público de gran difusión, lo que no significa que no tengamos qué decir. Por eso hoy he querido traer a este mi blog -nunca me cansaré de recalcarlo porque eso me da la oportunidad de publicar lo que se me antoja- lo que en la sección de cartas al director publicó en el diario El Comercio Rodolfo Suárez, persona a la que ni conozco, pero con la que estoy totalmente de acuerdo.
A TODAS LAS MUJERES (Texto de Rodolfo Suárez)
La sociedad actual está manchada por sangre de mujer. Desde Eva hasta la última mujer asesinada, ellas son tierra fecunda y fecundidad de la tierra. Pero algunos las desprecian, minusvaloran, humillan y las matan porque la ley del más fuerte siempre reduce las azucenas a la nada. Hoy, desde algunos medios, se pisotea a las mujeres, y entre esos medios están emisoras que se dicen cristianas, y pantallas bendecidas por mitras teocéntricas. Jiménez Losantos, Luis Herrero, Alfonso Ussía, César Vidal y muchos otros nunca han llegado, y me temo que nunca llegarán, a sentir asombro ante la existencia fecunda de la mujer creadora. Estos y otros machos son la grasa sobrante de una falsa intelectualidad, y se impone una liposucción que elimine de las tertulias radiofónicas y televisivas tanta viscosidad. No se trata de negar la palabra a nadie por ser de derechas, pues la derecha es esencial en una sociedad democrática. Se trata de negarle la voz a quien no tiene un pensamiento que ofrecer, y como sentenció el papa Juan XXIII, nadie tiene derecho a hablar si no tiene algo que decir. No se es más varón por ser más macho. Las mujeres mueren a manos de machos irredentos que nunca temblaron con un beso. Las navajas saben el camino. La muerte pone luto en una parte de la sociedad, una sociedad donde existen micrófonos delincuentes. Alfonso Ussía afirmó en una tertulia que Trinidad Jiménez y Bibiana Aído (ambas ministras) sólo valen para ir con ellas a tomar una copa y lo que caiga. Y una gran mayoría de oyentes sentimos cómo el asco nos mancha el alma. Por su parte, Luis Herrero analizó «la imbecilidad de la ministra de Igualdad» y le atribuyó un pensamiento reptante. Y para colmo, aseguró que «Bibiana Aído no se ha puesto todavía en pie, es una mujer abyecta, que repta, que se arrastra por el suelo, ignorante de su condición humana». Es un vómito caliente lo que uno siente al oir semejante estupidez. Esos machos nunca sentirán entre las manos del alma la ternura de una mujer. Y es que no saben que nunca crecen puñales entre las espigas de la palabra abierta, y ellos están fomentando la muerte desde la prepotencia de una radio o una televisión.
Rindo homenaje a todas las mujeres asesinadas, y muestro mi desprecio infinito hacia sus asesinos, hacia esos individuos que nunca podrán enfrentarse a la mirada limpia de una mujer erguida.
sábado, 3 de julio de 2010

Navegando, que no por mar que es por donde me hubiese gustado hacerlo hoy, sino por esta red, que algunas veces no es más que una trampa en la que te enredas en busca de algo que casi nunca sabes qué es y casi siempre te sorprende con cosas inesperadas. Pues buscando nada, encontré algo. Algo tan sencillo como la ilustración del texto. Reparé en ella porque me recordó aquellos calendarios que antiguamente –aunque no hace tantos años-, colgábamos en nuestras humildes cocinas, y que la tienda de comestibles del barrio te regalaba al comenzar el año. Mis recuerdos evocan tiernas imágenes de animales domésticos impresas en papel cartón de muy baja calidad, a cuya parte inferior se adosaba un faldón en el que amén de figurar el mes, el día y el año –como era preceptivo-, también aparecía el santoral o los cambios de luna. No creo que hubiese muchas cocinas sin calendario. No existían –por supuesto- las de diseño y, por lo general la vida de las casas humildes tenía lugar en esos entrañables habitáculos en el que los niños jugaban mientras la sufrida ama de casa producía el milagro del día: alimentar las bocas de esos diablillos que correteábamos a su alrededor. Luego vino el diseño, la sustitución de las cocinas de carbón por las de gas, la vitrocerámica, el estilo minimalista, y un largo etcétera que dio paso a las hoy llamadas cocinas inteligentes. Y si inteligente es el silencio, pues admitiré que lo son. Porque en las de antes, en las del calendario en la pared, se hablaba con los padres, con los hijos, con los primos de visita. En las “inteligentes” ya no es necesario hablar. La cocción está siempre en su punto. No se precisa llegar a comer a una hora determinada, porque todo es tan fácil, tan sencillo como pasar del congelador al microondas y a la mesa. Y para eso no hace falta que la familia se reúna; cada uno cuando le convenga. La cocina podría confundirse con cualquier espacio de la casa. No se ven sartenes, platos, cacerolas…todo emerge con simplemente darle a una tecla de unos paneles blancos que se confunden con la pared, y que a mí personalmente me recuerdan un hospital. Las modas han cambiado con los tiempos. Ahora todo es más cómodo, pero menos entrañable. La cocina de mi abuela que es la que más me viene a la memoria, olía a pan caliente, a leña, a bizcochos, a arroz con leche recién hecho. La de mi madre ya no, ella era más moderna, creo que no tenía ningún olor específico, y fue de las primeras en quitar los gatitos de la pared. Pero, vamos a ver, ¿por qué cuento yo todo esto? Ya recuerdo, por lo del patito y el gatito. No dicen que con los años se vuelve a la infancia, pues yo ya estoy es ese retroceso.
viernes, 2 de julio de 2010
LOS CURAS

Apenas si quedan curas. La Iglesia se queja de que no hay vocaciones. ¿En verdad los echamos de menos? Pues a ciencia cierta no lo sé. Los de ahora se camuflan entre los ciudadanos normales y –salvo en lo del celibato forzoso- yo creo que se comportan como cualquier persona. No hablo de los curas de élite -que los hay- me refiero a los de base, a los que se ocupan de los parroquianos humildes, a los que visten de vaqueros, se mezclan con los jóvenes y casi actúan como uno más. Empieza a ser frecuente encontrarse con un grupo de jóvenes que conversan sin tapujos de lo divino y de lo humano y que cuando preguntas qué hace uno determinado, porque es el más alegre, abierto y directo, te responden con toda naturalidad que es cura. Esos yo creo que sí son necesarios. Y qué lejos están de los de antes; de don Fermín, por ejemplo: el terror de las pocas estudiantes del Jovellanos de los años 40. Contaba mi madre, alumna de bachiller por aquél entonces, que tenía un odio exacerbado a las mujeres que estudiaban. Ese recuerdo yo no lo tengo, pero sí el de don Félix, el párroco de Porceyo, donde vivían mis abuelos. Era yo muy niña por entonces, pero no se me borraron sus charlas en vísperas de la Primera Comunión. En la catequesis siempre nos hablaba del infierno, del pecado, del fuego eterno que nos consumiría… Verdaderas aberraciones, según lo veo yo ahora. Entonces, para una niña de 7 años, él era el modelo de virtud a seguir y nosotros, pequeños infantes a punto de recibir a Dios, un cúmulo de pecados. Una charla de don Félix podía convertirte en un despojo humano, podía reducirte a la nada como persona. Por fortuna mi abuela, que era muy inteligente, desdecía -a su manera- durante el trayecto que nos conducía a casa las desatinadas regañinas de tan singular cura, intentando alejar de mi mente esos miedos infundados y gratuitos que el tal don Félix nos metía en el alma. Precisamente cuando el alma era todavía alma. Conocí a otro cura muy singular: don Lisardo. Regentaba una parroquia de pueblo –cuyo nombre no diré-. Y ese sí que era especial: en todos los sentidos. Contaban en el pueblo que tenía una burra a la que cuando intentaba aparearse la espantaba monte arriba llamándola puta. Ese sí que era para darle de comer aparte. Pero la cosa no queda ahí, ya que lo tuve que visitar para hacerle un reportaje con motivo de unas obras que hizo en su antiquísima iglesia y…, me recibió muy bien, todo hay que decirlo, incluso me invitó a comer en Oviedo a la semana siguiente. Pude comprobar que lo de insultar a la burra era puro paripé. Porque lo que él buscaba era otro tipo de “burra”, que por supuesto salió por pies, aunque no monte arriba: calle Uria adelante. Luego me llamó varias veces, pero…qué casualidad nunca estaba en casa. Tenía entonces unos veintitantos años y se me desmoronó de golpe el concepto cura-hombre bueno. Descubrí que cura era igual a hombre normal. Y no sé si no me vendrá de ahí ese cierto recelo hacia todo el que viste sotana. Que no tengo toda la razón, ya lo sé. Pero las cosas que de los paters de la Iglesia están saliendo a la luz no me ayuda mucho a descartar esos prejuicios que bullen en mi cabeza. He conocido, no obstante, curas a los que admiraré toda mi vida: don Manuel, de San Lorenzo; don Boni, de San Pedro; la cara opuesta de los que mencioné en primer lugar. Eran curas de la gente, para la gente. Allí donde había una necesidad, y en Gijón hubo muchas, allí estaban ellos los primeros, con sus sotanas raídas y sus viejos zapatos, porque el dinero era para los más necesitados. Nadie se acordó de ellos cuando se fueron, tampoco me consta que ellos esperaban nada. Y hoy conozco algunos más que desde las parroquias ayudan a los más humildes, no muchas veces sin que les censuren. Pero ahí están, trabajando a pie de calle. No los nombro, no debo de hacerlo. Y me queda por mencionar a don Camilo, siempre catequizando a su Pepone, y cómo no, a San Manuel Bueno, mártir. Entrañables obras en las que los curas son los protagonistas. Buen momento para volver a leer a Giovanni Papini y a Miguel de Unamuno.
martes, 29 de junio de 2010
CASI SIEMPRE FUERA DE LA REALIDAD

Es cierto: la vida casi siempre me pilla bordeando la realidad. Es el asueto dominical, en mi caso, momento excelente para dar rienda suelta a esa parte de mí que el resto de la semana tiene que vivir encorsetada en ese juego social en el que para ser comme il faut, hay que participar necesariamente, amén de seguir sus reglas. Y he de reconocer que si no existiesen estas desconexiones de la realidad, no sé muy bien si podría sobrevivir. Muchas veces quisiera ser como ese personal que vive sin contaminarse –o se acostumbra a vivir siempre en contaminación, no lo sé a ciencia cierta- y que siempre está dispuesto a dar por aceptable, por normal una mentira, o muchas, a acatar como bueno aquello que no lo es, a reconocer méritos en quien no los tiene y a dejar de lado –si se tercia- gentes buenas, sencillas. Y en última instancia, si te pones muy borde, te dirá que nadas contracorriente, que terminarás por sucumbir. Y razón no falta, en lo último, en lo de sucumbir. Por eso, en un intento de supervivencia, hago un verdadero esfuerzo para salirme de esa realidad que nos está matando, que nos confunde hasta extremos difícilmente imaginables y condena a las personas mejores al ostracismo más cruel; para elevar a los altares a los mayores patanes. Y es lo que hay.
Acaba de finalizar un fin de semana largo, con fiesta por medio, soleado, hermoso. Ninguna razón para no ser feliz. ¿Lo he sido? En momentos puntuales sí, aquellos en los que me dejé mecer por la olas del mar que baña mi playa. También en el tiempo que dediqué a la lectura. Mi amigo, Víctor Alperi, ha tenido la gentileza de regalarme su último libro, Peregrino en Malta. Y por Malta me moví de su mano, vagabundee por sus calles prendida a sus palabras, tomé el té de las cinco, disfruté de ese paisaje literario que Víctor puso en mis manos: fui feliz en Malta. Y así conseguí crear una hermosa realidad.
No he ido a misa, pero pensé mucho en quienes sí fueron. Más que nada por si me convendría seguir su ejemplo. Y mi Dios, que creo está dentro de mí, me aconsejó que no lo hiciera. Me dijo que lo buscara en la naturaleza, en el mar, en los niños, en quienes intentan salir de la droga o el alcohol. Y me acordé de mi amigo Gonzalo, que el lunes estará al pié del cañón ayudando a quien le necesite; y de sor Trini -en la foto-, que habrá servido la comida hoy en la Cocina Económica; También de David, a quien pillé furtivamente –porque así lo hizo- dejando un sobre con 150 euros en el mismo lugar –y David no tiene dinero-; Y de Pablo, que dedicó este domingo –día de su santo- a los niños del Ayuntamiento de Laviana, para hablarles de UNICEF. Y de José Marcelino que seguro que anda por el asilo cuidando algún viejecito. Y cuando todo esto pasaba por mi cabeza disfrutaba yo de ese regalo de Dios que es mi playa y miraba en dirección al Cerro de Santa Catalina y allí estaba el Club, el Club de Regatas, lugar de encuentro después de la misa: para tomar el vermouth. Y sé que por esto que digo, que no es más que lo que pienso, alguien dirá que soy… ¡comunista! Así como suena. Y no soy nada, soy una mujer que no acepta la realidad de este deshumanizado mundo, que quisiera que algo cambiara, y eso me convierte en una mujer molesta.
domingo, 27 de junio de 2010
NO PODRÉ SER ESCRITORA

Y ahora no me parece mal la pregunta: ¿por qué escribes entonces? ¡Ay, si lo supiera! ¿Por qué traes a tu blog tus historias? Tampoco lo sé. Me hubiese gustado, y puede que hasta madera tenga para ello. Pero va a ser que no –como se dice ahora en lenguaje coloquial-. Y cómo lo sé, cómo llego al convencimiento que nunca podré alcanzar esa meta. Por varios caminos. El primero surge de mi afición a leer. Dicen quienes sí lo son –escritores- que leer es el primer paso para acceder a ese oficio de contar historias; yo cuanto más leo, más me desanimo, más me percato de mis carencias. Cuanto mejor sea la obra que cae en mis manos, más me alejo de esa remota posibilidad de poder aproximarme a lo que yo entiendo por escritora (dicen que con publicar un libro ya se alcanzó ese grado, pero no es así como yo lo veo). Hay libros que me enamoran, y escritores que también, pero casi nunca es por lo que cuentan –a veces sí, por supuesto- creo que lo que verdaderamente me fascina es cómo atinan con la palabra exacta para que despierte en mí el sentimiento preciso: alegría, tristeza, nostalgia, reflexión…Cuando leo entro en comunión con el autor/a, nunca sabrá hasta qué punto me puedo identificar con él /ella (esta moda del masculino-femenino no me gusta nada). La que podría ser una segunda razón es que yo escribo hoy lo de antes de ayer. De acuerdo, eso no hay quien lo entienda. Trataré de explicarme. Quiero decir, que cuando cuento una historia mi cabeza lo hace a mucha más velocidad que aquella que yo puedo alcanzar con el teclado. No soy capaz, como sería pertinente para un buen resultado, pararme entre párrafo y párrafo, volver a leer, corregir… Nada de eso practico. Un amigo –sin que supongo quisiera aludir a esto, porque creo lo desconoce- me dijo que era como un torbellino. Y nada descaminado iba: lo soy; pero en casi todas las facetas de mi vida. Cuando converso sobre el tema, me cuentan quienes escriben que leen, releen, corrigen, lo dejan para revisar al día siguiente. Y nada de eso practico. Confieso –no debería de decirlo porque dice poco en mi favor- que en algunas ocasiones no releo ni una sola vez lo que escribo. Ahora entenderéis la razón por la que mis textos salen como salen. Tanto es así, que algunas veces releo algo escrito en mi blog al día siguiente -o a los dos o tres- y yo misma descubro repeticiones, comas mal colocadas, frases mal construidas… Todo fruto de la precipitación, porque la teoría creo que me la sé. En esos momentos quisiera que me tragara la tierra, y hago el firme propósito de enmendarme. Pérdida de tiempo, porque si me bulle una idea en la cabeza tengo que parirla sobre la marcha. Y mejor en media hora, que en hora y media. Queda claro que con estos mimbres no puedo hacer un buen cesto. Lo único que pretendo es comunicarme con quien me lea sin ninguna pretensión literaria, con la única finalidad que compartir historias sencillas, vivencias personales o simple entretenimiento.
sábado, 26 de junio de 2010
TARDE DE CINE

Esta tarde he ido al cine, cosa que hago con cierta frecuencia; pues pese a que los chicos –que así llamo yo a mis hijos- me surten de todo tipo de artilugios de última generación, entre los que se incluye el cine en casa con las películas más actuales de la cartelera, pues yo me sigo resistiendo a privarme de ese placer que supone participar de ese pequeño barullo que se forma a la entrada y de sentarme teanquilamente en la butaca. Ahora ya, eso sí, sin palomitas, ni pipas. Si por mi fuera esa costumbre no desaparecería. Aunque mucho me temo que debo de ser una de las pocas antiguallas que frecuentan las salas. Tanto es así que hoy, tarde de sábado, segunda sesión, proyectaron la película para tres espectadores. Una de ellas, lógicamente era yo; y las otros dos un apareja que –por la conversación que mantuvieron vía móvil antes de comenzar la película, con los que parecían ser los abuelos- se liberaron de sus hijos probablemente para recordar esos tiempos en los que no había que dar biberones y nada era más agradable que una sesión de cine. Es ésta la segunda vez que tengo un cine casi entero para mí. La anterior –hace ya algunos años- proyectaron la película para Fernando y para mí en Alfaz del Pí. En el mismo lugar y cine en el que tiene lugar el renombrado Festival Internacional de Cine de Alfaz del Pi, por el que desfilan con gran glamour actores y actrices como si en Hollywood estuviesen. El cine de Alfaz del Pi es modesto, en él se detuvo el tiempo, está regentado por dos hermanos, cinéfilos donde los hay, que lo mismo te venden la entrada, la coca cola, que te acomodan en la butaca. Cuando los conocí no eran muy mayores, ahora ya sí lo son. Viven, por llamarlo de alguna manera, de regentar el único cine del pueblo –y de los alrededores también-, yo diría que ni las máquinas de proyección han cambiado.
Cuelgan de las paredes de un demodé hall cientos de fotografías, notarios de las estrellas que por allí pasaron. No parece durante el festival el mismo lugar. Pues bien, una tarde-noche creo que de cálido domingo mediterráneo, Fernando –que ahora reposa muy cerca del lugar, pero ya en campo santo- y yo decidimos ir al cine. Compramos nuestra entrada, nos acomodamos y esperamos tranquilamente que empezara la sesión. Pero no entraba nadie más. Estábamos solos. Sentimos un poco de apuro y nos dirigimos al taquillero, acomodador y proyectista –que eran la misma persona- diciéndole que no había problema, que volveríamos otro día. No nos dejó marchar de ninguna manera. No sólo eso, sino que nos dijo que le esperásemos al terminar –él debía atender el proyector- que nos invitaría a tomar algo. Y lo esperamos. Nos habló, lógicamente, de su gran pasión: el cine. Y nos dijo que él nunca se haría rico, que habían querido comprarle el edificio y que le daban mucho dinero, pero…si me quedo sin “mi cine” ¡que va a ser de mí! Y yo hoy me pregunto, así las cosas, ¿qué va a ser del cine? Y también de mí. Me resisto a ver las películas en el sillón de mi casa porque lo hago en soledad, y ahora en el cine resulta que también voy a estar sola. Este verano, volveré a Alfaz del Pi y si las fuerzas me lo permiten, porque echaré de menos a Fernando, volveré al cine.
viernes, 25 de junio de 2010
LAS MARIPOSAS Y EL AMOR

Alguien me preguntó cómo podía saber si estaba enamorado. Ciertamente, no me lo puso muy fácil. Creo que es una de las preguntas más complicadas de responder. Entre otras cosas, porque me imagino que cada uno interioriza ese extraño sentimiento a su manera. Y digo extraño, porque puede sorprenderte en cualquier momento y surgir hacia la persona más inesperada. Se escapa, creo, a cualquier control lógico. Tal vez, ese sea uno de sus encantos. Otra cosa es que luego nosotros lo tamicemos con la razón: que casi siempre lo estropea. Hablar del amor, además de estar considerado como una cursilada, no está demasiado bien visto. Se supone que quien lo hace tiene pocas cosas en la cabeza. ¿Tal vez mariposas? Pese a estas consideraciones que yo me permitiré –como otras muchas- saltarme a la torera, pues diré algo al respecto. Reza en el título, Las mariposas y el amor. Otra ñoñería, lo admito. Pero, creo que nada se parece más al amor que la vida de una mariposa. Iré explicando por qué lo digo. Mariposas sentimos –aunque no lo reconozcamos- en el estómago, cuando esperamos a una persona especial, cuando la mirada llega un poco más allá de lo normal, cuando las palabras salen torpemente y uno dice lo contrario de lo que piensa, cuando quisieras quedar muy bien y sientes que metes la pata hasta dentro. Esos son generalmente síntomas inequívocos de que se está estableciendo una corriente especial que quiere ir un poco más lejos de la amistad. Así pasa, mal que nos pese, por mucha cordura y seriedad que queramos imponer a nuestros actos, por más que nos empeñemos en considerar que por edad estamos fuera del campo de tiro de Cupido. No importan los años, no importa la condición social, no importa nada, porque ese sentimiento se impone con fuerza sobre nuestra voluntad. Surge hermoso, alegre, revolotea en nuestro interior como lo hacen las mariposas por el campo. Y si por un casual decidimos alimentarlo nos volverá la vida de mil colores –como las alas de tan hermosos lepidópteros-, nos sumiremos en un estado de felicidad – desgraciadamente no suele durar mucho- que se llama sencillamente amor. Pero, siempre hay media docena de peros dispuestos a estropearlo todo. Para empezar, dicen que el amor eterno dura dos años. Mal augurio. Es decir: pasa fugaz por nuestras vidas, como las mariposas que sólo duran un día. Para seguir, es tan frágil como pueden serlo sus alas, cuanto más hermosas son, más delicadas. Si se las rompes , aunque sea sólo por una esquinita, tal vez pueda volar, pero ya no será lo mismo. Ni que decir tiene si le rompes el cuerpo: repliega sus alas y se deja morir al pié de no importa que flor. ¡Cuantos amores perdidos por una simple torpeza!... Las cosas del amor pueden suceder así, pero no tienen por qué. El secreto está en reconocer su fragilidad, en cuidarlo, en respetar esa belleza, en tratarlo con el mimo que cuidarías a una mariposa que se posase en tu jardín. Vivirá un día, es posible, pero cada mañana verás una nueva, que puede seguir aferrada a tu corazón como el primer día. Eso creo yo, tampoco a ciencia cierta lo sé, debe de ser el amor. ¿Lo entendiste, colega? Y mira, terminaré con una recomendación: cuando quieras hacer preguntas de tanta enjundia apunta en otra dirección, que no es que no quiera ayudarte, pero es que lo mío es casi todo de andar por casa: demasiado simple. Como mi propia vida.
PALABRAS QUE ENMASCARAN CARIÑO

Alguno de mis blogueros me reta –con un comentario- a que suelte la palabra que digo que un amigo me aplica cuando tengo una salida de tono; que, por otra parte, sucede con cierta frecuencia. Esa concretamente no la repetiré. Es demasiado personal, y fuera de contexto tampoco tendría mucho sentido. Pero reconozco que me divierten esos calificativos vertidos con cariño -no tengo la menor duda de ello- sobre mi persona. No es más que un juego dialéctico de esos que las buenas formas impiden hacer públicamente; pero que siempre tienen un trasfondo significativo. Y entre veras y bromas el interlocutor suelta el vocablo mirándote a la cara intentando por ver si te cambia el semblante, signo inequívoco de un cierto acierto. Aunque a mí, sinceramente, me resbalen y convierta la palabrita en anécdota divertida. Con lo que el interlocutor –siempre es un hombre, una mujer no se atrevería a practicar tales juegos- se queda como estaba. Supongo que lo más que llegará a pensar es que soy tonta. Y ahí, mira por donde, no va tan descaminado. Pues bien, empiezo. Me han llamado envenenadora, he hecho una entrada al blog con tal motivo. Y con ello me he sentido nada menos que Lucrecia de Borgia, no precisamente un personaje ejemplar de la Historia, lo reconozco. Pero mi imaginación ya me situó envenenando a poderosos y cortesanos caballeros. Que ya sé, que de eso no queda, pero la imaginación, es la imaginación. En otras cosas que dicen practicaba la tal Lucrecia, ya no entro. Ahí no me identifico, ni tan siquiera con la susodicha y repetida imaginación soy capaz de emularla. El pudor, señores, el pudor. A renglón seguido se me dijo que era una manipuladora, atribuyéndoseme la capacidad de desestabilizar toda una institución. Pues no me creía yo con tanto poderío, creo que se equivocaban. Como esto último eran ya palabras mayores se trató de suavizar la cosa llamándome escritora, que qué más quisiera yo que serlo, eso era, sin duda, un halago; y en el mismo reglón –era un correo electrónico- se me decía periodista, y mira, eso sí, lo dice un papelín que me dieron en la Facultad y tengo guardado en un rollo en algún cajón –cómo estará-; y terminaba la misiva diciéndome que era como un torbellino; lo que viene a ser algo parecido a un remolino de viento; pero también hay una danza creo que colombiana que se conoce con el mismo nombre. No sé exactamente a qué hacían referencia. Palabras mayores creo que, por lo menos a la cara, no me las han dicho. Me quedan dos, tiernas, entrañables, de esas que se te quedan pegadas en el alma y ni el paso del tiempo puede borrar. Una –que son dos- es Isabelita cariño, así me decía mi hijo con poco más de tres años cuando quería conseguir algo. No decía mamá, decía eso, Isabelita cariño. Y es el día de hoy que algunas personas –ya demasiado mayores- cuando me llaman por teléfono preguntan por Isabelita cariño.Que lo mismo que regresar a un pasado feliz. Nostalgia, pura nostalgia, de la infancia de mi hijo, de tiempos de juventud, de alegrías y risas. Y hay otra palabra, ya la última -¡jesús qué pesada me pongo!- cariñosa donde las hay: enana. ¡Ya! que qué extraña para ser entrañable. Pues lo es, pero tampoco explicaré por qué. ¿Recordáis que la canción de Eurovisión se titulaba Algo chiquitito?…Pues en esa línea.
miércoles, 23 de junio de 2010
EL QUE SE MUEVE NO SALE EN LA FOTO

Y como paso mi vida moviéndome, pues nunca salgo en la foto. Entendiendo por moverme poner en práctica una, llamémosle –por darle algún nombre- rebeldía, que siempre me sitúa en las esquinas. Y me permite practicar un cierto escapismo cuando no comulgo con este ficticio éxito que supone salir en todas las fotos. Lo que en principio era una cuestión de timidez, con los años se ha ido transformando en costumbre que ahora me resulta muy saludable, y hasta gratificante. Contemplar la tontería desde cierta atalaya, totalmente desprovista de ese destructor afán de notoriedad por el que algunas personas –parafraseando a una famosa de medio pelo- matarían, me permite hacerme una composición del lugar en el que no quisiera estar. Y si importante es en la vida, saber lo que uno quiere, me parece mucho más interesante conocer lo que no se quiere. Porque sucede, las más de las veces, que la vida, los acontecimientos, las circunstancias…, te engullen de tal manera que te vuelves irreconocible. Terminas por ser aquello que otros esperan que seas. El éxito social, la fama, estar siempre presente en lo dicho: en la foto, te desposee de esa mínima parte de libertad que te queda después de “servir” a la pura y dura subsistencia. Lo que tenga que hacer por subsistir no me queda más remedio que acatarlo. Pero por el resto no pagaré nada, aunque nunca salga en la foto.
martes, 22 de junio de 2010
ME ESTOY HACIENDO MAYOR

Me estoy haciendo mayor. Entre lo que me empujan los acontecimientos, lo poquito que me apetecen las cosas que requieren esfuerzo, el trabajo que me cuesta subir escaleras y las arrugas que ya no hay quien las disimule… Malo, malo, malo. Y lo más curioso de todo: la cantidad de teorías que yo podría esgrimir a quien tal cosa me contase. Creo que tengo recetas infinitas que consolarían al más deprimido. Tranquilo todo el mundo; aunque esto escribo, no lo estoy –deprimida, quiero decir-. Es extraño, pero hoy he visto mi vejez en la de otra persona; algo mayor que yo, eso sí; aunque ese no es consuelo. Ante mí un ser humano abatido, derrotado, cansado. Pese a ello, aún peleaba por sostener no sé muy bien qué. Tal vez su dignidad, ¿su orgullo? Lo ignoro, desconozco la razón para mantenerse erguido cuando todo juega a la contra. No haría honor a la verdad si dijese que admiro su entereza: no es cierto. No quisiera por aguantar el tipo, o por las razones que sean, exponerme a la compasión de los demás. No me encaja bien el papel de víctima. Espero yo otra cosa de la vejez. Largas tardes de amena conversación con un ser querido, aunque ya sea viejo: como yo. Cortos paseos, bajo cualquier arboleda. Un libro, o dos, o tres…de letras grandes, eso sí: para que no canse la vista. Y que no me quede sorda, no quisiera tener que prescindir de la música. Y no sé si añadir lo de un señor cascarrabias a mi lado –porque ahí creo que ya se me pasó la hora-.De ese punto no estoy tan segura, por lo de cascarrabias más que nada. Yo ya lo soy bastante –eso dicen- y no sé muy bien si habría manera de encajar las piezas. Tampoco me hace mucha gracia lo de renunciar al cariño –eso es lo que queda a ciertas edades, no nos engañemos-, pero un arrumaco, un beso, un cogerse da la mano, no creo que amargue a nadie. No sé, le pensaré. ¡Ya!, que me olvido que eso es cosa de dos. ¡Vaya!, uno no es perfecto, siempre se le escapa algo. ¿Algún candidato? Y ahora un buen amigo me diría: Pero qué desvergonzada eres. Lo soy, reconozco que de eso tengo un poco. No precisamente de desvergonzada, pero es que la palabra que tan cariñosamente me dice no puedo repetirla en este lugar. Lo siento, que cada uno aplique la que crea conveniente. No me enfadaré.
lunes, 21 de junio de 2010

No pudo quitarle ojo en todo el trayecto. Lo miraba de soslayo, ocultando cualquier interés. Atisbaba furtivamente, cobijado bajo el sobaco de un gigante adolescente, sorteando el bastón de un viejo, resistiendo como podía. Una señora gorda estuvo a punto de sentarse encima, y un niño pequeño lo lanzó al suelo para patearlo. Además, tenía que evitar el paso del revisor: no llevaba billete. Y esta vez no podía cambiar de vagón: quería conseguirlo.
Esperó que se apeara el último viajero. Fuera de todo peligro lo agarró por el lomo, acarició la portada, lo apretujó contra el cuerpo, respiró profundamente, bajó del tren, contuvo la respiración, y aceleró el paso.
Si desde que vive en la calle roba todos los días, ¿qué tiene lo de hoy de especial? Inexplicable el nerviosismo. Por primera vez en mucho tiempo se hizo con algo no comestible. Seguro que tampoco podría venderlo con facilidad. Da igual, pensó.
Se sentó en el banco de siempre. Con el pulso excesivamente acelerado, lentamente extrajo del interior de su anorak la codiciada pieza. Analizó la portada. Pasó sus dedos por encima, con un pañuelo mugriento fue quitándole cada mota de polvo; con un poco de saliva restregó la primera letra: “C”, repitió varias veces. Co…cora… ¡corazón!, eso dice: corazón. Y un poco más abajo, Ed…Ed…
Y fue juntando las letras, y surgieron las palabras y se hizo con su primer libro.
domingo, 20 de junio de 2010
¿CÓMO, AÚN NO COMPRASTEIS EL Nº 4 DE CHICas? NO ME LO CREO
¿No habéis comprado aún CHICas? ¿Puedo saber qué estáis esperando? Luego os quejaréis de la crisis. Que no nos va a sacar nadie de ella, que sólo saldremos apoyando iniciativas privadas con ésta. Que a la gente que arriesga hay que apoyarla. En la revista entrevistan a mujeres valientes que también crearon empresa. Como la asturiana Covadonga Plaza, que lidera un equipo de profesionales de la Alta Costura allá en Madrid. O la diseñadora de ropa infantil Marta García-Conde. Y también la esteticista Marta García, al frente de su salón desde 1996. La Psicóloga Elena Apalategui. Y no cuento más, si queréis saber, si queréis estar al día de las mujeres emprendedoras en Asturias, informaros: comprar CHICas.
sábado, 19 de junio de 2010
ANUNCIO CURIOSO

Ha caído en mis manos un anuncio que me ha llamado la atención. En principio, el tema es algo escabroso y a quienes padezcan tanatofobia (miedo a la muerte, aclaro) les recomiendo que no sigan con la lectura. Es cierto que todos tememos ese trance del que no se libra nadie, pero cada uno lo enfoca de manera distinta. Personalmente le temo únicamente al cómo, pues pienso que la muerte es tan natural como el nacimiento. Incluso, cuando reflexiono sobre el tema -porque no quiero que sea en mi vida un tabú, fundamentalmente para poder encajar el duro golpe que es el fallecimiento de un familiar, y también por si me puedo ir preparando para la propia, cosa de la que no estoy muy segura, pero por intentar que no quede-, pues decía que cuando trato de encontrarle un sentido, termino analizando el miedo que tienen personas que son muy creyentes y que por lógica, no deberían de temer ya que van al encuentro con Dios. Y esa cuestión yo no soy a encajarla muy bien. Por eso, elaboro mi propia teoría, posiblemente descabellada, pero es tan creible como la de ir al cielo los buenos y al infierno los malos. Y la pobre, humilde e infantil teoría no es más que la de comparar la muerte con otro nacimiento. Es decir: pasamos a otro estado, empezamos otra “vida” que ni entiendo, ni me preocupa mucho; pero algo me dice que sufrimos una transformación en el espíritu, que seguimos formando –de alguna manera- parte de ese Universo inmenso e infinito en el que estoy segura que todo es posible. Ya, ya sé lo que me vais a decir: que estoy chalada. Puede, no lo discuto, pero me monto mi propia película, por si cuela, por si soy capaz a creérmela. Sería una respuesta a tantas preguntas sin respuesta. He estado una vez en mi vida en verdadero peligro de muerte, de hecho esperaban que sucediese lo peor. Y lo que recuerdo, además de gente hablando a mi alrededor –creo que estaba en estado comatoso pero lo oía todo-, es un túnel con una luz al final. Ahora ya podéis decirlo abiertamente: está loca. Pues no, fue algo que me sucedió y la sensación no era desagradable. No estaba drogada, aclaro: tenía una septicemia. Luego, Dios, el destino o quien quiera que gobierne todo esto me hizo volver: no debía de ser mi hora.
Pues después de leer todo esto, los que hayáis tenido la paciencia suficiente, he de deciros que no era eso lo que quería contar, pero como cuando escribo soy como un caballo desbocado, pues…lo siento. Siento haberos soltado ese rollo. Porque lo que en realidad quería comentar es un anuncio que llamó mi atención: Se imparten clases de tanatoestética. Y se añadía, se garantiza trabajo. De siempre supe que existía la tanatopraxia: el arte de presentar cadáveres. Pero lo de la tanatoestética despertó mi curiosidad. Y le seguí la pista. Probablemente porque ser diplomada universitaria en Criminología hace que me interese por estos escabrosos –para algunas personas, no para mí- temas de forma natural. Así que ni corta ni perezosa solicité la información completa. Sin ningún ánimo en hacer semejante curso, eso por descontado. Pues bien, los cursos están regulados por el Ministerio de Educación y Ciencia y el curso cuesta 850 euros. Da derecho a unas clases teóricas de técnicas de maquillaje e higiene, que se complementan con clases prácticas, ya no pregunté en qué consistían, lo imaginé. El susodicho curso –cursillo más bien parece-, además de las enseñanzas incluye: champús, jabones, lacas, maquillajes, sombras, colorete, pintalabios, secador, pañuelos y pelucas. Y el alumno deberá aportar: pinceles, esponjas de maquillaje, pinzas de depilar, peines, cepillo plano, cepillo térmico… He tratado de que me explicaran en qué consistía el maquillaje mortuorio, y me han explicado que lo que buscan es dar a los muertos un aspecto más apacible que deje mejor recuerdo a sus deudos. Finalmente les he preguntado si no da cierto miedo…y una señora me respondió –muy acertadamente, lo reconozco- que a ella le daban miedo los vivos, que los muertos ninguno. Dije que lo meditaría, por aquello de quedar bien, porque al final pensé que mi curiosidad había sido excesiva y me fui un poco apesadumbrada por haberla hecho perder el tiempo, ya que comprendí que era su dignísimo trabajo. Pero…, por favor, si cuando me muera alguno de vosotros estáis cerca no dejéis que me maquillen.
viernes, 18 de junio de 2010
DE VENENOS Y ENVENENADORAS

Hoy voy a referirme a los hombres. Y no me negaréis que no soy valiente al meterme en tal bardal sin el traje adecuado. Entendiendo por tal -por traje- el conocimiento suficiente para opinar sobre esos “contrarios” que, de una manera u otra, siguen gobernando –si no nuestros sentimientos, que también- la vida de las mujeres. Ellos opinan sobre nosotras así, sin más. Y viene esto a cuento porque hoy un amigo –que creo lo es, tampoco estoy muy segura- me llamó envenenadora. Entre risas, quise entender a qué se refería, aunque haya aparentado lo contrario. Vino a decirme solapadamente, algo así como que yo influenciaba sobre algunas personas, inculcándoles una dosis de veneno. La apreciación me hizo gracia, lo reconozco. Ya son muy pocas las cosas que tomo en serio y menos aún las que me enfadan. Y si soy sincera, sí es cierto que me gustaría poder envenenar a algunos caballeros –aunque no se ajuste a lo que de verdad es un caballero: persona que monta a caballo. Estos ni caballo, ni nada: ciudadanos de a pie-, decía que a algún señor -cambio el concepto- sí me gustaría poder inocularle pequeñas dosis de veneno. Para que, de cuando en cuando, le doliese la tripita y se percatase que cada vez que infravalora a una mujer, por su condición de tal, la está envenenando. Muchas veces me pregunto, a sabiendas de que yo ya no lo veré, cuándo llegará el día que por el hecho de ser mujer no haya discriminación. Y no me siento discriminada, creo que he recibido una formación lo suficientemente sólida para que esa diferencia hombre-mujer no sea un obstáculo para cualquier objetivo que me proponga. Pero, desgraciadamente, veo a mi alrededor con demasiada frecuencia esa discriminación, muchas veces oculta detrás de comportamientos que no son lo que parecen, pero que se descubren con bastante facilidad. Sucede, en mi modesto entender, que –para bien o para mal- hombres y mujeres somos muy diferentes. No necesariamente opuestos, pero sí distintos. Los hombres que me rodean –ninguno por razones sentimentales, aclaro para evitar malos entendidos- no son precisamente muy valientes. Son de los que nadan y guardan la ropa, son tan comedidos –tan a la antigua usanza- que siguen tratando a la mujer como una porcelana frágil –las más de las veces- y si la mujer no se comporta como tal, pues entonces la pasan directamente al grupo de las envenenadoras; que en realidad cuando eso te dicen lo que te están llamando es manipuladora. Me consta que a muchos hombres –bueno, no se me molesten, diré sólo a algunos- les incomoda que pienses, que decidas por ti misma, que tengas la valentía de hacer frente a supuestos poderosos varones. Le sorprende que tengas principios y los defiendas. Quedan perplejos cuando te enfrentas sin temores a aquello que consideras justo –la mujer tiene mucho más desarrollado ese básico principio, elemental para la convivencia en todos los terrenos-, no entienden que seas capaz de salir al ruedo sin temor a la cornada. Somos, señores, mucho más valientes que ustedes. Tal vez porque no nos han regalado nada. Sólo los hombres sabios –que también los hay- son capaces de entender ese desgaste diario al que nos sometemos para alcanzar pequeñas metas. Y viene esto a cuento, porque veo estupefacta cómo un grupo de mujeres intenta con toda limpieza, puedo dar fe de ello como si de un notario se tratase, sacar unas elecciones arriba. Que no ganarán, porque los poderosos caballeros no les consideran suficientemente capacitadas para asumir el cargo al que optan. Y no es justo. Y como soy valiente lo digo, y lo escribo, que ahonda más en lo tocante a valiente. Y esos señores –fíjense si los trato bien- dicen que quienes quieren alcanzar el poder –muy pequeño, créanme- son las “feministas”. Palabra que utilizan en plan despectivo para mayor bochorno de la sociedad.
No termino bien, si no añado que ciertas mujeres -algunas incluso me leen y comentan, el mundo es un pañuelo, casi todo trasciende- son colaboradoras indispensables para esa discriminación que sobre la mujer se ejerce, prefieren arrimarse al varón de turno que ostente el poder -aunque las haya discriminado mil veces- , antes de defender y colaborar para que sus compañeras puedan alcanzar la meta. Pero de lo que no tengo la menor duda es de que sus capacidades son tan escasas que no les queda más remedio que tratar de medrar a la sombra de quien simplemente las utiliza.
No estoy a favor de que triunfe ninguna mujer que no lo merezca o no tenga las capacidades suficientes que se requiera para aquello a lo que opte, pero sí defiendo que no se le pongan trabas, por lo menos no más que a cualquier hombre.
lunes, 14 de junio de 2010
BAJO LA CARPA DEL CIRCO

Dicen que la mayor parte de las cosas que escribo son poco serias, que no tienen el nivel intelectual que se espera de mí. Y la verdad, no digo que no tengan razón. Otra cosa muy distinta, es que yo quisiera hacer alarde de una intelectualidad que ni tengo, ni pretendo. Si algo diferente a entretener persiguiese, mejor dedicarme a otra cosa. Creo que la vida es lo más parecido a un circo: me asigno voluntariamente el papel del payaso. De ese payaso que hace reír a niños y grandes, que tropieza una y mil veces y se levanta entre despistado y risueño, que no se ofende por la bofetada que le propina el de al lado, que canta y baila en lugar de llorar, aunque “el listo” -que siempre hay un payaso listillo- se mofe de sus ocurrencias. Son -los payasos- ciertamente la alegría del circo. No conozco a nadie que no se divierta con ellos, no conozco a nadie que no sienta cierta ternura hacia ese desvencijado personaje que surge de una esquina de la carpa como si pasase por allí de casualidad, sin importarle casi nada de lo que le rodea. Aunque nada le sea ajeno, porque lo que verdaderamente pretende es meterte en su bolsillo para hacerte feliz. Cae, se levanta, tropieza de nuevo…, no le preocupa hacer el ridículo, se ríe con toda naturalidad de sí mismo... Y esa debo de ser yo en este terrible circo que es el mundo. Donde abundan domadores que a fuerza de látigo doblegan fieras, perritos, caballos, papagayos y un sinfín de animalillos que por un premio –tal vez porque no les han dado aún su ración de comida- hacen ridículos ejercicios para divertir a la concurrencia. También están los trapecistas, que arriesgan su vida por poco más que el aplauso. Los magos que cortan espectadores en dos, o sacan monedas de su nariz, o palomas de una chistera. ¿No me digáis que los personajes de un circo no son semejantes a los de la vida misma? : dictadores sin escrúpulos, ególatras, magos sin chistera…Me quedo con el payaso.
domingo, 13 de junio de 2010
COMO NO HAY RASTRO DE SOL...PUES AL RASTRO
Pues lo que digo, por fin ha dejado de llover, pero…de sol ni rastro. Y por eso, esta mañana he decidido ir ahí: al rastro. Lugar de que poco puedo decir, porque sería una desfachatez por mi parte –tampoco sabría hacerlo- tomar un tema que magistralmente desarrolla José Marcelino en sus artículos quincenales y que, según me han dicho, publicará no tardando mucho. Serán bien recibidos. Así que únicamente voy a contar algo personal que he recordado esta mañana, mientras brujuleaba entre los cachivaches que sobre una manta intentaba vender una oronda y salerosa gitana a uno o dos euros. Llamó mi atención una caja medio abierta que dejaba entrever una placa plateada. Y no porque me interesase la pieza en cuestión, sino porque sentí curiosidad, rescaté la susodicha caja de entre muñecas de plástico, cuadros horrorosos, adornos de la más variada condición y un largo etcétera de útiles –inútiles- difícil de describir. Se trataba efectivamente de una placa de metal –perfectamente conservada- que decía: A Graciano Díez en el día de su jubilación…etcétera, etcétera; y al final una fecha: 1980. Estaba claro, que el tal Graciano apreciaba mucho el reconocimiento recibido, así se podía apreciar por su estado perfecto de conservación: brillante como si la parienta acabase de pasarle el Sidol. Pero también estaba claro, que sus descendientes no tuvieron ningún tipo de sentimentalismo por la placa en cuestión. Que terminó, probablemente como muchas de las cosas del –supongo- finado, en una manta en el rastro. Y hasta aquí la anécdota. Anécdota que me recordó algo que me sucedió hace algunos meses. Era también una tarde de domingo tristona, como la de hoy, en la que fui a ver a mi madre –señora ya mayor, pero con una clarividencia fuera de lo normal-. La encontré rodeada de fotos –la vida de tres generaciones en imágenes- y junto a ella una bolsa de basura que trató de esconder al verme, pero que no dejé que se me despistara. En uno de sus descuidos, le eché mano y… ¡sorpresa! Estaba rompiendo fotos. Ni que decir tiene el numerito que le monté. No me dio más que un argumento: no quiero que mis fotos sean pasto de rastro. Apostilló: si las quieres llévalas. Me llevé, por supuesto, todas las que pude y me marché enfadada. Y hoy, cuando han pasado muy pocos meses desde esa tarde, me pregunto si esas fotos que yo rescaté no terminarán también en el rastro; porque ¿pueden interesarle a alguien mi infancia, mis cumpleaños,mi primera comunión…? Tal vez mi madre tuviera razón. De todas formas, de momento no las destruiré, cuando tenga su edad, ya no aseguro nada.
Por cierto, la foto son los abuelos, forma parte del rescate.
sábado, 12 de junio de 2010
A MI COLEGA, EL BLOGUERO DE AL LADO

A mi colega que se siente fracasado, a quien está detrás de Yo y mi mundo, podría decirle tantas cosas que ni tan siquiera sé por dónde podría empezar. Lo hago por donde cuadra, sin previa organización de ideas. Todos, amigo, hemos fracasado muchas veces. Y cuando no ha sido por méritos –o deméritos- propios, se han encargado de fracasarnos los demás. Por eso, el secreto para superar esos trances que nos sumen en ese estado de desesperación en el que tú te encuentras ahora, no queda más remedio que prepararse para esas decepciones que nos da la vida. Y siempre, si ello es posible, aprender de cada empujón. Yo, que podría ser hasta tu madre, puedo contabilizar –sin miedo a equivocarme- como mínimo, un fracaso diario. O dos, o…puede que alguno más. Así que ¡que me vas a contar! ¿Qué habría sido de mi vida si no hubiese aprendido a encajarlos? Ni me lo imagino. Hace tiempo que me he dado cuenta que más rentable que estancarse en los fracasos es festejar los éxitos, que todos tenemos alguno. Y si no aparecen, pues se buscan, donde sea. Un día malo, gris, aciago, puede salvarlo una conversación con un amigo/a y hasta con un desconocido/a (¡no sé de quién fue esta estúpida idea de especificar los géneros!), o con una lectura de esas que te alimentan el alma (siempre hay que tener alguna a mano), música, un paseo…Cualquier mecanismo de defensa que remueva las endorfinas. Todo, menos quedar parado lamentándose. Ese es el camino hacia el verdadero fracaso. Y yo diría, amigo, que más que los fracasos que nos ganamos a pulso, porque responden a nuestros propios fallos, nos duelen aquellos fracasos que nos endosan los demás, bien porque no cumplimos sus expectativas, o sencillamente porque nos convierten en mercancía útil para su propio beneficio, y cuando acaba esa utilidad no nos conocen de nada. En el primer caso están nuestros padres, que –con mejor voluntad y cariño que conocimientos- quieren hacernos princesas, médicos o economistas, cuando en realidad queríamos ser peluqueras, bomberos o guardias municipales. Y ahí nacen los primeros fracasos, los reproches, el tú no sirves para nada. Ese fracaso, pese a quien pese, no es personal. Nos lo han endosado. Seguro que sabes de qué hablo. Pero nunca es tarde para cambiar de rumbo, para estudiar aquello que verdaderamente uno desea, e incluso –voy un poco más lejos- aquello para lo que uno tiene las suficientes capacidades para no fracasar en el empeño. Piénsalo, amigo. El mundo laboral, por otra parte, es harto complicado. No hay trabajo y el que hay está mal pagado. Otro fracaso ajeno a nuestra voluntad. Hay que seguir intentándolo. Hablas también del amor, ese llegará cuando menos lo esperes. No encontrar el amor, o no sentirse correspondido no es un fracaso, no es más que una circunstancia temporal. El amor, para bien o para mal, va y viene a su antojo, no se sujeta a ningún control. Desgraciadamente vivimos en una sociedad tan escasa en valores y tan deshumanizada que hace que aquellas personas que no viven del éxito social o que no tienen poder y dinero se sientan fracasadas. No seas tú una de ellas, desmárcate, vive tu vida, ajusta la vela a tu realidad. Aunque no seas feliz –nadie lo es, créeme- aparéntalo cada mañana, por los demás, por quienes tengas cerca, para que se queden con tu optimismo, para que al verte puedan levantar el día, para que no se sientan fracasadas. El éxito está en nuestra actitud ante la vida. La perseverancia en perseguir objetivos siempre da sus frutos. Un amigo –que ni tan siquiera sé si aún lo es, porque hace mucho que no sé nada de él- me dijo en una de esas ocasiones en las que todo era gris, algo así como, si se te cierra la puerta, pinta una ventana en tu pared. Nunca he olvidado el consejo, ni tampoco al amigo.
A quienes esto hayáis leído, entrar en el blog de Yohupa –a la derecha tenéis el enlace- y si podéis aportarle algo, pues a ello.
jueves, 10 de junio de 2010
DE FOBIAS Y FILIAS

De fobias y filias quiero hablar hoy. De esos fenómenos psicológicos de rango afectivo que con facilidad se sitúan entre lo patológico y lo normal. Por supuesto, mis conocimientos psiquiátricos son mínimos, por no decir nulos. Pero aún diferencio una fobia de una obsesión o un delirio que, aunque pudieran parecer la misma cosa, no lo son. De lo otro, de las filias –o lo que es lo mismo, de la amistad y el amor- yo misma me acuso. Probablemente estoy al borde de lo patológico. Es decir, si alguien entra en mi círculo de amistades lo sigo hasta la extenuación, puede tener la certeza de que siempre daré la cara por él/ella, aunque me la rompan. Aunque con ello quede una parte de mí en el camino. Y eso, algunas personas no lo entienden, porque no entra dentro de lo que se considera hoy en día “normal”. Por eso digo que en lo tocante a filias sí podría ser tratada psiquiátricamente: no me ajusto a las normas de este deshumanizado siglo que me ha tocado vivir, en el que todo vale. En fobias o manías, ya no veo yo que encaje tan bien. Una fobia responde siempre a un miedo. No padezco icofobia, patofobia, tanatofobia, agorafobia y un largo etcétera de fobias que, por otra parte, no sería nada de extrañar tener, pues la sociedad no favorece precisamente un equilibrio que nos libere de los miedos. De hecho, ella misma los genera. Pero, casualmente, no soy persona que tema aquello que no debe de temerse sin una causa que lo justifique. No es nada premeditado, sencillamente me nacieron sin miedos infundados. Característica que, por otro lado, me vino regalada y nunca desee modificar. Tiene riesgos, lo sé, pero infunde seguridad, muy necesaria para sobrevivir en esta jauría en la que nosotros hemos convertido el mundo. Algunas veces, hay quien me pregunta si no tengo miedo a que trascienda lo que digo –no siempre conveniente, lo reconozco- y, la verdad es que no. Procuro –puede que no siempre lo consiga- ajustar lo que pienso a lo que digo y hago. Lo que ya me da cierta ventaja; siempre, claro está, que mi escuchante comparta mis mismos valores, y esté dispuesto/a a arriesgar por ellos. Caso contrario, no me comprenderá, y lo más probable es que censure mi proceder. Lo admito, su libertad está por encima de la mía: tan amigos. Hay una fobia que sí suele estar muy extendida –bastante más de lo que se pudiera pensar- y puede ser la respuesta a mi “no” fobia. ¡Ya!, imposible entenderme. Me refiero a la cocorafobia (¡menuda palabreja!). No tiréis de diccionario, os lo aclaro: miedo al fracaso. Y esa es la fobia que nos impide muchas veces hablar, dar libertad a nuestros sentimientos y mostrarnos tal como somos. Afortunadamente en ese reparto no me ha tocado nada. Tal vez por ello, estoy siempre en boca de todos, y no siempre para bien. Pero…nada está en mi mano: yo soy así.
¿Seguís ahí? ¿Aún tenéis la moral de leer lo que escribo? Mucho debéis de quererme para aguantar semejantes rollos…
martes, 8 de junio de 2010
MAÑANA NO DESAYUNO

No hay forma de comenzar el día con cierta tranquilidad; principalmente si uno pretende hacerlo como siempre se hizo: con el periódico entre las manos y una taza de café sobre la mesa. Hasta tal punto, que estoy planteándome prescindir de ese tiempo, café y prensa, en aras a mi salud mental. Procuro no leer temas políticos –porque sé que me van a informar de lo contrario de lo que está sucediendo. Si me dicen que todo va bien, es que va rematadamente mal. Y eso sin tener en cuenta el ideólogo del que procedan las declaraciones. De tramas financieras, argucias y chanchullos económicos para qué comentar. Si paso por los sucesos, las tropelías en todas direcciones cada vez son mayores. Me quedan las esquelas, ¡lagarto, lagarto!, hay quien se va con casi cien años y otros…, vamos que a cualquier edad. Y ya sólo me quedan los anuncios. Como no necesito piso, pintor, trabajo, ni compro ni vendo oro, ni…un masaje “terapéutico” realizado por lo que parece son excelentes señoritas –o caballeros-, pues como que tampoco encuentro yo qué leer. De cuando en cuando tímidamente se asoma algún colaborador de mi gusto. Y ese día sí puedo prolongar un poco más el desayuno. No obstante, al paso que llevo supongo que no tardaré mucho en tomar el café de pié, aprisa y corriendo, como para no detenerme y no enterarme de nada. Todo se andará.
Esta mañana, escudriñando entre las grises páginas, encontré –como no- grises noticias. La primera: Uno de cada cuatro niños/as españoles/as vive bajo el umbral de la pobreza. Así aparece la noticia, en una esquina, con mucha menos relevancia informativa que la que dice que princesa Letizia quiera buscarle un novio a Isabel Sartorius. Y se quedan –nos quedamos- así, tan panchos. Que el 24% de los niños/as de España viva bajo el umbral de la pobreza, un porcentaje que sitúa al país en el cuarto puesto del la Unión Europea, nos deja tan tranquilos. Cambio de página, y me sitúo en otra esquina, en un lugar de los que también pasa desapercibido. Leo: altos niveles de pobreza femenina. Después la estadística: el 23 % de las mujeres españolas están en el umbral de la pobreza, solamente los superan los mayores de 65 años. Sigo leyendo, esto ya tiene un titular mayor, por aquello del morbo, me imagino: 32 mujeres asesinadas por sus maridos o parejas en lo que va de año. Mi indignación va aumentando, y ya el remate: Baja la venta de preservativos y sube la venta de la píldora del día después. ¡Por fin, última página!: manifestación popular contra el aborto. Y luego dicen que las mujeres no tenemos derechos. Mañana no desayuno.
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